Rafael Pérez Gay
La pelea
31 de octubre de 2010
Seguramente el castigo severo al bullying, en castellano acoso y agresión en la escuela, logrará mejores personas y mejores alumnos. Es raro, mientras leía la nota del periódico acerca de las medidas en contra de la violencia, recordé que una parte de mi carácter, cualquier cosa que esto sea, se talló en la piedra dura de la agresión escolar y creció entre la maleza de la ferocidad adolescente.
Fui a escuelas públicas. En la primaria José Mariano Fernández de Lara, un liberal discreto frente a luminarias como Francisco Zarco, Ignacio Ramírez o Manuel Payno, pasé años más o menos tranquilos. Mi uniforme: pantalón caqui, camisa blanca y suéter rojo, me acomodaba sin demasiadas contrariedades. En sexto año hubo algún episodio de agresión colectiva contra un alumno más suave que el resto de sus compañeros, más femenino. Gumaro y Luis sitiaron a Gerardo en el fondo del patio, llamaron a otros compañeros, incluido yo, para bajarle los pantalones al maricón. Me acerqué sin participar. Fui un cobarde que no atacó, pero tuvo miedo de defender a un compañero de una canallada. La maestra Eustolia desactivó el linchamiento en dos patadas y expulsó a Gumaro ocho días. Gumaro era de cuidado, tres o cuatro años mayor que nosotros, se sabía que detrás de su fuerza y estatura se escondía el verdadero acosador homosexual del colegio. Un rumor le adjudicaba al menos un intento de violación en el baño de hombres. Fumaba cigarros Bali y bebía cerveza al salir de la escuela. Cuidado con Gumaro. La escuela era mixta, a eso atribuyo los aires más o menos tranquilos de esos años, la combinación de hombres y mujeres balanceaba el ambiente y equilibraba las pasiones desatadas de los niños, los más crueles, por cierto, si se deciden a serlo. Años después, la vida me cobraría el aire más o menos pacífico de la infancia.
Asistí a la Secundaria Número 32 José María Morelos y Pavón. El Siervo de la Nación, ni más ni menos. En ese entonces, el último año de los 60, la norma educativa de las secundarias públicas imponía un uniforme militar color verde claro, corbata y cuartelera de soldado raso. El primer día de clases un amigo de la primaria a quien reencontré, me amarró la corbata a la reja con un nudo ciego. Tardé una hora en desanudar la traición de Hernández. La verdadera tragedia de esos tiempos consistió en que la escuela era sólo para hombres, raros aprendices militares de la furia y el ensañamiento. Una desesperante masculinidad dominaba todos los ambientes y creaba climas demenciales muy cercanos al crimen. No exagero si digo ahora que quienes estudiamos en la 32 vivimos tres años en el templo del bullying.
El año 70 subió el telón y en la escuela Morelos y Pavón sucedían golpizas dentro y fuera de la escuela. Todavía recuerdo a Caballero, temible por su crueldad y su habilidad con los puños. Durante los tres años de ese suplicio que fue la secundaria, me cuidé de encontrarme de frente con Caballero para aclarar algún conflicto. Que yo recuerde siempre que peleó, ganó. Sucio, traidor, ventajoso a la hora de los golpes, Caballero siempre soltaba la primera bofetada y como buen peleador callejero, no respetaba regla alguna. Vejaba a los más débiles, se burlaba de los defectos de los otros, un rufián a quien expulsaron en el tercer año de la secundaria. Antes de Caballero a nadie vi fumar marihuana y tragar pastillas alucinógenas. Yo me imaginaba que si Caballero lograba un porvenir, sólo podría ser como miembro de la banda de Ríos Galeana que en aquellos tiempos robaba bancos y asesinaba sin piedad a sus enemigos, le llamaban El Feyo.
El baño de la secundaria era el infierno. Las pocas veces que la urgencia me despeñó en ese pozo de aguas hediondas supe que estaba en la prisión. A los más débiles los sentaban en el mingitorio y los orinaban, les bajaban los pantalones para fingir una violación tumultuaria, se repartían puñetazos y, sobre todo, afloraba una sexualidad desesperada en una escuela de hombres. Era el reino de Caballero y para mi desgracia, la única vez que me encontré con él: “Te voy a coger, Gay”. La vida nos llama pocas veces a decisiones definitivas. En sus grescas, le aprendí a Caballero aquello del primer golpe. La pelea no fue épica, pero me defendí como pude, aguanté sus puños en mi cara y no exagero si digo que pude colocar dos o tres en su rostro, suficientes para evitar la agresión. Salí del baño y en un rincón del patio lloré de rabia y desamparo. Cuentan que uno de los hermanos Aldana no tuvo tanta suerte como yo.
No voy a hacer el elogio de la miseria humana, pero en el patio de esa secundaria aprendí lo que significaban la traición, la crueldad, la violencia innecesaria y también la amistad, la lealtad, en fin, la solidaridad. Decía que no dudo que el castigo severo a la agresión escolar formará mejores personas.
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