Regreso a clases. ¿Lo bueno para las madres? Descanso a quienes no tuvieron más opción que lidiar con los hijos todo el día, durante casi ocho semanas. ¿Lo malo? Los costos. Y es que a pesar de que la mayoría de las familias sabía con antelación qué necesitarían los niños para ese gran día —hubo escuelas que dieron la lista de útiles desde el fin de cursos— no tuvieron en la misma proporción oportunidad de hacer compras quincenales como recomienda la Profeco. Así llegó la semana previa con la factura: desembolsos grandes, largas filas, recorridos maratónicos para encontrar lo que se exhibía desde hace semanas.
El esposo de Yolanda le tuvo que arrancar “casi todo” a los 1,200 pesos que gana a la quincena como jardinero, para comprar útiles, zapatos y mochilas de dos hijos de secundaria y otro de primaria. ¿Uniformes? Ni pensarlo, la mujer ha remendado los del ciclo pasado, y aun desgastados “todavía aguantan”, dice a modo de consuelo.
Todos acuden a escuelas públicas y aun así las cuentas no le salen. Le faltan las cuotas voluntarias, tenis, un suéter para cuando arrecie el frío y… no tiene ni idea de dónde repondrá lo que usó del gasto para cuadernos. “Nos vamos a apretar el cinturón ¿qué más?”, insiste ella.
Los colegios se cuecen aparte. Las cuentas en vez de cientos se hacen en miles. Parte del privilegio de querer estar en escuela de paga, dicen, que para gran parte de esa masa llamada clase media, también implica lo mismo: sacrificio. “Pagamos como si fuéramos ricos”, se duele un atribulado padre de familia que vive de ser fotógrafo. Su “lista” escolar para un alumno de primaria, incluyó la compra de ocho cuadernos, un bloc de dibujo, cuatro libros —cuyo costo promedio fue de 200 pesos— estuche, colores, lápices, pegamento, tijeras, mochila, lonchera… “Qué escuela tan cara”, se queja de la que es, por cierto, una institución promedio.
En el extremo de la mesa de compras, que amablemente puso la escuela para facilitar la labor de los padres de familia, ofreciendo además un descuento, otra quisquillosa o comprometida madre decidida a salvar la economía familiar, da cuenta que se encargó de comprobar que el descuento era real.
Ese mediodía de jueves, otras dos mujeres dialogan mientras buscan la talla correcta para los uniformes. Una le cuenta la historia: además de la lista kilométrica de un cuaderno por materia por hijo (tiene tres), que debió comprar, gastó en el forrado. Cada cuaderno un color, y etiqueta y plástico. A la mayoría de los cuadernos del ciclo pasado les sobran hojas aunque no presentación, acepta. La otra sólo tiene un hijo, pero su inutilidad para forrar ella misma los útiles le impidió ahorrarse 300 pesos. Sólo de forros.
Ambas buscan dos uniformes, el de diario y el de deportes. La que tiene un solo hijo le compra doble “para que uno se ponga mientras lava el otro”. La que tiene tres, solo duplica las playeras. La primera paga mil pesos. La segunda 1,600 pesos. Faltan los zapatos.
El rito previo del regreso a clases termina con la cartera vacía, la cabeza doliendo. Los niños cansados de las pruebas. Es materia de charla femenina. Y aun las previsoras, las que pagaron de poquito a poco coinciden en que es un gran gasto. “El regreso a clases es muy caro”.
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