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Archivar como 17/04/09

Los truenes siempre me han parecido como el paso de la muerte, desde que te cae el veinte que tu pareja ya no te parece tan encantador y maravilloso como antes, hasta la manera en que se va transformando el sentimiento de una gran pasión, amor y ternura, hacia una inminente intolerancia. Lo que antes nos parecía gracioso, poco a poco se torna insoportable. Dentro del periodo en que dos personas están juntas se pueden dar muchas etapas, la cuestión es que llega un punto en el que uno o los dos decidan parar, y seguir adelante con sus vidas por separado.

Sin embargo, razones para tronar hay tantas como parejas, y tipos de éstas en el mundo. No siempre los truenes tienen que ser porque los involucrados ya no se puedan ver la cara, ni tampoco por problemas que no se puedan arreglar, por una infidelidad, o por desamor. A veces los noviazgos se rompen porque quizá desde un principio no se debió entablar una relación, y llega un momento en que, aunque la lleven muy bien y se quieran, la situación para las dos personas empieza a tener un costo emocional que quizá al principio no alcanzaron a ver. Y aunque sí lo hayan visto venir, la emoción por vivir la experiencia era mucho más intensa que lo que se pudiera dar por consecuencia. Asumes lo que se pueda desencadenar y responsable o irresponsablemente, se dejan ir.

Se dan casos en que de la nada, dos personas que nunca debieron conocerse siquiera, se encuentran, y comienzan a experimentar una atracción inusual que no entienden por qué es, pero se da. Poco a poco van conectando a través del diálogo, y más si hay una atracción sexual como tal, el estar juntos saca lo mejor de sí mismos, lo cual provoca que se sientan bien cuando están cerca. Supongo que va más allá de que las personalidades se caigan bien, es algo más profundo como una empatía desde el espíritu. Asimismo, la energía sexual empieza a abarcar espacio en la mente y en el cuerpo, hasta que llega el momento de traspasar la línea y consumar la pasión. Cuando sucede, resulta que no sólo hay una gran conexión en la esencia de estas dos personas, sino que también sus cuerpos se entienden a la perfección.

Por supuesto, que si desde el principio la conexión y la atracción se dieron de manera natural, es bastante lógico que con el paso del tiempo se incremente hasta llegar al punto de no poderse dejar.

Sin embargo, la situación fuera del idilio puede que no sea la más conveniente. Estas dos personas tienen una vida hecha antes de haberse conocido, cuestiones que son mucho más poderosas que el deseo por estar unidos. Los impedimentos son reales y por más que se quiera estar con la persona, la conciencia gana y cada quien tendrá que regresar a su camino.

La separación entonces se da por amor. Si las cosas no favorecen para que estas dos personas estén juntas, y por forzarlo, se genera una inquietud mental por el posible daño que se pueda dar alrededor de sus vidas, pues sí, la solución es separase, ni modo. Dejarse antes de que se arme un zafarrancho que perjudique a más de dos. Porque se quieren se dejan antes de provocarse un daño involuntario.

Lo importante sería parar a tiempo y no permitir que se estire tanto la liga, hasta el punto de romperse, que cuando esto sucede, la consecuencia es que lo que antes era bonito y especial, se convierte en una obsesión, y de una amistad en el futuro, ya ni hablamos. El egoísmo entra en acción contra el sano juicio y el amor que se pueda sentir hacia la otra persona.

Te invito a seguir leyendo en mi columna Círculo Virtuoso los miércoles en la versión impresa y online del Universal.

http://blogs.eluniversal.com.mx/weblogs_detalle7491.html

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Yo soy Jacinta

Yo soy Jacinta

El día de ayer, nuestro amigo Ever nos informa de la situación jurídica de Jacinta Francisco Maciel:

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El juez Hanz López, del 22° tribunal de circuito, absurdamente no resolvió la libertad de Jacinta Francisco Madrigal, únicamente remitió el caso al juez cuarto de distrito que ya la había encontrada culpable del secuestro de seis AFI´s, para que revise las irregularidades cometidas. Parece que el sistema insiste en “probar” (por supuesto, amañadamente) la culpabilidad de Jacinta. Indignante y vergonzoso.
Por favor, sigamos colaborando para lograr a Jacinta le llegue la justicia, tarde… pero que le llegue.

Hemos tratado de encontrar las últimas noticias en los diarios de mayor circulación, hasta este momento no se cuenta con información. Por favor como dice Ever, sigamos apoyando a Jacinta, dirígete al centro PRODH, ayuda manifestando tu descontento ante esta injusticia, recuerda que el día de hoy es ella, una mujer otomí, mañana puede ser tú.

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Mil 250 millones de personas en el mundo no tienen acceso al agua potable. Cada día mueren 10 mil personas, particularmente niños, por la carencia de servicios básicos. Por la formas en que hemos diseñado nuestros sistemas para el acceso al agua nos estamos comiendo nuestras propias defecaciones, y cuando a futuro nos pregunten nuestros hijos y nietos sobre ello les tendremos que contestar que increíblemente así le hacíamos. El enterado y punzante Pedro Arrojo, de la Universidad de Zaragoza y asesor de la ONU, lo define así: “¡Es una vergüenza de la modernidad!”.

El planeta azul, el planeta del agua, desde hace varias décadas ha sido castigado, y con todo y que no somos los únicos responsables, desde la perspectiva generacional, no hay duda de que somos los que más lo hemos hecho. Tenemos que reconciliarnos con la naturaleza y con nosotros mismos, este es el primer paso para que entremos de lleno en el terreno de las soluciones. No tiene sentido pensar en la privatización del agua. Es un servicio al cual está obligado el Estado; lo que es definitivo es que aquel que más consume debe pagar más. Con 30 litros de agua al día puede vivir un ciudadano, según la ONU; hay quien absurdamente utiliza individual y empresarialmente cantidades escandalosas que rebasan por mucho los 30 litros. Una persona sin agua no puede vivir más de ocho días.

Mientras en Semana Santa se banalizó en el DF un debate profundo y serio sobre el suministro del agua el mundo y el país, continúa en camino una crisis que requiere esfuerzos monumentales para superarse. La brutal contaminación en nuestros ríos causa que hoy estemos así. Poco o nada les ha importado a los políticos, de un gobierno u otro, que exista un órgano llamado Cuenca del Valle, diseñado para ser el centro de discusión, atención y consulta de los problemas del agua en el DF y estado de México, y que además cuenta con la coordinación del director Conagua a nivel federal. Desde que inició el sexenio no han tenido una sola reunión.

Es cierto que Dios da el agua pero no la entuba, pero también que ante un derecho de esta naturaleza las políticas deben desarrollarse en beneficio de los más necesitados. Se deben diseñar mecanismos de pago de cuotas según el consumo y considerar como elemento central la participación ciudadana y la transparencia. Hablar del agua es reinventar la democracia, que de ser sólo democracia hoy se le tiene que agregar la palabra representativa porque en su versión original ha quedado vacía.

Todo esto y mucho más se dijo y discutió en el interesante y propositivo Foro internacional del agua, energía y cambio climático, que se celebró este jueves y viernes en Quiahuixtlan, lugar donde llueve, en el mero norte de Veracruz.

¡UUUPS!

Nada más nueve años, seiss de su sexenio y tres de su ex sexenio, tardó Fox en darse cuenta de que le daban palmaditas en la espalda.

http://www.eluniversal.com.mx/columnas/77782.html

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México se muestra encantado con el cambio de EE UU frente al narcotráfico, pero no está dispuesto a aceptar intromisiones en su política interna

Hay una vieja expresión muy popular en los pueblos mexicanos más golpeados por las mafias del narcotráfico: “Estos pinches gringos, ¿por qué serán tan mariguanos?”. Lo importante no es la traducción -algo así como “¿por qué les gustarán tanto las drogas a nuestros vecinos del norte?”, sino la percepción del problema que demuestra la frase: todo lo que sufrimos aquí -las plantaciones ilegales, los carteles del narcotráfico, la corrupción política y policial, los asesinatos entre bandas- está provocado por la demanda de droga que llega de Estados Unidos. Esa visión mexicana de “si no fuera por ellos”, también se traslada a la política.

Hasta que Barack Obama llegó al poder, el presidente de México, Felipe Calderón -el primero dispuesto a luchar en serio contra los carteles de la droga-, repitió una y otra vez la antigua aspiración nunca atendida: que el Gobierno de Estados Unidos se implicara también en la lucha contra el narcotráfico combatiendo la venta indiscriminada de armas y el blanqueo de capitales. Aquella petición nunca encontraba eco. De hecho, hasta el ex presidente Vicente Fox acaba de reconocer que George W. Bush lo estuvo engañando durante sus seis años de mandato “con palmaditas en la espalda”, pero sin tomar ninguna medida eficaz. Ahora se puede decir que por primera vez en la historia, Obama ha cambiado el discurso. Ha dicho: somos parte del problema -consumimos droga, vendemos armas-, y por eso vamos a ayudaros.

Lo más curioso es que ese cambio de postura, legitimado por una ofensiva diplomática sin precedentes de acercamiento a México, ha pillado desprevenido al actual Gobierno. La rentable política del agravio se viene abajo cuando “los pinches gringos” se declaran amigos, admiten su responsabilidad de mariguanos y hacen firme propósito de la enmienda. Obama -por su propia voz y también a través de Hillary Clinton y de Janet Napolitano- se ha comprometido públicamente a destinar los fondos y el personal que hagan falta para luchar eficazmente contra el narcotráfico. Y ha sido entonces cuando, desde México, el desconcierto se ha tornado en desconfianza.

Por una parte, el Gobierno de Calderón se muestra encantado de que Obama se fije en México, pero no tanto con que la nueva Administración norteamericana quiera acometer el asunto como si se tratara de un problema de política interna. Obama tiene presiones en su país para acometer los tres grandes asuntos pendientes con México -tráfico de drogas, política migratoria y tratado de libre comercio-, y a su vez Calderón se siente marcado muy de cerca por quienes -desde sus filas políticas y desde las ajenas- no parecen dispuestos a aceptar ninguna intromisión del vecino del norte en la soberanía nacional. Ni aunque sea a cambio de luchar contra el narcotráfico.

Lo cierto es que, hasta en la estética, la visita de menos de 24 horas de Obama a México no difirió mucho de la que hubiese podido girar a Ohio. El palacio presidencial de Los Pinos fue blanqueado, se pintaron las alcantarillas y hasta se le dio lustre al césped. La colonia donde pernoctó el poderoso invitado fue tomada por más de 6.000 agentes, entre militares y policías. Y hasta hubo diputados que se molestaron por haber sido apeados a última hora de la lista de los 100 elegidos que cenaron con el jefe.

http://www.elpais.com/articulo/internacional/desconcierto/desconfianza/elpepiint/20090417elpepiint_3/Tes

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Aunque en su momento —como millones de personas— celebré la victoria de Barack Obama, porque la llegada de un afroamericano a la Casa Blanca es un hecho de enorme trascendencia, una acto de justicia histórica que honra a la democracia norteamericana y porque además él si sacó a patadas a Bush de la residencia presidencial, no comparto en absoluto el optimismo de quienes piensan que las relaciones entre nuestros países habrán de cambiar necesariamente para bien. Menos todavía comparto la euforia de quienes viven con gran excitación la cortísima visita del mandatario estadunidense a México. Cierto es que el hombre —eso ha pasado en sus giras internacionales— tiene el impacto de una estrella de rock. Su carisma, la curiosidad que despierta su persona, las esperanzas que levanta su discurso son enormes, sin embargo, lo son también sus ataduras y es que, a lo largo de la historia, los norteamericanos —más allá de que sean republicanos o demócratas quienes gobiernen— han demostrado que son muy malos vecinos, peores socios y aliados sumamente caprichosos y volátiles por decir los menos. Con Obama las cosas no tienen, me temo, por qué ser diferentes.

Por otro lado, me preocupa profundamente el desmedido halago —un mero recursos diplomático transformado aquí por quien lo recibe en capital electoral— que Obama y sus funcionarios hacen de Felipe Calderón y su guerra contra el narcotráfico. Detrás de esos halagos subyace la misma visión asistencialista, policiaco-militar de combate a un problema que exigiría de todos los actores un compromiso de muy distinta naturaleza. Aquellos que en México alientan la instalación de un régimen autoritario —tentación perenne de los panistas— los apóstoles de la “mano dura” a los que les encanta vestir de verde olivo, pueden —y con razón— interpretar la postura norteamericana como un aval a sus pretensiones. Kennedy, en su tiempo, otro caudillo carismático, impulsó, vaya paradoja tratándose de un demócrata, a las derechas latinoamericanas. En aquel entonces era el anticomunismo lo que hacía caminar a Washington al lado de los más execrables aliados; hoy con el narcotráfico puede suceder lo mismo.

Obviamente Washington —como siempre— quiere tener más hombres, más armas, más influencia en México. ¿Para qué queremos más dólares y más balas? Si ya del norte nos llegan a raudales; ¿para que haya más muertos en las calles? La lucha contra el narcotráfico, la seguridad de su frontera sur son el pretexto ideal; el nuevo enemigo externo tan necesario en la cultura política norteamericana; la oportunidad que espera el Pentágono y los cuerpos de seguridad para reafirmar su poder e influencia luego de su fracaso en Irak. Poco o nada hablan los funcionarios de la nueva administración —quizás lo dicho por Hillary Clinton sea la excepción— de lo que sucede en su propio territorio. La mejor manera de combatir a los cárteles de la droga mexicanos no es tanto militarizar nuestro país, sino, sobre todo, combatir el consumo doméstico y detener, antes incluso de cruzar la frontera, el tráfico de plata y plomo.

Más que desplazar más efectivos de la DEA en nuestro país, lo que tendría que hacer Obama es perseguir a sus narcotraficantes locales, desmantelar las redes de corrupción política, policiaca y financiera que les permiten operar con total impunidad y trabajar seriamente en torno a los gigantescos problemas de adicción y pandillerismo que padece la sociedad norteamericana. “Sacarle el agua al pez”, como reza la doctrina contrainsurgente aplicada en este caso a la lucha contra los cárteles latinoamericanos, es sobre todo desfondar su mercado en Estados Unidos, desmantelar la red de compradores y distribuidores que garantizan los ingresos de nuestros capos; ¿Qué futuro tendrían El Chapo Guzmán, el cártel de Juárez, Los Zetas o La Familia Michoacana sin esos miles de millones de dólares que les pagan sus colegas del norte?

Harto más efectiva sería la guerra contra el narco si se escoge mejor el teatro de operaciones y se eligen con más precisión los objetivos; aquí al sur está la infantería, los soldados rasos, la peonada. Allá en el norte, en Nueva York, Chicago o Los Ángeles están los altos mandos, los patrones. Que enderece hacia ellos sus esfuerzos la inteligencia norteamericana. Que redirija sus satélites espías el Pentágono y comiencen la DEA y el FBI y el ejército si fuera necesario las capturas y los decomisos de toneladas de droga en Atlanta o New Jersey.

Golpear allá, con la fuerza que se quiere poner a los golpes que, muchas veces al vació, se dan aquí, tendría, insisto, efectos catastróficos en el crimen organizado en nuestro país. Ojalá Obama pueda ver la viga en el ojo propio; si eso sucede las cosas, finalmente, comenzarían a cambiar.

http://elcancerberodeulises.blogspot.com/2009/04/la-euforia-de-una-visita.html

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Vicente Fox no sabe quedarse callado. Una vez más se desbocó. Fue víctima de la incontinencia verbal. Ignoró la regla no escrita del silencio que deben guardar los ex presidentes. ¿Ladra porque siente pasos?

En la víspera de la visita del presidente Obama, Fox consiguió un espacio matutino en la cadena CNN para aprovechar la ola mediática del encuentro México-Estados Unidos y montarse en ella. Meterle ruido al chicharrón, pues.

Desde Dallas, Texas, el ex mandatario mexicano, con aparente candidez, sólo aparente, enumeró una breve agenda de los temas prioritarios en la relación bilateral.

En primer lugar mencionó la seguridad y la violencia generada por el combate al crimen organizado. En ese punto de la entrevista, Fox lanzó una flatulencia verbal como nadie se hubiera atrevido antes: “La guerra debe ser contra la pobreza, la guerra debe ser contra una economía marchita como tenemos hoy y no estar desperdiciando tanto tiempo y tantos recursos en esta guerra falsa”. Tal comentario le debe haber caído en las muelas al Presidente, quien ha movilizado a 35 mil soldados y miles de millones de pesos en recursos para hacer de la lucha contra el crimen el eje rector de su administración.

Entonces, ¿a qué viene el aspaviento foxiano?

Seguramente Fox le dice a Calderón: “Está bien, mano, ya me golpeaste; en las listas de candidatos del PAN para diputados sólo me dejaste apoyar a mi compadre y socio Javier Usabiaga. A Manuel Espino lo mandaste por tacos. Pero de ahí a permitirte que el PRI me someta a un juicio sumario por la revisión de la cuenta pública ejercida por mi gobierno hay mucho trecho. Mi voz ronca, nunca será un murmullo y si quieres te ayudo, y si no, pues no” (como diría el filósofo de Güemes).

En vía de mientras, la Cámara de Diputados sacó la tarjeta amarilla a las cuentas de 2002 y 2003. Faltan las de 2004 a 2006. Emilio Gamboa anuncia que los priístas van con todo contra los panistas. Esto incluye llevarse a Vicente Fox entre las patas. Calderón podría calmar a la fiera guanajuatense con unas palmaditas en la espalda, iguales a las que le dio el gobierno gringo durante todo su fallido sexenio, según lamentó el propio gigante de San Pancho.

http://www.eluniversal.com.mx/columnas/77774.html

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