Una ojeada al Mercado Hidalgo otra vez
He tenido el honor de ser convocada para presentarun libro nuevo, un espejo viejo, del mercado más hermoso del mundo.
María Luisa Mendoza
Corrían los años antiguos y la hacienda de minas San Francisco de Cervera dormía trabajando esa especie de beatificación de una labor que da como regalos de la oscuridad el oro y la plata. En ese lugar asoleado por siempre jamás en Guanajuato, sólo interrumpido el brillor del día por los aguacerazos contundentes que se abaten sobre la ciudad de los palacios de a deveras, el llover como de selva o dolencias de un rey Lear hablando español. Ha de haber sido como los finales de 1600 cuando la escrituró el Archivo Histórico , y en ese lugar de riqueza habríase de levantar ya en el siglo XX una majestuosa edificación, gloria de la ingeniería, la aorta más cordial de los dones guanajuatenses, innúmeros empezando por la ingeniería, la abogacía, la minería claro está, y la vena artísticas de los pobladores vaciada en cada obra por pequeña o grande, ya sea la cerámica colonial, la gran literatura, la música desde el vals imperial, las canciones campiranas, las de gesta y yo digo de gesta igualmente, pasando por la pintura mural defensiva y acusante, y hablo de una pared de la Alhóndiga o un membrillo reluciente de García Guerrero. En nuestro estado ha brotado sin tregua ni mesura, el arte en todas sus expresiones, la cultura pública o privada, qué me digo: el Festival Cervantino ya en nuestras generaciones aún de pie en algunos de nosotros, o las bibliotecas umbrosas de los sabios de antes, como el Chato Olivares, lector y escritor tan él Cervantes, tan él gran señor de la ciudad de Santa Fe y Real de Minas de Guanajuato.
Florece la patria chica hortelana y jardinera para deleite de quienes allí nacimos, y estamos todos tan orgullosos y altaneros de tantísimos aromas, que la construcción, además de las casas platerescas de dos pisos, íntimas y serenas como las aristocrásticas de la Plaza de la Paz, las más jóvenes, digamos, del Paseo de la Presa de la Olla, palacetes olímpicos villaseñorescos, los palacios “de antes” dejados para nosotros a fuer de ser guardados y respetados, digo que con tantísimos lujos nos hemos acostumbrado, como se acostumbra uno al amor, y pasamos de largo y no nos detenemos ya frente a un hospital , luego manicomio, luego oficinas públicas, un verdadero palacio real, el Congreso de la ciudad donde están los legisladores que deberán cumplir con el empeño de velar por la ciudad como ayer lo hacían los señorones que no invadían ni destruían sino construían —del verbo construir— el Teatro Juárez, soberbia belleza que nos conmueve, o al fin vuelvo al Mercado Hidalgo, el reino de los barandales de fierro como encaje, y un techo curvo, iluminado por Dios y el sol desde los tragaluces (también distintivos de nuestra tierra, usados como si fueran las molleras de algunos cuartos reales o los conspicuos techos de casinos, hoteles, patios familiares, colegios del Estado, o humildes alcobas agujereadas y con simples vidrios para que entre la gracia de Dios. Pasamos de largo ante la impresionante presa de La Esperanza, o al muro de concreto y distinción de la de la Olla, de la de San Renovato (a los guanajuas, ranas, nos da por las presas, tenemos hasta para aventar para arriba…eran para detener las inundaciones, como nos consta inútilmente, y darnos de beber, todos tenemos mucha sed)…
El Mercado Hidalgo. He tenido el honor de ser convocada para presentarles a ustedes un libro nuevo, un espejo viejo, del mercado más hermoso del mundo. Eso ocurrirá el próximo miércoles. Se los dedico.
*Periodista y escritora
2010-09-25 05:00:00
http://www.excelsior.com.mx/index.php?m=nota&buscado=1&id_nota=665596