Si la muerte pisa mi huerto,
¿quién firmará que he muerto de muerte natural?
¿Quién lo voceará en mi pueblo?
¿Quién pondrá un lazo negro al entreabierto portal?
¿Quién será ese buen amigo que morirá conmigo, aunque sea un tanto así?
¿Quién mentirá un Padre Nuestro y “a rey muerto, rey puesto”
pensará para sí?
¿Quién cuidará de mi perro?
¿Quién pagará mi entierro y una cruz de metal?
¿Cuál de todos mis amores ha de comprar las flores para mi funeral?
¿Quién vaciará mis bolsillos?
¿Quién liquidará mis deudas?
A saber, ¿quién pondrá fin a mi diario
al caer la última hoja en mi calendario?
¿Quién hablará entre sollozos?
¿Quién besará mis ojos para darles la luz?
¿Quién rezará a mi memoria, Dios lo tenga en su gloria, y brindará a mi salud?
¿Y quién hará pan de mi trigo?
¿Quién se pondrá mi abrigo el próximo diciembre?
¿Y quién será el nuevo dueño de mi casa y mis sueños y mi sillón de mimbre?
¿Quién abrirá mis cajones?
¿Quién leerá mis canciones con morboso placer?
¿Quién se acostará en mi cama, se pondrá mi pijama y gozará mi mujer?
¿Quién me traerá crisantemos el primero de noviembre?
A Saber, ¿quién pondrá fin a mi diario
al caer la última hoja en mi calendario…?
Joan Manuel Serrat
Alejandro Páez Varela
Usted, yo y las redes sociales
26 de mayo de 2010
Aún recuerdo el día en que llegaron las computadoras que desplazaron las máquinas de escribir de ciertos reporteros en cierta Redacción. Fue fascinante para mí. Tendría unos 14 años. También recuerdo cuando vi por primera vez Internet, FTP o Eudora; o cuando instalaron la primera pantalla conectada a la red: era sólo una, y estaba en lo que meses antes fuera el cuarto de cables y teletipos.
Sin embargo, no estuve tan conciente de la aldea global hasta años después, cuando aparecieron los sitios de información y los portales. Todavía estaban por venir la conectividad y la aparición de las redes sociales. Allí fue como me enteré que los contenidos clásicos de la comunicación habían pasado de moda. Sólo la lengua y la palabra escrita transmiten tanta intimidad como las redes sociales; me sorprendí al enterarme que los estados de ánimo tenían tanto poder.
No pretendo resumir el impacto que tuvieron en nuestras vidas la llegada de Internet y los nuevos canales. Sólo diré, para darles una idea del impacto, que no me preocupa saber quién estará en mi velorio: este cuerpo que se descompone a diario me importa poco. Y sí me gustaría saber quién cerrará mi cuenta en Twitter o en Facebook cuando ya no esté; y quién portará la llave virtual que marque mi despedida, y qué destino tendrán los textos que he posteado por lo menos en este último año.
Curiosamente, no me preocupa saber qué se piensa de la metáfora que soy en las redes. Allí dirán que soy un trasnochado, un timorato, un desinhibido, un ratón o una lagartija gorda; un bueno-para-nada, un yogurt rancio con dolor de estómago incluido, o un taquero chafa de mis propias ideas. No me preocupa quién soy para usted en la red, y aquí cabe una primera paradoja: sí me preocupa que mi círculo cercano, mi red, sepa quién es el hombre que he buscado construir en la vida fuera de Internet.
Es curioso que me preocupe el destino del contenido que dejo en las redes sociales, y a la vez no me importe de igual manera la reputación del avatar que he hecho de mí mismo. Curioso, pero no difícil de entender: este periodista viejo razona con bulbos y no con gigas.
He escrito que los periodistas no hemos sido lo suficientemente críticos de Internet por temor a ser juez y parte. Como la red nos movió el tapete, como nos dejó boquiabiertos, no pudimos sino aceptar que otros individuos, beneficiarios de la democracia generada a partir de las nuevas tecnologías, dejaran su rol pasivo por uno activo que en teoría desplazó a los informadores. Pero, ¿qué valor tiene la información que pescamos en las redes sociales? O bueno, sin más rollo, ¿qué valor le damos a Hugo Chávez si le declara la guerra a Colombia por Twitter? Falta que él, Colombia y el mundo se lo crean primero. ¿Qué valor tiene informativamente que una pata de pollo le declare su amor a Evo Morales por Facebook? Falta saber si el imperio norteamericano permitirá su amor. ¿Puede Penélope Cruz anunciar nuestra boda por las redes sociales? Ciertamente. Falta que yo haya aceptado darle mi mano.
Hago las mismas preguntas, ahora desde otra esquina: ¿Podemos aceptar como información fidedigna todo lo que se publica en estos canales, independientemente de quien venga? ¿Cómo conciliamos la libertad que tenemos de postear con el hecho de informar o ser verazmente informados? Porque así como desconfiamos de la pata de pollo enamorada de Evo Morales, también reconocemos que las primeras fotos del terremoto en Mexicali llegaron por Twitter; que las alertas lanzadas desde esta plataforma, fundadas o no, paralizaron de miedo ciudades como Reynosa o Torreón; que Twitter hizo posible que una acción colectiva dibujara la magnitud de la movilización ciudadana. ¿Cómo separar verdad y mentira?
Aunque la definición más consensuada sobre estas redes se explica como una estructura social ordinaria compuesta por individuos conectados entre sí por diferentes intereses; y aunque reconocemos lazos, aristas, vértices y nodos en esta descripción fría, lo que personalmente me mueve es descubrir cómo las redes sociales pueden cambiar las vidas de los individuos para bien.
El periodismo es una industria de verificación de datos con una gran tradición, y por lo tanto, es la más interesada en hacer estas distinciones. Principalmente porque el periodismo, fuera de la teoría, responde a valores del humanismo que pretenden ser conciliados con ideas del progreso.
Siempre estuvimos ligados al concepto del hombre renacentista: viajeros, multifuncionales, multiculturales, aventados, lanzados. Exploradores. Y curiosamente las redes sociales han aterrizado ese concepto (a su manera y en el colectivo) con rapidez. Ahora falta saber hasta dónde los periodistas podremos defender los principios no sólo de la comunicación, sino los de la civilidad y la civilización, que inspiran este oficio ingrato que ahora más que nunca está sometido al cuestionamiento de sociedades cada vez más despiertas, mucho más conocedoras y, por lo tanto, demandantes en extremo.
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