La metástasis de la corrupción en México ha llegado a extremos que parecen incontrolables. Sin embargo, hay que hacer algo.
Desde su origen, en la raíz misma del proceso de integración hispano-indígena que llevó a la formación de nuestra nacionalidad, ahí está presente la corrupción. La encomiendas de comunidades indígenas a los conquistadores, para indoctrinarlas, y también para explotar su fuerza de trabajo, fue el primer paso.
Desde luego, la brutal apropiación de las tierras más productivas de los naturales por los conquistadores, dejándoles sólo las marginales como merced real a las comunidades indígenas orilladas (hoy incluso sujetas a un progresivo despojo).
Durante toda la época colonial, la venta de puestos públicos, ampliamente documentada, llevaba implícita la tolerancia real al enriquecimiento ilícito de los funcionarios: corrupción institucional. Añadamos a eso la usura de los jerarcas eclesiásticos, con las tierras como prenda de pignoración.
Con la creación de los grandes latifundios, vendrá después el mecanismo del pago en especie y la deuda transmitida de padres a hijos con los peones, auténticos siervos, para que no puedan abandonar la hacienda.
Este mecanismo, por obra de la independencia de las Tres Garantías, se prolongará por todo el siglo XIX: una república sin ciudadanos, hasta que revienta la revolución. Tierra y Libertad.
La independencia gatopardista marca desde el principio al Estado recién inaugurado. Los conspiradores del templo de la Profesa no encuentran mejor candidato para ejecutar sus planes que Agustín de Iturbide, perseguidor y asesino de insurgentes, que especula con los granos públicos de la alhóndiga, vendiéndolos al triple, como documenta Luis Pérez Verdía.
En el prolongado régimen porfirista la actuación de las llamadas compañías deslindadoras se convierte en el mecanismo para acabalar el despojo de las tierras de los más débiles.
Con el triunfo de la Revolución , se hacen proverbiales los irresistibles cañonazos de 40 mil pesos del general Álvaro Obregón. Sólo por eso, el gran traidor a los postulados de la Revolución. Sin mencionar los Convenios de Bucareli y los arreglos con los Mapaches de Chiapas, que prolongaron el viejo régimen agrario hasta 1994.
De los negocios de Miguel Alemán y de otros preclaros presidentes, políticos y líderes revolucionarios sería la lista interminable.
Desde 1982, con el arribo de Miguel de la Madrid, traicionando los postulados del nacionalismo revolucionario con los que fue electo y con la aplicación de las políticas neoliberales importadas en estos últimos 27 años, el rezago económico y social ya es alarmante. Las privatizaciones bancaria y telefónica son sólo muestras.
Y llegó el año 2000, el de la alternancia; y llegaron los honestos a acabar con la corrupción.
El saqueo de Pemex, el amparo fiscal que propicia la elusión del impuesto sobre la renta por los grandes consorcios empresariales. La continuación del desmantelamiento de todas las empresas del patrimonio nacional, de las instituciones generadoras de ciencia y tecnología y de la autonomía agroalimentaria, el uncimiento a la economía de América del Norte, que ahora nos ha precipitado al abismo, la subrogación, el outsourcing laboral, el escamoteo al seguro social, el encogimiento de la educación pública gratuita, el remate de las costas, el criminal rezago en el tratamiento de aguas. El cogobierno del sindicato magisterial y del petrolero.
En 2006 quince millones de ciudadanos quisieron acabar con esto y volver al proyecto constitucional de nación. No parecen haber tenido ningún motivo para cambiar de idea en estos dos años de presidencia del empleo. Les bloquearon su partido.
Posdata
Aprovecho este espacio de libertad de expresión para despedirme de los oyentes del noticiero del mediodía de Radio UdeG, dado que, por inesperado del cambio de programación, no me es posible hacerlo con ellos de viva voz.
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