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Archivar como 31 enero 2009

En la casa paterna me enseñaron que los amigos son tu otra familia, esa familia que tú eliges, que tú te vas haciendo.

Muchos de esos amigos míos tienen más cosas en común conmigo que mis propios hermanos, en esa casa familiar, mi madre me enseño a no juzgar por la condición sexual, tenía tíos postizos que tenían otra preferencia sexual, eran homosexuales, o como hoy se dice Gays.

Con el tiempo y gracias a uno de mis mejores amigos me hice de muchos amigos homosexuales, no me gusta catalogarlos así, son simplemente amigos. Trabajo para hombres, machos terribles, los que siempre cuentan malos chistes sobre homosexuales.

Hace tiempo le recomendé a uno de ellos, ir con un amigo doctor, conociendo su tonta aberración por los homosexuales, le conseguí la cita y no le comente nada de algo tan íntimo, pero su primo que conoce al mismo doctor, también se lo recomendó, claro haciendo la aclaración: “es puto, pero es muy bueno”.

Ahí va mi amigo, claro, regreso contrariado, no le noto nada de nada, no lo podía creer, un hombre tan bien portado pero…puto. Con esas palabras se expreso, yo en verdad le conteste: bueno, pero es buen doctor o no? Si claro pero es puto, me volvió a decir. Yo ya para ese momento le pregunte por algún familiar político suyo, y si no sabía de sus romances con hombres, se asusto y no quiso saber nada más del tema.

Mi pregunta para él y para muchos de mis amigos “súper machos” es ¿Alguien te pregunta que haces en la cama con tu mujer? ¿Te gusta de perrito? ¿Te pones arriba o abajo? Porque al final la sexualidad de cada persona es eso, es intima, es de uno. Nadie a un heterosexual, nos preguntan que hacemos en el dormitorio.

Todo esto sale a raíz de haber leído lo que la página de Catholic.net opina sobre la homosexualidad:

Catholic.net – Antología de la Homosexualidad

“La homosexualidad representa a una desviación de la conducta natural, que afecta la vida de una proporción de la población. “

Con esta grotesca frase empieza el artículo, yo solo pienso en lo bien que se han portado mis amigos conmigo, sin importar que hagan en sus habitaciones, los veo como amigos, mi otra familia, esa que no falla en los peores momentos. Al igual que mis amigos heterosexuales que no fallan, y que no me importa que hacen con sus vidas intimas.

En verdad ¿crees que la homosexualidad es una aberración, que afecta tu vida? ¿Qué harías si tu hijo, tu hermano o tu mejor amigo te dice soy Gay? Todos conocemos a un homosexual, en verdad, ¿Lo castigarías por su condición íntima?

Entiendo a los padres de hijos homosexuales, no tendrán descendencia, no podrán perpetuar su nombre, pero lo importante es no discriminarlos, lo importante es valorarlos como seres humanos. Mi primera reacción cuando un amigo me dice soy Gay, y acabo de salir del closet, es pensar en el sufrimiento que habrá tenido durante toda su vida al tratar de ocultarlo, la discriminación en la escuela con sus amiguitos que sí que se dan cuenta.

Este post no es una alabanza al homosexualismo, es una alabanza al respeto de las preferencias sexuales que cada individuo tenemos como derecho a vivir al máximo.

¿A quien le importa que hagas en la intimidad?

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Culture Unplugged Video

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Cuando el mundo entero sigue al dedillo y con atención los primeros pasos de Barack Obama como presidente de Estados Unidos y observa cómo 244 demócratas y ningún republicano le aprueban el monumental paquete de estímulo económico que solicitó al Congreso por 819 mil millones de dólares para enfrentar la catástrofe que tiene frente a sí, vemos cómo sale, casi al mismo tiempo, en Suiza, el ex presidente Ernesto Zedillo a decir que a nosotros los mexicanos el Fobaproa nos costó más de lo que costará a Estados Unidos el rescate de su sistema bancario. Vaya consuelo para Obama y sus compatriotas. Vaya revelación para los de acá. Según las últimas estimaciones vistas por Zedillo, al valor neto actual de 1995 supuso el 20 por ciento del Producto Interno Bruto del país. Lo dijo fácil: ¡20 por ciento del PIB! Dimensión monstruosa para la vida de un país. Zedillo aludió que, en términos proporcionales, lo que en México pasó es mucho más grande de lo que será para los norteamericanos. Calificó, como voz autorizada de un “experto en crisis” como se autodefinió, de “erráticas e inconsistentes” las medidas de intervención gubernamental que se han seguido hasta ahora en el marco de la nueva crisis global. No deja de sorprender que sea, precisamente, el artífice de un rescate bancario como el mexicano quien traiga a colación la cifra y active de nuevo el debate de lo insepulto.

La revelación hecha por Zedillo remueve las entrañas -14 años después- del pesado capítulo económico y de impunidad que sigue cargando la sociedad mexicana. Trajo al recuerdo, seguramente sin quererlo y por supuesto sin mencionarla, la larga lista de historias de abuso y excesos que se cometieron en el antes y el durante de aquel rescate del que fue protagonista. Historias fundidas ya en el fondo gigante conocido por todos como el Fobaproa. Transformadas, sin más, en deuda pública nacional bajo las siglas del IPAB.

Hubo durante aquella borrachera, que terminó en quebranto, préstamos sin garantías, financiamientos cruzados, venta y reventa de cartera vencida, compra de acciones con el dinero de los ahorradores, créditos quirografarios otorgados a la palabra; rescates impresentables donde cupo cualquier cosa. Banqueros avorazados y autoridades rebasadas y/o complacientes que dejaron para todo el sello de lo incobrable.

Como un gran saco de la fortuna perdida corrió sin distinción con cargo al erario: 522 mil millones de dólares a costillas de todos. 20 por ciento del PIB. Ahora lo sabemos.

En la historia reciente sobre la impunidad nacional -que es amplia, diversa y nutrida- el capítulo del rescate bancario tiene un papel estelar. De no ser los banqueros Jorge Lankenau, que padeció la cárcel, y Carlos Cabal Peniche, que vivió un proceso del que salió librado al llegar a México después de pasar una temporada en las cárceles de Australia, el asunto no mereció investigaciones mayores. Lo que vino después nos deja marcas indelebles. Zedillo nos obliga hoy también a recordarlo. El sistema bancario rescatado con tan alto costo para la sociedad mexicana fue después sometido a un acelerado proceso de venta que benefició mucho a un puñado de gente. Inversionistas extranjeros se hicieron prácticamente de la totalidad del sistema de pagos del país. Algunas voces alertaron del riesgo que implicaba para el Estado mexicano desprenderse así del sistema bancario y financiero del país. Trasnochados y estatistas les dijeron y no fueron escuchados. Hoy, en medio de la crisis mundial, podemos ver cómo los mejores rendimientos de la banca internacional se dieron estos años en sus filiales en México. No por haber inyectado dinamismo a la economía con un vigoroso sistema crediticio que impulsara el financiamiento para el desarrollo. No, no fue por eso, como deberían. Han recibido sí, puntualmente, las cantidades millonarias de los pagarés y obligaciones del rescate y cobrado altas comisiones que no cobrarían en sus propias matrices. Hoy, con una crisis en perspectiva, se dice que tenemos mejores bases para sortearla con una mejor reglamentación y estructuras más fuertes que en 1994-1995. Sólo faltaría que no, después de lo ocurrido. Queda ahí para la duda cómo impactará o impacta ya al sistema bancario en México la crisis bancaria y financiera en Estados Unidos y otros países en las filiales en territorio nacional.

¿Acaso Zedillo pretende darle lecciones a los que hoy se aprestan a rescatar a sus respectivos sistemas como Obama? ¿O por qué dijo lo que dijo?

Hay diferencias de fondo entre lo que aquí ocurrió y lo que plantea Obama para su país. El rescate bancario mexicano privilegió a los grandes empresarios y banqueros por encima de los deudores. Obama insiste en una fórmula a la inversa: rescatar a los deudores antes que a los banqueros. Ha establecido también criterios para lograr que los grandes bonos que se reparten entre los principales ejecutivos y financieros de las grandes corporaciones queden eliminados o suspendidos hasta que no sea reintegrado el dinero del erario. En México jamás se habló de algo así. Los ganadores de la debacle gozan hoy de cabal salud. ¿Está Zedillo hoy como para decir cuál es el camino a seguir?

http://www.reforma.com/editoriales/nacional/482/963192/default.shtm

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La madre de Ramiro descubrió que su hijo de dieciséis años fumaba piedra y marihuana. El médico dijo que la piedrafunde el cerebro”. Desesperada lo castigó, habló con él, pero nada funcionó. La vecina le contó que ella sabía de los del Cuarto y quinto paso, un grupo cristiano llamado Amor y Servicio, ellos seguro sí lo sanarían. Son especialistas en eso de las adicciones, le dijo. La madre de Ramiro Pagó 3 mil pesos a un sujeto que no quiso darle su apellido, él fue quien trasladó al joven al retiro en un rancho a las afueras de Cancún. Luego supo que la organización ofrece a ciertas personas que si llevan a tres que si paguen, la primera asiste gratuitamente.

Ramiro llegó al salón de redacción con un cuaderno y la orden de que junto a una veintena de personas escribiera toda su vida: si se masturbaba, si tenía pensamientos impuros, si había pecado. Si alguna vez fue víctima de violencia, etc. Luego de un par de horas pidió ir al baño, la supervisora le gritó insultándolo; que si no era hombrecito para aguantar, con lenguaje soez.

El cuarto paso –sacado de los 12 pasos de Alcohólicos Anónimos- consiste en hacer un inventario moral de tu vida y el quinto en contarlo todo frente a desconocidos.

Por la noche les impidieron taparse, tenían que sufrir. Los dos días, sin alimentos, consistieron en malos tratos, cubetazos de agua helada, insultos y humillaciones públicas, llegada la noche les encerraron en habitaciones sin luz.

Ramiro se negaba a hablar, le gritaron, y los guías le forzaron a comer pasto como un animalillo; aterrado, obedeció. Lloró durante horas, llamaba a su madre y el guía le gritó “marica y cobarde”.

La idea detrás de estas técnicas de tortura “terapéutica” es lograr que la persona adicta o con problemas, enfrente de una vez por toda su culpa, y Dios le guíe y le de fortaleza. Luego de 48 horas sin comer, sin líquidos, sin dormir y con el estrés resultante, mucha gente logra hablar con Dios y los ángeles, ven visiones místicas. Las mujeres “descubren que su marido las golpea porque ellas se lo buscan, los hombres que son alcohólicos por cobardes e ignorantes. Al salir firman un documento donde juran no contar nada de lo sucedido.

Ramiro volvió a casa, escribió su experiencia y se suicidó. Su madre sumida en la culpa recibió amenazas; si denuncia al grupo Amor y Servicio, se le irán encima las huestes de seguidores. Simplemente toma antidepresivos y llora. Ramiro escribió que se drogaba porque tenía miedo de la violencia de la escuela, de la calle, de la vida. Se sentía solo e incomprendido.

En1949 surgió en Estados Unidos el Modelo Minnesota: los 12 pasos de Alcohólicos Anónimos. Millones de personas adictas han sanado con él. Los 12 pasos pueden durar años. Una mujer lleva año y medio y aun no entra en el cuarto paso, lo primero, dice es dejar la adicción, fortalecer el espíritu y sanar las heridas. El de AA y Alanon (para familiares de personas adictas) responden a un modelo de vida respetuoso de las emociones, que genera procesos de solidaridad y trabaja grupos de contención. Las grandes clínicas como Oceánica y Monte Fénix, se basan en los 12 pasos del modelo Minnesota, profesionalizados médicamente. Al igual que los Centros de Adaptación Juvenil, existen profesionales que ayudan a sanar las adicciones. Los grupos de Alcohólicos anónimos se muestran muy preocupados por el daño que estos grupos están haciendo a miles de personas que les confunden con AA.

Mientras tanto las pirámides del Cuarto y Quinto paso se enriquecen con familias de clase media, les mandan a casa con procesos emocionales abiertos y sin herramientas para sanar. Estos grupos argumentan que lo que se necesita es un shock emocional para dejar de sufrir. Ignoran que las adicciones son una enfermedad que no se puede curar a golpes e insultos.

A fines del año 2000 la Secretaría de Salud publicó la Norma oficial para este tipo de centros. Pero allí están, ejerciendo violencia, sin supervisión médica y sanitaria. Forzando la religión a golpes como falsa forma de sanación. La ausencia de servicios profesionales, responsabilidad del Estado, abre la puerta a gurús tramposos que medran a costa de la vida de personas adictas. Regresar al Siglo XIX es inaceptable. Exijamos menos dinero para la guerra y más para la salud contra las adicciones. www.lydiacacho.net

http://www.lydiacacho.net/28-01-2009/cuarto-y-quinto-paso-%c2%bfviolencia-sanadora/

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Venecia y Vivaldi

Tengo la edad que tenía mi padre cuando murió mi abuelo. Puedo aspirar a vivir los próximos siete lustros con la ilusión de despedirme de mis hijos tal como ahora intento hacerlo con mi padre: al filo de cumplir medio siglo de vida, sin poder despedirme en realidad de quien ahora se me aparece en sueños constantes para conocerlo y reconocerlo al filo de que él cumpliera sus ochenta años de vida. Un historiador podría calcular la cifra secreta que transpira la ronda de las generaciones y un médico genealogista podría sugerir las posibles cuadrículas genéticas que marcan el decurso de la salud o las enfermedades heredadas, pero un músico podría aliviarnos del enredo con el siguiente aforismo: la partitura de cada vida, aún impresa sobre pentagramas infalibles, depende de la interpretación personal de cada quien. Las yemas de los dedos de un pianista —el escritor ante un teclado— pueden o no seguir minuciosamente la aventura de cada una de las notas que dicta la música u optar por la improvisación inmediata de sus emociones: allende la partitura está la pauta, los relieves del tempo, los pliegues del tiempo, la sensibilidad y sus accidentes. Agua pura del azar.

En estos confusos días en que las noticias narran las desgracias de siempre, uno busca sintonizar la pauta personal de sus propias partituras, sintonizándolas con quienes se vuelven faros en medio de la oscuridad, guías a través de los bosques, pasos hechos huella en la arena. Uno busca conversación que sea diálogo, y párrafos que alivien al hablar con claridad; sin embargo, uno encuentra mentiras, desafinados y mucho ruido. Leo que muchos parlantes han dado en confundir todo el horror y errores que destila el gobierno y ejército de Israel con un irracional sentimiento antisemita; leo que se ha ejercido tolerancia con al menos un demente que niega la existencia del Holocausto, que deberíamos nombrar como Shoah; veo que la banalización cotidiana de todos los crímenes ha logrado desarticular el terror que apenas ayer nos causaba la noticia de un decapitado; veo que en un intento por solucionar la inseguridad muchos mexicanos claman sin pensar en las corruptas consecuencias por la legalización de la pena de muerte, tal como ya la ejercen impunemente los criminales y asesinos; veo que cada día hay más ecos y resonancias del desahucio económico que nos rodea… y uno intenta, desde alguna forma de la orfandad, encontrar pauta… sabiendo que las partituras del tiempo se han sorteado para que uno mismo intente orientar a otros. Como quien confirma de pronto que a lo largo de un concierto llamado biografía ha habido padres amorosos que procuraban orientar, incluso en silencio o a la distancia, los pasos de un niño; maestros de veras, que mucho más que profesores obsesionados con la calificación, guiaban la libre inquietud del pensamiento ajeno; tutores tocados por el don de la humildad que apenas agitan la batuta para que todo intérprete siga delicadamente el decurso de las partituras de una sinfonía compartida, o la bibliografía ya leída y releída que puede apuntalar el nacimiento de un libro aún inédito.

Para rendir homenaje a la reciente muerte de John Updike quiero evocar lo que escribió en torno al bello libro La marca de agua, de Joseph Brodsky. Ya habrá párrafos para honrar la memoria y obra de Updike, uno de los más grandes escritores norteamericanos, capaz de criticar con serenas pautas la imagen de una nación puesta frente al espejo, pero ahora quiero aplicarle su propio párrafo sobre Brodsky, cuando escribió que La marca de agua era “un galante intento por destilar el precioso significado de la experiencia vital —haciendo de una mancha en el globo terrestre una ventana abierta a la circunstancia universal, y moldear así el crónico turismo personal en un cristal cuyas facetas reflejan una vida entera, con el exilio y la mala salud reflejándose como orillas de unos planos cuyo destello directo no es más que la pura belleza”.

La marca de agua, de Joseph Brodsky, es un hermoso mural dividido en media centena de capítulos breves sobre el embeleso físico y metafísico que sintiera el poeta ruso por la ciudad de Venecia, esa mancha de agua sobre el globo llamado mundo que tantos universos ha invadido con su rostro polifacético. Brodsky nació en lo que se llamaba Leningrado en 1940, obtuvo el Premio Nobel en 1987 y dejó para la partitura universal de la literatura no pocos ensayos notables y por lo menos tres libros indispensables de buena poesía. Dejó además ese libro al óleo donde resume con respiración pausada la memoria pautada que se hizo él mismo de Venecia, la música de sus viajes y el murmullo de su soledad, la tonalidad de las fachadas trazadas con el salitre de su andar, y el agua que todo lo envuelve como un necio rumor de saudades.

En algún respiro de La marca de agua, Brodsky evoca el milagroso momento que vivió la violinista Olga Rudge, al filo de que el mundo cayera en la desgracia de la Segunda Guerra Mundial. Por esos días, la violinista había organizado un homenaje a Vivaldi en su Venecia natal y en el Palazzo de la Condesa de Polignac se volvían a escuchar las filigranas barrocas del gran compositor monje y pelirrojo. Mientras encaraba la partitura, la violinista —aun confiada en su destreza como intérprete— sabía que llegaría un pasaje particularmente difícil, un enredo de notas que coincidía con el instante en que ella tendría que voltear la hoja. A medida que avanzaba su interpretación —la transpiración de su propia pauta y emociones— y en la medida en que sabía que se acercaba a la hoja que tendría que voltear, en el imposible malabarismo de hacerlo sin dejar de tocar, la violinista observó por el rabillo del ojo que había entrado a la sala un hombre que ya no alcanzó lugar en la sala. Estaban todas las sillas ocupadas y la sombra del hombre tuvo que permanecer de pie, fijo en el rabillo de vista de Olga Rudge, que no dejaba de leer cada nota, cada una de las cinco líneas de esa partitura taquicardia de Vivaldi. Al llegar al instante comprometedor, en el punto exacto donde debía voltear la hoja, “emergió una mano desde su lado izquierdo, extendida hacia el atril, y lentamente volteó la página. Ella siguió tocando, y cuando hubo terminado el difícil pasaje musical, alzó la vista hacia su izquierda para mostrar su gratitud…” y así fue cómo Olga Rudge conoció a Stravinsky, como quien lee inteligencias entre el fango de las noticias; como el niño que ya sabiendo el camino agradece la mano que lo ayuda a no caerse en un bache imprevisto y como quien siente en la espesura de una madrugada la luminosa sonrisa de un padre en el rostro de su hijo. Uno es el nieto que cambia las páginas de la partitura paterna; uno es el hijo que marca su propio tiempo a la sombra del abuelo que será siempre el padre de una música intemporal.

http://www.milenio.com/node/156623

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“¿Tenemos un cretino en casa o es sólo un damnificado más de la precariedad laboral, el mileurismo o el exorbitado precio de la vivienda?” La duda ronda con frecuencia en los hogares de esta generación de jóvenes tan preparados, tan queridos y mimados y, tan apocados, sin embargo, a la hora de levantar el vuelo. Mientras la infancia se acorta por la imposibilidad de preservar a los niños de las informaciones adultas que circulan por las pantallas, preferentemente, la adolescencia se prolonga sin límites precisos. “A su edad, yo ya había…”. Ése es el más común de los reproches.

¿Cuánto hay de realidad en la imagen que presenta a nuestros hijos como hedonistas, consumistas y materialistas impenitentes, personalidades egocéntricas e individualistas refractarias al compromiso y apáticas ante las cuestiones de interés general? ¿Y cuánto hay de desconocimiento y prejuicio adulto, del consabido reflejo castrador, generalmente gratuito, que toda generación activa contra los llamados a sucederle? Mientras algunos progenitores entonan el “Socorro, tengo un hijo adolescente” o el “Socorro, tengo a mi hijo en casa para toda la vida”, otros, fieles al modelo “padres solícitos para siempre”, actúan bajo la divisa “que no les falte nada”. Así, aunque con frecuencia se trata de mujeres progresistas y profesionalmente activas, la mamá de clase media puede seguir lavando, cosiendo y planchando la ropa de los chicos, incluso de aquellos que, ya en la treintena, se han mudado a un piso, probablemente sufragado también por sus padres.

¡Ah, la familia española! Tranquilícense aquellos que temen por el futuro de la institución por excelencia de nuestro país. Por mucho que aumenten los divorcios y las familias monoparentales, las encuestas muestran que en España los jóvenes aman a su familia por encima de todas las cosas. La aman tanto que nuestros hijos son los europeos que, con crisis o sin ella, más tardan en emanciparse. El 51% de los chicos y el 50% de las chicas con ingresos suficientes como para poder independizarse optan, sin embargo, por permanecer en casa de sus padres, cuando en Francia esos porcentajes se reducen al 37% y el 33%, respectivamente. Y no parece que la “sociedad líquida” del sociólogo polaco Zygmunt Bauman, en la que lo único perenne es el cambio continuo, ni la “sociedad de riesgos”, que da paso a formas de vida no limitadas a la familia, pueda cortar ese cordón umbilical. “Aquí no se plantea el conflicto generacional en el hogar porque hay una negociación contínua para una convivencia armónica”, afirma el sociólogo valenciano Andreu López, coordinador del estudio Juventud en España 2008.

El colchón económico familiar es una verdadera excepción de nuestro país, un rasgo sociológico distintivo en una Europa donde la emancipación temprana es un valor y donde las instituciones facilitan la autosuficiencia con becas, ayudas a la inserción laboral y una amplia oferta de viviendas de alquiler. De hecho, los sociólogos y economistas extranjeros que nos analizan incluyen de oficio en sus prospecciones el factor familiar para explicarse la poca contestación a las políticas económicas y nuestra baja tasa de pobreza juvenil. Los padres, sobre todo, pero también los tíos y los abuelos suplen aquí a las instituciones públicas.

Los estudios de la OCDE y de Eurostat confirman que la posición de los jóvenes europeos en el mercado laboral ha empeorado desde 1995 y que ese deterioro es más acusado en los países del sur del continente, debido a la mayor temporalidad y precariedad salarial. Se entiende, pues, que con lo duras que están las cosas ahí fuera nuestros hijos, particularmente los de clase media y alta, se lo piensen antes de abandonar el hogar. Por lo general, han crecido sin estrecheces, más conscientes de sus derechos que de sus obligaciones.

Decir que viven como reyes no es sólo retórica. Con permiso del cambio climático y de los accidentes de tráfico -su mayor causa de mortandad-, esta generación está llamada a superar los 100 años de edad, más del doble de la esperanza de vida de los soberanos y príncipes de la corte de Versalles. Tienen, además, la menor tasa de suicidio de toda Europa y ahora mismo tampoco hay redoblados motivos para alarmarse por los estragos colectivos que puedan causarles el abuso del alcohol y otras drogas. Las últimas encuestas certifican el descenso del consumo de estupefacientes ilegales y la disminución de las enfermedades de transmisión sexual y de sida, aunque esa reducción no les permita por ahora abandonar las cabeceras de esas clasificaciones.

Lo que continúa suscitando la alarma es el fenómeno creciente del botellón, práctica habitual ya del 26% de los jóvenes, el 10% más que hace seis años. Por descorazonador que pueda resultar que los desmovilizados jóvenes españoles no encuentren mayor motivo de encuentro que beber en grupo, ni reivindicación mejor que un pretendido “derecho a divertirse”, conviene no olvidar que las admoniciones de los adultos escandalizados ante jóvenes que “se emborrachan y blasfeman por las noches” lleva más de cinco siglos presente en la literatura. Si añadimos los escupitajos a ese cuadro y un comportamiento incívico con el mobiliario urbano, puede que lleguemos a la conclusión de que las cosas no han cambiado tanto en este aspecto.

La profesora de sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia María Jesús Funes ve en las concentraciones del botellón un punto de encuentro y de contestación generacional -una de las pocas explícitas existentes-, antes que el ejercicio depravado del alcoholismo en masa. Lo que está claro es que los jóvenes españoles son hijos de una sociedad habituada al alcohol y a la noche.

El espacio nocturno ejerce sobre ellos tal fascinación -el 30% define la noche como “el momento de la gente joven para la gente joven”- que el 41% sale de noche cada fin de semana. La mitad no vuelve a casa antes de las tres de la madrugada y a la quinta parte le dan las seis en la calle. En España, la salida nocturna prolongada hasta la medianoche es un rito de paso de la infancia a la adolescencia más significativo, incluso, que el mantener relaciones sexuales. Y eso que nuestros chicos son cada vez más precoces en esta materia: 16 años y 10 meses de edad media a la hora de tener su primera relación sexual. Aunque a distancia todavía de los adolescentes anglosajones (que en abierto contraste con el puritanismo oficial de sus países se inician en el sexo a eso de los 14 años), los jóvenes españoles se separan del modelo mediterráneo y no digamos nada de los asiáticos y árabes. Contra lo que cabría suponer por el aumento de los embarazos prematuros -incremento constreñido a las comunidades de origen inmigrante-, la gran mayoría toma precauciones y se comporta con prudencia.

¿Pero qué piensa esta generación criada en los hábitos de la reclamación y el consumo y destinada a tomar las riendas de lo que, pese al aporte inmigrante, va asemejándose cada vez más a una sociedad de jubilados? ¿No es inquietante que el 36,5% de ellos esté a favor de la aplicación de la pena de muerte y que un porcentaje idéntico no haya leído un libro durante el último año? Además de que los políticos españoles deberían hacérselo mirar seriamente, ¿qué puede deducirse del dato de que el porcentaje de jóvenes que declara no tener “ningún interés en la política” haya pasado en cuatro años del 38% al 50%?

El estudio cuatrianual Juventud en España 2008, realizado a partir de 5.000 encuestas a chicos situados entre los 15 y los 29 años, indica que están bien adaptados, en general, a las normas del mundo adulto e incluso que se inclina por un mayor civismo. También que reproducen la polarización ideológica de los adultos y con un repunte conservador. Ese repunte, fruto, quizá del bienestar heredado y del poso cultural de inmigrantes poco instruidos en los valores ilustrados, se manifiesta también en un mayor rechazo al aborto y a los matrimonios homosexuales y un incremento de la importancia que se concede a la religión. Sólo el 12% se declara católico practicante, aunque el 27% dice que la religión es importante.

“Pese a la desafección que muestran hacia los partidos, sí están interesados en la política no convencional. De hecho, muchos participan en las ONG y también, y de manera creciente, en actividades ajenas a la política oficial”, aclara María Jesús Funes. Está convencida de que existe ya un movimiento contestatario comprometido en dinámicas alternativas, ecologistas, antiglobalización, etcétera, que responde a las inquietudes de una quinta parte de la juventud, precisamente, el mismo porcentaje que componen los jóvenes grandes lectores. “Son chicos ilustrados, competentes y pluralistas, mayoritariamente de izquierdas, enemigos del consumismo plano y defensores de valores de solidaridad y justicia. Les une la idea de una red global”. La socióloga detecta en este sector similitudes potenciales con la generación de Mayo del 68 francés.

El problema de nuestros jóvenes es que están sujetos a clamorosas contradicciones. Tienen su pedestal en casa, pero forman parte de lo que se ha dado en llamar la “generación en prácticas” europea. Viven en un mundo donde el consumo está idealizado como forma de realización personal y de relación social y resulta que están atacados por los riesgos e incertidumbres laborales de la globalización.

La encuesta Juventud en España 2008 ha venido a demostrar que la ocupación de los padres incide de forma significativa en el nivel de estudios que alcanzan los alumnos. El 43% de los hijos de los profesionales técnicos y similares accede a la educación superior, mientras que sólo lo consigue el 8% de los hijos de los trabajadores no cualificados. ¿Pero no habíamos quedado en que la igualdad de oportunidades debía materializarse en la educación? ¿Cómo es que nuestro sistema educativo reproduce tan obscenamente las posiciones sociales y, por tanto, las diferencias?

Aunque la ecuación “a mayor preparación, mejor y más temprano empleo” parece incuestionable, la frustración laboral alcanza también a no pocos titulados universitarios que ejercen funciones y tareas distintas y menos cualificadas a las de su formación. Esto explica, por lo visto, que un número creciente de jóvenes haya renunciado a la universidad en los últimos años. “Muchos han visto que sus hermanos mayores no han llegado profesionalmente muy lejos a pesar de tener una amalgama de títulos y cursos de formación”, explica Almudena Moreno, profesora de sociología de la Universidad de Valladolid y coautora del mismo estudio. “Les entiendo porque soy de aquella generación del baby boom destinada a comerse el mundo que acabó bastante frustrada. Yo tuve la sensación de que todo había sido una gran mentira familiar y social”, afirma esta socióloga, de 37 años. “No creo que los jóvenes se sientan ganadores. El deseo incumplido de formar una familia con hijos está presente en muchos de ellos”, indica.

Con todo, el doctor en Ciencias Políticas y Sociología y coautor también del informe, Domingo Comas, juzga infundada la etiqueta “perdedores” que algunos expertos asignan a los jóvenes europeos. “Lo de jóvenes sin futuro es algo que se ha aplicado por sistema a todas las generaciones. También lo dijeron de nosotros en 1979 en unos informes que ahora nos hacen reír”, subraya. No le parece evidente que la juventud esté condenada a vivir peor que sus padres.

Pero, establecido que muchos tienen dificultades objetivas para emanciparse, tampoco cabe minusvalorar el elemento cultural específico español. “No somos masoquistas. Quedarse en casa ofrece grandes ventajas. Yo sólo me independizaré cuando tenga las cosas muy claras con el trabajo estable y con mi novio”, vienen a decir. Las relaciones de noviazgo tampoco son ya tan determinantes en esta sociedad posmoderna caracterizada por la ambivalencia y la contradicción. La disyuntiva, el tener que optar y renunciar a una de las opciones, ha sido reemplazada por la yuxtaposición. Se puede ser una cosa y otra, joven con espíritu adulto y viceversa, trabajar en esto y aquello.

Los noviazgos no implican ya la renuncia a las salidas con los amigos, “el grupo de iguales”. Mientras para sus progenitores, la formación de una familia era prácticamente la única posibilidad de acceder a las libertades de la vida adulta, estos jóvenes pueden ensayar nuevas formas de vida social. La singularidad es un valor, y poseer la adaptabilidad de la ameba un requisito, por lo visto, imprescindible. Ya dice Ulrick Beck que los jóvenes de ahora están obligados a construirse ellos mismos una biografía, como de bricolaje.

Es una idea que enlaza con la impresión de muchos jóvenes de que transitan por terrenos “donde los senderos apenas están marcados”. En la sociedad moderna, el dinero es un señuelo todopoderoso que eclipsa valores de referencia de generaciones pasadas, como ser un buen profesional, ejercer el magisterio o el arte. Y sin embargo, ¡sorpresa!, resulta que estos hijos nuestros que creíamos tan prosaicos dicen que ganar mucho dinero sólo ocupa el noveno lugar en su listado de prioridades.

El término juventud da nombre a realidades bien distintas. Mientras algunos regresan ahora al refugio familiar empujados por la crisis, un tercio de los situados entre los 26 y los 30 años tiene una vivienda a su nombre.Nunca hubo tantos jóvenes propietarios como ahora.

Convivir en un piso pequeño con un solo baño y sin demasiado confort es un acicate para buscarse la vida fuera; de la misma manera que vivir sin agobios invita a lo que Andreu López llama “aumento de capital social”. A su juicio, quedarse en casa responde a una estrategia pragmática que permite a los jóvenes seguir formándose, rechazar los malos trabajos y elegir el momento de la emancipación. No tienen prisa porque tienen las necesidades básicas cubiertas.

No, nuestros jóvenes no son unos cretinos. Si nos fijamos bien descubrimos en ellos nuestro propio reflejo, no sólo físico, sino también cultural. Han heredado la sociedad que les hemos dado, son más libres, más tolerantes, más seguros de su capacidad y competencia. Pese a que la supervivencia parece exigirles la adaptabilidad de la ameba, puede que muchos de ellos echen en falta valores e ideales que estructuren su futuro y dé más sentido a sus vidas.

http://www.elpais.com/articulo/sociedad/infancia/corta/adolescencia/larga/elpepusoc/20090129elpepisoc_1/Tes

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