Sin duda alguna, el litio es el mineral del futuro próximo y de la nueva globalidad. Pero las grandes transnacionales que durante todo el siglo XX se apoderaron de los grandes recursos naturales de todo el planeta ya no la van a tener tan sencilla.
Ahora, para producir los nuevos automóviles eléctricos o híbridos, que irán desplazando gradualmente a los que hoy consumen combustibles de hidrocarburos, se van a requerir importantes volúmenes de litio; del mismo modo, la nueva generación de pilas y otros aparatos electrónicos requerirá también mayores cantidades de litio; además de los usos medicinales conocidos.
Por supuesto, las grandes empresas del ramo, o que quieren serlo, como la francesa Bolloré o las japonesas Sumitomo o Mitsubishi, ya andan buscando por el mundo dónde garantizar su abasto de litio. Pero los tiempos del imperialismo van en retroceso. Los Estados donde hoy hay importantes recursos naturales han decidido en su casi totalidad (con la notoria excepción de los Estados Unidos de América) que son bienes nacionales, no de particulares. Esto es especialmente válido para los de América del Sur.
Y ocurre que la mitad de los depósitos de litio del planeta se encuentra en los salares de Uyuni y de Coipasa en el altiplano boliviano: cinco millones de toneladas de litio. Bolivia acaba de aprobar en un referéndum la nueva Constitución que recupera la propiedad estatal de los recursos minerales y, desde luego, de los hidrocarburos, sean crudos o gas.
Así que no es extraño que hoy se encuentre en París el presidente de Bolivia, el niño terrible, según el gobierno de Bush (que en paz descanse) y que ha rescatado para su nación los recursos minerales del país, que aumentó a Repsol del 18 a 50 por ciento los derechos por el gas boliviano (que además la transnacional había escriturado como activos propios), y que ha logrado erradicar el analfabetismo con la asesoría y apoyo de maestros cubanos y reducir la mortalidad infantil y materna.
Evo Morales, el indio que derrotó a la voraz y sanguinaria oligarquía boliviana en las urnas por la vía pacífica electoral, no sólo ha rescatado los recursos naturales para la nación. Para ello se sustenta en sus principios ancestrales: está instrumentando, según afirma, “una política en armonía con el medio ambiente, la Madre Tierra y con el ser humano”. Para él, como buen indígena andino, la Pacha Mama, la Madre Tierra, no es una referencia poética, es un principio sagrado. (También lo era para Gerónimo el apache, traicionado por el presidente Grover Cleveland en 1886). El cultivo de la hoja de la coca, que los indios de los Andes mastican desde hace miles de años, dándoles vigor en sus arduas tareas, no puede tener el mismo sentido que para la DEA, que ha hecho del narcotráfico el pretexto para el control social de América Latina.
Ahí está en París, a invitación del presidente Nicolás Sarkozy, por instancias de Vincent Bolloré, muy interesado en cerrar trato, al tú por tú, con el Estado boliviano, para ganarles la carrera a los japoneses. Evo Morales se declara agradablemente sorprendido por el trato de los ejecutivos de Bolloré; y plantea de entrada su condición indispensable: “el Estado boliviano no aceptará perder la propiedad de los recursos del país”. Los franceses aclaran que sólo quieren garantizar el abasto, no la propiedad. (“A ti te lo digo hijo, para que lo entiendas mi nuera”).
Evo ha logrado, además, la solidaridad de los otros gobernantes sudamericanos que también trabajan por la liberación de sus respectivos pueblos. Logró renegociar con Luiz Inácio Lula da Silva el precio del gas boliviano que la oligarquía brasileña había acaparado a precios irrisorios durante los gobiernos entreguistas de Bolivia. Con el propio Lula y con Michelle Bachelet, de Chile, acordó la construcción de la carretera transcontinental del Atlántico al Pacífico, de la costa brasileña a la chilena, atravesando Bolivia y conectando la geografía continental de oriente a poniente, para aliviar así el aislamiento boliviano desde que perdió la guerra, precisamente con Chile en 1885, cuando la oligarquía chilena, empujada por el imperialismo británico, le arrebató la costa para explotar los yacimientos de salitre de la franja de Antofagasta y Arica. El tema de lo que fue la costa boliviana sigue en pie, pero en buenos tratos con el gobierno chileno.
En otros países de la cordillera de los Andes también hay litio: en Chile casi tres millones de toneladas. Ahí tendrán que vérselas con Michelle Bachelet. China cuenta con un millón de toneladas. Según el Servicio Geológico de los Estados Unidos de América, ese país cuenta con 370 mil toneladas. En los montes Urales también Rusia cuenta con yacimientos.
Francia y Bolivia, países soberanos, están negociando otros asuntos de mutuo beneficio, como Airbus la empresa fabricante de aviones, o la petrolera francesa Total replanteando contratos, porque nadie quiere irse de Bolivia aunque haya mayores exigencias con la nueva “certeza jurídica”. Ya nadie se llama a engaños. En octubre de 2006, doce petroleras firmaron 44 nuevos contratos con Yacimientos Petroleros Fiscales Bolivianos (YPFB). No es menor el arreglo con Sarkozy para fundar en Bolivia una escuela superior de administración pública, al estilo de la famosa ENA de París. Sarkozy ofrece inaugurarla en septiembre próximo. Ante la posición de Evo de que “se acabó la simple venta de materias primas”, Bolloré anunció invertir en investigación, exploración, explotación y en la industrialización de los quince kilómetros cuadrados de los salares bolivianos.
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