Por espetarle esta benemérita frase a un trabajador gubernamental, del que no se ha revelado su identidad para confirmar si macha o no con la sentencia, una mujer fue acusada de delitos de “crímenes de odio” por parte del recipendiario de su inspirada poesía. El incidente abre un nuevo nicho de oportunidad para quienes, amparados en el Código Penal del DF, puedan levantar toda clase de demandas contra quienes les hayan espetado algún tipo de insulto que pudiera cuadrar con el artículo 8 fracción octava que al calce dice: “Existe odio cuando el agente lo comete por la condición social o económica; vinculación, pertenencia o relación con un grupo social definido; origen étnico o social; la nacionalidad o lugar de origen; el color o cualquier otra característica genética, sexo, lengua, género, religión o edad”.
Con estos antecedentes, ya me imagino al diputado Corral, del PAN, encaminándose en friega a alguna delegación policiaca para exigir que al señor Noroñas lo traten como al matón del Metro Balderas sólo porque en un memorándum lo llamara “Bravucón de cantina”, algo que en ciertos círculos puede ser tomado hasta como un elogio.
Sin dudar de su naturaleza salvajemente grupera, el ahora ya clásico “¡prieto, chaparro, oaxaco!” es incluso fresa, poco imaginativo, provinciano y sin gracia para lo que se puede escuchar como intercambio entre compañeros, digamos, en la redacción de MILENIO.
De hecho, para el demandante puede resultar hasta contraproducente interponer una queja por un insulto tan ñoño. Ya ven lo que le pasó a Francisco Labastida que, en el momento de salir públicamente a acusar a Fox por haberle dicho “mariquita, chaparro, lavestida”, sus aspiraciones se fueron al caño. En México esta clase de manifestaciones de chivato están mal vistas. Por eso no duden que al senador priista le vuelva a llover en su milpita luego de que palomeara a Chávez Chávez para ser designado como procurador, pues según sus propias palabras: “Es el menos peor”. ¿Pior?
Lo de Chávez Chávez, caprichito calderónico, alcanza nuevas lecturas. Ya no importa que en Chihuahua haya demostrado más que falta de sensibilidad y pericia en el caso de las muertas de Juárez, lo que preocupa es que el senador Pablo Gómez lo haya desenmascarado como un auténtico neófito en materias de investigación criminal.
Para ser políticamente correctos, el “¡prieto, chaparro, oaxaco!” tendría que ser catafixiado por ese notable axioma de Gonzalo N. Santos por su naturaleza democrática e incluyente: “Sea gringo, gachupín o indio, a todos me los chingo”.
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