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Archivar como 15/10/09

—Para Guille

¿Qué ocurre cuando un lugar común de la cultura contemporánea e incluso del más vulgar “ mainstream”, puede convertirse en un objeto de “culto” y hasta en una detonación contracultural que se burla de su tiempo? Desde luego que no estaba planeado que las películas del Santo se hayan convertido en la fascinación del kitch europeo o que ciertas canciones del “Divo de Linares” se escuchen en los radicales antros del underground y nadie podrá negar que varias canciones del primer José José, El Príncipe de la Canción  (nada que ver con el decrépi- to abuelito de las telenovelas hoy), siguen tan vivas que pueden hacen llorar al intelectual más exquisito ante la mínima certeza de que “El amor acaba”.

Ya un puñado de nuestras bandas roqueras de innegable intensidad transgresora cerraron filaspara hacer un “Tributo” a ese jovencito que dejó con la boca abierta a todos los presentes en el Teatro de la Ciudad cuando interpretó hace casi 40 años ese himno de los abandonados del amor: “El triste, todos dicen que soy, que siempre estoy hablando de ti, no saben que pensando en tu amor he podido ayudarme a vivir… Hoy quiero saborear mi dolor, no pido compasión ni piedad, la historia de este amor se escribió para la eternidad…”. Así, con lo mejor que escribió Roberto Cantoral, inició una leyenda.

Todo iba muy bien en esa epopeya de fracaso y genialidad de José José, cuando era el borracho perdido que cantaba como un dios (perdón, afortunadamente sólo como un príncipe etilizado), pero su renuncia al exceso se convirtió en grotesca caricatura. Hay canciones imposibles de borrar de ese inconsciente colectivo del vacío amoroso: “Almohada”, “Si me dejas ahora”, “El amor acaba”, “Gavilán o paloma”… En la certeza mínima de la congruencia, en esas rolas quedaría poco que salvar para la seria poesía o para la flosofìa que pretende construir lo mejor del pensamiento, pero nada podremos hacer cuando sólo nos queda la “Almohada” y “quisiera gritarte que vuelvas conmigo y que si vivo sólo es para amarte”, pero a las palabras se las lleva el viento…


Habría que decir que toda teoría del amor como una intensidad para siempre, que llegamos a defender a muerte hasta hace poco tiempo, queda sepultada cuando el Pepe Pepe asegura que “llega a ser rutina la caricia más divina, porque el tiempo tiene grietas, porque grietas tiene el alma, porque hasta la belleza cansa” y, en conclusión: el amor acaba…”. ¿Será?

En cada una de estas rolas se desparraman litros de cursilería y siempre aparecen los extremos del abandono (“Desesperado”), de los que amaron sin esperar nada y fueron aplastados por el más cruel desprecio. Baste recordar aquellas líneas que deben evocarse con lágrimas en los ojos y unos buenos tragos de por medio: “Si me dejas ahora, no seré capaz de sobrevivir, si me dejas ahora, mi espíritu se irá tras de ti, cabalgará día y noche sintiéndose soñador y Quijote, porque ataste mi piel a tu piel y mi boca a tu boca, clavaste tu mente en la mía como una espada en la roca y ahora me dejas como si fuera yo cualquier cosa…”.

El fnal es inmejorable: “Estoy preso entre las redes de un poema, eres tú quien me puede ayudar o me condena, eres lo mejor de mi pasado, eres tú quien aún me tiene enamorado, eres tú, sólo tú…”.

Lo mejor de estas epopeyas del amor idílico o de los desbarrancos más dolorosos es que se pueden cantar, llorar e incluso berrear en público o en privado, pero nunca necesitaremos las interpretaciones tendenciosas y abusivas de terapeutas  y psicoanalistas negados para el amor.

Lo mejor es llorar al amor con la frágil emoción que no busca explicaciones complejas de nuestra efímera condición humana. Cantemos a José José, desde luego, y en primer lugar a Guty Cárdenas, Álvaro Carrillo, al gran José Tequilalfredo Jiménez, Cuco Sánchez, Juanga, Joaquín Sabina y también al Pirulí. La lista es interminable, como lo es el vacío del desamor.  •

Ca r l o s Ma r t í n e z re n t e r í a

Ciudad de México, 1962. Escritor y editor. Es autor  y compilador de Diez años por la Contracultura, Érase una vez en el DF y Cultura contra Cultura.


http://xml.diasiete.com/pdf/474/18HASTAATRAS.pdf


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Las calles se llenan de personas que defienden de todo. Sus cotos de poder corrupto o un puesto de trabajo digno; muchos defienden la injusticia de siglos de pobreza, otros su cómodo puesto de aviadores sindicales. Otros protegen sus canchas de tenis de superlujo y la posibilidad de manipular a miles de personas para avalar el sindicalismo charro electorero.

Cada persona que marcha tiene motivos personales, algunas defienden sus valores y otras sus intereses superfluos.

Otros les miran con recelo, descalifican su movilización y de pronto ya no hay personas: hay enemigos a muerte. Columnistas que escriben filtraciones desde el poder, otros que descalifican y se burlan de quienes marchan señalándoles como el mal del país. Otros les aplauden y les reivindican como si fueran todos santos, víctimas del sistema. Y la ira se retroalimenta.

Cada cultura construye sus propias justificaciones de las conductas violentas de sus miembros, provee normas como excusas culturales de la violencia, verbal, escrita o física. Lo peligroso es que estas prácticas cada vez más comunes en México ayudan a deshumanizar a los grupos que disienten.

La violencia alimenta la desconfianza, el odio. Millones ya no saben qué y en quién creer y aseguran que el país está podrido.

Lo malo de un país podrido es que las personas dejan de mirarse mutuamente como humanas, se cosifican como objetos descompuestos, incapaces de transformarse y crecer, de arrepentirse y mejorar. Hay quienes por la frustración sufren de embotamientos afectivos y dificultades para discriminar entre los estímulos externos y diferenciar entre lo verdaderamente esencial y lo que no lo es; lo que es honesto y lo deshonesto.

La moral y la ética tienen una mala fama en nuestro país. Fernando Savater dice que la ética es el saber vivir: el arte de discernir lo que nos conviene (lo bueno) y lo que no nos conviene (lo malo). El maestro nos recuerda que hay que inventar soluciones razonadas. México no se pudre, pero abonamos su descomposición cuando nos negamos a hacer una reflexión ética, cuando decidimos seguir animando el odio sin tomar decisiones informadas para negociar los conflictos y diferenciar entre los truhanes y las víctimas.

http://www.eluniversal.com.mx/columnas/80470.html

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Los siguientes son apuntes escritos desde la plataforma del desconcierto.

1. Se puede entender el argumento de la liquidación de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro porque se había convertido en una empresa costosa, ineficiente y que demandaba un subsidio más que elevado. Sin embargo, no es posible compartir que la extinción de la compañía haya sido un acto unilateral acompañado de la ocupación de las instalaciones por cientos de elementos de la Policía Federal. Un desplante autoritario. La vieja conseja de que el fin justifica los medios.

2. Se entiende la preocupación e indignación de los trabajadores del SME, que observan cómo de la noche a la mañana (literalmente) desaparece su centro de trabajo y quedan sin empleo. La estabilidad laboral, las prestaciones, pero sobre todo la certeza de contar con un trabajo permanente, súbitamente, desaparecen y ello genera no sólo malestar sino coraje. Lo que no se alcanza a comprender es por qué, a lo largo de los años, el sindicato se desentendió de la enorme sangría de recursos que implicaba su contrato colectivo de trabajo y que restaba viabilidad económica a la empresa.

3. El gobierno dirá que no tenía otra ruta más que la del “descontón”, que la reforma pactada era imposible, que el sindicato no era un interlocutor capaz de pactar nuevas reglas. No sabremos nunca la verdad de esa presunción. Entre otras cosas porque desde el gobierno o la empresa nunca se conoció un planteamiento abarcador sobre el contrato colectivo que eventualmente sería viable.

4. Los trabajadores, por su parte, afirman que su cuadro de prestaciones había sido pactado de manera bilateral con los sucesivos representantes de la empresa. Sin duda tienen razón. Las condiciones de trabajo, los derechos y prestaciones son acordados de manera bilateral y en todo caso existe una corresponsabilidad en la materia. Pero la vieja fórmula de hacer responsable al otro no basta; invariablemente tiene limitaciones.

5. Hay quienes aplauden la contundencia y sorpresa de la acción gubernamental. “Fue una operación magistral, asombrosa, nadie la esperaba”, afirman. El problema es que el decreto de liquidación informa de un largo procedimiento que involucra a varias secretarías y que fue ocultado a los trabajadores y a la opinión pública. Se actúo en las sombras. Y tratándose del gobierno resulta cuestionable.

6. Los trabajadores han anunciado movilizaciones. No podía ser de otra manera. Ejercerán sus derechos e intentarán revertir la decisión. Acudirán a la vía del amparo y tratarán de lograr las adhesiones de legisladores necesarias para iniciar una controversia constitucional. Esto último -al parecer- no será sencillo. De nuevo la judicialización de las diferencias, de los desencuentros. Cuando las vías de la negociación y el acuerdo, es decir, de la política, no son exploradas, no queda más que el expediente judicial.

7. La primera vez que escuché la necesidad de integrar la industria eléctrica nacionalizada y de construir un gran sindicato nacional del ramo fue durante las jornadas de lucha de la Tendencia Democrática encabezada por don Rafael Galván en los primeros años setenta. Cuando fueron despojados de la titularidad de su contrato colectivo (STERM) en 1971 y cuando con posterioridad fueron expulsados del SUTERM en 1975, aquellos electricistas hicieron hincapié en la necesaria integración de la industria y en la conveniencia de dar pasos hacia una organización democrática e independiente. Deseaban una industria eléctrica fuerte, saneada, impulsora del desarrollo. Y un sindicato que fuera un instrumento de auténtica defensa de los intereses laborales de los trabajadores capaz de contribuir a esas tareas. Por desgracia, no sólo los combatieron los líderes “charros” sino también el gobierno que acabó perpetuando dos estructuras y consolidando en la CFE un sindicato dócil. Por cierto, en aquellas jornadas hubo momentos en los que el SME apoyó a los electricistas encabezados por Galván, pero luego dio pasos atrás y se quedó viendo “los toros desde la barrera”.

8. El conflicto intersindical que estaba en curso fue interrumpido por la liquidación de la empresa. Los integrantes de ambas planillas han cerrado filas ante lo que consideran una agresión a todos. De tal suerte que lo que durante algún tiempo apareció como el eje del litigio dejó de serlo. Pero en esa dimensión, hay que recordarlo cada vez que haga falta, la decisión de quiénes son los representantes de un sindicato debe estar en manos de los trabajadores y sólo de ellos. Ni la empresa ni el gobierno ni la “opinión pública” tienen (o deben tener) facultades para decidir por los representados. Y el expediente del recuento, contemplado en la legislación laboral mexicana, debe ser activado. Además, en una coyuntura tan complicada como la actual siempre es conveniente tener un interlocutor legitimado. Ello tiende a facilitar la construcción de salidas.

Lo dicho: elementos para incrementar el desconcierto.
http://www.reforma.com/editoriales/nacional/523/1044133/default.shtm

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México: El sindicalismo fue destruido por el capitalismo “moderno”

Por:Pedro Echeverría

“Viva la lucha de los mineros mexicanos”

1. Los sindicatos nacieron junto a la industria capitalista. Fueron las organizaciones de los obreros, los proletarios, los oprimidos, que con sus luchas gremiales buscaban aminorar la explotación y vender su fuerza de trabajo por salarios menos injustos.

Los sindicatos lucharon siempre por buenas condiciones de trabajo, por aminorar la explotación, pero no alcanzaron identificar que sus condiciones de pobreza y miseria, de por vida, eran originarias del capitalismo. Como diría Marx, por falta de conciencia la clase obrera es una clase en sí no para sí, es decir, es un clase explotada pero con una conciencia formada, alienada, por la clase dominante.

2. En México, como la clase empresarial, la clase obrera nació protegida por las leyes burguesas. Fue la burguesía burocrática, la que se adueñó del poder después de la Revolución de 1910/17, la que expidió las leyes, reglamentó a los sindicatos y luego los controló otorgándoles derechos y obligaciones limitados al marco capitalista. El corporativismo sobre los sindicatos, es decir, la dominación de empresarios, gobierno y líderes charros o vendidos, dominó durante las largas décadas de gobiernos del PRI y de los últimos ocho años de gobiernos del PAN. El corporativismo, con premios y castigos para los obreros, fue determinante en la relación de dominación.

3. En el país, con excepción de algunos momentos de relativa independencia de los obreros de los sindicatos ferrocarrileros (vallejistas), electricistas de Galván (STERM) y del SME, de los trabajadores de la UNAM y otros centros educativos, así como de una veintena de pequeños sindicatos, la parte grande de los sindicatos obreros del país que organizados pertenecieron a la CTM, la CROM, CROC, sindicatos petroleros, mineros, textiles y al Congreso del Trabajo, estuvieron desde 1917, cuando se proclamó la Constitución Política, al servicio del gobierno del PRI, así como hoy del PAN. El sindicalismo independiente fue siempre débil ante el corporativismo.

4. Antes de los años ochenta, pesar de ser un sindicalismo dominado totalmente por gobierno y empresarios, por el artículo 123 constitucional y la Ley Federal del Trabajo, aún parecían mantenerse con un poco de vigencia (por lo menos en el papel) en lo relativo a los contratos colectivos, el derecho de huelga y las conquistas sindicales. A pesar del sindicalismo charro o espurio de los dirigentes, las luchas reivindicativas le daban cierta presencia a los sindicatos y confederaciones obreras. ¡Imaginen nada más! El líder obrero Fidel Velázquez estuvo a la cabeza de la CTM (la organización más grande) de 1936, y como secretario general desde 1941, hasta que falleció en 1997.

5. A partir de 1982, con la implantación del neoliberalismo, la economía empezó a dar un gran giro en beneficio de los grandes empresarios y la política comenzó, según De la Madrid, “a devolverle a la sociedad (empresarios privados) lo que el Estado le había quitado”. Las maquiladoras se introdujeron al país y, además de incrementar la exportación, impusieron un modelo de contratación individual, una forma despiadada de explotación intensiva de obreros y obreras, amenazas permanentes de despidos, eliminación de derechos y prohibición de organización sindical. Se intensificó una campaña de desprestigio contra las organizaciones sindicales y sus directivos.

6. Paralelamente se planteó la reforma a la Ley del Trabajo para darle “flexibilidad”, “competitividad económica”, frente a la apertura al capital extranjero buscando eliminar la contratación colectiva, el derecho a huelga, las conquistas sindicales de décadas anteriores y cualquier agrupación obrera. El planteamiento del “respeto a la persona humana”, del enorme “valor de la dignidad individual”, se sobrepuso a cualquier agrupación y lucha colectiva. Los salarios se hicieron más pequeños, la explotación más intensiva para que las maquiladoras obtengan mayores ganancias y no se vayan del país. Los sindicatos se comenzaron a desplomar ante esa realidad.

7. La “modernidad capitalista”, apuntalada por la implantación de nuevas tecnologías computarizadas y un radical proceso de sustitución de mano de obra, ha hecho crecer enormemente el desempleo y la reducción del ingreso salarial de los trabajadores. En vez de que la instrucción de modernas tecnologías beneficien a los trabajadores, hace las funciones de aquellas máquinas que en el siglo XVII fueron destruidas por los seguidores de Ludd. A partir de esta “modernidad” el sindicalismo oficial y charro ha perdido presencia a pesar de estar colgado a los cargos y el dinero de los gobiernos panistas y priístas. El que aún vive es el sindicalismo más o menos independiente.

8. El primero de mayo de 2007, así como del año pasado, estuve en el Zócalo de la ciudad de México para observar las tres concentraciones de diferentes sindicatos y organizaciones obreras citadas por sus líderes: la primera, encabezada por la CTM y demás organismos gobiernistas comenzó a las 8 de la mañana y se retiró dos horas después. A las 12 del día llegó la CROC y otros organismos con posiciones un poco críticas al gobierno y la CTM; a las dos de la tarde ya casi nadie quedaba en la explanada. A partir de las cuatro comenzaron a llegar los enormes contingentes del sindicalismo independiente encabezado por los electricistas del SME, los trabajadores del sindicato de IMSS, los telefonistas, etcétera que se retiraron a las 20 horas.

9. Pude observar que el sindicalismo charro, a pesar del fuerte apoyo político y económico con que cuenta, está totalmente debilitado; que sólo realizó esos actos para no dejar pasar, es decir, para cumplir con una tradición conmemorativa con más de un siglo de antigüedad. Sus dos o tres oradores no eran escuchados porque además de sus incoherencias casi todos los asistentes conversaban en pequeños grupos de futbol o de fiestas. Por el contrario la marcha de los independientes, encabezada por los electricistas del SME y los profesores de la CNTE, además de haber duplicado o triplicado la asistencia demostró una gran combatividad. Por lo menos, en los festejos del primero de mayo, el sindicalismo combativo ha tomado la vanguardia.

10. Lo importante es que hay un ligero impulso del nuevo sindicalismo a superar el limitado gremialismo. Los obreros de los sindicatos independientes comienzan a comprender que sus luchas, además de sindicales son políticas y clasistas. Es necesario profundizar la lucha clasista entre los trabajadores de sindicatos claves, por su número, como el de profesores del SNTE, el de empleados del IMSS y el de telefonistas. Los sindicatos gremialistas con formación anterior a 1982 van desapareciendo en los hechos; el neoliberalismo, que parece ser la expresión salvaje del capitalismo, ha hecho surgir el sindicalismo clasista. Van entendiendo que de lo que se trata ahora no es vender mejor la fuerza de trabajo sino de acabar para siempre con la explotación.
http://www.argenpress.info/2009/04/mexico-el-sindicalismo-fue-destruido.html

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