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Archivar como 31 octubre 2010

El poeta que peleó hasta la muerte contra Francisco Franco

Según datos biográficos disponibles, Miguel Hernández vio la primera luz en el pequeño poblado de Orihuela, España, rodeado del oasis exhuberante de la huerta del Segura, donde su padre era contratante de ganado

Sábado 30 de octubre de 2010 El Universal

El poeta español Miguel Hernández, quien nació el 30 de octubre de 1910, es reconocido como uno de los mejores de la España del siglo XX y por pelear al lado de la República contra el régimen militar del general Francisco Franco.

Según datos biográficos disponibles, Miguel Hernández vio la primera luz en el pequeño poblado de Orihuela, España, rodeado del oasis exhuberante de la huerta del Segura, donde su padre era contratante de ganado.

Su infancia y adolescencia transcurrió por la aireada y luminosa sierra, tras un pequeño hato de cabras, donde contempló maravillado los misterios de la naturaleza mientras disfrutaba de las lecturas de grandes figuras literarias como Gabriel y Galán, Miró, Zorilla y Rubén Darío.

Fue en ese escenario donde escribió sus primeros y sencillos versos, que publicó en el diario de Alicante, donde su nombre comenzó a sonar con fuerza en revistas y otras publicaciones.

Luego de varios fracasos fuera de la provincia de Orihuela, en 1933, Miguel Hernández publicó su primer libro Perito en lunas, que a decir de los críticos fue un extraordinario ejercicio de lucha tenaz con la palabra y la sintaxis, ya que muestra una invencible voluntad de estilo.

Aconsejado por Ramón Sijé, quien lo guió desde su adolescencia, debutó en público en el casino de Orihuela, donde recitó y explicó su Elegía media del toro. Ambos acontecimientos, el libro y su recital son destacados por la prensa del lugar como un gran acontecimiento literario.

Un día, al salir de su trabajo, en una notaría de Orihuela, conoció a Josefina Manresa, de quien se enamoró, y desde entonces sus vivencias hallaron formulación lírica en una serie de sonetos que desembocaron en El rayo que no cesa(1936).

Las lecturas de Pedro Calderón le inspiraron su auto sacramental Quien te ha visto y quien te ve y Sombra de lo que eras, que le abrió las puertas de Madrid, a su segunda llegada en 1934.

Se mantuvo con un empleo que le ofreció José María de Cossío para recoger datos y redactar historias de toreros. En Madrid su correspondencia amorosa no se interrumpió y la frecuente soledad inevitable en la gran ciudad le hizo sentir nostalgia por la paz e intimidad de su Orihuela.

Sin embargo, en Madrid fue creando su círculo de amigos: Manuel Altolaguirre, Rafael Alberti, Luis Cernuda, Delia del Carril, María Zambrano, Vicente Alexandre y Pablo Neruda.

Esta época fue de transición para el artista ya que si bien Ramón Sijé y sus amigos de Orihuela lo llevaron a su orientación clasicista, a la poesía religiosa y al teatro sacro, Neruda y Alexandre lo iniciaron en el surrealismo.

Ambos le sugirieron las formas poéticas revolucionarias y la poesía comprometida, influyendo, sobre todo Neruda y Alberti, en la ideología social y política del joven poeta provinciano.

Superada esta crisis, Miguel Hernández comenzó lo más logrado y destacado de su obra, pero el cruel estallido de la Guerra Civil Española en julio de 1936 le obligó a tomar la decisión de luchar por la República.

No solo entregó su persona sino su creación lírica que se tornó en arma de denuncia, testimonio, instrumento de lucha ya entusiasta, ya silenciosa y desesperada.

Como voluntario, se incorporó al ejército, donde se le envió a hacer fortificaciones a Cubas, cerca de Madrid, y en plena guerra, en 1937, contrajo matrimonio con Josefina Manresa.

No obstante, la vida agitada que llevaba, su actividad literaria y la misma guerra, le ocasionó una anemia cerebral aguda que lo obligó, por prescripción médica, a retirarse del conflicto bélico para reponerse. Pero durante ese tiempo realizó varias órbitas de teatro en la guerra y dos libros de poemas que quedaron como testimonio vigoroso de ese momento bélico Viento del pueblo (1937) y El hombre acecha (1939).

En la primavera de 1939, ante la desbandada general del frente republicano, Miguel Hernández intentó cruzar la frontera portuguesa, pero fue devuelto a las autoridades españolas.

Así, comenzó su larga peregrinación por diversas cárceles de España hasta que su ya indefenso organismo contrajo tuberculosis pulmonar aguda que se extendió a ambos pulmones y lo llevó a la muerte el 28 de marzo de 1942, cuando apenas contaba con 32 años de edad. (Notimex)

 

http://www.eluniversal.com.mx/cultura/64128.html

 

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Rafael Pérez Gay

La pelea

31 de octubre de 2010

Seguramente el castigo severo al bullying, en castellano acoso y agresión en la escuela, logrará mejores personas y mejores alumnos. Es raro, mientras leía la nota del periódico acerca de las medidas en contra de la violencia, recordé que una parte de mi carácter, cualquier cosa que esto sea, se talló en la piedra dura de la agresión escolar y creció entre la maleza de la ferocidad adolescente.

Fui a escuelas públicas. En la primaria José Mariano Fernández de Lara, un liberal discreto frente a luminarias como Francisco Zarco, Ignacio Ramírez o Manuel Payno, pasé años más o menos tranquilos. Mi uniforme: pantalón caqui, camisa blanca y suéter rojo, me acomodaba sin demasiadas contrariedades. En sexto año hubo algún episodio de agresión colectiva contra un alumno más suave que el resto de sus compañeros, más femenino. Gumaro y Luis sitiaron a Gerardo en el fondo del patio, llamaron a otros compañeros, incluido yo, para bajarle los pantalones al maricón. Me acerqué sin participar. Fui un cobarde que no atacó, pero tuvo miedo de defender a un compañero de una canallada. La maestra Eustolia desactivó el linchamiento en dos patadas y expulsó a Gumaro ocho días. Gumaro era de cuidado, tres o cuatro años mayor que nosotros, se sabía que detrás de su fuerza y estatura se escondía el verdadero acosador homosexual del colegio. Un rumor le adjudicaba al menos un intento de violación en el baño de hombres. Fumaba cigarros Bali y bebía cerveza al salir de la escuela. Cuidado con Gumaro. La escuela era mixta, a eso atribuyo los aires más o menos tranquilos de esos años, la combinación de hombres y mujeres balanceaba el ambiente y equilibraba las pasiones desatadas de los niños, los más crueles, por cierto, si se deciden a serlo. Años después, la vida me cobraría el aire más o menos pacífico de la infancia.

Asistí a la Secundaria Número 32 José María Morelos y Pavón. El Siervo de la Nación, ni más ni menos. En ese entonces, el último año de los 60, la norma educativa de las secundarias públicas imponía un uniforme militar color verde claro, corbata y cuartelera de soldado raso. El primer día de clases un amigo de la primaria a quien reencontré, me amarró la corbata a la reja con un nudo ciego. Tardé una hora en desanudar la traición de Hernández. La verdadera tragedia de esos tiempos consistió en que la escuela era sólo para hombres, raros aprendices militares de la furia y el ensañamiento. Una desesperante masculinidad dominaba todos los ambientes y creaba climas demenciales muy cercanos al crimen. No exagero si digo ahora que quienes estudiamos en la 32 vivimos tres años en el templo del bullying.

El año 70 subió el telón y en la escuela Morelos y Pavón sucedían golpizas dentro y fuera de la escuela. Todavía recuerdo a Caballero, temible por su crueldad y su habilidad con los puños. Durante los tres años de ese suplicio que fue la secundaria, me cuidé de encontrarme de frente con Caballero para aclarar algún conflicto. Que yo recuerde siempre que peleó, ganó. Sucio, traidor, ventajoso a la hora de los golpes, Caballero siempre soltaba la primera bofetada y como buen peleador callejero, no respetaba regla alguna. Vejaba a los más débiles, se burlaba de los defectos de los otros, un rufián a quien expulsaron en el tercer año de la secundaria. Antes de Caballero a nadie vi fumar marihuana y tragar pastillas alucinógenas. Yo me imaginaba que si Caballero lograba un porvenir, sólo podría ser como miembro de la banda de Ríos Galeana que en aquellos tiempos robaba bancos y asesinaba sin piedad a sus enemigos, le llamaban El Feyo.

El baño de la secundaria era el infierno. Las pocas veces que la urgencia me despeñó en ese pozo de aguas hediondas supe que estaba en la prisión. A los más débiles los sentaban en el mingitorio y los orinaban, les bajaban los pantalones para fingir una violación tumultuaria, se repartían puñetazos y, sobre todo, afloraba una sexualidad desesperada en una escuela de hombres. Era el reino de Caballero y para mi desgracia, la única vez que me encontré con él: “Te voy a coger, Gay”. La vida nos llama pocas veces a decisiones definitivas. En sus grescas, le aprendí a Caballero aquello del primer golpe. La pelea no fue épica, pero me defendí como pude, aguanté sus puños en mi cara y no exagero si digo que pude colocar dos o tres en su rostro, suficientes para evitar la agresión. Salí del baño y en un rincón del patio lloré de rabia y desamparo. Cuentan que uno de los hermanos Aldana no tuvo tanta suerte como yo.

No voy a hacer el elogio de la miseria humana, pero en el patio de esa secundaria aprendí lo que significaban la traición, la crueldad, la violencia innecesaria y también la amistad, la lealtad, en fin, la solidaridad. Decía que no dudo que el castigo severo a la agresión escolar formará mejores personas.

http://www.eluniversal.com.mx/editoriales/50446.html

 

 

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Mar de Historias

Los que regresan

Cristina Pacheco

Son la 11 de la mañana y en el cielo sin nubes aún brilla la luna. Cándida la mira, le pide un deseo –Que lleguen con bien– y sigue rumbo a la explanada en donde tres niños practican el tiro al blanco con piedras y cubetas. Un hombre apoyado en su escoba de varas los observa y aconseja al tirador en turno la forma de acertar. El Tío, un anciano de rostro alegre, le reprocha su intervención: Hilario, acuérdese: los mirones son de palo. Como quien dice: que me haga el muerto, ¿no?

Cándida pasa junto al grupo y saluda. El barrendero va tras ella: ¿Sólo de visita, doña? Todavía y hasta que Dios quiera. En el momento en que él me diga: te quedas, ya será otra cosa. En varias ocasiones han sostenido el mismo diálogo, pero Hilario lo celebra con una carcajada. “Andaré por aquí. Si se le ofrece que le eche una manita, ya sabe…” Cándida lo ve alejarse. Con los brazos abiertos y la escoba apoyada en los hombros, su antiguo conocido le parece un crucificado.

Las rejas del cementerio están entreabiertas. Un camino de tierra divide sus dos secciones. En la más antigua abundan los monumentos y las capillas, en la moderna sólo hay tumbas escuetas. Sobre la primera dormita Estrella, la perra blanca de orejas negras. Cándida la saluda y sigue de largo, balanceando las bolsas que lleva en ambas manos, con la actitud de una vacacionista que disfruta de un paseo por el campo.

Un zanate descansa en una rama y grazna. Al verlo, Cándida recuerda que su madre les temía a esos pájaros pero en cambio adoraba a los canarios. Llegó a tener 25 en una jaula inmensa y los llamaba mis solecitos. La evocación le provoca un sentimiento agridulce que expresa con libertad: En la casa podían faltar las tortillas y los frijoles; el alpiste para los canarios, ¡jamás!

II

Cándida deja las bolsas en el piso y se frota las manos ateridas. Al oír el arrastre de la escoba con la que Hilario retira las hojas secas, piensa en que a su hermana Gabriela, desde que se enfermó, la entristecía mirarlas cobrizas, arriscadas, tapizándolo todo y anunciando el invierno. Una voz infantil la sobresalta: ¿Va a querer agua? Cándida se vuelve y reconoce a uno de los niños que jugaban tiro al blanco: unas cuatro o cinco cubetas. ¿Podrás con ellas? El niño asiente. Se me hace que no. Te ves muy chiquito. ¿Qué edad tienes? ¡Doce!, responde indiferente el aguador.

Su hermano Artemio –recuerda Cándida– tenía la misma edad cuando murió atropellado. Su padre nunca pudo reponerse y se dio a la bebida. Su mamá la consideró un castigo divino. Sólo la furia de Dios podía explicar que un niño muriera antes que sus abuelos y sus padres.

A lo lejos, en el barrio vecino, estalla una sarta de cohetes. En el cielo aparecen motas de humo que se alargan y pronto se diluyen. El Tío pasa en su bicicleta: ¿Cómo ve? Allá jolgorio y aquí velorio. Cándida se inclina y toma las bolsas en donde lleva flores de plástico, velas y otros adornos para embellecer la cripta en donde reposan sus antepasados y sus dos hermanos: Gabriela y Artemio.

Nunca se llevaron bien. Convertían en campo de batalla todo espacio de juego; él la llamaba machorra y ella a él, marica. “Ojalá que hayan hecho las paces, porque si no…” murmura Cándida y se persigna para ahuyentar la imagen de sus dos hermanos golpeándose hasta sangrar.

El zanate desciende y se posa en una tumba señalada por una cruz de fierro, maltrecha y comida por el óxido. Hilario le arroja una piedra y lo ve refugiarse en el pino más alto. Cándida protesta: Pobre animalito. Ya lo espantó. No se apure, verá que enseguida vuelve. Le gusta mucho esa tumba. Nadie más que él la procura. Ni para Todos Santos hay quien venga a visitarla. Raro, ¿no? Intercambian una mirada supersticiosa y siguen hacia el fondo del cementerio, rumbo a un espacio techado, conocido como el descanso.

III

Hace años, la primera vez que estuvo en el camposanto, Cándida no entendió cuando el administrador se acercó al cortejo que acompañaba a su hermano Artemio y preguntó si querían detenerse en el descanso. Ahora sabe que así se llama el lugar en donde los difuntos reposan en sus ataúdes sobre una mesa de granito, durante los minutos o las horas en que sus deudos quieren conversar o reconciliarse con ellos antes de bajarlos a su última morada.

Hoy en el descanso no se oyen rezos ni llantos ni protestas desgarradoras como las que se escucharon la mañana en que condujeron al panteón los restos de su hermano Artemio. Fue el primero en alojarse en la cripta. Familia Robles Carmona. El silencio es paz. La paz es vida. La vida sólo es eterna en Dios.

Cándida recuerda a sus padres encabezando el cortejo fúnebre. Iban apoyándose uno en el otro, por momentos se detenían y preguntaban: ¿Por qué? ¿Qué hicimos de malo para que Dios nos mandara este tormento tan grande? Incapaces de obtener respuesta, aplastados por el misterio, se sometieron a lo inexorable.

Dos años después Gabriela murió de pulmonía. Sus restos reposan junto a los de su hermano, en una cordialidad que no disfrutaron en vida. Luego fallecieron sus abuelos y sus padres. Ahora están todos juntos, varios metros bajo tierra, compartiendo el mismo silencio y esperando el momento de volver por unas horas al pueblo, a la casa en donde encontrarán sus fotografías, sus objetos personales, sus guisos preferidos, panes, flores amarillas y las velas que les señalan el fin de su larga peregrinación.

¿A dónde le llevo la cubeta? La pregunta del aguador devuelve a Cándida a la realidad: tiene que apurarse y limpiar la cripta antes de que se le haga tarde para ir a Jamaica por los ramos de cempasúchil que le faltan.

III

Rumbo a la salida del cementerio, Cándida pasa frente a una tumba en donde una mujer riega las flores sembradas y llora. La escena la conmueve: ¿Puedo ayudarla en algo? La desconocida niega con la cabeza. ¿Está triste por sus difuntos? La mujer abandona su tarea: No. Ellos están tranquilos. Lloro por mi hijo Darío. Lleva siete años en Estados Unidos y apenas ahora iba a venir a visitarme. No quiero que lo haga. Aunque me esté muriendo de ganas de verlo, mejor que siga allá. Con todo el dolor de mi corazón, hace un rato que se lo dije por teléfono.

La desconocida cae de rodillas, ahogada en un nuevo acceso de llanto. Cándida se inclina junto a ella: Y él, ¿cómo lo tomó? Pues mal. No entendió. Piensa que sigo disgustada porque se casó con una hondureña sin avisarme. Pero no es eso. Antes al contrario, cuando me informó lo de su matrimonio me alegré mucho porque así él ya no estaría solo. Para mí no hay nada peor que la soledad. Entonces, ¿cómo iba a desearle eso a mi hijo? Si me niego a que venga es por su bien.

Cándida se sienta en un banquito, junto a la tumba: ¿Se lo explicó usted? “Sí, pero no me creyó. Me salió con que a lo mejor ando con alguien y por eso ya no necesito verlo… ¡Hágame favor! A mi edad, ¿quién va a interesarse en mí? Además, después de la vida que llevé con Liborio, que en paz descanse, no quiero saber ni jota de hombres”.

Cándida la mira extrañada: Con perdón de usted, si tantas ganas tiene de ver a su hijo, ¿por qué se niega a que la visite? La mujer se limpia la cara con la mano: Por su seguridad. Todos sabemos que a los paisanos que regresan la misma policía de nosotros los asalta y les roba el dinero que con tanto sacrificio lograron juntar. Por si fuera poco, ahora hay narcotraficantes que los secuestran y les piden rescate a sus familiares. Si no lo reciben los matan y los dejan por allí tirados como animales. ¿Usted cree que voy a permitir que mi hijo corra esos peligros? ¡No! Que se quede en Estados Unidos mientras las cosas cambian y él pueda volver sin riesgos. Y si ese día no llega, tendré que conformarme con verlo en sus retratos.

Son un gran consuelo, responde Cándida pensando en el eterno y silencioso diálogo que mantiene con las fotos de sus seres queridos para sentirlos cerca.

http://www.jornada.unam.mx/2010/10/31/index.php?section=opinion&article=036o1soc

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Cómo comencé a escribir

Con autorización de Random House Mondadori, ofrecemos un capítulo del nuevo libro de García Márquez, “Yo no vengo a decir un discurso”, que sale mañana a la venta y en el que reúne textos que escribió para ser leídos en voz alta

Jueves 28 de octubre de 2010 El Universal

Caracas, Venezuela, 3 de mayo de 1970

Primero que todo, perdónenme que hable sentado, pero la verdad es que si me levanto corro el riesgo de caerme de miedo. De veras. Yo siempre creí que los cinco minutos más terribles de mi vida me tocaría pasarlos en un avión y delante de veinte a treinta personas, no delante de doscientos amigos como ahora. Afortunadamente, lo que me sucede en este momento me permite empezar a hablar de mi literatura, ya que estaba pensando que yo comencé a ser escritor en la misma forma que me subí a este estrado: a la fuerza. Confieso que hice todo lo posible por no asistir a esta asamblea: traté de enfermarme, busqué que me diera una pulmonía, fui a donde el peluquero con la esperanza de que me degollara y, por último, se me ocurrió la idea de venir sin saco y sin corbata para que no me permitieran entrar en una reunión tan formal como ésta, pero olvidaba que estaba en Venezuela, en donde a todas partes se puede ir en camisa. Resultado: que aquí estoy y no sé por dónde empezar. Pero les puedo contar, por ejemplo, cómo comencé a escribir.

A mí nunca se me había ocurrido que pudiera ser escritor pero, en mis tiempos de estudiante, Eduardo Zalamea Borda, director del suplemento literario de El Espectador de Bogotá, publicó una nota donde decía que las nuevas generaciones de escritores no ofrecían nada, que no se veía por ninguna parte un nuevo cuentista ni un nuevo novelista. Y concluía afirmando que a él se le reprochaba porque en su periódico no publicaba sino firmas muy conocidas de escritores viejos, y nada de jóvenes en cambio, cuando la verdad -dijo- es que no hay jóvenes que escriban.

A mí me salió entonces un sentimiento de solidaridad para con mis compañeros de generación y resolví escribir un cuento, nomás por taparle la boca a Eduardo Zalamea Borda, que era mi gran amigo, o al menos que después llegó a ser mi gran amigo. Me senté y escribí el cuento, lo mandé a El Espectador. El segundo susto lo obtuve el domingo siguiente cuando abrí el periódico y a toda página estaba mi cuento con una nota donde Eduardo Zalamea Borda reconocía que se había equivocado, porque evidentemente con «ese cuento surgía el genio de la literatura colombiana» o algo parecido.

Esta vez sí que me enfermé y me dije: «¡En qué lío me he metido! ¿Y ahora qué hago para no hacer quedar mal a Eduardo Zalamea Borda?». Seguir escribiendo, era la respuesta. Siempre tenía frente a mí el problema de los temas: estaba obligado a buscarme el cuento para poderlo escribir.

Y esto me permite decirles una cosa que compruebo ahora, después de haber publicado cinco libros: el oficio de escritor es tal vez el único que se hace más difícil a medida que más se practica. La facilidad con que yo me senté a escribir aquel cuento una tarde no puede compararse con el trabajo que me cuesta ahora escribir una página. En cuanto a mi método de trabajo, es bastante coherente con esto que les estoy diciendo. Nunca sé cuánto voy a poder escribir ni qué voy a escribir. Espero que se me ocurra algo y, cuando se me ocurre una idea que juzgo buena para escribirla, me pongo a darle vueltas en la cabeza y dejo que se vaya madurando. Cuando la tengo terminada (y a veces pasan muchos años, como en el caso de Cien años de soledad, que pasé diecinueve años pensándola), cuando la tengo terminada, repito, entonces me siento a escribirla y ahí empieza la parte más difícil y la que más me aburre. Porque lo más delicioso de la historia es concebirla, irla redondeando, dándole vueltas y revueltas, de manera que a la hora de sentarse a escribirla ya no le interesa a uno mucho, o al menos a mí no me interesa mucho; la idea que le da vueltas.

Les voy a contar, por ejemplo, la idea que me está dando vueltas en la cabeza hace ya varios años y sospecho que la tengo ya bastante redonda. Se las cuento ahora, porque seguramente cuando la escriba, no sé cuándo, ustedes la van a encontrar completamente distinta y podrán observar en qué forma evolucionó. Imagínense un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de diecisiete y una hija menor de catorce. Está sirviéndoles el desayuno a sus hijos y se le advierte una expresión muy preocupada. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella responde: «No sé, pero he amanecido con el pensamiento de que algo muy grave va a suceder en este pueblo».

Ellos se ríen de ella, dicen que ésos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el adversario le dice: «Te apuesto un peso a que no la haces». Todos se ríen, él se ríe, tira la carambola y no la hace. Paga un peso y le pregunta: «¿Pero qué pasó, si era una carambola tan sencilla?». Dice: «Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi mamá esta mañana sobre algo grave que va a suceder en este pueblo». Todos se ríen de él y el que se ha ganado el peso regresa a su casa, donde está su mamá y una prima o una nieta o en fin, cualquier parienta. Feliz con su peso dice: «Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla, porque es un tonto». «¿Y por qué es un tonto?». Dice: «Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado por la preocupación de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo».

Entonces le dice la mamá: «No te burles de los presentimientos de los viejos, porque a veces salen». La parienta lo oye y va a comprar carne. Ella dice al carnicero: «Véndame una libra de carne» y, en el momento en que está cortando, agrega: «Mejor véndame dos porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado». El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice: «Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se está preparando, y andan comprando cosas».

Entonces la vieja responde: «Tengo varios hijos; mire, mejor déme cuatro libras». Se lleva cuatro libras y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo en el pueblo está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice: «Se han dado cuenta del calor que está haciendo?». «Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor.» Tanto calor que es un pueblo donde todos los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos. «Sin embargo -dice uno-, nunca a esta hora ha hecho tanto calor.» «Sí, pero no tanto calor como ahora.» Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz: «Hay un pajarito en la plaza». Y viene todo el mundo espantado a ver el pajarito.

«Pero, señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.» «Sí, pero nunca a esta hora.» Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo. «Yo sí soy muy macho -grita uno-, yo me voy.» Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en que dicen: «Si éste se atreve a irse, pues nosotros también nos vamos», y empiezan a desmantelar literalmente al pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo. Y uno de los últimos que abandona el pueblo dice: «Que no venga la desgracia a caer sobre todo lo que queda de nuestra casa» y entonces incendia la casa y otros incendian otras casas. Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio clamando: «Yo lo dije, que algo muy grave iba a pasar y me dijeron que estaba loca».

 

http://www.eluniversal.com.mx/cultura/64116.html

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Jorge Moch
tumbaburros@yahoo.com

Divertimento cibernético en defensa del periódico

Está vigente la discusión de cómo las tecnologías de la información van a provocar la desaparición de las publicaciones en papel. Que nos vayamos despidiendo del olor a libro cuando encontremos una librería, dicen; que nos olvidemos de la tinta en las yemas de los dedos por hojear periódicos, vaticinan agoreros los arúspices del futuro impecable. Que los periódicos se van a desintegrar ante el trófico guarismo de la industria que trueca fibra de celulosa por fibra óptica y usa pantallas táctiles de cristal líquido y polímeros más inteligentes que las suegras. Pero ese viejo libro, ese viejo periódico, se tienen que defender porque no sólo de internet se informa el hombre.

Circula por ahí un correo electrónico aquí canibalizado impúdicamente y escrito por muchas manos, como bien apunta el periodista al que dedica sus párrafos este aporreateclas, ingenio de muchos que ven en la resma de papel periódico un signo de los tiempos y el digno linaje de trabajadores que han acarreado la Historia por todos lados, la han llevado y traído, enmarañado y desentrañado y vuelto a enmadejar, las más de las veces fieles a su chamba de reportear y algunas, también, cediendo a las tentaciones del dinero y el arribismo, o cayendo dignamente en la trinchera porque no se dejaron callar ni comprar. El periódico es más que solamente un medio, la prensa, el voceador, la suscripción que supone lealtades que van más allá de la necesidad de estar informado hasta tornarse elección de bando, toma de partido. Grandes emporios del capital se disfrazan de periodismo para hacer propaganda, porque los dueños son parte de la oligarquía gobernante, pero el oficio, la chinga, las convicciones allí siguen, muchas veces a pesar de los patrones y de sus arreglos de rincón en un restaurante de largos manteles.

Pero decía de un correo que va circulando por allí y rescata con humor los mil y un usos del periódico, ese instrumento que se desbalaga por secciones cuyas viejas funciones ninguna computadora, ningún artilugio electrónico holográfico ni multidimensional va a poder suplir jamás. El periódico se enrolla apretadito y es de pronto ideal herramienta didáctica para enseñarle al perro de casa que no se mascan las patas de los muebles ni las pantuflas y no se puede ir uno meando por allí. O en una especie de recurso Montessori para canes, se lo reparte en el patio o en la sala, porque amantes de los perros hay de toda laya y se acostumbra al cachorro a que allí, en ese recuadro de papel más o menos absorbente con letras y fotos, se puede hacer tranquilamente caca.

Qué mejor si aquello aterriza en una foto de Salinas o de Martita durante la unción de la simpática Cuquis Ugartechea con el guapo Severino de la Jauja. En la jaula del perico igual; a ver quién le pone al Jacinto el teclado de la compu debajo mientras da cuenta, entre una leperada y otra, de un chile jalapeño del color de sus plumas.

Un periódico, se lo lea o no, sirve lo mismo para envolver camarones que claveles y para hacer apurados apuntes de números de teléfono o urgentes recados. En últimas, desesperadas decisiones sirve hasta para que los suicidas hagan tapones para el escape del coche y no faltan criminales que recortan letras para pegarlas en una nota atroz para sus víctimas. A ver quién es el valiente que tome su Blackberry para encender el calentador en una fría mañana de invierno; ¿cómo se maduran un aguacate o una papaya con un iPad?

Otros de esos usos domésticos exclusivos del periódico enumerados en el correo electrónico de marras: recoger basura, pulir los vidrios de las ventanas (también sirve para los automóviles), envolver las figuritas del nacimiento en enero o las vajillas en cada mudanza, proteger pisos y muebles cuando se pintan las paredes, recoger el aceite que gotea del coche para que no manche el piso de la cochera y también, por ejemplo, ahorrar en insecticidas, que mucho contaminan, además, al tomar el rollo didáctico para perros y usarlo entonces para matar moscas, zancudos y cucarachas.

Como inocuo tolete que zanje discusiones incómodas: en un arranque de inopinada furia de café, por ejemplo, puede uno soltarle un soplamocos al contertulio insolente sin causarle más lesión que una manchita de tinta en la trompa y alguna mácula en el orgullo. Uso éste que no se recomienda activar en una cantina, y mucho menos si es ese punto de reunión de avezados, malhumorados periodistas al final de la jornada… A menos, claro, que sea uno suicida pero no tenga coche al que opilar el mofle.

http://www.jornada.unam.mx/2010/10/24/sem-moch.html

 

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ANÁLISIS

Ni Evita ni Isabelita, Cristina

JORGE MARIRRODRIGA - Madrid – 28/10/2010

Cristina Fernández y Néstor Kirchner fueron, prácticamente desde el día en que se conocieron, un equipo. En todos los aspectos de la vida. Y si bien cada uno desarrolló su carrera política de manera autónoma, ella en la política nacional y él en la local, siempre lo hicieron de manera acompasada y coordinada, tanto es así que cuando en 2006 el presidente Kirchner reveló a sus colaboradores más cercanos que el mejor relevo que él podía tener para sucederle en la Casa Rosada era su propia mujer a ninguno le extrañó. Y de hecho Kirchner nunca dejó la presidencia de la República.

Pero ahora, por primera vez desde que comenzó su andadura política Cristina Fernández se encontrará sola para tomar todas las decisiones. Si hubiera sido al revés, la situación habría sido idéntica, porque el matrimonio Kirchner siempre fue en este sentido un binomio perfecto. Primero ellos y después todos los demás. Por muy cercanos que fueran los colaboradores al uno o la otra, al final siempre estaban los dos y había que contar con los dos.

La gran incógnita es qué tipo de político será la actual presidenta argentina en ausencia de su otra mitad. Salvando las distancias y empleando las odiosas comparaciones ¿veremos a una dirigente con nervio, tipo Eva Perón o a una presidenta que se deja llevar en el último año de su mandato como María Estela Martínez?

Durante su trayectoria profesional Fernández ha dado sobradas muestras de carácter y determinación en su desempeño político. No importó quedarse literalmente sola en el Senado enfrentándose a su propia bancada donde algunos de cuyos miembros la despreciaban y ridiculizaran. No le importó afrontar una campaña electoral para la presidencia en la que sabía que iba a ser duramente atacada por ser la mujer de su marido y ha sobrellevado con gran entereza importantísimas derrotas políticas como la llamada “guerra del campo”, donde le dio la espalda hasta su mismo vicepresidente. Si, pero Néstor Kirchner siempre estuvo allí, aconsejando, apoyando y discutiendo.

Pasados los funerales comenzarán a despejarse las incógnitas. El peronismo es un movimiento político despiadado que huele el poder en un líder como algunos animales la sangre y pasa de la adhesión inquebrantable al abandono absoluto sin ningún tipo de remordimiento. Es un juego que aceptan y conocen todos. Durante unos meses en 2006 se habló de “cristinistas”. Ahora toca ver si éstos existen de verdad porque como dice el dicho: “si no existen, habrá que inventarlos”. Y es posible que entonces se descubra que ni Eva ni Isabel, sino Cristina.

http://www.elpais.com/articulo/internacional/Evita/Isabelita/Cristina/elpepuintlat/20101028elpepuint_13/Tes

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