Hace un par de años, durante la venta de uniformes en un colegio de San Pedro, un grupo de madres de familia cuestionó a las señoras que hacían fila sobre el precio de las nuevas vestimentas escolares.
Mientras la gran mayoría de las señoras coincidía en el alto costo de las prendas, una mamá dijo: “A mí no me importa lo que pague por los nuevos uniformes, pues soy ‘estúpidamente rica’”.
Esta anécdota sale a colación por la época en que vivimos, una época tan llena de competitividad y materialismo, que en muchas ocasiones nos lleva, incluso con los amigos, a transformarnos en vanidosos y a decir una bola de disparates.
Y no sólo eso, el materialismo se ha convertido hoy por hoy en una de las principales causas de infelicidad en las personas, porque hemos vinculado equivocadamente la felicidad al dinero, sin advertir el alto costo que estamos pagando al buscarlo a toda costa.
El aumento desorbitado de divorcios y separaciones, la necesidad desmedida de éxito personal y la persecución de los valores individualistas -en medio de esta competitividad desenfrenada- nos está llevando a sembrar en nuestros hijos prioridades equivocadas.
Y es que buena parte de nuestros jóvenes ya piensa que la mayor aspiración en la vida es el bienestar personal, pues los hemos preparado más para que aprendan a lograr la mayor cantidad de placer y comodidad con el mínimo esfuerzo y sacrificio.
Esta semana recibí por internet un artículo que se publicó en la sección Vida de EL NORTE el 26 de agosto que no sólo fundamenta esto, sino que pone en evidencia a Monterrey como una de las principales sociedades en donde se exalta en los hijos el hedonismo, la competitividad y la poca vigilancia de los padres.
La nota, titulada “Es una dura ‘materia’ la presión social”, firmada por Karla Torres, es una radiografía de lo que tristemente vemos todos los días a nuestro alrededor sin que nos preocupe gran cosa.
La reportera entrevistó a sociólogos y psicólogos, quienes coincidieron que en Monterrey la presión social comienza en casa, pues se inculca a los hijos más que nada el culto a la imagen.
“Las familias de Monterrey apuestan mucho a la imagen”, señaló el sociólogo Salvador Hernández.
El psicólogo Jesús Amaya explicó que este fenómeno, aunque es más intenso en las familias de mayor poder adquisitivo, se da en todos los niveles sociales.
“Al muchacho de la Universidad privada le dan un BMW y en la pública su Tsuru”, señaló Amaya.
Uno de los ejemplos increíbles del artículo se dio en una tienda exclusiva, en San Pedro. La asistente administrativa narró el caso de una mamá que fue a la tienda a comprarle a su hija una bolsa de 12 mil 500 pesos. La mujer llegó y se fue en camión urbano.
“Le enseñaron varias bolsas a la señora y ella dijo que su hija siempre había querido una bolsa de esa marca. Dijo que ella había ahorrado y hecho un esfuerzo para comprársela. A la hora de empacar la bolsa pidió que no se la envolvieran para regalo ni le dieran la bolsa de la marca, porque iba en camión y tenía miedo de que la asaltaran”, recordó la empleada.
El caso es que el fenómeno del materialismo y culto a la imagen, al menos a los regiomontanos, nos ha pegado con todo. Y ha ocasionado, además, que hoy incontables personas no se valoren ni se sientan aceptadas o reconocidas por los demás si no tienen o aparentan tener mucho dinero.
De ahí la necesidad de la gente de andar exhibiendo o hablando de sus “riquezas”.
Como la señora de San Pedro que no le importó el alto precio de los uniformes escolares, porque dijo ser “estúpidamente rica”.
Qué daño causan a los hijos los adultos que piensan que la persona vale por lo que tiene y no por lo que es. Como dijo Don Quijote: “Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible”.
Por el futuro de Monterrey y de todo el País, ojalá que cada día haya más papás que se den cuenta de la necesidad de transmitir a los hijos que en ese esfuerzo y en esa lucha diaria es donde se encuentra la felicidad. Y que la otra felicidad, la vinculada a los bienes materiales, es “estúpidamente efímera” porque así como llega se va, y de pasada nos deja huecos y vacíos.
http://www.elnorte.com/editoriales/nacional/452/902344/?grcidorigen=1
Historias reales, de familias afectadas
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