Carnaval, pese a todo (Lee un adelanto de la nueva novela de Pérez Reverte)
España, 1811: en la discusión acerca de si la ciudad de Cádiz debe ignorar el Carnaval y mantenerse austera a causa de la guerra, o si conviene demostrar a los franceses que todo sigue su curso normal, se imponen los partidarios de lo último.
En Cádiz, algunas ordenanzas reales y municipales se promulgan sólo para no cumplirlas. La que limita el exceso de manifestaciones públicas en Carnaval es una de ellas.
Aunque oficialmente no hay bailes, música ni espectáculos públicos autorizados, cada cual despide la carne antes de Cuaresma a su manera. Pese a que en las últimas semanas se han intensificado los bombardeos franceses —muchas bombas, sin embargo, siguen sin estallar o caen al mar—, las calles hormiguean de gente: el pueblo bajo celebrándolo en sus barrios, y la buena sociedad haciendo el recorrido tradicional entre saraos particulares y jolgorio de cafés.
Pasada la medianoche, la ciudad abunda en disfraces, máscaras, jeringazos de agua, polvos y papelillos de colores. Las familias y grupos de parientes y amigos van de una casa a otra, cruzándose con cuadrillas de negros esclavos y libres que recorren las calles mientras tocan música de tambores y cañas. En la discusión —larga y áspera, incluidas las Cortes— sobre si la ciudad debe ignorar el Carnaval y mantenerse austera a causa de la guerra, o si conviene demostrar a los franceses que todo sigue su curso normal, se imponen los partidarios de lo último.
En las terrazas hay faroles de papel con candelillas, visibles desde el otro lado de la bahía; y algunos barcos fondeados han encendido sus fanales, desafiando las bombas enemigas.
Lolita Palma, Curra Vilches y el primo Toño caminan cogidos del brazo por la plaza de San Antonio, esquivando risueños a los grupos de máscaras que meten bulla. Los tres van disfrazados. Lolita lleva un antifaz ancho de tafetán negro, que sólo deja su boca al descubierto, y viste de arlequín, con un dominó blanco y negro, de capucha, puesto por encima. Curra, fiel a su estilo, luce con desparpajo una casaca militar, una saya con tres andanas de flecos y madroños, un gorro de cantinera de tropa y una careta de cartón con bigotes pintados. El primo Toño lleva una máscara veneciana y va de majo torero: marsellés de alamares, calzón muy apretado y redecilla en el pelo, y lleva embutidos en la faja, en lugar de faca albaceteña, tres cigarros habanos y una petaca de aguardiente.
Los tres salen del baile del Consulado Comercial, donde han pasado un buen rato con música y refrescos en compañía de algunos amigos: Miguel Sánchez Guinea y su mujer, Toñete Alcalá Galiano, Paco Martínez de la Rosa, el americano Jorge Fernández Cuchillero y otros diputados liberales jóvenes. Ahora, con la excusa de tomar el aire escoltadas por el primo Toño, las dos amigas aprovechan para dar un paseo, disfrutar del ambiente callejero y ver a otra clase de gente.
—Vamos al café de Apolo —propone Curra Vilches.
Es el único día del año en que las mujeres entran sin obstáculos en los cafés gaditanos; para ellas se reservan las confiterías, menos masculinas de maneras, con sus sorbetes y bebidas frías, sus vitrinas de dulces y sus aguamaniles de caoba.
Protesta el primo Toño. Estáis locas, dice. Yo en la cueva de los leones, con dos mujeres guapas. Dios mío.
Os van a comer vivas.
—¿Por qué? —se burla Lolita Palma—.
Vamos escoltadas por un majo.
—Por un matador de toros bravos —puntualiza Curra Vilches.
—Además —añade Lolita—, con las máscaras nadie sabe si somos guapas o feas.
Suspira escéptico el primo, resignado a su suerte, mientras toman la dirección del edificio que está en la esquina de la calle Murguía.
—¿Feas?… Sois palomitas sin hiel, niñas. A estas horas, en Cádiz y en Carnaval, ninguna mujer parece fea.
—¡La ocasión de mi vida! —bate palmas Curra Vilches, festiva.
Lolita Palma ríe agarrada al brazo de su primo.
—¡Y de la mía!
Pasan los tres junto a las calesas y carruajes particulares alineados a un lado de la plaza, cuyos cocheros esperan bebiendo en corro de un pellejo de vino, y cruzan el umbral, bajo el tímpano de hierro forjado con la lira que da nombre al establecimiento. El de Apolo es el café habitual del primo Toño; y cuando entran, el encargado lo reconoce pese al disfraz, saludándolo con deferencia mientras se inclina al recibir un duro de plata.
—Una mesa con buena vista, Julito. Donde estén cómodas las señoras.
—No sé si quedará alguna libre, don Antonio.
—Te apuesto otro duro a que no la encuentras…
Y lo pierdo.
Reluce una segunda moneda en la palma del encargado, que la hace desaparecer con presteza, vista y no vista, en un bolsillo de su mandil.
—Veremos qué puede hacerse.
Cinco minutos después, rodeados de gente, los tres están sentados bebiendo rosolí de canela, ellas, y una botella de pajarete el primo Toño, en sillas que acaban de disponerles en torno a una mesa de tijera que un mozo del café trajo en alto, colocada junto a las columnas del patio principal. El establecimiento tiene cuatro plantas, dedicadas las dos de arriba, a las que se accede por la calle
Murguía, a pensión y alojamiento de viajeros.
En las dos de abajo se encuentran el patio principal y el primer piso, con el comedor y varias salas donde suelen hacer tertulia los diputados liberales más exaltados. Hoy, la parte baja hierve de animación. Hay mucha luz, con arañas y candelabros por todas partes que hacen relucir adornos, rasos, bordados y lentejuelas. Desde arriba arrojan papelillos de colores, trompetean matasuegras y vejigas, y una orquesta de cuerda toca alegre música bajo los arcos del fondo.
No hay baile, pero mozos con bandejas de bebidas van de un lado a otro mientras se ríe, canta y charla animadamente de mesa a mesa. Las conversaciones, las risas y el humo de cigarros hacen el ambiente achispado y espeso.
Lolita Palma lo mira todo, divertida, mientras el primo Toño —se ha subido la máscara a la cabeza para ponerse los lentes— fuma y hace entrechocar los vasos, y Curra Vilches, con su desenfado habitual, apunta picantes comentarios sobre los vestidos, disfraces y personas que hay alrededor.
—No te pierdas aquella de corpiño verde y pelucón blanco. Para mí que es la cuñada de Pancho Zugasti.
—¿Tú crees?
—Lo que yo te diga… Y ese que le come la oreja no es el marido.
—Qué bruta eres, Currita.
Hay muchos hombres, como es usual en el café.
Gaditanos, militares de paisano y forasteros. Pero no pocas mujeres comparten las mesas situadas en el patio y en las salas laterales, o se asoman a las barandillas del primer piso.
Algunas son señoras respetables con maridos, parientes y amigos. Otras
—Curra Vilches las disecciona con gracia y sin piedad— no lo parecen tanto. El Carnaval desmonta barreras, dejando en suspenso buena parte de las convenciones que, durante el resto del año, la ciudad mantiene con rigor extremo. Cádiz sigue abierta a todos, en estos tiempos convulsos que la convierten en una España en miniatura; pero cada cual conoce el lugar que le corresponde.
Cuando se ignora o se olvida, no falta quien lo haga saber. Lo mismo con guerra y Cortes que sin ellas, los disfraces y la alegría carnavalesca no bastan para igualar lo imposible. Puede, piensa Lolita Palma, que algún día esos jóvenes filósofos liberales, los de las discusiones de café, los discursos políticos y las tertulias donde se barajan ilustración, pueblo y justicia, lo cambien todo.
O puede que no. Al fin y al cabo, en San Felipe Neri se sientan sacerdotes, nobles, eruditos, abogados y militares.
No hay allí comerciantes, tenderos ni pueblo bajo, aunque se diga hablar en nombre y representación de todos ellos.
El rey sigue prisionero en Francia, y la soberanía nacional, tan debatida, no es más que unos cuantos pliegos de papel con el nombre de futura Constitución. Hasta en la común algarabía del café de Apolo, eso resulta evidente. Gaditanos, españoles, juntos pero no revueltos. O sólo hasta cierto punto.
* Fragmento del capítulo 15 de El Asedio (Alfaguara, 2010), la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte, a la venta a partir del 20 de marzo en el área metropolitana y el 27 en el resto del país
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