Las cosas están cambiando de manera acelerada en Iberoamérica. Los hechos recientes lo comprueban de manera contundente. La respuesta a la prolongación por un año más del absurdo bloqueo económico estadounidense a Cuba resultó asombrosa y apabullante este domingo pasado. Más de un millón de cubanos se reunieron nada menos que en la Plaza de la Revolución de La Habana, escenario normal de los grandes actos políticos del régimen cubano.
Pero esta vez se trataba de la música y de la fiesta, de la paz y de la solidaridad fraterna internacional, del concierto Paz sin Fronteras, organizado, y realizado, conjuntamente por el cantautor colombiano Juanes, con la participación activa del español Eduardo Aute, su compatriota Miguel Bosé, los cubanos Silvio Rodríguez y Amaury Pérez, y la puertorriqueña Olga Tañón. Todos vencieron el miedo ante las amenazas de los grupos más radicales de Miami.
En un lenguaje oscuro, que ni diplomático resultó, la oficina presidencial de Barack Obama anunció hace unos días que “es de interés nacional para Estados Unidos continuar un año más el ejercicio de ciertas autoridades conforme a la ley de comercio con el enemigo respecto de Cuba”. En resumen y en claro: se prorroga el bloqueo, repudiado año tras año en las Naciones Unidas, por un año más. Cuba sigue siendo “el enemigo” para el gobierno de los Estados Unidos. Respuesta: la fiesta multitudinaria de la solidaridad y de la alegría; alegría latina, o sea fraternidad.
Como acaba de decir Noam Chomsky de visita en México para celebrar los 25 años de La Jornada, un periódico propiedad de periodistas: “América Latina es el lugar más estimulante del mundo”, aunque sigue siendo la región de mayor desigualdad.
El domingo habanero no fue día de beligerancia sino de alegre concordia. “Hemos vencido el miedo”, dice Juanes. “Es tiempo de cambiar” y la cordial invitación va en las dos direcciones: a Miami y Washington, y también a La Habana; hay que “cambiar el odio por el amor, muchachos”. Y Olga Tañón envía “un abrazo fraternal… al exilio cubano, a los que nos apoyaron, y a los que no”.
Juanes, el colombiano, ya organizó otro concierto Paz sin Fronteras el año pasado, precisamente en la frontera entre Colombia y Venezuela, cuando los ánimos caldeados de ambos gobiernos llevaron a la ruptura de relaciones diplomáticas entre ellos. Fueron los pueblos, la gente de ambos lados, los ciudadanos sin fronteras, los que aplacaron los arrestos bélicos de sus gobiernos. La gente quiere paz, fraternidad, convivencia, alegría latina, cultura; no quiere bases militares. Los hechos le dan la razón a Evo Morales, presidente de Bolivia. Ante sus paisanos en Madrid, en su reciente visita a España, les recuerda que donde hay bases militares extranjeras, hay golpes de estado.
Pero ya ni los golpes de estado son como los de antes. Ahora, ¿quién lo diría?, hasta la OEA reclama el restablecimiento del orden constitucional en Honduras, lo que compromete a una definición del gobierno estadounidense.
UNASUR sigue avanzando a pasos acelerados sin la tutela norteamericana.
La fiesta es algo muy serio. No es frivolidad. Es el reclamo de la fraternidad humana.
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