Ah! ¡La peste! —dice el doctor Sutil frente a un Martini en el Bar Mancera.
—No sabía que en el Mancera prepararan Martinis —le digo extrañado, porque suele serle fiel al Campari anacrónico.
—Yo tampoco —repone viendo la cebollita que hace evidente que bebe un Gibson. Con un dejo de tristeza, añorando el tabaco, agrega:
—Nunca pensé que podría atestiguar que la peste existe.
Como para constatar la existencia de su Martini, vuelve a beber de él sin la felicidad que suele deparar el primer trago.
—Tampoco creí que la gente podía vivir asépticamente como Howard Hughes o la peor tradición de las utopías de Huxley. —Me mira como para adivinar mi pensamiento. —Yo estimo a Huxley, usted lo sabe, ¡pero esas utopías atroces de las que pretenden proceder ciertos filmes de Hollywood…!
—Las galletitas de Cuando el destino nos alcance… —aludo al clásico de los años setenta.
—Por ejemplo —dice desdeñosamente recuperando el placer del Martini—. Todo un género; hubo filmes de terremotos, de maremotos, de marabuntas, de virus mutantes que a veces parecían caras de niño gigantes. ¿Usted sabe que los caras de niño son inofensivos? Pero producen miedo…
—¿Se acuerda de El año de la peste, la película de Felipe Cazals con guión de García Márquez y Juan Arturo Brennan, y diálogos de José Agustín?
—¡Qué cosas ve usted!
—Se supone que estaba basada en Defoe, pero transcurría en una ciudad cualquiera que se parecía mucho a la ciudad de México…
—¡Ah! ¡Defoe! The journal of the plague year! —me interrumpe evocativamente—. ¡Ese Londres fantasmal en que los nombres de los muertos anotados en un pizarrón afuera de las iglesias importaba una amenaza, había cada vez más casas tapiadas con sus habitantes encerrados en ellas, las cuales estaban marcadas con una cruz roja de un pie de largo, sobre la cual se inscribía: “Señor, ten piedad de nosotros”…!
El doctor Sutil le dio otro trago a su Martini para proseguir:
—…Y todo comenzó como un rumor… En aquel tiempo, refiere Defoe, no había nada que se pareciera a los periódicos impresos para difundir rumores e informes sobre las cosas y para mejorarlos con la inventiva de la gente. Las noticias llegaban por correo. Sin embargo, en las conversaciones se comentaba que la peste había vuelto a Holanda. Según algunos, procedía de Italia, pero también se decía que había sido transmitida desde Levante entre algunos géneros transportados por la flota mercante, y no faltaban quienes creían que provenía de Chipre o de Candia. Luego murieron dos franceses en Drury Lane a causa de una enfermedad que se mantuvo en secreto. Después aumentaron las inhumaciones y finalmente todo signo de enfermedad supuso un peligro.
—El doctor Suetkov —le digo—, el personaje de “El médico”, el cuento de Chejov, sostenía que “no se puede atravesar la vida sin enfermedad”.
El doctor Sutil no deja de contemplar su copa Martini cuando comenta:
—De pronto, los enfermos se revelan como una amenaza.
—Thomas Bernhard, que vivió siempre enfermo, comprendía que los enfermos conforman una sociedad que rechaza naturalmente a quienes no lo son, y en la cual no existe la posibilidad de la impostura, pues se padece un mal o se está sano. Según su biógrafo y traductor, Miguel Sáenz, descubrió asimismo que “como todos los enfermos contagiosos, tenía el poder para contagiar a los sanos, hacia los que dirigía su odio”, y que “la cuestión era saber si había siquiera enfermedades reales, si no eran enfermedades inventadas todas las enfermedades, porque la enfermedad en sí era una invención”.
— Los vampiros tienen el poder de engendrar la peste —afirma sonriendo el doctor Sutil apresurándose a darle otro trago a su Martini—; también los mosquitos. ¿Usted sabe que al principio del siglo pasado, en La Habana, en Veracruz, en Brasil, en Hamburgo, se declaró una guerra de exterminio del Aedes aegyptis? Lo cuenta Novo en su Breve historia y antología sobre la fiebre amarilla. En Cuba, la emprendió Carlos J. Finlay (aquí, en la colonia Cuauhtémoc, hay una plaza con su nombre), que descubrió que ese insecto era el transmisor de la fiebre amarilla, según lo expuso en la Academia de Ciencias de La Habana en un trabajo bellamente titulado “El Mosquito hipotéticamente como el transmisor de la fiebre amarilla”.
—Ahora dicen que el virus se contagia por el estornudo y la palabra hablada.
—Nunca pensé que un estornudo pudiera ser tan peligroso.
—¿Se acuerda que Borges decía que no recordaba estornudos en la literatura, que parecía que los personajes literarios no estornudaban?
—¿Usted cita mucho a Borges, verdad?
El doctor Sutil contempla la cebollita de su Martini antes de comerla despaciosamente.
—A uno de los principios modernos de la peste —le digo luego de un silencio— la llaman influenza porcina.
—¡No!
javiergarciagaliano@hotmail.com
http://impreso.milenio.com/node/8567339
Queridas
Tienen que ver esta caricatura de José Hernández; es sublime. Ya saqué un buen de estrés nomás de carcajearme.
http://monerohernandez.blogspot.com/2009/04/pandemia.html
Muy bueno Marichuy, cuando estaba viendo la conferencia con Cartsen pensé en que la fiebre porcina la habíamos tomado de él, je,je pero germencito queda muy bien.
Gracias, te digo que volvemos ha ser los mismos de antes.
Saludos
http://books.google.com/books?id=Bdiu-jaP66MC&pg=PA313&lpg=PA313&dq=%22Estornudos+literarios%22+borges+reyes&source=bl&ots=5xqywjGLvK&sig=b-htzUUo1Ssff_qiNFi9iHtubt4&hl=es&ei=yGb5SdzFLpnW7AOl0qGoAg&sa=X&oi=book_result&ct=result&resnum=7
Aurelio, gracias por El estornudo.