¿De dónde vinieron? ¿Cómo llegaron? Nadie lo sabe pero los jóvenes estaban ahí? sentados a nuestra mesa. Durante el sueño del cuarto whisky -ocurren tantas cosas durante el sueño del cuarto whisky- un amigo de mi edad y yo recordamos a una mujer de unos treinta y seis años. Estábamos a punto de recitar con lágrimas en los ojos un poema de Sabines alusivo a esa mujer perdida en el tiempo cuando uno de los jóvenes le dijo a otro:
-íTreinta y seis! -gritó el número como si anunciara una lotería monstruosa.
-Noooo -agregó-, ésas ya cascabelean en las subidas.
Ahí empezó todo. Mi amigo se sintió ofendido no sólo por el recuerdo manchado de la mujer perdida en el tiempo sino porque aquella edad era la nuestra razón por la cual los encaró:
-Son ustedes unos jovenzuelos -les dijo y remató: – Hamponcetes.
Con estos titulares de nota roja mi amigo describió la diferencia de edades: no nos separaban más de diez o doce años pero no menos. Uno de los jóvenes contratacó feroz con una seguridad que sólo se tiene en dos momentos de la vida dos momentos en los que uno cree ser exactamente lo que no es a los veinticinco y a los cuarenta y cinco.
-Ustedes son unos treintones melancólicos encabalgó la frase con esta otra: -Quítense sus corbatas y vamos a debatir este asunto.
¿Por qué para estos jóvenes una simple plática tiene que ser un debate? Lo ignoro. ¿Por qué nos pidieron que nos quitáramos las corbatas? También lo ignoro. Con estos enigmas sin resolver hablamos, sin éxito cognoscitivo, de los sueños que marcan las edades y las edades que cambia el tiempo: que si las generaciones ocurren cada cuatro o cada ocho años, que si en la madurez hay que conservar la rebeldía de los veintes, que si dormir mucho le hace mal a la juventud, que si hay que estar en un estado de vigilia eterna, que si ganar un poco de dinero pudre el alma rebelde, que si el uso del coche empobrece el espíritu crítico. Nos deslizábamos por este tobogán ontológico cuando cometí? una imprudencia:
-¡Vamos a mi casa!
Llegamos a mi casa con la discreción de un iceberg. Uno de los jóvenes nos comunicó, voz en cuello:
-Me ando meando.
Entonces mi mujer me preguntó:
-¿Oye, a quién trajiste?
Yo le respondí orgulloso, como si hubiera llevado a la casa a Gandhi, a la Madre Teresa, a Rigoberta Menchú:
-Son unos jóvenes con los que hice amistad.
-Me parece perfecto que te intereses en las nuevas generaciones, pero diles que no griten como si estuvieran en la Feria de San Marcos: son las tres de la mañana.
Minutos después decidí someterlos por la vía del gusto clásico. Puse en la tornamesa un viejo disco de los Rolling Stones y, en especial, la canción “No puedes obtener siempre lo que quieres”. Pisé una trampa del optimismo y les dije que la película de Lawrence Kasdan, The Big Chill, era una narración extraordinaria de la amistad y la juventud perdidas.
Me miraron como se ve un muro blanco. Uno de los jóvenes dijo:
-Eso parece música de iglesia, ¿qué es?
Me desvanecí. Cuando recuperé el conocimiento estaban en la cocina preparándose unas enfrijoladas. Refrieron unos frijoles de olla con saña culinaria, calentaron tortillas e hicieron una salsa mexicana en el piso de la cocina: pisotearon una cebolla, dos jitomates y varios chiles verdes. Llevaron la salsa en sus zapatos hasta la sala y ahí? se comieron sus enfrijoladas.No se ha descubierto la relación que existe entre el frijol y la pasión política, pero debe ser muy profunda porque después de las enfrijoladas empezaron a hablar de política. Analizaron los trágicos acontecimientos de Bosnia, apostaron por el futuro de Bill Clinton, se detuvieron con detalle en los estatutos de la UNAM, en la situación política que vive Yucatán y, al final, disertaron sobre el movimiento estudiantil de 1968, me contaron la manifestación del silencio como si hubiera ocurrido esa tarde.
Eran las cuatro de la mañana cuando decidí ponerlos de rodillas. No fue fácil convencerlos, los tuve que amenazar con el disco doble del Príncipe de la canción, José José. El que más se resistió fue uno a quien apodaban inútilmente el Trotsky, pero al final no tuvo alternativa y se arrodilló. Una vez de rodillas pude pasearlos, a placer, por el rock de los años setentas. Cuando puse al grupo de rock Eagles, el Trotsky dijo, de rodillas:
-No puede ser, yo tenía cuatro años cuando esa canción estaba de moda.
Otro de los jóvenes expresó su desaliento:
-Es un poco incómodo oír música así, de rodillas.
-Tómalo como un tributo a los grandes momentos de la música de los setentas.
Para que no hubiera acusaciones de autoritarismo e intolerancia, me arrodillé yo mismo. Aunque con esa altura no era fácil cambiar los discos, compartimos todavía algunos éxitos del pasado hasta que alguien decidió llamar a un taxi. Cuando oímos el claxon, caminamos todos sobre nuestras rodillas. Nos despedimos con pequeños abrazos y frases amables. Así terminó ese breve encuentro de dos generaciones.
Rafael Pérez Gay.
http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=407
Y el premio a la tolerancia hacia las generaciones pasadas, presentes y futuras lo gano la señora de la casa.
Despertar a las tres de la mañana con los gritos de un desconocido diciendo cual es el estado de su vejiga, eso es tolerancia y no cuentos.
Hluot Firthunands je, je me gusta tu punto de vista…hoy creo que es el Día de la Tolerancia.
Lo encontramos, es de 1993, es bueno sacar o rescatar del Baúl de los recuerdos escritos de hace mucho tiempo ¿Te gusto?
Jejejejeeee
Si Menospausas, esta divertido.
Es divertido en verdad Hluot, yo creo que es bueno un poco de respirar aire limpio…
ley desafortunadamente hoy su columna del universal, en donde solo da a conocer su ineptitud como padre. como todo capitalino debe tomar en cuenta el embotellamiento que se llega a ocasionar y mas aun con un evento de esa magnitud, es marcada su estupidez señor gay dado que debio ubicar el sitio con anterioridad yo pase hace 6 mese por lo mismo y si su hijo apenas hizo el examen solo quiere decir que no era apto para quedarse en el en el ciclo 1001 dudo que lo logre esta ves
Anthoan…no es Ley leer a Rafael Pérez Gay, pero yo también leí la columna de él el domingo, por cierto que la pusimos ayer aquí mismo…¿No la viste?
Qué poco sentido de humor tienes, yo disfrute la columna, mucho en verdad…un día antes había escrito Juan Villoro casi de lo mismo, de ese perdernos….y claro ¿Cuanto es ficción y cuanto es verdad en una columna de Pérez Gay?
Su hijo presenta el examen por primera o segunda vez ¿A quien le importa? Yo si espero que pasen muchos jóvenes…pero en toda la columna no lo dice ¿Tu lo conoces?
Perdón pero hay algún reglamento que obligue a los capitalinos a conocer perfectamente la ciudad…porqué si es así, yo que vivo en una ciudad capital no la conozco en su totalidad.
¿No te hicieron examen de ortografía verdad?
Saludos