Hoy, un adolescente puede ver trescientos muertos en la televisión sin conmoverse, pero llora amargamente si pierde Fernando Alonso o su equipo de fútbol. Entonces la pregunta surge inmediatamente: ¿Por qué esa relación «antinatural» con la violencia? Con esa reflexión inició ayer su charla Francisco Javier Herrero Díaz, profesor de Psicología de la Universidad de Oviedo, en el curso de verano «Conflictos entre adolescentes y violencia juvenil», que pretendía indagar en el fenómeno de la violencia en el ámbito escolar.
Aunque está claro, explicó, que la cultura y la educación son los mayores contenedores de las conductas violentas, «en ciertas situaciones afloran reacciones instintivas relacionadas directamente con la supervivencia y la reproducción». Y es que «queda en nosotros mucho de hombres de las cavernas, más de lo que pensamos», recordó Herrero, quien, bajo la aparente broma, quiso hacer entender que en el siglo XXI, «querer ligar con una chica sigue siendo intentar tomar posición para reproducirse» y «esas pulsiones latentes de reproducción operan con fuerza y pueden generar conductas agresivas en la escuela».
Y si las hormonas han revolucionado a los adolescentes desde siempre, Herrero quiso introducir otra reflexión más actual: «¿qué diferencia hay entre un romano que a los 16 años podía dirigir legiones y un chico de 14 del que aún se duda si dejarle ir solo al cine?» El cerebro no ha cambiado desde hace 2.000 años, han cambiado las reglas: hoy la adolescencia cada vez se prolonga más: «hay adolescentes de 30 años», señaló. Y es que el relevo generacional de la responsabilidad se produce cada vez más tarde «porque los que tienen que ceder el lugar tardan más en morirse gracias a los adelantos médicos y gravan los comportamientos de los adolescentes produciéndoles frustraciones que generan conflicto».
¿Pero qué hacer con los adolescentes violentos en las aulas?, preguntaban insistentes los alumnos de Psicología que en un futuro quieren dedicarse al abordaje de tales problemas. Herrero les dio respuestas: lo primero, algo complejo: diferenciar si se trata de «agresiones reactivas», sin excesiva importancia, en las que puede funcionar la reeducación, o «instrumentales», actos violentos fríamente planificados, ya que ambas situaciones tienen «mecanismos neurológicos distintos» y, por tanto, abordajes distintos.
Herrero subrayó también que «el sexo es determinante en los comportamientos adolescentes violentos». Para modificar un comportamiento conflictivo, hay que abordar a la familia en el caso de las chicas y al grupo de compañeros de clase en el caso de ellos. Estas conclusiones, fruto de un reciente estudio británico, tienen de nuevo una explicación que vuelve a enlazar con «lo mucho» que queda en nosotros de hombres primitivos: «Al varón le influyen los iguales, los compañeros de grupo, con los que originariamente generaba reglas de conducta para la caza o la reproducción».