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Archivar como 21/09/10

Los civismos de México

Luis Petersen Farah

  • 2010-09-19•Al Frente

No aparecen en los libros ni en las declaraciones, pero el país es también un mosaico de civismos. Una fiesta del tamaño del Bicentenario en medio de una inseguridad como ésta saca a relucir sin duda nuestras maneras de ser patria. Aquí hay algunos ejemplos, vistos desde el norte, donde vivo.

Civismo lógico. Premisa mayor: “Todos tenemos el gobierno que merecemos. Premisa menor: “A mí me va muy bien con este gobierno”. Conclusión: “Me lo merezco”.

Civismo fresa. Nunca da problemas, pero tampoco da los buenos días. Dos formas de enfrentar el miedo y de no relacionarse ni con el vecino (no lo conoce y espera no topárselo nunca). Manera infalible de hacer que la patria no exista.

Civismo de condominio. Mientras no lo exhiban en la lista de los que pagan la cuota, no pagará. Y entonces dirá: “Lo que pasa es que ya no les alcanza pa’sus chelas”.

Civismo cumplidor. Aporta lo que le toca, sobre todo porque se lo retienen. Festeja el Grito de la Independencia y apoya a la selección. Con eso queda satisfecha su vena heroica. Cansado pero contento.

Civismo de billar. Con decírselo a su compadre ya cumplió. “Hay que arreglar esto, hay que cambiar esto, hay que mejorar”. Espera que le manden una secretaria para que tome apuntes de sus ideas.

Civismo del pecado original. “Somos todos seres caídos, acéptalo, y lo que dejes tú se lo llevará otro. Pásame otra bolsita que ya Dios nos puso en ese camino.

Civismo turístico. Mejor te vas a vivir al otro lado, si tienes con qué. Mejor invierte del otro lado, si tienes con qué. Allá serás el mejor ciudadano: en una de esas te dan tu residencia definitiva.

Civismo relajado. No hay mal que dure otros cien años. Tranquilo, ya pasará. Ora, medita. La paz llegará.

Civismo juicioso. Lo primero y lo único que le pasa por la cabeza es “a éste ya le llegaron al precio”. Piensa mal y tendrás la tranquilidad de que aunque nada funciona, a ti, lo que es a ti, nadie te vio la cara de pendejo.

Civipartidismo. Si provienen de otro partido, son maldades diabólicas; si provienen del propio, son errores humanos. Si implican al otro, son urgencias; si implican al propio, son procesos de maduración.

Civismo cobrador. “Si viviera en otro país, yo tendría tal educación, tal empleo, tal seguridad. Como vivo aquí, no los tengo. Por lo tanto, el país me debe. Y me cobro a lo chino: no pago los impuestos, ni las multas ni las tenencias, o le entro a los múltiples negocios rápidos hasta que pueda decir: México nada me debes/ México, estamos en paz”.

Ci(n)ismo. Los que nomás andan metiendo la nariz. Como yo.

luis.petersen@milenio.com
http://impreso.milenio.com/node/8834395

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Guillermo Sheridan

Tuvo chido el coloso

21 de septiembre de 2010

El “coloso”, esa cosa descomunal que se puso laboriosamente de pie durante la ceremonia del grito el 15 de septiembre en el Zócalo, se convirtió en una prueba de roscharch en la que se han leído las más crispadas y contradictorias interpretaciones.

El “pueblo” lo recibió con estupefacta reverencia y la “intelligentsia” con recelo burlón. Si, como dijo algún entrevistado popular, “tuvo chido el coloso”, el fervor contestatario no tardó en conjeturarle al monote varias significaciones, todas ominosas, ni a convertir las conjeturas en sentencias incontestables: es un coloso reaccionario y, como es una marioneta, simboliza que somos las marionetas del gobierno.

Ahora bien, la versión más o menos oficial pide que se observen la espada rota y las ropas averiadas del gigante, y que se concluya que representa “la reconstrucción del país después de una larga batalla”. (En efecto, se notaba bastante desvalido ante la dimensión del tiradero). Según sus creadores, la figura es “un guerrero que representa al pueblo de México” que “busca transmitir el concepto de reconstrucción del pasado”; se trataría de un “rostro mexicano” promedio cuya fisonomía entresacaron del “archivo gráfico de la revolución”. Una cara cualquiera, la que Octavio habría llamado la “cara de Juan, cara de todos”.

Un señor Pablo Moctezuma Barragán denunció en la prensa que la cara del coloso era la de Benjamín Argumedo, un revolucionario sinuoso poseedor de un curriculum bastante infame que incluye masacres y traiciones a diestra y siniestra. De ahí a proclamar que el coloso era un homenaje a “la traición” hubo un veloz giro dialéctico. Y como el “traidor” por excelencia es el gobierno ilegítimo, se concluyó que el coloso era un homenaje sádico que el gobierno le hizo a su propia perversidad.

Otros sentenciaron que el coloso era Zapata, o Lalo González “Piporro”, o un mordelón que extorsiona automovilistas en la colonia Doctores, o Malverde, santo patrono de los narcos; o Vicente Fox, o (por homofonía) Luis Donaldo Colosio, o el charro cantor Fernández, o incluso Carlos Salinas de Gortari, pero metamorfoseado, que se irguió sombríamente y en cámara lenta sobre el corazón político de la pobre Patria.

A mí, francamente, me pareció que a quien más se parecía era a Stalin, pero como cruzado con “El Púas” Olivares. No fui el único. Unas feministas manifestaron en algún diario su indignación ante el hecho de que el coloso fuese una “figura androcéntrica” que “excluye y subsume a las mujeres de este país”. (Tenían razón: faltó una Eva para este Adán y, ya entrados en gastos, faltaron también un gay, una lesbiana, un transexual y un travesti.) Pues esas feministas concluyeron también que el coloso “presume la concepción de una masculinidad rígida que remite a los peores tiempos del autoritarismo estalinista” (unos “peores tiempos” que duraron 30 años). Bueno, sí, aunque habría que admitir que esa clase de rigidez masculina realista-socialista, es en realidad indistinguible de la escultórica fascista, de la maoista, de la kimjongilista y de la hugochavista.

En todo caso, la presencia simbólica del coloso con “autoritarismo estalinista” en el Zócalo es, también un despojo. Como se sabe, los únicos autorizados para poner la efigie de Stalin en el Zócalo son los comunistas mexicanos (entre los que se cuenta el Sr. Pablo Moctezuma Barragán). Hace cuatro años, en el mitin en que AMLO denunció lo que considera el fraude electoral en su contra, ahí estaba Stalin en el Zócalo, rígido y masculino, el inmortal coloso de hierro. Y bueno, Carlos Monsiváis fue el único orador que externó su desconcierto ese día: “Stalin se equivocó de año y de plaza”…

http://www.eluniversal.com.mx/editoriales/49944.html

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Obesidad frente a grandes intereses económicos

Iván Restrepo

Hace 12 años el gobierno del presidente William Clinton aprobó un ambicioso programa para atacar uno de los problemas más visibles y costosos de la sociedad estadunidense: la obesidad.

Era lugar común ilustrar este mal con personas del vecino país, el de mayor índice de obesidad en el mundo. Se atribuía a la mala alimentación, a que consumían muchas hamburguesas, papas fritas, helados y refrescos, que engordan y afectan el bienestar de las personas; a la falta de ejercicio y a las condiciones sociales y económicas de millones de familias, especialmente las de menos ingresos. Todo ello origina diversas enfermedades, como las cardiovasculares y la diabetes, que al sistema de salud le cuesta mucho atender, junto con las que padecen los adictos al tabaco.

En el programa se insistió en la necesidad de que la población se alimentara con base en dietas más balanceadas, ricas en frutas, cereales y verduras, de agua en vez de refrescos embotellados, y que fuera menos sedentaria, practicando algún deporte, caminando media hora al día. El programa fijó entre sus metas reducir la obesidad en 15 por ciento los primeros 10 años del nuevo milenio.

Finalizada la administración Clinton, su sucesor, George G. Bush, continuó la tarea. En varios estados (con California a la cabeza) se prohibió la publicidad y venta de refrescos y comida chatarra en escuelas, centros de salud y oficinas públicas. En paralelo, hubo cabildeo con las empresas elaboradoras de esos productos para que redujeran su contenido en grasas y azúcares.

En otros países la lucha contra la obesidad es política oficial e incluye preferentemente al sistema educativo y a la publicidad engañosa de las trasnacionales y sus productos, que hacen daño.

Aunque hoy en Estados Unidos uno de cada cuatro de sus habitantes es obeso y por eso tiene algún problema de salud, la estrategia gubernamental sobre la materia ha surtido efecto, pero no tanto como para cumplir la meta de reducir en 15 por ciento el número de obesos este 2010.

Luego de un descenso en los primeros seis años del programa, los últimos tres hubo un aumento de uno por ciento. Algunos especialistas lo atribuyen a la severa crisis económica que golpea a buena parte de la población, en especial a las clases media y pobre. La falta de empleo y de ingresos parece llevar al consumo de comida de menos calidad y a que, por la depresión, la gente abandone la sana costumbre de hacer ejercicio.

Esa crisis creó 5 millones más de personas muy pobres, que hoy suman 47 millones.

De todas formas, Estados Unidos perdió el cetro de tener el mayor porcentaje de obesos. Lo ostenta su vecino, México, donde casi 30 por ciento de su población padece ese problema; donde reina la comida chatarra, especialmente entre las mujeres. Abundan los estudios sobre salud y nutrición elaborados por el sector público en los que se ilustran las consecuencias que ese reinado le ocasiona a millones de mexicanos y los gastos que el sector salud debe sufragar para combatir el mal.

Por eso el gobierno sabe muy bien de lo que se habla cuando los especialistas insisten en atacarlo de raíz, comenzando por regular en las escuelas la venta de productos que hacen daño, así como la publicidad engañosa, especialmente en la televisión. Pero como se acaba de demostrar con la regulación oficial de productos chatarra en las escuelas, los que en verdad influyen e imponen su criterio son los grandes intereses económicos, por encima de los de la población. Y del gobierno, que gasta enormes sumas en atender las enfermedades causadas por el sobrepeso y la obesidad.

No debe extrañar entonces si el licenciado Felipe Calderón asiste a la inauguración de un nuevo estadio de futbol en Guadalajara, el de las Chivas. Y lo elogia. Se creía exclusivo del dueño de la marca de productos Omnilife. Pero el verdadero patrocinador del citado equipo es la Pepsi, fabricante además de Gatorade, la bebida que, dicen, es la marca líder en hidratación de deportistas. ¡Pepsi refresca cada grito de los aficionados!, se afirma en un anuncio. También, que con ese refresco se alienta la actividad física, el deporte. Con estos patrocinios y respaldos, tenemos obesidad para rato.

http://www.jornada.unam.mx/2010/09/20/index.php?section=opinion&article=024a1pol

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