DUERMES CANSADO, INSATISFECHO. YA EN EL SUENO sentiste esa vaga
melancolía, esa opresión en el diafragma, esa tristeza que no se deja apresar por
tu imaginación. Dueño de la recamara de Aura, duermes en la soledad, lejos del
cuerpo que creerás haber poseído.
Al despertar, buscas otra presencia en el cuarto y sabes que no es la de Aura la
que te inquieta, sino la doble presencia de algo que fue engendrado la noche
pasada. Te llevas las manos a las sienes, tratando de calmar tus sentidos en
desarreglo: esa tristeza vencida te insinúa, en voz baja, en el recuerdo inasible de
la premención, que buscas tu otra mitad, que la concepción estéril de la noche
pasada engendro tu propio doble.
Y ya no piensas, porque existen cosas mas fuertes que la imaginación: la
costumbre que te obliga a levantarte, buscar un baño anexo a esa recamara, no
encontrarlo, salir restregándote los párpados, subir al segundo piso saboreando la
acidez pastosa de la lengua, entrar a tu recamara acariciándote las mejillas de
cerdas revueltas, dejar correr las llaves de la tina e introducirte en el agua tibia,
dejarte ir, no pensar mas.
Y cuando te estés secando, recordaras a la vieja y a la joven que te sonrieron,
abrazadas, antes de salir juntas, abrazadas: te repites que siempre, cuando están
juntas, hacen exactamente lo mismo: se abrazan, sonríen, comen, hablan, entran,
salen, al mismo tiempo, como si una imitara a la otra, como si de la voluntad de
una dependiese la existencia de la otra. Te cortas ligeramente la mejilla,
pensando estas cosas mientras te afeitas; haces un esfuerzo para dominarte.
Terminas tu aseo contando los objetos del botiquín, los frascos y tubos que trajo
de la casa de huéspedes el criado al que nunca has visto: murmuras los nombres
de esos objetos, los tocas, lees las indicaciones de uso y contenido, pronuncias la
marca de fabrica, prendido a esos objetos para olvidar lo otro, lo otro sin nombre,
sin marca, sin consistencia racional. ¿Qué espera de ti Aura? acabas por
preguntarte, cerrando de un golpe el botiquín. ¿Qué quiere?
Te contesta el ritmo sordo de esa campana que se pasea a lo largo del corredor,
advirtiéndote que el desayuno esta listo. Caminas, con el pecho desnudo, a la
puerta: al abrirla, encuentras a Aura: será Aura, porque viste la tafeta verde de
siempre, aunque un velo verdoso oculte sus facciones. Tomas con la mano la
muñeca de la mujer, esa muñeca delgada, que tiembla…
—El desayuno esta listo.—te dirá con la voz mas baja que has escuchado…
—Aura. Basta ya de engaños —¿Engaños?
—Dime si la señora Consuelo te impide salir, hacer tu vida; ¿por qué ha de estar
presente cuando tu y yo?; dime que te iras conmigo en cuanto. . .
—¿Irnos? ¿A dónde?
—Afuera, al mundo. A vivir juntos. No puedes sentirte encadenada para siempre a
tu tía… ¿Por qué esa devoción? ¿Tanto la quieres?
—Quererla. . .
—Si ¿por qué te has de sacrificar así?
—¿Quererla? Ella me quiere a mi. Ella se sacrifica por mi.
—Pero es una mujer vieja, casi un cadáver; tu no puedes…
—Ella tiene mas vida que yo. Si, es vieja, es repulsiva.. . Felipe, no quiero volver…
no quiero ser como ella. . . otra…
—Trata de enterrarte en vida. Tienes que renacer, Aura. ..
—Hay que morir antes de renacer. No. No entiendes. Olvida, Felipe tenme
confianza.
—Si me explicaras…
—Tenme confianza. Ella va a salir hoy todo el día…
—iEUa?
—Si, la otra.
—¿Va a salir? Pero si nunca.
—Si, a veces sale. Hace un gran esfuerzo y sale. Hoy va a salir. Todo el día… Tu
y yo podemos…
—¿irnos?
—Si quieres…
—No, quizás todavía no. Estoy contratado para un trabajo. Cuando termine el
trabajo, entonces si…
—Ah, si. Ella va a salir todo el día. Podemos hacer algo…
—¿Que?
—Te espero esta noche en la recamara de mi tía. Te espero como siempre.
Te dará la espalda, se ira tocando esa campana, como los leprosos que con ella
pregonan su cercanía, advierten a los incautos: “Aléjate, aléjate”. Tú te pones la
camisa y el saco, sigues el ruido espaciado de la campana que se dirige, enfrente
de ti, hacia el comedor; dejas de escucharlo al entrar a la sala: viene hacia ti,
jorobada, sostenida por un báculo nudoso, la viuda de Llorente, que sale del
comedor, pequeña, arrugada, vestida con ese traje blanco, ese velo de gasa
teñida, rasgada, pasa a tu lado sin mirarte, sonándose con un pañuelo,
sonándose y escupiendo continuamente, murmurando:
—Hoy no estaré en la casa, señor Montero. Confío en su trabajo. Adelante usted.
Las memorias de mi esposo deben ser publicadas.
Se alejara, pisando los tapetes con sus pequeños pies de muñeca antigua,
apoyada en ese bastón, escupiendo, estornudando como si quisiera expulsar algo
de sus vías respiratorias, de sus pulmones con-gestionados. Tú tienes la voluntad
de no seguirla con la mirada; dominas la curiosidad que sientes ante ese traje de
novia amarillento, extraído del fondo del viejo baúl que esta en la recamara…
Apenas pruebas el café negro y frío que te espera en el comedor. Permaneces
una hora sentado en la vieja y alta silla ojival, fumando, esperando los ruidos que
nunca llegan, hasta tener la seguridad de que la anciana ha salido de la casa y no
podrá sorprenderte. Porque en el puno, apretada, tienes desde hace una hora la
Llave del arcón y ahora te diriges, sin hacer ruido, a la sala, al vestíbulo donde
esperas quince minutos mas —tu reloj te lo dirá— con el oído pegado a la puerta
de doña Consuelo, la puerta que en seguida empujas levemente, hasta distinguir,
detrás de la red de araña de esas luces devotas, la cama vacía, revuelta, sobre la
que la coneja roe sus zanahorias crudas: la cama siempre rociada de migajas que
ahora tocas, como si creyeras que la pequeñísima anciana pudiese estar
escondida entre los pliegues de las sabanas.
Caminas hasta el baúl colocado en el rincón; pisas la cola de una de esas ratas
que chilla, se escapa de la opresión de tu suela, corre a dar aviso a las demás
ratas cuando tu mano acerca la llave de cobre a la chapa pesada, enmohecida,
que rechina cuando introduces la llave, apartas el candado, levantas la tapa y
escuchas el ruido de los goznes enmohecidos. Sustraes el tercer folio —cinta
roja— de las memorias y al levantarlo encuentras esas fotografías viejas, duras,
comidas de los bordes, que también tomas, sin verlas, apretando todo el tesoro
contra tu pecho, huyendo sigilosamente, sin cerrar siquiera el baúl, olvidando el
hambre de las ratas, para traspasar el umbral, cerrar la puerta, recargarte contra
la pared del vestibulo, respirar normalmente, subir a tu cuarto.
Allí leerás los nuevos papeles, la continuación, las fechas de un siglo en agonía.
El general Llorente habla con su lenguaje mas florido de la personalidad de
Eugenia de Montijo, vierte todo su respeto hacia la figura de Napoleón el
Pequeño, exhurna su retórica mas marcial para anunciar la guerra franco-
prusiana, llena paginas de dolor ante la derrota, arenga a los hombres de honor
contra el monstruo republicano, ve en el general Boulanger un rayo de esperanza,
suspira por México, siente que en el caso Dreyfus el honor —siempre el honor—
del ejercito ha vuelto a imponerse. . . Las hojas amarillas se quiebran bajo tu
tacto; ya no las respetas, ya solo buscas la nueva aparición de la mujer de ojos
verdes: “Se por que lloras a veces, Consuelo. No te he podido dar hijos, a ti, que
irradias la vida. . .” Y después: “Consuelo, no tientes a Dios. Debemos
conformarnos. ,;No te basta mi cariño? Yo se que me amas; lo siento. No te pido
conformidad, porque ello seria ofenderte. Te pido, tan solo, que veas en ese gran
amor que dices tenerme algo suficiente, algo que pueda llenarnos a los dos sin
necesidad de recurrir a la imaginación enfermiza. . .” Y en otra pagina: “Le advertí
a Consuelo que esos brebajes no sirven para nada. Ella insiste en cultivar sus
propias plantas en el jardín. Dice que no se engaña. Las hierbas no la fertilizaran
en el cuerpo, pero si en el alma…” Mas tarde: “La encontré delirante, abrazada a
la almohada. Gritaba: ‘Si, si, si, he podido: la he encarnado; puedo convocarla,
puedo darle vida con mi vida’. Tuve que llamar al medico. Me dijo que no podría
calmarla, precisamente porque ella estaba bajo el efecto de narcóticos, no de
excitantes. . .” Y al fin: “Hoy la descubrí, en la madrugada, caminando sola y
descalza a lo largo de los pasillos. Quise detenerla. Paso sin mirarme, pero sus
palabras iban dirigidas a mi. ‘No me detengas —dijo—; voy hacia mi juventud, mi
juventud viene hacia mi. Entra ya, esta en el jardín, ya llega’ . . . Consuelo, pobre
Consuelo. . . Consuelo, también el demonio fue un ángel, antes…”
No había mas. Allí terminan las memorias del general Llorente: “Consuelo, le
demon aussi etait un ange, avant…”
Y detrás de la ultima hoja, los retratos. El retrato de ese caballero anciano, vestido
de militar: la vieja fotografía con las letras en una esquina: Moulin, Photographe,
35 Boulevard Haussmann y la fecha 1894. Y la fotografía de Aura: de Aura con
sus ojos verdes, su pelo negro recogido en bucles, reclinada sobre esa columna
dorica, con el paisaje pintado al fondo: el paisaje de Lorelei en el Rin, el traje
abotonado hasta el cuello, el pañuelo en una mano, el polisón: Aura y la fecha
1876, escrita con tinta blanca y detrás, sobre el cartón doblado del daguerrotipo,
esa letra de araña: Fait pour notre dixieme anniversaire de manage y la firma, con
la misma letra, Consuelo Llorente. Veras, en la tercera foto, a Aura en compañia
del viejo, ahora vestido de paisano, sentados ambos en una banca, en un jardín.
La foto se ha borrado un poco: Aura no se vera tan joven como en la primera
fotografía, pero es ella, es el, es . . . eres tu.
Pegas esas fotografías a tus ojos, las levantas hacia el tragaluz: tapas con una
mano la barba blanca del general Llorente, lo imaginas con el pelo negro y
siempre te encuentras, borrado, perdido, olvidado, pero tu, tu, tu.
La cabeza te da vueltas, inundada por el ritmo de ese vals lejano que suple la
vista, el tacto, el olor de plantas húmedas y perfumadas: caes agotado sobre la
cama, te tocas los pómulos, los ojos, la nariz, como si temieras que una mano
invisible te hubiese arrancado la mascara que has llevado durante veintisiete
años: esas facciones de goma y cartón que durante un cuarto de siglo han
cubierto tu verdadera faz, tu rostro antiguo, el que tuviste antes y habías olvidado.
Escondes la cara en la almohada, tratando de impedir que el aire te arranque las
facciones que son tuyas, que quieres para ti. Permaneces con la cara hundida en
la almohada, con los ojos abiertos detrás de la almohada, esperando lo que ha de
venir, lo que no podrás impedir. No volverás a mirar tu reloj, ese objeto inservible
que mide falsamente un tiempo acordado a la vanidad humana, esas manecillas
que marcan tediosamente las largas horas inventadas para engañar el verdadero
tiempo, el tiempo que corre con la velocidad insultante, mortal, que ningún reloj
puede medir. Una vida, un siglo, cincuenta años: ya no te será posible imaginar
esas medidas mentirosas, ya no te será posible tomar entre las manos ese polvo
sin cuerpo.
Cuando te separes de la almohada, encontraras una oscuridad mayor alrededor
de ti. Habrá caído la noche.
Habrá caído la noche. Correrán, detrás de los vidrios altos, las nubes negras,
veloces, que rasgan la luz opaca que se empeña en evaporarlas y asomar su
redondez pálida y sonriente. Se asomara la luna, antes de que el vapor oscuro
vuelva a empañarla.
Tu ya no esperaras. Ya no consultaras tu reloj. Descenderás rápidamente los
peldaños que te alejan de esa celda donde habrán quedado regados los viejos
papeles, los daguerrotipos desteñidos; descenderás al pasillo, te detendrás frente
a la puerta de la señora Consuelo, escucharas tu propia voz, sorda, transformada
después de tantas horas de silencio:
—Aura…
Repetirás: —Aura. . .
Entraras a la recamara. Las luces de las veladoras se habrán extinguido.
Recordaras que la vieja ha estado ausente todo el día y que la cera se habrá
consumido, sin la atención de esa mujer devota. Avanzaras en la oscuridad, hacia
la cama. Repetirás:
—Aura. . .
Y escucharas el leve crujido de la tafeta sobre los edredones, la segunda
respiración que acompaña la tuya: alargaras la mano para tocar la bata verde de
Aura; escucharas la voz de Aura:
—No… no me toques. . . Acuéstate a mi lado. . .
Tocaras el filo de la cama, levantaras las piernas y permanecerás inmóvil,
recostado. No podrás evitar un temblor:
—Ella puede regresar en cualquier momento. . .
—Ella ya no regresara.
—¿Nunca?
—Estoy agotada. Ella ya se agoto. Nunca he podido mantenerla a mi lado mas de
tres días.
—Aura. . ‘.
Querrás acercar tu mano a los senos de Aura. Ella te dará la espalda: lo sabrás
por la nueva distancia de su voz.
—No… No me toques. . .
—Aura. . . te amo
—Si, me amas. Me amaras siempre, dijiste ayer. ..
—Te amare siempre. No puedo vivir sin tus besos, sin tu cuerpo.
—Bésame el rostro; solo el rostro.
Acercaras tus labios a la cabeza reclinada junto a la tuya, acariciaras otra vez el
pelo largo de Aura: tomaras violentamente a la mujer endeble por los hombros, sin
escuchar su queja aguda; le arrancaras la bata de tafeta, la abrazaras, la sentirás
desnuda, pequeña y perdida en tu abrazo, sin fuerzas, no harás caso de su
resistencia gemida, de su llanto impotente, besaras la piel del rostro sin pensar,
sin distinguir: tocaras esos senos flácidos cuando la luz penetre suavemente y te
sorprenda, te obligue a apartar la cara, buscar la rendija del muro por donde
comienza a entrar la luz de luna, ese resquicio abierto por los ratones, ese ojo de
la pared que deja filtrar la luz plateada que cae sobre el pelo blanco de Aura,
sobre el rostro desgajado, compuesto de capas de cebolla, pálido, seco y
arrugado como una ciruela cocida: apartaras tus labios de los labios sin carne que
has estado besando, de las encías sin dientes que se abren ante ti: veras bajo la
luz de la luna el cuerpo desnudo de la vieja, de la señora Consuelo, flojo, rasgado,
pequeño y antiguo, temblando ligeramente porque tu lo tocas, tu lo amas, tu has
regresado también…
Hundirás tu cabeza, tus ojos abiertos, en el pelo plateado de Consuelo, la mujer
que volverá a abrazarte cuando la luna pase, tea tapada por las nubes, los oculte
a ambos, se lleve en el aire, por algún tiempo, la memoria de la juventud, la
memoria encarnada.
—Volverá, Felipe, la traeremos juntos. Deja que recupere fuerzas y la haré
regresar.
http://www.librosgratisweb.com/html/fuentes-carlos/aura/index.htm
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