En las llamadas situaciones límite, las circunstancias nos llevan a romper con nuestros códigos éticos confiables y cotidianos. En una situación límite somos, hacemos o decimos cosas de las que jamás nos creímos capaces. La literatura y el cine están llenos de ellas porque son una buena forma de explorar y ahondar en la mente y en el alma humanas.
En “La vergüenza”, del director sueco Ingmar Bergman, una pareja de músicos exquisitos y apasionados se aíslan del mundo y crean su pequeño paraíso. La armonía, la música y el diálogo inteligente son su vida cotidiana.
Pero un día la guerra los alcanza en su isla y los expulsa del paraíso. Huyen y se protegen mutuamente. Llegan a una playa en donde los recogerá la última lancha que podrá salir. La esperan ansiosos. Cuando llega descubren que sólo cabe uno de ellos.
Se espera el sacrificio del uno para salvar al otro y, quizá, la negación del otro a dejar atrás al ser amado. Pero no sucede eso. Ambos quieren vivir y esa situación límite los obliga a mostrar facetas egoístas y duras que ni ellos mismos conocían pero que, evidentemente, llevaban en su interior.
Muchos de nosotros aseguramos ser incapaces de matar a otro ser humano; sin embargo, si la única manera de salvar a un hijo o a un ser querido fuera matar a quien lo ataca, lo haríamos sin detenernos a reflexionar antes. Ésa es otra situación límite.
Nosotros, como País, estamos llegando a una situación límite. Día a día suceden cosas inéditas, inesperadas y, a menudo, inexplicables fuera y dentro de nosotros.
Vemos carteles con rostros de delincuentes buscados por la ley y se ofrece una recompensa a quien informe su paradero. (Eso nada más lo veíamos en las películas).
Hay balaceras en el lugar menos esperado y mientras los ciudadanos cumplimos con nuestra rutina cotidiana.
El temor y el dolor continuos se han apoderado de muchos de nosotros porque la violencia y la incertidumbre se han vuelto costumbre.
Tenemos sentimientos encontrados. Por un lado, el Ejército -cuya función es otra- ha debido instalarse en las calles de México para, más o menos, controlar la guerra entre los narcotraficantes que se adueñaron del País cuando la ignorancia y la negligencia de nuestros gobernantes los llevó a “hacerse patos”.
Se recurrió al Ejército porque todos los cuerpos policiacos están bajo sospecha y no es gratuito. Los innumerables vínculos encontrados entre muchos policías, ex policías, secuestradores, chantajistas, asesinos y ladrones han sido probados una y otra vez a lo largo del País. Sea como sea, el Ejército está logrando cosas no logradas por los cuerpos policiacos.
El martes, el Ejército nacional detuvo a uno de los capos más buscados en México: Héctor Huerta Ríos, “La Burra”, considerado el principal operador del Cártel de los Beltrán Leyva en Nuevo León. En el operativo no se disparó una sola bala. Nos felicitamos por ello y por todas las capturas anteriores.
Sin embargo, me pregunto con frecuencia qué sucederá si el narco llega a corromper al Ejército. Cuando vemos las cantidades por las cuales cayeron en la tentación desde celadores hasta policías altamente especializados, no aprobamos, pero sí entendemos su conducta.
En un país en donde las oportunidades para las diferentes clases sociales son muy distintas, en donde la justicia no es ciega, en donde las crisis económicas pulverizan parte de nuestro patrimonio de manera periódica, en donde el dinero parece de “Monopoly” porque no compra nada de verdad, en donde la democracia retrocede y en donde los partidos políticos dan la espalda a los mexicanos porque sólo les interesa su propio poder, no hay posibilidad de un mejor nivel de vida para ellos.
¿Por qué entonces no habrían de arriesgarse a recibir 5, 10 ó 100 mil dólares mensuales? Todos deben tener la esperanza de no ser descubiertos y de vivir como ningún otro trabajo se los permitirá. (Ojo, no lo apruebo, pero trato de pensar como ellos antes de decidir). Y aceptan el dinero y el riesgo.
Si se llegara a corromper el Ejército, ¿a quién enviarían en su lugar? ¿A la armada estadounidense? Por eso, instalar a los soldados en las calles es una situación límite. Si no funciona, ya no hay alternativa.
http://www.elnorte.com/editoriales/nacional/482/963268/default.shtm