Madre tierra. Mujer golpeada. Extinción.
María Luisa Mendoza
24-Abr-2010
Los sobrevivientes planetarios vemos estupefactos y asorpresados las inundaciones, los sismos, las nevadas, los incendios…
La tierra no aguanta más, la tierra, nuestra madre, a donde hemos de regresar, la sustentadora que nos da el maíz, las granadas, y por ende la tortilla primigenia, el rojo triunfante, imperial y católico grano sobre la crema de los chiles en nogada… Madre de todos. Ha sido saqueada, herida, asfixiada, ensuciada, vendida y todas las ignominias de etcéteras. Los sobrevivientes planetarios transcurridores de la vida vemos estupefactos y asorpresados las inundaciones, los sismos, las nevadas los incendios, las erupciones volcánicas, las tormentas y los aironales. Soy, ante los gritos de la tierra iracunda la niña que fui: me aterrorizo, me tapo con las cobijas para no oír, ver o sospechar o intuir la muerte hablante. Se llena mi casa de agua en el primer piso, se cuela por las azoteas y enrosca mis cuadros, las fotos de mis abuelos que mi primo hermano Fink Mendoza mandó reparar y me las devolvieron convertidas en dos señores de quién sabe dónde. Se enmohecieron sus dignidades y estampas de gente de bien. El aguacero pega en las paredes y tiemblan mis animales. La tierra, en una furia materna enloquecida ya no puede más. Nos va a quitar el petróleo, el mar, los ríos cubriendo de verde mi tierra amarilla guanajuatense. Desaparecerán las mariposas y las alondras como se va el amor, las libélulas y los gatos faraónicos, las miradas filantrópicas de los perros amorosos. Ya nadie se va a casar sin chipichipi ni jugaremos a las canicas. La tierra nos está tragando. Ya no nos quiere.
La niña que fui se estremece aterrada y se mete al ropero bajo las bastillas de los trajes. La violencia contra las mujeres (de los desvalidos animales y niños luego hablamos) ha subido a excesos nunca vistos. En los diarios veo fotos del maldito cobarde hombre en mangas de camisa azotando a una infeliz mujer con el cinturón —el cincho, como dicen en Jalisco—. Ella se cubre nada más la cara, el cuerpo entero es ya una llaga. Las injurias no cesan. Tampoco el martirio. Ella gime, no dice nada, sabe lo peor…sus hijos delirantes de pavor y costumbre.
Ella es golpeada desde el noviazgo, pero no se va por los niños, por los padres, por el “qué dirán”, pero nosotros lo sabemos todo, se oyen los trancazos, los muebles rotos, los débiles llantos.
Vemos su rostro tumefacto cubierto con una mascada y anteojos negros. Sale a la calle rodeada de sus hijos chiquitos, nacidos uno tras otro, concebidos en esas noches infernales nunca terminadas, una, otra…
La tierra ya no soporta más…allí está la maligna enorme bola de humo como el hongo de Hiroshima mon amour. La mujer apaleada ya no puede más. “Te doy mis ojos” le dice a su verdugo inútilmente…Hace más de dos siglos los hombres hacen la guerra y discuten la inmortalidad de la tierra. Pero ésta ya no puede más. Las mujeres del mundo tampoco. Si no escuchamos los alaridos somos unos suicidas. Como los Papas de mi religión, sordos a la pedofilia…al fin los niños destrozados ¡son sordomudos!
*Escritora
marialuisachinamendoza@yahoo.es
http://www.exonline.com.mx/diario/editorial/931655