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Archivar como 31 mayo 2010

Andrea Borbolla presenta hoy Interno en el CCT; el documental se estrenó en el FICG

Presos y yoga, mezcla inusual en el cine

Tania Molina Ramírez

Periódico La Jornada
Domingo 30 de mayo de 2010, p. 9

Era su primer día en la clase de yoga, la profesora se acercó y le dijo, tienes que abrir el corazón. Él pensó, si de eso se trata, la siguiente vez no vengo. Aquí, si abro el corazón me van a pisotear. Pero algo hizo que Freddy Díaz Arista regresara a las sesiones de los viernes que se realizan en el penal de Atlacholoaya, Morelos, donde estaba encarcelado.

A la tercera clase, la profesora, Ann Moxey, les dijo a los practicantes de yoga: Traigo una llave, es la llave de la libertad. Freddy pensó, yo quiero esa llave, y continuó yendo a hacer perros boca abajo y saludos al sol.

Terminó abriendo su corazón, según sus propias palabras, y salió, tres años y cinco meses antes de cumplir la sentencia de 10 años (en beneficio por hacer yoga y teatro) y hace unos días platicó de cómo su vida se transformó gracias al yoga: No hubo readaptación, hubo reconciencia, le dijo a La Jornada. Ahora regresó a la cárcel, pero a dar clases.

Freddy, de 34 años, es uno de los cuatros presos cuyas historias son narradas en el documental Interno (2010), dirigido por Andrea Borbolla, acerca del Proyecto Parinaama de Yoga en prisiones (http://annmoxey.blogs.com/yogaprisonproject/).

Para mí, la voz de estos cuatro hombres es la de millones de mexicanos que están negados por la sociedad porque son vistos como delincuentes. El sistema penitenciario tiene una gran falta: los delincuentes pagan las mismas penas que los adictos o los enfermos. El documental pretende crear esa diferencia. Una persona adicta lo es quizá porque creció en un contexto de violencia, alcohol y drogas. La cárcel está llena de (gente acusada de) delitos federales, a veces muy mínimos, pagando sentencias desproporcionadas al delito y, sobre todo, con un programa de readaptación y rehabilitación muy pobre, que no funciona. Como es sabido, las cárceles son universidades del crimen, dijo Borbolla.

Desde hace seis años, un grupo de maestros, encabezados por la sicóloga Ann Moxey, ex corresponsal de guerra, maestra de yoga y especialista en adicciones, imparte esa disciplina en el centro penitenciario a internos farmacodependientes. De ahí lo de la llave: los presos lo son de las drogas y de las rejas. Moxey cree que el yoga puede liberarlos aún estando en la cárcel.

El apoyo incial del entonces director del penal, Miguel Ángel Calvo, fue fundamental. El trabajo es voluntario.

El inicio no fue fácil. Fernando García Aguinaco, maestro de yoga, quien lleva cinco años en el programa contó: “Los mismos que promueven el uso de sustancias ahí dentro, lo boicoteaban. Ahora reconocen a los que practican yoga, aunque al principio los tildaban de mariconcitos, pero empezaron a ver que hacían cosas corporalmente interesantes… Más allá de eso, es la actitud. Los respetan por no violentos: les echan bronca y no reaccionan, y al no reaccionar se sacan de contexto y los empiezan a respetar”.

Borbolla realizó Interno gracias a una beca del CUEC, de donde es egresada.

El programa da resultados muy rápido, el yoga es una terapia que trabaja integralmente, es una desintoxicación muy profunda, explicó Borbolla. El yoga da oportunidad de ir canalizando agresión, ansiedad y el ansia de la adicción. Ayuda a eliminar las impurezas físicas y mentales.

La cinta también habla sobre los talleres de teatro y literatura: Las actividades culturales les dan la capacidad de expresarse, de ser tratados como seres creativos, con oportunidad de educación, explicó la cineasta.

Al guerrerense Freddy Díaz lo sentenciaron a 10 años por llevar ocho kilos de marihuana en un camión foráneo. Al ingresar al penal, hizo lo que la mayoría: intentar ganarse el respeto de los otros con los puños. El yoga era para homosexuales o mujeres, pensaba. Pero un viernes fue a la clase, con la curiosidad de encontrar algo, lo mismo que me llevó a la droga. Su consumo de drogas fue disminuyendo. Participó en un grupo de teatro y en el taller de literatura. Era tartamudo, pero con el yoga se le fue quitando.

A los presos les gustó tanto el yoga que pidieron un espacio para tener una clase impartida por los propios internos. Los primeros que las guiaron fueron Freddy y Luis Felipe Cuevas, quienes ahora que salieron de prisión, también dan clases.

Interno (www.interno.com.mx ) se presentó en el Festival Internacional de Cine en Guadalajara y se estrena en la Ciudad de México como parte del festival Distrital, hoy, a las 16.30 horas, en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco (CCT), donde habrá una plática con la directora. Más horarios: www.distrital.mx/joomla/.

Con información de Fernando Camacho Servín

http://www.jornada.unam.mx/2010/05/30/index.php?section=espectaculos&article=a09n1esp

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REPORTAJE: ESCLAVAS

Las cloacas del comercio sexual

LYDIA CACHO 30/05/2010

Cada año, 1,39 millones de personas, en su gran mayoría mujeres, son sometidas a la esclavitud sexual. La periodista y escritora mexicana Lydia Cacho ha dedicado cinco años a trazar el mapa de esta lacra contemporánea para su libro ‘Esclavas del poder’ (Debate). De los prostíbulos turcos a las ceremonias sexuales de los ‘yakuzas’ japoneses, pasando por los oscuros ‘desfiles de modas’ de Myanmar. En este personalísimo texto exclusivo para ‘El País Semanal’ relata algunas de las historias que vivió en su periplo.

Cuando tenía siete años, mi madre nos advertía a mi hermana Sonia y a mí de que siempre que saliéramos a la calle evitáramos a la robachicos, una vieja conocida en el vecindario porque secuestraba niñas; las atraía regalándoles caramelos y luego las vendía a extraños. La palabra equivalente en inglés, kidnapper (robaniños), es utilizada hoy para referirse al secuestro de personas de cualquier edad. Cuarenta años después de aquellas lecciones infantiles, descubrí que lo que en mi infancia parecía una anécdota propia de Dickens, con los años se convertiría en uno de los problemas más serios del siglo XXI. La sociedad tiende a considerar la trata de niñas y mujeres como una reminiscencia de otro tiempo. Creíamos que la modernización y las fuerzas del mercado global habrían de erradicarla y que el abuso infantil en los oscuros rincones del mundo subdesarrollado habría de disiparse al simple contacto de las leyes occidentales y la economía de mercado. Mi investigación demuestra justamente lo contrario. El mundo experimenta una explosión de las redes que roban, compran y esclavizan a niñas y mujeres; las mismas fuerzas que en teoría habrían de erradicar la esclavitud la han potenciado a una escala sin precedentes. Estamos presenciando el desarrollo de una cultura de normalización del robo, compraventa y corrupción de niñas y adolescentes en todo el planeta, que tiene como finalidad convertirlas en objetos sexuales de renta y venta.

Cada año 1,39 millones de personas en todo el mundo, en su gran mayoría mujeres y niñas, son sometidas a la esclavitud sexual. Durante cinco años, mi tarea fue rastrear las operaciones de las pequeñas y grandes mafias internacionales a través de los testimonios de supervivientes de la explotación sexual comercial. Mi investigación sigue la pista concreta de un fenómeno criminal que nació en el siglo XX: la trata sexual de mujeres y niñas. La sofisticación de la industria sexual ha creado un mercado que muy pronto superará al número de esclavos vendidos en la época de la esclavitud africana que se extendió desde el siglo XVI hasta el XIX. La confrontación emocional con el hecho de ser una mujer periodista hizo más compleja esta investigación. El reto fue mayúsculo. En Camboya, Tailandia, Myanmar y Asia Central me vi obligada a emplear distintas estrategias para evitar el peligro. Enfrenté enormes frustraciones, como cuando tuve que salir corriendo de un casino camboyano operado por una tríada china en el que se efectuaba la compraventa de niñas menores de diez años.

Para alcanzar mi objetivo puse en práctica las enseñanzas de Günter Wallraff, maestro alemán de periodismo y autor de Cabeza de turco. Siguiendo sus métodos de trabajo, en mi viaje desde México hasta Asia Central me disfracé y asumí personalidades falsas. Gracias a ello pude sentarme a beber café con una tratante filipina en Camboya; entré en un prostíbulo en Tokio donde todos parecían personajes salidos de un manga; y caminé vestida de novicia por La Merced, uno de los barrios más peligrosos de México, controlado por poderosos tratantes.

Para comprender el fenómeno resultó imprescindible hacer un análisis de la postura de varios países respecto a la trata de personas y a la prostitución, examinar las ganancias que la legalización o regulación representa para los Gobiernos, y el valor cultural que sus hombres y mujeres dan al comercio sexual de personas. Me encontré con naciones profundamente religiosas, como Turquía, en donde está legalizada la prostitución. Y otras, como Suecia, que han penalizado el consumo de sexo comercial y protegido legalmente a las mujeres que son víctimas de la esclavitud sexual comercial.

Turquía. Al aterrizar en Estambul es de noche y pierdo el aliento ante la belleza del cielo estrellado con pinceladas violetas. En un taxi rumbo al hotel, bajo la ventanilla y los olores de la ciudad se revelan ante mí: el diesel, las especias, el hálito salado del mar. Cada ciudad tiene un aroma que la distingue.

El taxista, orgulloso de su patria, elige darme un paseo. Me explica que nos encontramos en la separación entre Anatolia y Tracia, formada por el mar de Mármara, el Bósforo y los Dardanelos: los estrechos de Turquía que definen la frontera entre Asia y Europa. “Estamos a punto de ser reconocidos como parte de la Unión Europea. Aquí todo es bueno”, me asegura, “convivimos musulmanes, judíos, cristianos, agnósticos, protestantes. Aquí todo el mundo es respetado y bienvenido”. Sonrío y pienso en los informes de PEN International —una organización defensora de la libertad de expresión— sobre la persecución y encarcelamiento de escritores y periodistas turcos.

Pero guardo silencio, sé que el mundo no es blanco y negro y que todos los países, como las personas que los habitan, son diversos, complejos y magníficos a la vez. La hermosura de los ojos del joven maletero que me recibe en el hotel y la dulce voz de una recepcionista que habla un perfecto inglés hacen que me sienta bienvenida. Me recuerdan que la oscuridad no se ve sin conocer la luz, que la bondad está también en todas partes. Imagino que algunas de las 200.000 mujeres y niñas que han sido traficadas en los últimos cinco años a este país puente han encontrado a su paso la bondad de alguien que las ha visto como humanas.

Espero frente a la barra de un bar a mi contacto. Al poco tiempo, un hombre alto, atractivo, de tez morena clara, cabello al rape, cejas pobladas y chamarra de cuero se detiene a mi lado. Sin mirarme y aún con la nariz enrojecida por el aire helado, dice mi nombre y pide un trago.

En un francés titubeante masculla que allí no podemos hablar: “En hotel cinco estrellas, nos vemos mañana en hotel cinco estrellas”. Saco de mi bolso una tarjeta de mi hotel y se la entrego. La revisa. “Ése es el barrio Taya Hatún”, dice. “Sí, es un hotel pequeño, sólo turistas”, insisto. “Nueve de la mañana, sólo usted, madame”. Paga el trago sin haberlo probado, sale del bar y se sube al tranvía mirando a los lados.

Mahmut es policía, y uno de los buenos, según me dijo un colega corresponsal extranjero. Fue entrenado por el equipo de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) para el grupo especial contra la trata de personas en Turquía. El Departamento de Estado estadounidense ha invertido aquí siete millones de dólares para luchar contra la trata, y la cooperación noruega otro tanto. Mahmut es un turco laico, un tipo culto. Él cree que la lucha contra la explotación sexual de mujeres en Turquía y en la Ruta de la Seda es una gran farsa. Por ello, después de meses de negociaciones con contactos, decidió hablar conmigo. Espero en el pequeño hotel boutique bebiendo un perfumado café turco.

Me siento en el bar. Es un lugar elegante con aire palaciego. El policía entra y el joven de la recepción apenas lo mira.

Lo invito a sentarse, mira a su alrededor y en voz muy baja me dice: “Si se enteran de que fui yo quien le dio la información, me pudriré en la cárcel si no es que me matan antes por haber violado el artículo 301 y por traición a la patria y al código policiaco”.

Pedimos una jarra grande de un exquisito té perfumado con cardamomo. De pronto, él señala, en silencio, las cámaras en el techo del bar. Le digo que podemos subir a mi cuarto y acepta. Es cauteloso. La habitación es pequeña, pero tiene un sillón y una silla; le ofrezco el primero. Poco a poco se va soltando, me pregunta qué sé de la corrupción turca, de la trata de mujeres. Él pone atención a cada palabra. De pronto pide permiso para quitarse la chamarra, asiento con la cabeza y mi vista se congela ante la presencia de un arma colocada en la sobaquera de policía. Pierdo el hilo de mis ideas durante algunos segundos. Con el bolígrafo en la mano y la libreta sobre mis piernas, pienso que estoy en Turquía, en una habitación de hotel, con un hombre armado, y sólo él y yo lo sabemos. Intuye mi ansiedad y comienza a hablar de su esposa y de las mujeres admirables que ha conocido en la OIM. Hacemos un silente acuerdo de confianza, ese pacto sin el cual las y los reporteros no podríamos subsistir.

Los especialistas revelan que en la medida en que se dan a conocer más casos de trata de mujeres en el mundo, sorprende el notorio descenso de incidentes registrados por la policía turca sobre mujeres traficadas hasta Turquía desde Rusia, Moldavia, Georgia y Kirguizistán. ¿Cómo es posible que en un par de años la policía turca asegure que ha abatido en más del 50% los índices de la trata de mujeres? Mahmut advierte: “Ellos [los jefes de la policía y el ejército] ven la prostitución como un negocio, y ellos mismos son clientes. Consideran que son los norteamericanos y algunos europeos nórdicos quienes la llaman ‘esclavitud sexual’, pero eso es problema de otros, no nuestro. Todo es cuestión de enfoques, madame. Por ejemplo, una gran cantidad de noruegos y suecos vienen a Turquía por el turismo sexual. En su país no lo hacen, y aquí sí porque es legal y nadie los reconoce”.

Esta observación da en el clavo del debate mundial que plantean los abolicionistas. En la medida en que la prostitución esté avalada o regulada por los Gobiernos, toda política pública para establecer una división entre víctimas y profesionales resultará infructuosa. “Hoy, más que nunca”, asegura Mahmut, “las mafias albanesas y rusas cooperan con las mafias locales para el transporte de mujeres que terminan en el negocio de la prostitución. Siempre ha sucedido; la diferencia es que ahora que los países que se dicen civilizados han decidido combatir este crimen, se ha convertido en un negocio mejor para todos: los tratantes, los que hacen porno y los que simplemente venden un sueño falso a las mujeres. La llegada de los mercaderes de la guerra a Irak y Afganistán ha mejorado el negocio. Nadie habla de eso. En unos años los medios se sorprenderán ante la cantidad de dinero que han ganado los terroristas y los mercenarios norteamericanos con la venta de mujeres de la región”.

El último informe del Protection Project, adscrito a la Universidad Johns Hopkins, revela que en Turquía existen, plenamente identificadas, 200 bandas de tratantes de mujeres y niñas. Según datos de la OIM, desde 1999 hasta la fecha, 250.000 personas han sido traficadas para diversos fines a través de Turquía. La mayoría son mujeres originarias de Azerbaiyán, Georgia, Armenia, Rusia, Ucrania, Montenegro, Uzbekistán y Moldavia. En comparación, las autoridades turcas reconocen oficialmente que, entre 2003 y 2008, se identificaron como víctimas de la trata sólo a 994 personas.

“El negocio de la prostitución aporta mucho, mucho dinero, madame”, me explica Mahmut. “Miles de turistas vienen a la costa y a Estambul a buscar placer, claro que también hacen los tours de las bellezas históricas de nuestro país, que son muchas. Por desgracia, hay quienes explotan niñas. Hemos encontrado mujeres de 16 años que trajeron a los 14; estaban en burdeles con papeles falsos y el Gobierno miró para otro lado. Cuando los tratantes se cansan de las muchachas, simplemente llaman a la policía y las entregan. Cuando se hacen redadas, es curioso que no aparezcan los explotadores para ser arrestados. Muchas jóvenes tienen papeles auténticos pero ilegales.

El policía se refiere a lo que he descubierto en todo el mundo: servidores públicos de los Ministerios de Asuntos Exteriores, así como cónsules e incluso embajadores, se prestan a emitir pasaportes auténticos a partir de documentación falsa. Mi entrevistado evoca las complejidades de detectar a una esclava sexual cuando los papeles son legales: si los agentes de migración se basaran en apariencias o simples sospechas, las fronteras se volverían un caos y las crisis diplomáticas entre países serían irremediables. “Por ello, ante la posibilidad de equivocarse, muchos pasan por alto las sospechas”. Según la organización Eliminemos la Prostitución Infantil, la Pornografía Infantil y la Trata de Niños y Niñas con Fines Sexuales (ECPAT), el 16% de las víctimas de la trata rescatadas en Turquía son menores de edad y vendidas para la explotación sexual comercial. El policía asiente a las cifras que le ofrezco. Reitera que la del sexo es percibida como una industria y no como una actividad delictiva. Asimismo coincide con los informes de Save the Children, que aseguran que allí donde está legalizada la prostitución con adultas, muchos pedófilos buscan asilo y se convierten en clientela fiel que fomenta el mercado de la explotación sexual infantil.

Las propias cifras del Ministerio de Asuntos Exteriores de Turquía son elocuentes: mientras en 2006 se reportaron 422 arrestos, en 2007 fueron 308 y a fines de 2008 sólo arrestaron a 255 hombres, en su mayoría clientes y en algunos casos víctimas consideradas por la autoridad como cómplices de la trata.

La OIM logró convencer al Gobierno turco de implementar una línea telefónica para denuncias. Desde que se inauguró, el 23 de mayo de 2005, hasta principios de 2009, fueron rescatadas 114 víctimas. El operativo de salvamento y atención está a cargo de un par de organizaciones civiles sin fines de lucro y de la propia OIM. Sin embargo, las cifras no son tan optimistas cuando logro hablar con algunas jóvenes de Moldavia y Croacia, quienes me aseguran que la repatriación es una farsa, que se trata de una vulgar deportación de mujeres que ya han estado demasiado tiempo en el negocio. Las más nuevas son las que pueden ser controladas, las que no hablan… todavía.

Tokio. Eran las nueve de la noche. Caminaba por el barrio de Ginza. Sabía lo que buscaba. Paseaba con mi pequeña cámara fotográfica y mi videocámara. De pronto vi salir a tres jóvenes geishas de un callejón; me acerqué. Tras ellas salieron dos hombres con traje negro por una puerta sin señalizar que era vigilada por un guardaespaldas. Decidí filmar la escena, y de inmediato el vigilante se dirigió a mí con un tono iracundo. Le dije que era una turista que estaba filmando mi viaje. Le pregunté en inglés poniendo cara de ingenua: “¿Por qué le molesta?”. Él me tomó del brazo, me llevó hacia la avenida y me dijo que me largara de allí. Caminé dos manzanas y entré en un pequeño restaurante para revisar mi material, comer algo y recuperar el aliento. Más tarde, cuando le pregunté a un policía si aquél era un bar yakuza, me dijo que muy probablemente, pero que ellos no podían demostrarlo porque los mafiosos “no quebrantan la ley”.

El club nocturno al que Rodha llegó a trabajar era de lo más elegante. Sentada al lado de un rico empresario japonés, mientras bebía un whisky con Coca-cola, ella intentaba responder a la pregunta que le hacía asegurándole que, efectivamente, todo el pelo de su cuerpo era del color rojo brillante de su melena. La llamaban a otra mesa y seguía departiendo con los distinguidos clientes. Habían pasado varios días y no le permitían cantar, le decían que debía esperar. A la semana comenzaron a llegar los yakuzas.

Así lo cuenta Rodha: “Me sentí invadida por un azoro total. ‘¡Vaya, mafiosos de verdad!’, me dije en silencio. ‘¡Como en las películas!’. Más tarde, demasiado tarde, me enteré de que esa noche estaba siendo ofrecida a los compradores. Era un club de venta de esclavas finas.

La joven había firmado un contrato para cantar y eventualmente grabar un disco. Estaba encantada: los tragos se servían gratis y el ambiente era sofisticado. A los dieciocho años creyó que estaba experimentando una entrada en la vida adulta. Con el paso de las semanas comenzó a sentirse enojada e inquieta, y exigió que la llevaran al club en el cual debía cantar. Reclamó que no estaban cumpliendo con su contrato de trabajo, el mismo que su padre había revisado. Poco a poco se reveló el principio de la pesadilla. Su abogado se había quedado con el visado y el billete de regreso, argumentando que los necesitaban para obtener un permiso de trabajo. Además, en lugar de entregarle el apartamento que señalaba el contrato, la tenían hospedada en un hotelucho cuya habitación era casi del tamaño de un armario.

“Miko y yo estábamos sentadas”, recuerda Rodha, “rodeadas por esos mafiosos, y me sentía impresionada de que hombres como ellos, como en las películas, quisieran estar de parranda conmigo. ¡Qué aventura! Me pidieron que cantara una canción en el karaoke y canté la única que conozco en japonés; luego me senté a beber el trago que habían ordenado para mí. Quince minutos después de tomar el trago, me sentí muy pesada. Nunca había experimentado esa sensación al beber alcohol. Algo estaba mal. De pronto me sentí como si hubiesen inyectado cemento en mis venas. Un par de yakuzas me levantaron de los brazos y me llevaron hacia el elevador. No podía comprender lo que estaba sucediendo, les hablaba en inglés y no respondían. ¿Dónde estaba Miko? ¿Por qué estaba dando vueltas el edificio? Una vez dentro del elevador, las rodillas se me doblaron y uno de los yakuzas me cargó como si fuera una niña”.

La joven estaba consciente, pero su cuerpo permanecía paralizado. Al salir pudo ver una larga fila de Mercedes Benz y luego perdió el conocimiento. Se dejó ir, aterrorizada; en su mente sabía que algo estaba muy, pero muy mal. Más tarde descubriría que la habían drogado para que formara parte de una ceremonia sexual. “Me desperté en medio de una bruma mental, estaba completamente vestida, sentada en un sofá. Miré a mi alrededor. Era una suite impresionante, lo más lujoso que jamás hubiera visto. Había una enorme cama redonda en el centro, sofás, una sauna y lo que parecía un cuarto de vapor. A mi mente vino un poco de tranquilidad: tal vez me había mareado el alcohol y estos hombres me ayudaron a subir a su suite para que descansara un poco. Posteriormente aparecieron ante mí varios yakuzas desnudos, solamente estaban cubiertos por una toalla en la cintura. Absolutamente todo su cuerpo estaba tatuado. Sentada en el sofá, el miedo se apoderó de mí, sentí que me consumía el terror. Finalmente, vinieron a mi mente las palabras de mi tío Jim. Él no quería que mis padres me dejaran viajar a Japón, insistía en que allí se llevaban a las jovencitas para hacerlas esclavas sexuales. ‘¡Trata de blancas!’, lo había llamado mi tío. De pronto, me levanté y corrí hacia la puerta; antes de que me diera cuenta, tres yakuzas estaban deteniéndome, uno de ellos golpeó mi cabeza contra la pared… escuché el crack de mi cráneo. Me desmayé”.

Cuando Rodha despertó estaba desnuda en la cama. Tenía los ojos vendados, obviamente los hombres que la violaron no querían ser reconocidos. Dos agentes del FBI a quienes entrevisté sobre este caso me aseguraron que la consistencia de la historia de Rodha y la coincidencia detallada con otros testimonios de las pocas estadounidenses rescatadas de los yakuzas les han dado elementos para entender el grado de crueldad de esos mafiosos.

“Estoy segura de que el primero que me violó era el jefe de la secta Yamaguchi-gumi, llamado 0293845 0934, él era el jefe de unos 38.000 miembros de la secta de yakuzas en aquellos tiempos. Durante la noche la venda se cayó de mis ojos. Eso no debía estarme sucediendo. Yo era de verdad una buena chica, en la secundaria había ganado los concursos de la más sensible y los concursos de talento artístico. Recuerdo llorar casi en silencio mientras se turnaban. ‘¡Dios mío, ayúdame!’, gritaba. Supongo que el nombre de Dios hizo que uno de ellos se enojara mucho, pues me abofeteó con fuerza. Mis gritos eran más como susurros, por el miedo, el cansancio y la droga”.

Rodha ha contado su historia un centenar de veces. Es una de las pocas supervivientes de los yakuzas que ha sido capaz de hablar públicamente, de ayudar a las autoridades con datos exactos, nombres y descripciones de lugares y personas. Sin embargo, los efectos del estrés postraumático en ella son evidentes. Una víctima no puede revivir una y otra vez todos los detalles de su historia creyendo que no le afecta. La joven es consciente de ello, y nutre su fuerza de fe religiosa. Está convencida de que Dios le permitió salir viva de Japón para dedicarse a salvar a otras jóvenes.

Myanmar (Birmania). Quedarse en Myanmar como periodista no es una buena idea; tomé la decisión de hacer las entrevistas con gran sigilo, puesto que la dictadura militar arresta y tortura a quienes pretenden difundir las violaciones de los derechos humanos. Estaba en Tailandia cuando preparaba mi viaje hacia Myanmar: la manera más sencilla de entrar sería subiendo hasta Sawngthaew, en la región tailandesa de Mae Sot, y luego cruzar Mae Nam Moei. Para entrevistar a mis contactos en Myanmar necesitaba quedarme al menos dos días, lo que representaba un serio problema, porque cruzar el puente desde Mae Sot implicaba entrar con un visado especial cuyo costo es de 11 dólares y condiciona el regreso a Tailandia ese mismo día por la tarde. Los soldados que fungen como agentes de migración del pequeño puesto de Myanmar retienen tu pasaporte a cambio de un recibo. Tenía que buscar la manera de quedarme más días sin ser detectada por las autoridades. Para ello debía lograr dos cosas: primero, que las autoridades tailandesas del puente no sellaran mi pasaporte de salida, y después, que las de Myanmar tampoco lo sellaran de entrada. La idea era volver a Tailandia unos días después con mi pasaporte en la mano y la evidencia de la corrupción de los agentes de migración. Naturalmente, por motivos de seguridad, en Asia viajaba con visado de turista. Entregué mi itinerario a mis contactos locales y a mis amigos de la OIM, por si acaso.

¿Qué tan difícil sería cruzar la frontera de un país cuya severa dictadura militar está vinculada con el crimen organizado y la trata de mujeres? Necesitaba hacerme acompañar por alguien capaz de llevarme a Mae Sot para desde allí cruzar el llamado puente de la Amistad. Afortunadamente, logré contactar con un hombre que unos colegas me habían recomendado. Por la maniobra tendría que pagar 250 dólares estadounidenses: 50 para él, 100 para los soldados del puesto migratorio tailandés y 100 para los myanmas que me permitirían entrar sin visa y sin quitarme o sellarme el pasaporte. La misma suma me costaría regresar sana y salva a Tailandia con un primo de mi contacto, que me conduciría de vuelta a Mae Sot. La orden fue sencilla: yo no hablaría y entraría con un grupo de siete turistas regionales acompañados por Tomy, el guía, al que entregué los 250 dólares.

La oficina migratoria del lado tailandés es bastante más moderna. Allí Tomy hizo el trámite en menos de diez minutos y pasamos como si tal cosa. Cruzamos los 420 metros del arco del puente de la Amistad. Tuve que gastar otros 200 dólares: el Gobierno de Myanmar exige a todos los turistas que cambien esa cantidad por dinero oficial, no es opcional. En febrero el clima es caluroso, pero soportable. Esa mañana estábamos a 36 grados. Tomy hizo sus trámites y entramos finalmente, mis manos sudaban copiosamente. Parecido a los mercados mexicanos, Mae Sot es ruidoso, y circulan mujeres y hombres con vestidos tradicionales. Los turistas se mezclan entre los defensores de los derechos humanos que viven en la frontera y tienen mayor acceso a la realidad myanma sin correr tanto peligro. No obstante, de vez en cuando hay enfrentamientos de soldados de la junta para arrestar a quienes pretenden obtener información del país. Éste es el centro del mercado negro entre myanmas, chinos, tailandeses y karens, una etnia myanma. Allí se intercambian tanto productos legales como ilícitos. Entre pintorescos restaurantes y puestos de artesanías típicas, los vendedores ofrecen desde pasaportes falsos hasta mujeres, niñas o niños en adopción; también hay contenedores de productos chinos que circulan entre los distritos de Mae Ramat, Tha Song Yang, Phop Phra y Um Phang. El puente de la Amistad une Mae Sot con Yawadi, y hacia el oeste la carretera nos lleva hasta las ciudades myanmas de Mawlamyine y Rangún. Desde antes de cruzar el puente hice un poco el papel de turista, compré un pequeño Buda y caminé entre el mercado, abrumada por los vendedores.

Myanmar es uno de los países en los que se puede distinguir con certeza que la trata y la explotación sexual de mujeres es un negocio del Estado, y específicamente del Ejército. Con una cautela extraordinaria, mi contacto y yo nos encontramos en un monasterio con las activistas que han consignado los casos de cientos de víctimas. La limpieza étnica exacerbada por los ataques de la dictadura militar ha producido masacres, particularmente de mujeres de las etnias karen, mon, shan y rohingya (grupo étnico musulmán). Miembros del Ejército han creado campos de esclavas sexuales secuestrando a cientos de niñas y adolescentes de origen shan y mon.

En 2006, el comandante Myo Win ordenó a 15 pueblos del distrito de Ye la entrega de dos jóvenes por aldea. Debían ser solteras, medir más de un metro sesenta y tener entre 17 y 25 años. Un destacamento de soldados se encargó de recoger a las candidatas hasta completar la participación en lo que los generales describieron como el “pase de modelos” del Día de la Independencia. Las elegidas, todas ellas campesinas del Estado myanma de Mon, fueron conducidas al cuartel y obligadas a desfilar para los militares durante los tres días en que fueron violadas. Cuando volvieron a sus comunidades, nadie se atrevió a preguntar nada.

Según las organizaciones de mujeres, solamente en Rangún hay entre 5.000 y 10.000 mujeres obligadas a ejercer la prostitución como medio de subsistencia. Mientras los refugiados de Myanmar buscan protección fuera de su país a causa de la represión y la guerra étnica, se ha generado una gran tensión política con Tailandia, cuyo Gobierno sigue firmando acuerdos comerciales con la dictadura a pesar de que ambos países no han podido resolver una antigua pugna territorial.

En Tailandia hay 74.000 mujeres myanmas viviendo en campos de refugiados, y se calcula que entre 800.000 y 1,5 millones de personas huyen de Myanmar hacia otros países en los que son explotadas y tratadas como esclavas. La Coalición contra la Trata de Mujeres (CATW, por sus siglas en inglés) informa de que 200.000 mujeres y niñas de Myanmar han sido traficadas a Karachi (Pakistán) para ser vendidas como esclavas sexuales y para la mendicidad. El Banco Asiático de Desarrollo ha informado de que el 25% de las adolescentes forzadas a la prostitución en Myanmar son portadoras del VIH y muchas ya han desarrollado el sida. Sin servicios de salud, seguramente morirán pronto.

Darle la vuelta al mundo recorriendo fronteras por aire, tierra y mar me hizo comprender las verdaderas implicaciones de la corrupción y las facilidades que provee para el crimen organizado y el tráfico de personas. Para decirlo en pocas palabras: Myanmar es un campo de exterminio de mujeres. Si el país logra liberarse de la junta militar y transitar a la democracia, una vez que los medios muestren la realidad, el mundo se horrorizará ante esto. Myanmar se ha convertido en un paraíso del crimen organizado especializado en drogas y esclavitud humana.

En Myanmar se han creado negocios de entretenimiento dedicados a los desfiles de modas; sin embargo, estos constituyen máscaras como las que utilizan en otros países asiáticos con los clubes de karaoke, que no son más que sitios que ocultan la trata de mujeres para fines de prostitución forzada. Después de dos días regreso a Tailandia con el primo de mi guía. Mis libretas, la grabadora y mi pequeña cámara nunca tendrán el poder para revelar la verdadera profundidad del dolor humano que se descubre en la mirada apasionada de quienes creen en la libertad propia y ajena y están dispuestos a dar la vida por ella.

El libro ‘Esclavas del poder’, de Lydia Cacho, está editado por Debate.

El País

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Plata o plomo

Denise Dresser
31 May. 10

“Habló demasiado”, es el mensaje colocado encima de un cuerpo sin cabeza. “Para que aprendan a respetar”, dice el letrero pegado a un torso sin brazos. “Te lo merecías”, dice la nota dejada al lado de un hombre torturado. En las plazas y en las calles y en los lotes baldíos y ante las puertas de un cuartel del Ejército. En Apatzingán y en Zitácuaro y en Morelia y en Tierra Caliente. Muestras de la caligrafía del crimen, ejemplos de la sintaxis del silenciamiento, señales del surgimiento de un estado paralelo en Michoacán y microcosmos de lo que también ocurre en otros lugares de la República. Esos sitios donde no gobierna el gobierno sino “La Familia”; donde no se aplica la ley sino la regla de “plata o plomo”; donde antes que hablarle a un policía en busca de protección, la ciudadanía prefiere que un cártel la provea. Ante ello, la futilidad de una guerra mal librada contra un estado paralelo, descrita de forma devastadora en el artículo reciente de William Finnegan en The New Yorker.

Historia tras historia de secuestros, extorsiones, torturas, asesinatos, robos, corrupción, desempleo, y el simple temor de salir a la calle. Historia tras historia de lo que significa vivir en un municipio asediado, en un estado capturado, bajo el mando de una fuerza paralela a la del gobierno que se ha convertido -como dice un maestro de Zitácuaro- en “segunda ley”. A pesar de los 50 mil soldados en las carreteras. A pesar de los 20 mil policías federales en las calles. A pesar de los 23 mil muertos debido a la narco-violencia en los últimos tres años. Sindicatos criminales como “La Familia” crecen y controlan, deciden y se diversifican. Si alguien necesita cobrar una deuda, recurre a ellos. Si alguien necesita protección, se la pide a ellos.

Gracias a los “soldados” que ha logrado formar, a los jóvenes que ha podido reclutar, a la base social que ha logrado forjar. Los campesinos que antes cultivaban melones y ahora siembran mariguana. Los ejidatarios que antes exportaban sorgo y ahora transportan cocaína. Los trabajadores que antes emigraban a Estados Unidos en busca de movilidad social y ahora saben que un cártel la asegurará. Los Ni Ni’s que ni estudian ni trabajan y llenan las filas de un ejército que les paga muy bien. “La Familia” no sólo ofrece empleo a quienes lo necesitan. También construye escuelas, organiza fiestas, cobra impuestos, disciplina adolescentes, y regala canchas de basquetbol. Se erige en árbitro de la paz social. Cultiva lealtades y echa raíces. Para sus miles de beneficiarios, la cruzada de Felipe Calderón no es una salvación sino una agresión.

Según Fernando Gómez Mont, la anuencia social ante los cárteles es producto del “Síndrome Estocolmo”: la tendencia de los torturados a sentir empatía con sus torturadores, la propensión de los secuestrados a sentir simpatía por sus secuestradores. Pero quizás la aquiescencia refleja algo más profundo y más difícil de encarar. La transición democrática acaba con la “Pax Mafiosa” que el PRI había pactado con el crimen organizado. La democracia entraña el fin de viejos acuerdos y el principio de nuevas rivalidades entre grupos que el poder central ya no es capaz de controlar. Y por ello surge un vacío que los cárteles pueden llenar ante la impotencia y la incapacidad del gobierno, ya sea federal, estatal o municipal. El crimen organizado comienza a suplir las deficiencias del Estado.

Cuando la población no cree en la policía o en las cortes, los criminales juegan ese papel. Cuando el Estado no puede ofrecer seguridad o empleo o cobertura médica o rutas para el ascenso social o bienes públicos, los cárteles empiezan a hacerlo. Como le explica una michoacana y madre soltera a Finnegan: “Tengo un número al que hablo. Si tengo un problema, si alguien me está amenazando, si alguien está tratando de robar mi carro, sólo les llamo y mandan a un policía. La policía trabaja para ellos (los narcos)”. Fernando Gómez Mont argumenta que los criminales han perdido “cobertura institucional”, cuando ya han logrado poner a las instituciones a su servicio. Es precisamente por ello que 59 por ciento de los mexicanos -según una encuesta reciente- no cree que Felipe Calderón vaya ganando la guerra que hace tres años declaró.

Ganarla requeriría, como lo ha subrayado Edgardo Buscaglia del ITAM, una guerra menos centrada en la aprehensión de los cabecillas y más en la incautación de sus bienes. Requeriría una guerra menos enfocada a matar capos y más a mermar sus finanzas. Requeriría no sólo el combate militar, sino también una estrategia financiera para confiscar cuentas y combatir frontalmente la corrupción en las cortes y en las presidencias municipales y en las gubernaturas y en cada pasillo del poder. Si no, por cada criminal aprehendido, habrá un criminal liberado. Por cada líder extraditado, habrá otro que lo reemplace. Por cada narcotraficante capturado, habrá otro entre los millones de desempleados en el país que lo sustituirá. Y México continuará siendo un lugar donde si no entregas la plata, alguien te dispara el plomo.

http://www.vanguardia.com.mx/diario/detalle/columna/plata_o_plomo/505107

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Bloquea la “sensación de placer” que produce la nicotina en el consumidor

Desarrollan vacuna para dejar de fumar

Investigadores de la Universidad del Estado de Michigan inyectarán la dosis a mil personas en 25 clínicas de Estados Unidos durante 12 meses y esperan tener los resultados para 2012.

Científicos en Estados Unidos comenzarán los ensayos clínicos de la primera vacuna diseñada para ayudar a la gente a dejar de fumar y evitar la reincidencia en el hábito.

La vacuna bloquea la “sensación de placer” que produce la nicotina en el fumador y es la primera vez que se adopta este enfoque en el combate del tabaquismo, ya que hasta ahora los tratamientos convencionales, como los parches o chicles de nicotina, intentan que la gente deje el hábito gradualmente.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), que celebrará este 31 de mayo el Día Mundial Sin Tabaco, esta adicción es la segunda causa de muerte en todo el mundo, después de la hipertensión, y mata a uno de cada 10 adultos globalmente.

Los ensayos clínicos de la nueva vacuna llamada NicVax, desarrollada por Nabi Biopharmaceuticals, serán llevados a cabo por los investigadores de la Universidad del Estado de Michigan en 25 clínicas estadunidenses.

“El uso de una vacuna para tratar la dependencia a la nicotina es uno de los enfoques más singulares que se han tomando para combatir la adicción”, expresa el profesor Jonathan Henry, quien dirige las pruebas del estudio.

“Tenemos muchas esperanzas de que esta estrategia ayudará a los fumadores a dejar el hábito”, agrega el científico.

Cuando la nicotina entra en la corriente sanguínea cruza rápidamente la barrera entre los vasos sanguíneos y el encéfalo (llamada barrera hematoencefálica, cuya función es impedir que las sustancias tóxicas la atraviesen) y se adhiere a los receptores de la nicotina en el cerebro.

Esto provoca la liberación de sustancias estimulantes como la dopamina, que ofrecen al fumador la sensación positiva que eventualmente conduce a la adicción.

La nueva vacuna estimula el sistema inmune para que produzca anticuerpos que se adhieren a la nicotina creando una sustancia demasiado grande para atravesar la barrera hematoencefálica. De esta forma impide que la nicotina produzca la sensación altamente adictiva de placer que experimentan los fumadores.

Menos reincidencia

Las primeras fases de los ensayos clínicos demostraron que la vacuna es capaz de crear este mecanismo y debido a que los anticuerpos que produce permanecen en el organismo durante periodos demasiado largos, podría también ser efectiva para evitar la reincidencia de los fumadores.

La reincidencia es uno de los mayores problemas que no han logrado superarse con los actuales tratamientos contra el tabaquismo, como los parches y chicles de nicotina.

Los estudios demuestran que las tasas de reincidencia durante el primer año después de que un fumador deja el hábito pueden ser de hasta 90 por ciento.

Tal como informan los investigadores, durante los ensayos clínicos, que incluirán a mil individuos, los participantes recibirán la vacuna varias veces durante un periodo de 12 meses.

Se espera tener los resultados para 2012 y, si éstos son exitosos, la aprobación para su comercialización podría obtenerse poco después.

Según la OMS, en este siglo el tabaco podría matar a mil millones de personas, principalmente debido a las enfermedades que provoca su uso, como infartos, derrame cerebral, cáncer y trastornos respiratorios.

En sí, el humo del tabaco contiene alrededor de 6 mil 500 sustancias químicas, muchas de ellas cancerígenas, como la benzopirina, la betaprofilamina e inclusive el arsénico.

Fumar provoca los 10 males más comunes

El tabaquismo es el detonante de las 10 principales causas de muerte y principalmente se le relaciona con diferentes tipos de cáncer, refirieron especialistas.

Añadieron que a nivel mundial se estima en mil 300 millones el número de fumadores, mientras que en México se calcula que 14 millones de sus habitantes tienen esta adicción y la edad promedio de inicio es a los 12 años.

De hecho, el tabaquismo se considera dentro de las 10 primeras causas de muerte en el país. Al día, 165 personas fallecen por afecciones relacionadas con esta adicción y de ellas nueve son habitantes de Jalisco, expusieron.

En esta entidad, se estima que 1.4 millones de individuos de entre 18 y 65 años son adictos al tabaco, afirmaron los especialistas del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) de la entidad.

Señalaron que aunque las enfermedades respiratorias, incluido el cáncer de pulmón, son las que más se ligan con el tabaquismo, éste es responsable hasta en 70 por ciento de la impotencia sexual.

Explicaron que esto se debe a que la nicotina, principal componente del tabaco, tiene un efecto constrictor tanto a nivel del tejido cavernoso como en el sistema arterio-venoso. (México. Notimex)

EU. BBC

http://impreso.milenio.com/node/8775485

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Rafael Pérez Gay

De donde venimos

30 de mayo de 2010

Esa noche me vi envuelto en una red de corrupción urbana. Esperábamos invitados. Engrandecido por los primeros tragos de la noche salí a la calle y busqué a Timoteo. Lo llamé. Lo vi acercarse con sus botas de hule hasta las rodillas, su figura tenía algo de militar en campaña:

-Timoteo, necesito que me guardes tres o cuatro lugares para las personas que vienen a la casa-le ordené como si yo fuera el lavacoches en jefe de la zona y rematé con esta frase: -No me voy a dar por mal servido.

-Pierda cuidado, jefe. También los podemos lavar, usted nomás dice y listo, ya sabe.
La vida ha mejorado gracias a Timoteo. Cuando invitamos a la casa, antes que nada pedimos que pregunten por él:

-¿Quién es Timoteo, tu mayordomo? -se burlan mis amigos.

Durante la noche me di cuenta de que de un tiempo a esta parte, los matrimonios largos cotizan a la baja en la bolsa de valores de la vida adulta. Siempre hay una mirada compasiva para quienes llevan muchos años juntos, como quien ve a un toro manso que alguna vez tuvo trapío. En cambio, las acciones de los hombres y la mujeres que cambian de pareja cada fin de semana ganan puntos porcentuales, oro molido para la leyenda. Un amigo no tan amigo me dijo que había tenido unas noventa y cinco mujeres desnudas en la cama. No sé si fue la envidia o la compasión, pero recordé que Casanova tuvo 75 mujeres y Don Juan un número desconocido.
Alguien me preguntó cuánto llevábamos de casados mi mujer y yo. Les conté que no nos casamos y me adorné con una frase estúpida:

–Ni locos nos metemos a una iglesia.

Dije la verdad. Además, me asombra que cada vez haya más matrimonios por lo civil y por la iglesia entre los jóvenes. Nunca nos hemos sentido superiores por vivir como nos da la gana. Ya sé, nadie vive como le da la gana.

–¡Treinta años! Y duran –gritó un amigo que pisaba nuestra casa por primera vez.

–Aún no nos conocemos lo suficiente –quise bromear, pero me sentí apenado, como si hubiera cometido un raro fraude sentimental.

Mientras me servía un Glenffidich, me arrasó una ráfaga del tiempo. Más allá y más atrás de esos años. Fui a la mitad de los años setenta y a la cantina el  Ku-kú, cuando ocupaba dos pisos en la calle de Coahuila casi esquina con Insurgentes. Me uní a un grupo de amigos que realizaba extraños viajes interiores en una de las mesas de la planta baja. Inducidos por el tequila y la cerveza, mezclados con instinto homicida en submarinos, las inmersiones nos llevaron a estados alterados de los cuales apenas guardo memoria. A esas alteraciones de la conciencia atribuyo recuerdos estrafalarios del final del sexenio de Luis Echeverría: la paridad a veinte pesos por dólar, las constantes acusaciones de empresarios que juraban que el presidente conducía al país hacia el socialismo cuando en realidad iba al abismo financiero y a la primera crisis económica de las varias que nos devastarían con sus tempestades de encarecimiento y bajos salarios.
Me perdí en el pasado y recordé que alguna de esas noches, en la esquina de Insurgentes, frente a la tienda Woolworth, los periódicos de la tarde informaban que se había descubierto en el centro de la ciudad un monolito prehispánico, la Coyolxauqui. El regente de la Ciudad ordenó que prosiguieran las excavaciones de las ruinas del Templo Mayor. No me pregunten por qué, pero mientras escribo estas líneas me he acordado de los nombres no de los escritores franceses a los que me aficioné en esos años sino, cosa rara, de éstos: Eugenio Méndez Docurro, Alfredo Ríos Camarena, Fausto Cantú Peña. Los tres ladrones fueron acusados de fraude a la nación. La memoria es un capricho, las cantinas también.

–De allá venimos – les dije.

–De muy lejos –me contestaron con razón.

Fue así como durante cuatro horas puse mi grano de arena para fortalecer la corrupción en la Ciudad de México y, mediante un paquete de azares, regresé el tiempo y me sentí inexplicable. Me cae bien Timo, ¿escribí timo?

http://www.eluniversal.com.mx/editoriales/48534.html


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