Las presas están a 40% de su capacidad. El caudal de agua se reducirá drásticamente. Nos amenaza una sequía de calores ardientes. He propuesto en casa que hagamos las maletas y abandonemos la ciudad como lo hicieron nuestros ancestros durante las inundaciones de 1629, pero nadie me hace caso.
—Son medidas temporales —me dijeron en casa blandiendo una confianza incomprensible.
—No tiene remedio. Sé lo que digo —respondí como si fuera el virrey Pacheco y Osorio, conocedor de grandes desastres acuáticos.
Cuando se dio a conocer la noticia del racionamiento, recordé que la maldición del agua nos ha perseguido como una sombra ominosa a través de la historia. Todo empezó con un asesinato, una construcción mal hecha y un poeta ingeniero. Ahuízotl, gran tlatoani de Tenochtitlan entre 1486 y 1502, construyó un acueducto para traer agua desde el puerto de Coyoacán, pero Tzotzoma, señor de ese territorio, se opuso. Tzotzoma fue asesinado por los primeros sicarios de la ciudad. Antes de morir profirió maldiciones terribles contra el pueblo mexica y sus gobernantes. La obra hidráulica nunca ha sido nuestro fuerte, cuando se inauguró el acueducto, las aguas se desbordaron e inundaron Tenochtitlan. La corriente furiosa entró en caudal al palacio que habitaba Ahuízotl y lo arrastró estrellándolo contra los muros. Ahuízotl murió de un golpe en la cabeza. El tlatoani no se andaba por las ramas, su gobierno feroz decidió honrar a Huitzilopochtli y ordenó el sacrificio de miles de prisioneros. Algunas crónicas cuentan que la orgía de sangre duró tres días durante los cuales el tlatoani, puñal de obsidiana en mano, extrajo tantos corazones como le permitió su fuerza. Por cierto, Ahuízotl quiere decir perro de agua. Este es uno de los primeros episodios de la relación trágica que la Ciudad de México ha tenido con el agua.
Me preparo para los días que vienen. Ayer quise subir al techo del cuarto de la azotea. Es el lugar más alto de la vieja casa de la Condesa donde vivimos. En esa cúspide un arquitecto desquiciado puso cinco tinacos. La misión: verificar el nivel de agua de los depósitos. La familia en pleno me lo impidió. Sólo faltó que me esposaran a la pata de la cama. Consideran que he perdido agilidad y que no soy capaz de movimientos precisos y reacciones veloces. Creí que iba a escuchar la frase con que mi madre me advertía del peligro de las alturas: te vas a romper la crisma. No subí y no me rompí la crisma, pero le advertí a toda la familia:
—Si los cortes de agua nos toman desprevenidos, es decir con menos de la mitad del aprovisionamiento, nos vamos a bañar a jicarazos. Ustedes, porque yo me voy a un baño público —los amenacé.
Fui un profeta despreciado. Me sentí tan ofendido que decidí perderme en la historia de La Tía y La Gorda, asesinas de La Parkita y El Espectrito II, los luchadores enanos que en este momento le están dando cuentas al Creador. Por cierto, a La Tía ya le echaron el guante. El asunto merece un artículo aparte. Me di cuenta no sin cierto estupor que la vida y la muerte de estos personajes de novela, me cimbraba más que la carencia del vital líquido (así dicen los locutores de radio y televisión).
Volvamos al agua. Ya escribí que los aztecas y sus chinampas no me parecen geniales. Más bien hablamos de unos atolondrados que levantaron una civilización lacustre. Quizá los lagos de Xochimilco, Chalco, Zumpango, Tezcoco, Xaltocan fueran un paraíso, pero representaban una amenaza permanente en un sistema de ríos y acequias cuya ambición era el desbordamiento. Las chinampas se anegaban cada vez que caía un chubasco y cuando los volcanes de la era terciaria vertían las aguas del deshielo sobre la olla en que fundaron su ciudad. La catástrofe hidráulica ha sido el verdadero patrimonio de la Ciudad de México. La amenaza del agua volvía locos a los tlatoanis. En 1466, Moctezuma Ilhuicamina le ordenó a un poeta que construyera el acueducto de Chapultepec. La obra le salió bien al poeta y entonces el tlatoani le pidió una hazaña mayor: la construcción de un albarradón, un dique, en Tezcoco para separar la aguas dulce y salada y evitar así las grandes inundaciones que ocurrían cada año. Fue inútil, la albarrada del poeta ingeniero no contuvo las aguas.
Traer el agua a la ciudad siempre ha significado un problema colosal; sacarla de nuestros laberintos urbanos, un calvario. Por si fuera poco, entubamos todos los ríos y los convertimos en viaductos de cemento. Hay una posibilidad de que el porvenir de la capital se encuentre en su pasado remoto.
No subiré a la azotea, pero me dedicaré en cuerpo y alma al asesinato artero de los luchadores enanos. Bien pensado, nada más en alma.
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