
Me despertó la infame cruda. El día anterior había festejado mi cumpleaños; entre pocos amigos, muchos tragos, quejas esporádicas y música, se fue la tarde y parte de la noche. Ahora había que pagar el precio; me dolían hasta las pestañas; salí de mi habitación, la luz de la mañana me hirió los ojos. Era un frío 7 de enero de 1999. Había cumplido 64 años. Pasaron, como aguadero de mayo, mi adolescencia, mi juventud, las ilusiones, los retos. Vi crecer a mis hijos, casarse y alejarse de mí?. Ya olvidé cuántas guerras hubo en el mundo desde entonces; pero recuerdo muy bien la estela que dejaron. La mañana era fría y oscura; había un silencio total en la ciudad. No sé por qué se me vino a la cabeza el sexenio del Presidente Camacho que dejó al país pasmado. En esa época colocaron la capital del país entre Tlaxcala y Veracruz; construyeron una
ciudad como de espejos, la Nueva Azteca; allá trabajan mis hijos en el Ministerio de la Economía.
Bajé por un agua mineral. El malestar insistía. Llegó la depresión. Y lo peor, sus destellos: Murió Pepe, ese gordo increíble con quien hice mi primera incursión amorosa allá en los años cincuenta; el año pasado enterramos a Andrés, mi cuate del alma, ave nocturna que bebía hasta dormido. Otros amigos se esfumaron.
Un día empezó a emigrar gente; hastiados de la ciudad, maldiciéndola, partían sin rumbo fijo. Esto se despobló. Yo me quedé esperando. “No seas necio, me dijo Chema, el smog te va a matar. íAnda, vámonos!”. Eso fue en 1995, después de la “catástrofe del siglo”, como llamó la prensa a la nube fatal que mató defeños como moscas. Se fueron muchos. La descentralización fue una realidad. Construyeron Nueva Azteca. Y me quedé solo en esta casa de la Condesa que compré en los años de la abundancia petrolera. Sólo espero a la huesuda, sentado, mientras las tardes, ahora claras y risueñas, pasan sobre mí. Me he quedado sordo de tanto silencio. Ya no hay aeropuerto capitalino, sino tres repartidos en tres estados. Se llevaron las industrias. Hablo a solas, mientras el murmullo de los pájaros me arrulla. Volvieron y con ellos los cielos límpidos-y la luz color azul de las montañas. ¿Dónde habrán quedado las voces estridentes que anunciaban catástrofes imprevisibles para el año 2000? Estamos en la antesala del nuevo siglo y no veo a ninguno de los jinetes del Apocalipsis. Creí estar soñando o peor, alucinando. Desperté a Martina, mi mujer, y me mandó al diablo. ¿Es que vivía en un mundo aún ingrato, azotado por el hambre y el frío, el odio y la competencia? El D.F. olía a cosas podridas, era una rana de color gris-verdoso, viviendo su natural metamorfosis. Prometí no beber nunca más y no festejar otro cumpleaños.
Alvaro Ruiz Abreu (n. 1947). Escritor. Prepara una biografía de José Revueltas y una novela.
http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=399
Niñas
Eso pasa por beber marranilla; hay que beber poco y de buena calidad, o mejor… no beber.
De lo contrario, la proxima pesadilla será sentirse perseguido por Germencito Martínez y El Dr. Carstens, je
Saludos
No Niña, hay que beber con moderación y con buen chupe, pero no nos ande limitando, ya de por si…prohíben casi, casi todo.
Trataremos de poner algunas formas de aliviar la resaca o la cruda, je, je…estamos haciendo una investigación en nuestro laboratorio, para evitar ver seres extraños.
Salud¡¡¡¡¡¡