Se ha ido el invierno en el que se fue mi padre y se instala la esperada primavera; la de siempre, continua y a la vez, renovada. Prometí que la primavera sería de palabras y lo que se cumple es la confirmación de otra verdad: la primavera es siempre una promesa. Incumplida quizá para algunos, invertida en las latitudes donde se vive como un otoño, pero promesa al fin. Son palabras todos sus días y frases cortas los climas que la distinguen; versos son sus flores y toda una novela cada prolongación de atardeceres anónimos, ecos de esperanzas incumplidas, resonancias de sueños por venir en veranos aparentes. Prometí que la primavera sería promesa de palabras por pensar en novelas inéditas y desconocidas que ahora llegan al filo de ser leídas… e incluso, reconocidas.
Llega de madrugada el fantasma de Joseph Conrad y habla de primavera con la afirmación consoladora: “Se ha dicho, hace ya mucho, que también los libros tienen su sino. Así es; y muy semejante al que les cabe a las personas”. Ronda de noche el espectro marino de Conrad y susurra que las novelas, las que se escribieron con ilusiones de invierno y las que sobrevivirán quién sabe cuántos otoños futuros, “comparten con nosotros la gran incertidumbre de hacerse acreedores de ignominia o de gloria —de severa justicia y de inane persecución, de calumnia y de incomprensión; también de la vergüenza de un éxito inmerecido. Entre todos los objetos inanimados, entre todas las creaciones del hombre, los libros son los que nos quedan más próximos, por contener nuestros pensamientos, nuestras ambiciones, nuestra indignación ocasional, nuestras ilusiones, nuestra fidelidad a la verdad y nuestra persistente inclinación al error. Pero sobre todo, se nos parecen en su precariedad” y así, sin más, se esfuma el fantasma y deja su estela de melancolía salada sobre los papeles amarillentos de un nuevo relato que reposa sobre el escritorio.
Dicho lo anterior, valgan estos párrafos como enhorabuena para Andrés Neuman, recién galardonado con el Premio Internacional de Novela Alfaguara por su obra El viajero del siglo. Que se sepa ahora, clara y firme, la noticia de que estamos ante un autor que ya no es promesa, sino realidad a leerse por más y más lectores. Neuman es un poeta que ha cultivado diversos géneros del oficio de escribir con variados talentos y no pocas luces de grandeza: sus cuentos, breves o alargados, son una invitación a la ronda de las magias que destilan las narraciones que son imán; sus ensayos son lúcidos párrafos de erudición sin pedanterías, sus aforismos la pértiga nivelada del equilibrista y sus novelas han abiertos prados ignotos a las cuadrículas tradicionales –y quizá acartonadas o anquilosadas– con las que se medían hasta hoy las novelas y novelones. Va con este párrafo un abrazo sincero y las ansias por leer su novela ganadora de un reconocimiento anhelado por otros.
Que hoy mismo se abren las compuertas de la literatura futura para un joven argentino, radicado en Granada, llamado Neuman es como anagrama de otra frase posible: que hoy mismo un hombre nuevo, sueña La Alhambra de Granada y se pasea por un Buenos Aires inventado por un ciego, para narrarse en tinta todas las novelas posibles que le quedan en primaveras por delante. Celebro que la promesa de esta primavera implica tanto la confirmación de los escritores que son ya una realidad, como la posibilidad ignota de los escritores desconocidos, los que aún no salen de la trinchera anónima donde se fraguan sus vocaciones.
Ido el invierno en el que se adelantan nuestros padres, todas las estaciones y sus ciclos se vuelven una obligada promesa ante nuestros hijos. Será que los otoños futuros encierren inevitables ecos de un pasado que no se repetirá y será que lleguen veranos imprevistos, como soles de medianoche y lunas necias que no se esconden jamás. Será que uno sigue leyendo libros —e incluso, escribiendo los propios— sin atender y sin intimidarse ante la ronda constante de los otros libros, las grandes obras que ya se han publicado. Será que los ciclos son iguales y que se percibe en la saliva un inevitable sabor del tiempo: allende la sensación inútil de algún fracaso, uno persevera en sus letras; más allá del vacío que nos dejan nuestros muertos en invierno, uno se promete a sí mismo la primavera de palabras que nos consuelan con su lectura y conjugación; allende la mesa de las novedades editoriales, uno sabe del refugio entrañable donde se alienan los libros inolvidables, los que releemos como si fuera la primera vez que sus páginas vuelan entre las yemas de los dedos.
Cantaba Eduardo Falú —con seis cuerdas de melancolía y en clave de saudade— que las amorosas promesas que nos escribieron en la playa son arena deslavada por el mar. El tiempo va borrando algunas de las palabras, pero no enjuaga las dulces heridas que nos dejan en la memoria; el tiempo y sus canas pretenden amnesias que no llegan a instalarse del todo. La promesa de primaveras pasadas es precisamente la doliente parrafada que logra sobrevivir a los inviernos, las hojas caídas de cada otoño como páginas al vuelo de novelas inéditas y los largos calores de veranos interminables, que prolongan sus horas precisamente por la lectura de esas mismas novelas, ya editadas y publicadas (galardonadas o desdeñadas por la crítica y los jurados profesionales) para que cada primavera renueve su promesa. Habrá quien se sume en el tedio depresivo de la derrota y hay quien ante el descalabro apuntale renovadas vocaciones; habrá quien abandone su fervor como quien escribe una promesa en la arena y hay quien hoy mismo enfrenta la primavera con la convencida necedad de que habrá otras… Visto así, tenía razón Falú y lo cito, parafraseo, ante el fantasma de Conrad, en medio de la madrugada y al amanecer de otra primavera de mis hijos: uno no teme al invierno con el recuerdo de nuestro Sol.
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