En Edipo rey, de Sófocles, Edipo descubre que es el asesino de su padre y que su esposa Yocasta es su madre. Se hunde en el abismo de la culpa. Transgredió leyes sagradas. Se castiga arrancándose los ojos.
La noción de culpa y el proceso que conlleva, caída, aceptación del daño, arrepentimiento y aceptación del castigo, estaban ya inscritos —como inherentes al ser humano— en el centro de la tragedia griega del siglo V antes de Cristo.
Si bien el reconocimiento de la falta y el dolor ante el daño infligido no anulaban la gravedad de la trasgresión, permitían al culpable la catarsis. Reintegrarse simbólicamente a la colectividad de los humanos. Los que se saben contenidos y limitados en sus actos por las leyes humanizantes. Las escritas y las introyectadas.
La culpa, utilizada desde tantos discursos como técnica de control y represión, y analizada sólo desde allí, se desvirtúa. Nos hace olvidar lo que sabemos: la posibilidad de sentirse culpable ante el daño que hacemos (o podríamos hacer) a otros es un principio indispensable de la salud mental. Implica la plena aceptación de la existencia del otro como una realidad habitada y contundente.
La conciencia de la culpa nos cuestiona y nos retiene. Es la aceptación de límites síquicamente estructurantes: si daño, me daño, puesto que el otro para mí existe, y sólo me humanizo en el pleno reconocimiento de su humanidad.
Cuando crímenes atroces son cometidos, siquiatras, abogados, periodistas, la mayoría de las personas nos planteamos las mismas preguntas: ¿cómo pudo el criminal? ¿Cómo pudieron? Se les llama “monstruos”, pero ¿qué es un monstruo? Y nos centramos en un cuestionamiento que —por repetido— pareciera clave esencial en nuestra concepción de “lo humano”: ¿siente remordimiento?
El horror ya fue infligido, pero su perpetrador ¿es capaz de sentir culpa? Pienso en Hannah Arendt, concentrada en las palabras del nazi Eichmann, intentando encontrar en él algún vestigio de remordimiento. ¿De humanidad? No lo había. Recuerdo la nota que especificaba —con espanto— que la asesina de mujeres mayores no manifestaba remordimiento por sus crímenes. Como sucede con los asesinos seriales.
Nos sorprendemos. Aunque sepamos que muchos de ellos necesitan mirar de cerca el rostro de la víctima, su expresión de pánico y dolor, mientras la están matando.
En su confesión, un feminicida de Ciudad Juárez describe una violación tumultuaria, con tortura y asesinato. Habla de la víctima como de una muñeca de trapo lo suficientemente “animada” (indispensable) como para que el criminal pudiera vivir el gozo de su poder absoluto, proporcional al terror de la víctima.
En una entrevista con Charles Manson, la entrevistadora insiste: “¿Se siente culpable? ¿Siente remordimientos?”. Manson responde: “¿Remordimiento por qué? Ustedes gente han hecho todo en el mundo contra mí, ¿eso no me da los mismos derechos? Puedo hacerles a ustedes lo que quiera, en el momento que quiera, no hay necesidad de sentirme culpable”.
Josef Fritzl se cubrió la cara con un archivero. Dijo su abogado que sentía “vergüenza”. ¿De qué? En su lógica su hija “le pertenecía”. Fue maltratado con crueldad por su madre, “poseído” por su madre. Él “tenía derecho” a “poseer” a su hija. Resuena el delirante “Ustedes, gente” de Manson. ¿Quién es ese “ustedes” fantasmático? A quienes los criminales acusan, conscientes o no, de haberlos mutilado emocionalmente, y que les otorga —en su lógica en la que el vínculo humano ya no existe— el derecho de “vengarse”, de apropiarse de la vida de otra/o.
Ante el horror, como individuos, como sociedad, esperamos la aparición de la culpa en el discurso del criminal. Quizá entendemos el remordimiento como una forma por parte del agresor de reconocer a sus víctimas en tanto que seres humanos. Y necesitamos que las reconozca. En su dignidad y en su singularidad. Que piense en ellas como personas que existen —existieron— en la realidad, y no “cosas” anexadas al servicio de sus fantasmas. Quizá ese “brote” tan tardío de un mínimo gesto empático hacia la víctima nos permitiría reconocer al criminal como capaz de un gesto “humano”. Algo. Que alivie la peor pregunta: ¿hasta dónde es una persona capaz de llegar en la más completa impunidad interior?
Escritora
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