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Archivar como 28 diciembre 2009

Hoy 26 de diciembre nos vamos de vacaciones cibernéticas, tomamos nuestras maletas, y nos dedicaremos a prepararnos para el año que sigue, esperamos que tengas felices fiestas.

Gracias a todos los lectores que nos han acompañado en el 2009, les deseamos un feliz y prospero 2010.

Adios al año viejo…bienvenido el año nuevo

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DUERMES CANSADO, INSATISFECHO. YA EN EL SUENO sentiste esa vaga

melancolía, esa opresión en el diafragma, esa tristeza que no se deja apresar por

tu imaginación. Dueño de la recamara de Aura, duermes en la soledad, lejos del

cuerpo que creerás haber poseído.

Al despertar, buscas otra presencia en el cuarto y sabes que no es la de Aura la

que te inquieta, sino la doble presencia de algo que fue engendrado la noche

pasada. Te llevas las manos a las sienes, tratando de calmar tus sentidos en

desarreglo: esa tristeza vencida te insinúa, en voz baja, en el recuerdo inasible de

la premención, que buscas tu otra mitad, que la concepción estéril de la noche

pasada engendro tu propio doble.

Y ya no piensas, porque existen cosas mas fuertes que la imaginación: la

costumbre que te obliga a levantarte, buscar un baño anexo a esa recamara, no

encontrarlo, salir restregándote los párpados, subir al segundo piso saboreando la

acidez pastosa de la lengua, entrar a tu recamara acariciándote las mejillas de

cerdas revueltas, dejar correr las llaves de la tina e introducirte en el agua tibia,

dejarte ir, no pensar mas.

Y cuando te estés secando, recordaras a la vieja y a la joven que te sonrieron,

abrazadas, antes de salir juntas, abrazadas: te repites que siempre, cuando están

juntas, hacen exactamente lo mismo: se abrazan, sonríen, comen, hablan, entran,

salen, al mismo tiempo, como si una imitara a la otra, como si de la voluntad de

una dependiese la existencia de la otra. Te cortas ligeramente la mejilla,

pensando estas cosas mientras te afeitas; haces un esfuerzo para dominarte.



Terminas tu aseo contando los objetos del botiquín, los frascos y tubos que trajo

de la casa de huéspedes el criado al que nunca has visto: murmuras los nombres

de esos objetos, los tocas, lees las indicaciones de uso y contenido, pronuncias la

marca de fabrica, prendido a esos objetos para olvidar lo otro, lo otro sin nombre,

sin marca, sin consistencia racional. ¿Qué espera de ti Aura? acabas por

preguntarte, cerrando de un golpe el botiquín. ¿Qué quiere?

Te contesta el ritmo sordo de esa campana que se pasea a lo largo del corredor,

advirtiéndote que el desayuno esta listo. Caminas, con el pecho desnudo, a la

puerta: al abrirla, encuentras a Aura: será Aura, porque viste la tafeta verde de

siempre, aunque un velo verdoso oculte sus facciones. Tomas con la mano la

muñeca de la mujer, esa muñeca delgada, que tiembla…

—El desayuno esta listo.—te dirá con la voz mas baja que has escuchado…

—Aura. Basta ya de engaños —¿Engaños?

—Dime si la señora Consuelo te impide salir, hacer tu vida; ¿por qué ha de estar

presente cuando tu y yo?; dime que te iras conmigo en cuanto. . .

—¿Irnos? ¿A dónde?

—Afuera, al mundo. A vivir juntos. No puedes sentirte encadenada para siempre a

tu tía… ¿Por qué esa devoción? ¿Tanto la quieres?

—Quererla. . .

—Si ¿por qué te has de sacrificar así?



—¿Quererla? Ella me quiere a mi. Ella se sacrifica por mi.

—Pero es una mujer vieja, casi un cadáver; tu no puedes…

—Ella tiene mas vida que yo. Si, es vieja, es repulsiva.. . Felipe, no quiero volver…

no quiero ser como ella. . . otra…

—Trata de enterrarte en vida. Tienes que renacer, Aura. ..

—Hay que morir antes de renacer. No. No entiendes. Olvida, Felipe tenme

confianza.

—Si me explicaras…

—Tenme confianza. Ella va a salir hoy todo el día…

—iEUa?

—Si, la otra.

—¿Va a salir? Pero si nunca.

—Si, a veces sale. Hace un gran esfuerzo y sale. Hoy va a salir. Todo el día… Tu

y yo podemos…

—¿irnos?

—Si quieres…

—No, quizás todavía no. Estoy contratado para un trabajo. Cuando termine el

trabajo, entonces si…



—Ah, si. Ella va a salir todo el día. Podemos hacer algo…

—¿Que?

—Te espero esta noche en la recamara de mi tía. Te espero como siempre.

Te dará la espalda, se ira tocando esa campana, como los leprosos que con ella

pregonan su cercanía, advierten a los incautos: “Aléjate, aléjate”. Tú te pones la

camisa y el saco, sigues el ruido espaciado de la campana que se dirige, enfrente

de ti, hacia el comedor; dejas de escucharlo al entrar a la sala: viene hacia ti,

jorobada, sostenida por un báculo nudoso, la viuda de Llorente, que sale del

comedor, pequeña, arrugada, vestida con ese traje blanco, ese velo de gasa

teñida, rasgada, pasa a tu lado sin mirarte, sonándose con un pañuelo,

sonándose y escupiendo continuamente, murmurando:

—Hoy no estaré en la casa, señor Montero. Confío en su trabajo. Adelante usted.

Las memorias de mi esposo deben ser publicadas.

Se alejara, pisando los tapetes con sus pequeños pies de muñeca antigua,

apoyada en ese bastón, escupiendo, estornudando como si quisiera expulsar algo

de sus vías respiratorias, de sus pulmones con-gestionados. Tú tienes la voluntad

de no seguirla con la mirada; dominas la curiosidad que sientes ante ese traje de

novia amarillento, extraído del fondo del viejo baúl que esta en la recamara…

Apenas pruebas el café negro y frío que te espera en el comedor. Permaneces

una hora sentado en la vieja y alta silla ojival, fumando, esperando los ruidos que

nunca llegan, hasta tener la seguridad de que la anciana ha salido de la casa y no



podrá sorprenderte. Porque en el puno, apretada, tienes desde hace una hora la

Llave del arcón y ahora te diriges, sin hacer ruido, a la sala, al vestíbulo donde

esperas quince minutos mas —tu reloj te lo dirá— con el oído pegado a la puerta

de doña Consuelo, la puerta que en seguida empujas levemente, hasta distinguir,

detrás de la red de araña de esas luces devotas, la cama vacía, revuelta, sobre la

que la coneja roe sus zanahorias crudas: la cama siempre rociada de migajas que

ahora tocas, como si creyeras que la pequeñísima anciana pudiese estar

escondida entre los pliegues de las sabanas.

Caminas hasta el baúl colocado en el rincón; pisas la cola de una de esas ratas

que chilla, se escapa de la opresión de tu suela, corre a dar aviso a las demás

ratas cuando tu mano acerca la llave de cobre a la chapa pesada, enmohecida,

que rechina cuando introduces la llave, apartas el candado, levantas la tapa y

escuchas el ruido de los goznes enmohecidos. Sustraes el tercer folio —cinta

roja— de las memorias y al levantarlo encuentras esas fotografías viejas, duras,

comidas de los bordes, que también tomas, sin verlas, apretando todo el tesoro

contra tu pecho, huyendo sigilosamente, sin cerrar siquiera el baúl, olvidando el

hambre de las ratas, para traspasar el umbral, cerrar la puerta, recargarte contra

la pared del vestibulo, respirar normalmente, subir a tu cuarto.

Allí leerás los nuevos papeles, la continuación, las fechas de un siglo en agonía.

El general Llorente habla con su lenguaje mas florido de la personalidad de

Eugenia de Montijo, vierte todo su respeto hacia la figura de Napoleón el

Pequeño, exhurna su retórica mas marcial para anunciar la guerra franco-

prusiana, llena paginas de dolor ante la derrota, arenga a los hombres de honor



contra el monstruo republicano, ve en el general Boulanger un rayo de esperanza,

suspira por México, siente que en el caso Dreyfus el honor —siempre el honor—

del ejercito ha vuelto a imponerse. . . Las hojas amarillas se quiebran bajo tu

tacto; ya no las respetas, ya solo buscas la nueva aparición de la mujer de ojos

verdes: “Se por que lloras a veces, Consuelo. No te he podido dar hijos, a ti, que

irradias la vida. . .” Y después: “Consuelo, no tientes a Dios. Debemos

conformarnos. ,;No te basta mi cariño? Yo se que me amas; lo siento. No te pido

conformidad, porque ello seria ofenderte. Te pido, tan solo, que veas en ese gran

amor que dices tenerme algo suficiente, algo que pueda llenarnos a los dos sin

necesidad de recurrir a la imaginación enfermiza. . .” Y en otra pagina: “Le advertí

a Consuelo que esos brebajes no sirven para nada. Ella insiste en cultivar sus

propias plantas en el jardín. Dice que no se engaña. Las hierbas no la fertilizaran

en el cuerpo, pero si en el alma…” Mas tarde: “La encontré delirante, abrazada a

la almohada. Gritaba: ‘Si, si, si, he podido: la he encarnado; puedo convocarla,

puedo darle vida con mi vida’. Tuve que llamar al medico. Me dijo que no podría

calmarla, precisamente porque ella estaba bajo el efecto de narcóticos, no de

excitantes. . .” Y al fin: “Hoy la descubrí, en la madrugada, caminando sola y

descalza a lo largo de los pasillos. Quise detenerla. Paso sin mirarme, pero sus

palabras iban dirigidas a mi. ‘No me detengas —dijo—; voy hacia mi juventud, mi

juventud viene hacia mi. Entra ya, esta en el jardín, ya llega’ . . . Consuelo, pobre

Consuelo. . . Consuelo, también el demonio fue un ángel, antes…”

No había mas. Allí  terminan  las memorias  del general Llorente: “Consuelo, le

demon aussi etait un ange, avant…”



Y detrás de la ultima hoja, los retratos. El retrato de ese caballero anciano, vestido

de militar: la vieja fotografía con las letras en una esquina: Moulin, Photographe,

35 Boulevard Haussmann y la fecha 1894. Y la fotografía de Aura: de Aura con

sus ojos verdes, su pelo negro recogido en bucles, reclinada sobre esa columna

dorica, con el paisaje pintado al fondo: el paisaje de Lorelei en el Rin, el traje

abotonado hasta el cuello, el pañuelo en una mano, el polisón: Aura y la fecha

1876, escrita con tinta blanca y detrás, sobre el cartón doblado del daguerrotipo,

esa letra de araña: Fait pour notre dixieme anniversaire de manage y la firma, con

la misma letra, Consuelo Llorente. Veras, en la tercera foto, a Aura en compañia

del viejo, ahora vestido de paisano, sentados ambos en una banca, en un jardín.

La foto se ha borrado un poco: Aura no se vera tan joven como en la primera

fotografía, pero es ella, es el, es . . . eres tu.

Pegas esas fotografías a tus ojos, las levantas hacia el tragaluz: tapas con una

mano la barba blanca del general Llorente, lo imaginas con el pelo negro y

siempre te encuentras, borrado, perdido, olvidado, pero tu, tu, tu.

La cabeza te da vueltas, inundada por el ritmo de ese vals lejano que suple la

vista, el tacto, el olor de plantas húmedas y perfumadas: caes agotado sobre la

cama, te tocas los pómulos, los ojos, la nariz, como si temieras que una mano

invisible te hubiese arrancado la mascara que has llevado durante veintisiete

años: esas facciones de goma y cartón que durante un cuarto de siglo han

cubierto tu verdadera faz, tu rostro antiguo, el que tuviste antes y habías olvidado.

Escondes la cara en la almohada, tratando de impedir que el aire te arranque las

facciones que son tuyas, que quieres para ti. Permaneces con la cara hundida en



la almohada, con los ojos abiertos detrás de la almohada, esperando lo que ha de

venir, lo que no podrás impedir. No volverás a mirar tu reloj, ese objeto inservible

que mide falsamente un tiempo acordado a la vanidad humana, esas manecillas

que marcan tediosamente las largas horas inventadas para engañar el verdadero

tiempo, el tiempo que corre con la velocidad insultante, mortal, que ningún reloj

puede medir. Una vida, un siglo, cincuenta años: ya no te será posible imaginar

esas medidas mentirosas, ya no te será posible tomar entre las manos ese polvo

sin cuerpo.

Cuando te separes de la almohada, encontraras una oscuridad mayor alrededor

de ti. Habrá caído la noche.

Habrá caído la noche. Correrán, detrás de los vidrios altos, las nubes negras,

veloces, que rasgan la luz opaca que se empeña en evaporarlas y asomar su

redondez pálida y sonriente. Se asomara la luna, antes de que el vapor oscuro

vuelva a empañarla.

Tu ya no esperaras. Ya no consultaras tu reloj. Descenderás rápidamente los

peldaños que te alejan de esa celda donde habrán quedado regados los viejos

papeles, los daguerrotipos desteñidos; descenderás al pasillo, te detendrás frente

a la puerta de la señora Consuelo, escucharas tu propia voz, sorda, transformada

después de tantas horas de silencio:

—Aura…

Repetirás: —Aura. . .



Entraras a la recamara. Las luces de las veladoras se habrán extinguido.

Recordaras que la vieja ha estado ausente todo el día y que la cera se habrá

consumido, sin la atención de esa mujer devota. Avanzaras en la oscuridad, hacia

la cama. Repetirás:

—Aura. . .

Y escucharas el leve crujido de la tafeta sobre los edredones, la segunda

respiración que acompaña la tuya: alargaras la mano para tocar la bata verde de

Aura; escucharas la voz de Aura:

—No… no me toques. . . Acuéstate a mi lado. . .

Tocaras el filo de la cama, levantaras las piernas y permanecerás inmóvil,

recostado. No podrás evitar un temblor:

—Ella puede regresar en cualquier momento. . .

—Ella ya no regresara.

—¿Nunca?

—Estoy agotada. Ella ya se agoto. Nunca he podido mantenerla a mi lado mas de

tres días.

—Aura. . ‘.

Querrás acercar tu mano a los senos de Aura. Ella te dará la espalda: lo sabrás

por la nueva distancia de su voz.



—No… No me toques. . .

—Aura. . . te amo

—Si, me amas. Me amaras siempre, dijiste ayer. ..

—Te amare siempre. No puedo vivir sin tus besos, sin tu cuerpo.

—Bésame el rostro; solo el rostro.

Acercaras tus labios a la cabeza reclinada junto a la tuya, acariciaras otra vez el

pelo largo de Aura: tomaras violentamente a la mujer endeble por los hombros, sin

escuchar su queja aguda; le arrancaras la bata de tafeta, la abrazaras, la sentirás

desnuda, pequeña y perdida en tu abrazo, sin fuerzas, no harás caso de su

resistencia gemida, de su llanto impotente, besaras la piel del rostro sin pensar,

sin distinguir: tocaras esos senos flácidos cuando la luz penetre suavemente y te

sorprenda, te obligue a apartar la cara, buscar la rendija del muro por donde

comienza a entrar la luz de luna, ese resquicio abierto por los ratones, ese ojo de

la pared que deja filtrar la luz plateada que cae sobre el pelo blanco de Aura,

sobre el rostro desgajado, compuesto de capas de cebolla, pálido, seco y

arrugado como una ciruela cocida: apartaras tus labios de los labios sin carne que

has estado besando, de las encías sin dientes que se abren ante ti: veras bajo la

luz de la luna el cuerpo desnudo de la vieja, de la señora Consuelo, flojo, rasgado,

pequeño y antiguo, temblando ligeramente porque tu lo tocas, tu lo amas, tu has

regresado también…



Hundirás tu cabeza, tus ojos abiertos, en el pelo plateado de Consuelo, la mujer

que volverá a abrazarte cuando la luna pase, tea tapada por las nubes, los oculte

a ambos, se lleve en el aire, por algún tiempo, la memoria de la juventud, la

memoria encarnada.

—Volverá, Felipe, la traeremos juntos. Deja que recupere fuerzas y la haré

regresar.


http://www.librosgratisweb.com/html/fuentes-carlos/aura/index.htm

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Feliz noche vieja a todos los que nos han visitado durante todo el año, a brindar por un no tan peor 2010.

Te recomendamos leer un post que también aplica para el 2010:

Rituales para entrar con buen pie en 2009

Nos leemos el próximo año, nos vamos a preparar la cena y a registrar nuestro Celular.

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2009-12-26
“Vamos a hacer/azúcar con vidrios”. José CarlosHay un lugar en Tabasco que se llama Paraíso. Alguna vez. Estuvo bastante más cercano a su nombre. Se respiraba una paz de ciudad pequeña, de kiosco y de marimba. Allí está el mar. A ese mar, ya hace rato que el “auge petrolero” le había arrebatado poco a poco su belleza. Las olas comenzaron a arrastrar deshechos, algo parecido a pedazos de carbón. Ramas raras. Bolsas de plástico. La naturaleza se degradaba. No. La fuimos degradando. El horror invadió Paraíso el martes. Llegó pateando las puertas. Con armas largas. Un comando entró en la casa de la familia del Tercer Maestre de marina Melquisidec Angulo Córdova, en Paraíso. Asesinaron a su madre, hermana y hermano, a su tía. No fue suficiente que Melquisidec hubiera sido alcanzado por una granada en Cuernavaca, cuando la captura de Beltrán Leyva. Su asesinato no bastó. La “venganza” fue implacable, e implacable la amenaza, escrita sin palabras en el cuerpo de cuatro personas inocentes: “Si nos combates… ya no nada más vas a caer tú”.

La CNDH exige una explicación sobre las medidas de seguridad que se toman/deberían haberse tomado para proteger a los familiares de quienes combaten al narco. Una discusión imprescindible. Pero cuatro personas más murieron. Mientras apenas comenzaban su duelo. Así fue. Y ya sucedió. Parece que el homenaje póstumo a Melquidisec expuso a su familia como blanco del ataque. Pero una vez hecho público que fue el Maestre quien disparó contra Beltrán Leyva. Lo demás era sólo un asunto de tiempo. Encontrarlos.

Ante la ejecución de civiles, el cártel de Sinaloa afirma su siniestro y deshumanizado poder, convirtiéndonos en un país de rehenes. En el que la furia arrecia y la calidad de vida se degrada. Cada vez son menos los límites. Cada vez son más los muertos. Policías participaron en el asesinato. ¿Acaso nos tendríamos que sorprender? No. Pero es imposible “acostumbrarse”, a lo intolerable. ¿Qué vive hoy la familia Angulo? Un niño creció mirando el mar y quiso aprender a navegar. Lo logró. Hoy la navidad les llega con 5 de los suyos asesinados. Un niño creció y quiso ser marino, y era bueno para él, y era bueno para todos en esa casa pequeña de Paraíso. Y esa madrugada del martes, los asesinos derribaron la puerta.

Y en este contexto de una guerra cada día más feroz, por alguna razón muy difícil de aprehender, se transmitieron minuciosas reseñas del entierro de Beltrán Leyva. Se habló de sus lujos y sus millones. De sus “mujeres” y la abundancia de flores. Se le llamó El capo de capos. Las crónicas fueron teñidas de palabras que podrían llamar casi a la admiración (sobre todo entre los jóvenes en circunstancias de desarraigo y desamparo emocional y material) “poderío” “La dinastía de capos”, El jefe de jefes. El arreglo de flores de miles de pesos con mil botones de rosas. En un momento tuve la impresión de que escuchaba reseñas del adiós a un premio Nobel de ciencias, a un gran poeta al borde de la Rotonda de las personas ilustres y no de uno de los criminales más perseguidos. La forma ciertamente, es fondo. Y los mensajes involuntarios de inconsciente a inconsciente existen. Vaya que si existen. No es lo mismo: “Dinastía de capos”, que cabecillas de organizaciones criminales.

No es lo mismo “poderío”, que abuso de poder que gana territorios con corrupción y terror. No es lo mismo: Jefe de jefes, que asesino. Y si me pareció extraño y peligroso que se exhibiera esa despedida, (lógicamente muy sentida para quienes le eran cercanos) como si estuviéramos ante un capítulo de El Padrino y no ante una realidad brutal, en la que los principios humanos más elementales están siendo borrados de nuestra geografía. Ni los tonos, ni las palabras, ni las imágenes son “inofensivos”. Menos aún cuando el narco cuenta hasta con corridos que cantan sus loas. Como héroes en los cantares de gesta. Hablar del desgarramiento del tejido social en los extremos que estamos viviendo, es hablar de una ética indispensable de vida que se nos cae en pedazos. ¿Qué nos está pasando? Cuando los humanos se convierten en instrumentos. En cosas utilizables y desechables.

Arcelia, una compañera de Un tranvía llamado deseo me escribió (después de dos tranvías con el tema del maltrato en la infancia) sugiriéndome que a la siguiente intentara un tema menos rudo, al final me dice: “A los niños nos gustan los finales felices”. Coincido. También a los adultos en los que se convirtieron los niños que fuimos, nos gustaría un final de año feliz. Las circunstancias no ayudan. Quisiera intentar creer, más que en los finales, en los principios esperanzadores que podrían conducirnos hacia tránsitos de mayor certidumbre y bienestar. Uno de los puntos esenciales sería el análisis de todas las vertientes e implicaciones de la “guerra”. No se puede detener y disparar contra un importante cabecilla del crimen y después nadar en la ingenuidad de las revelaciones, a costa de las vidas en una familia. No se puede difundir las noticias en cualquier tono. Ni me parece útil enterarnos de cómo un asesino en serie fue cubierto de flores. Y muchísimo menos, de quien le disparó. El 2010 se proyecta complejo y doloroso. Pero vivimos un avance considerable: el concepto de ciudadanía cada vez deja más de ser un mero concepto, para convertirse en una realidad. Esa es nuestra esperanza y nuestro camino. Como escribió el poeta Becerra: “Vamos a hacer/azúcar con vidrios”. En una conciencia creciente de nuestra fuerza colectiva.

Escritora

http://www.eluniversal.com.mx/editoriales/46807.html

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John Lennon , Happy Christmas (war is over)

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