Me resulta muy difícil entender la violencia; tampoco digo que yo no tenga mis arranques, por supuesto que los tengo y puedo llegar a ser muy agresiva.
Sin embargo, trato de que éstos episodios estilo Carrie no se den con mucha frecuencia, sin embargo se dan… y ¡córrele porque qué miedo!
Por lo general los impulsos del grito, la desvalorización del otro, la agresión pasiva, entre muchas otras manifestaciones de violencia, poco tienen que ver como consecuencia de un evento que se esté viviendo en el momento.
Una persona violenta no responde así porque la hagan enojar, sino porque desde que vino al mundo trae consigo información de rechazo. El actuar agresivamente tiene que ver con la anulación del otro, uno no se impone por la acción de ser mejor, sino a través de la negación existencial del de enfrente.
Si una persona cuando nace, no es recibida con amor, es decir que está en contacto constante con energías negativas por parte de los padres o de su entorno, probablemente cuando crezca desarrollará capacidades de supervivencia un tanto negativas, como por ejemplo, ser peleonero, prepotente, irascible, etcétera…
A veces también podemos actuar agresivamente por asuntos que nos vamos guardando que poco tienen que ver con el presente.
Dejamos acumular una serie de emociones, resentimientos contra otras personas o situaciones, que desde luego, van provocando que nuestra línea de tolerancia se haga más cortita. Como quién dice, andamos como olla express a punto de cocer frijoles, y cuando se da un evento, por más pequeño que sea, ¡PUM! arde Troya, aparentemente por una verdadera tontería.
¿Por qué se puede generar una situación violenta? Tiene que ver con el poco valor que nos damos a nosotros mismos, o sea, si yo no me valoro lo suficiente, probablemente me sea imposible extender un valor a las demás personas.
Siempre voy a querer que sean como yo quiero, que las acciones de los demás se apeguen a mis deseos, y negaré por supuesto lo que no se parezca a la idea que yo tenga en mi cabeza de cómo tienen que ser las cosas.
Es decir, un egoísmo total manifestado en un exacerbado mal carácter. Pensamos que siendo impositivos ante las decisiones de los otros, nos vamos a dar una importancia que seguramente pensamos que merecemos.
Esto afecta a los que están a nuestro alrededor por supuesto, pero también nos resta calidad de vida. Yo me he fijado que cuando ando intolerante, contestona, y enojona, sufro mucho.
Además, no hay cosa más errónea que creer que por gritar vamos a lograr ser escuchados de verdad por los demás. El respeto debe ganarse con el ejemplo, con congruencia, a través de la candidez y disposición para con el otro, claro, siempre y cuando esos elementos nos los proporcionemos a nosotros mismos.
No debemos gritar si no queremos que nos levanten la voz, pero si aún así se da el caso de que alguien quiera pasar encima de ti, lo mejor es trabajar en que no te afecte.
Enfocarte en la propia autoestima, saber quién eres, a dónde vas, con aceptación de lo que sientes y piensas, y así, aunque quiera pasar un tráiler por tu cabeza, simplemente no podrá hacerte daño.
¿Cómo hacer para evitar andar desperdigando violencia hacia los demás? No vamos a cambiar el pasado, la manera en cómo fuimos recibidos al mundo, o en cómo fuimos educados. Lo que sí podemos hacer, es tomar en cuenta en qué hemos contribuido para alimentar ese coraje que tenemos dentro, además abrir nuestra mente y corazón hacia las cosas bonitas.
Estas no necesariamente tienen que ser materiales, sino cosas que nos provoquen bienestar, apreciación por la vida y todo lo que nos rodea. Una buena medicina para la violencia es la aceptación.
reginakuri@hotmail.com
http://www.eluniversal.com.mx/editoriales/44262.html