Atreverse a forcejear con Carlos Slim por la bandeja de plata que el empresario creía suya ha convertido a Luis Téllez, en menos de dos semanas y ante la opinión pública, en un funcionario público vulgar, corrupto y cínico, aunque viene siendo ese personaje desde sus primeros puestos en la función pública, por ejemplo, como Subsecretario de Agricultura, de 1990 a 1994, a las órdenes del titular Carlos Hank González.
Nunca han faltado razones para desprestigiarlo públicamente, pero bastó y sobró con molestar a Slim para que brotaran las aguas negras. En México, la justicia es un ajuste de cuentas.
Ignacio Ramonet, en “La Tiranía de la comunicación” (Debate, 1998) advierte sobre la caducidad de los tres poderes republicanos (ejecutivo, legislativo y judicial) y nos introduce a la era gobernada por una nueva autoridad tripartita: los poderes económico, mediático y político, en orden de importancia.
El poder político es el pelele de los intereses económicos que, a su vez, cuentan con emporios de comunicación que sirven de aparatos ideológicos para resguardar y acrecentar su poder.
Luis Téllez es el alfil representante de estos intereses económicos transnacionales que repudian el poder monopólico de Slim. Como Subsecretario de Agricultura, fue uno de los artífices del Tratado de Libre de Comercio y de la reforma agraria salinista, que dio el tiro de gracia al campo mexicano al permitir la compra-venta de ejidos, política de la que se beneficiaron no los campesinos, quienes migraron al norte, sino los empresarios que compraron tierras a la buena o a la mala para convertirse en latifundistas.
Beneficiadas también resultaron las empresas norteamericanas que nos venden los productos agrícolas que somos incapaces de producir.
Como Secretario de Energía, de 1997 a 2000, Téllez intentó cualquier número de anuncios “catastrofistas” para permitir la entrada de inversión privada a Pemex. En 1999 dijo que de no inyectar 25 mil millones de dólares a la industria, tendríamos un colapso energético en 2002.
De enero de 2004 hasta el 30 de noviembre de 2006, Téllez fue codirector del Grupo Carlyle en México, firma financiera con intereses en la industria aeroespacial, automotriz, transporte, generación y distribución de energía, salud, telecomunicaciones y medios de comunicación.
El semanario Proceso número 1685 lo identifica como “el representante de la familia Bush” por coincidir con George W. Bush en Carlyle, velando por los mismos intereses.
Tal vez por la cercanía que Téllez guarda con el Grupo Televisa, del cual fue consejero y con quien se alió para comprar Univisión, en el 2006, no fue Joaquín López Dóriga quien transmitió las grabaciones telefónicas del Secretario con sus colaboradores, sino Carmen Aristegui, en su noticiero radial de MVS, empresa de la que Carlos Slim Domit posee el 51 por ciento de las acciones y que pretende convertirse en el conglomerado televisivo más grande América latina.
Es extraño que la evidencia de desprestigio que pesa sobre Téllez sean únicamente grabaciones telefónicas, ¿no es esto un claro mensaje?; sería paradójico que fueran llamadas efectuadas desde un teléfono Telcel, empresa de Carlos Slim, a la que Téllez trató de desfavorecer al ignorar un amparo que la protegía de bajar sus cuotas.
Slim está molesto por la infiltración de representantes de otros intereses al Gobierno federal, y enseña su poderosa mandíbula al mismo Felipe Calderón, quien, como lo hiciera con Mouriño después de su escándalo de tráfico de influencias, no depone a su colapsado Secretario de Comunicaciones y Transportes.
En plena crisis, los grupos más ricos del mundo se pelean los últimos huesos.
A nosotros, gane quien gane, no nos tocará nada. De eso se trata la política neoliberal.
http://www.elnorte.com/editoriales/nacional/476/950816/default.shtm