María Ballester
A propósito de la Navidad: el suicidio
Se avecina la Navidad y con ella, el tráfico, las compras, y el caos. Para unos, estas fechas son de alegría, y para muchos otros, de muerte.
La blanca Navidad, como le llaman algunos, es muy roja y no precisamente por el color de la flor de Nochebuena, sino porque es una temporadas de alto índice de suicidios. Las navidades están llenas de símbolos y entre tantos, el año que termina o el año que comienza, hay un corte: éstos son factores desencadenantes. El suicidio ¿es un acto individual o social? La polémica puede ser interminable. Como profesionista de la mente humana, considero que no hay suicidio sin mensaje, y no me refiero a las cartas de despedida, que las hay. Es un acto individual, sí, porque se atenta contra sí mismo, pero es social también, porque ese individuo forma parte de una familia y una sociedad que lo han conformado. ¿Cuáles son las características de un suicida? Pecando de ser reduccionista: gran desesperación, querer terminar con su sufrimiento, sentirse objeto, profunda tristeza, sentirse expulsado del mundo del otro (prójimo, la sociedad, familia o de sí mismo). Piensan en su muerte constantemente y hasta planean cómo hacerlo. Pero también hay los que de un momento a otro pasan al acto, sin planearlo. Sólo lo hacen. No hubo avisos, síntomas, nada. Simplemente un acto compulsivo.
Durante ya muchos años han estado en boca de todos las palabras crisis y estrés y nos hemos acostumbrado a escucharlas tanto que ya hasta suenan vacías, porque su significado es tan amplio que en realidad expresan todo y nada. Sin embargo, vale la pena preguntar ¿a qué te refieres por estrés? O ¿qué tipo de crisis tienes? Y cuando se da la oportunidad a una persona de explicarse, nos llevamos la sorpresa de que a lo que mucha gente se refiere con estrés es a un “profundo malestar, tristeza, desorientación” por nombrar algunas. Con “crisis” pensamos en dinero, pero también puede significar: crisis existencial, crisis de matrimonio, crisis de edad, etc. Así que cuando escuchamos dichas palabras nos sentimos en el mismo barco, y en automático nos despreocupamos. Pero no, ojo, ése es precisamente el peligro.
Volvamos a las fiestas navideñas. Además de gastar lo que no tenemos, estamos frente a un año que termina, un año que comienza, y para muchos es, como decía, un corte. En algunos individuos hay una especie de añoranza hacia la niñez, en donde no se tenía la conciencia de lo que pasaba a su alrededor; era fiesta, venían los Reyes Magos, porque hasta un cochecito era suficiente para un niño, y ese niño, hoy adulto, recuerda los golpes de su papá a la mamá, (por poner un ejemplo) y lo que no entendía de pequeño, este adulto, hace una resignificación de su verdadero contenido. La Navidad significa el encuentro familiar, en donde se mueven todos los tinglados de nuestra historia; los malos recuerdos, lo que prometemos año con año perdonar y en el fondo no se perdona; los reproches, las promesas incumplidas, los silencios ancestrales que brincan con cuatro copas, la mezcla de los que no se hablan con los que sí: la Navidad es una estrepitosa catarsis. No pretendo decir que para todas las familias sea lo mismo. Hay familias que logran guardar muy bien las apariencias; otras hacen uso de las buenas costumbres y de los sinceros perdones.
Para muchos ese corte es llevado a lo literal del cuerpo. Se cortan de la vida, porque de alguna manera su año nuevo dejó de tener sentido, ya no hay “deseos” que cumplir, dejaron de ser escuchados de sus verdaderos sentimientos, de su propia tristeza. Cuando el ser humano deja de desear, deja de vivir: unos muertos en vida y otros lanzándose por un balcón.
Este cierre de año va a ser pesado en este tema. Porque a pesar de las propias cuitas de cada individuo, habrá mucha desesperanza, ahora sí que en términos reales, como dicen los expertos. Hay que agregar crisis económica, desempleo y mucha desesperación. Proveedores que dejarán de proveer y mujeres que se reventarán el cuerpo de ya no poder más. Hay que escuchar, hay que escucharnos, empezando por las autoridades y por esos entes egocéntricos que son las cámaras legislativas. Pero sobre todo hay que escucharnos como padres, hijos y prójimos. Cuando una persona dice “quisiera morirme” hay que creerles, chantaje o no. Al que se aísla, hay que jalarlo para hacer lazo social. Escuchar es por hoy, en este tema, la palabra clave.
Psicoanalista
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