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Archivar como 29 octubre 2010

Con Los agachados rindió homenaje a Tin Tan, su gran influencia espiritual

Maldita Vecindad suscitó gran festejo con recorrido musical por 25 años de trayectoria

Tania Molina Ramírez
Periódico La Jornada
Lunes 25 de octubre de 2010, p. a17

Sol, no entiendes lo que pasa aquí, esto es la noche, y de la noche son las cosas del amor, corearon todos con enorme sentimiento durante la última canción de la noche. Culminaba el concierto de Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, durante el cual provocaron gran festejo con algunas de las piezas que son parte de la memoria sentimental de generaciones de mexicanos.

En el Salón José Cuervo, sin duda, había quien alguna vez se enamoró con Kumbala, o salió harto de la chamba y se fue de reventón a escuchar Bailando, o quiso cantar Pachuco a sus padres.

Tres elegantes y serios jóvenes pachucos, con larga pluma en el sombrero, andaban entre el público.

En homenaje a su gran influencia espiritual: Tin Tan, el grupo interpretó Los agachados.

Luego de un colectivo sacudir de manos, para sacudirnos la negatividad, el vocalista Roco ofreció: Como decía mi abuelita, ya lo pasado, pasado, para dar paso a su popular versión de la canción de José José.

Había niños bailando, entre ellos los hijos de Sax, el saxofonista de la Maldita. Por ahí andaba Misael, de Panteón Rococó, uno de tantos grupos que se nutrió con la música de la banda en el escenario.

El grupo (Aldo, Pato, Sax y Roco), que este año cumple 25 años, estuvo acompañado por Johnny Molina (batería), Jesús Méndez (percusiones) y Kino Domínguez (teclados), con los invitados Yocupitzio Arellano (baterista de Los de Abajo), Pelusa Rivarola (cajón), Miguel Ordónez (guitarra) y Salvador Moreno, de La Casta, entre otros. Hubo pastel cumpleañero con mañanitas y soplada de velitas, del guitarrista Pato y Roco.

Para la resistencia zapatista, en Oaxaca, de los Sin Tierra, en Bolivia… para que no se siga derramando ni una gota de sangre…, convocó Roco al comienzo de Un poco de sangre, que dio lugar a un baile frenético.

Durante la primera parte del concierto, el grupo tocó de corrido su más reciente disco, Circular colectivo. Después de un intermedio con música de Mano Negra, banda muy querida por la Maldita, interpretaron las piezas más votadas por sus seguidores en su sitio de Internet. Y fue ahí cuando, comenzando por Solín, se armó en serio la fiesta.

Ritual

La segunda parte del concierto comenzó con un ritual: Roco, el vocalista, dijo: Paz y respeto a los corazones reunidos. Con las manos formó un triángulo por arriba de su cabeza. En el público hubo quienes hicieron la misma seña. Salam alaikum, culminó el cantante, para dar paso a la catarsis colectiva con Solín.

Foto 

Hay que sacudirnos la negatividad, dijo RocoFoto José Antonio López

Le siguió Apañón, otra de sus crónicas urbanas: “En la noche, en la ciudad, los vatos miran pasar, las patrullas sin dudar, buscando a quién apañar.

No a la criminalización de los jóvenes, dijo Roco al presentar esa canción.

Durante Pachuco, Sax hizo su tradicional clavado sobre la gente, mientras Roco bailaba alrededor del micrófono y grupitos slameaban. Sax salió de entre la gente y le dio con renovada energía a su instrumento.

Por medio de la discografía de la Maldita, de rock bien mexicano, con ska, cumbia, son jarocho y más ritmos, además del retrato de la vida del barrio, se puede hacer una especie de recuento de los temas fundamentales del país y de sus luchas sociales: ahí están retratados la migración, la desigualdad, el movimiento estudiantil del 68, los asesinatos de defensores de derechos humanos y la ecología…

Antes del Corrido de Digna Ochoa, Roco dijo: seguimos esperando justicia, por el caso de defensora de los derechos humanos, asesinada el 19 de octubre de 2001.

Otra de las canciones arrancó con Santo llamando a Blue Demon, seguido de un mensaje por el peligro que corre el planeta por el cambio climático; los gobiernos y las grandes empresas contaminan; hay que defender a la madre tierra.

El arte del video corrió a cargo de la chilena Moyenei, y durante Chacahua (el grito de luz), pasaron fotografías de Sebastián Belaustegui.

Recordaron su participación, hace meses en el zócalo capitalino, en un concierto masivo organizado contra la ley Arizona, en el que cantaron, entre otras, Sur del sur, dedicada a todos los trabajadores de América Latina que buscan un empleo en Estados Unidos: No sé por qué me llaman criminal, es mi derecho poder trabajar, no hay ser humano que sea ilegal, la Tierra entera es mi hogar.

Música y pasión… Puro paz y baile, fueron las últimas palabras que se escucharon desde el escenario.

http://www.jornada.unam.mx/2010/10/25/index.php?section=espectaculos&article=a17n1esp

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Día de muertos

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Ver y no ver

Juan Villoro
29 Oct. 10

Los espejos retrovisores llegaron para mostrar lo importante que sería tener ojos en la nuca. El fantástico gol que el Chicharito Hernández acaba de anotar con el Manchester United se basa en dos prodigios: el delantero remató con la coronilla y lo hizo de manera intencional. No fue una chiripa, sino la comprobación de un axioma místico: el que ve sin ojos, ve mejor.

Javier Hernández ya tenía todos los requisitos para ser el gran ídolo de la afición mexicana. Ahora ha realizado una jugada única, acaso irrepetible: el gol ciego. La proeza adquiere especial valor simbólico en un tiempo de mirones: no vio cuando todos lo veían.

La omnipresencia de las cámaras nos ha acostumbrado a que algo sólo sucede si es visto. Una boda sin imágenes es un matrimonio secreto. No es casual que en esta selva de ojos abunden los tatuajes en la espalda, destinados a la mirada ajena.

La tendencia a dejar constancia visual de lo que hacemos ha llevado a la proliferación de videos porno amateurs. ¿Se trata de exhibicionismo, erotismo espectral o de una crasa búsqueda de identidad? La gente existe porque se retrata; a tal grado que a veces olvida que tiene una cámara enfrente (lo raro en tiempos de reality show es no tenerla). El voyeurismo, que presupone una conducta de espionaje, es ya un oficio arcaico.

Antes, para verte la nuca tenías que ir a la peluquería, donde los espejos contrapuestos proyectaban tu imagen sin fin. Los famosos ya disponían del privilegio de verse de espaldas en una pantalla, pero el común de los mortales necesitaba una tortícolis o un lumbago para recordar sus partes traseras.

El siglo XXI se desarrolla como un safari de imágenes. En cualquier museo podemos ver la Obra Maestra retratada por un teléfono celular. Lo singular no es que busque atrapar la realidad, sino que sólo la contemple a través de un aparato: el visitante no despega los ojos de la cámara; el museo no está “ahí”, sino en su pantalla.

A continuación, ocurre un conflicto generacional. El padre dice: “Deja de fotografiar: ¡usa tus ojos!”. Su hija adolescente le hace caso, pero sólo porque acaba de recibir un tweet.

El harén de Estambul era vigilado por eunucos que contemplaban lo ocurrido en un espejo. No custodiaban cuerpos sino reflejos. Privados de toda participación, veían de manera diferida sombras, siluetas, figuras en el aire. No eran muy distintos a quienes se adentran en un museo como coleccionistas digitales. ¿Llegará el momento en que ir a un sitio sea lo mismo que recorrerlo en internet?

El histórico misterio de la espalda se ha perdido. En La reproducción prohibida, Magritte retrató al magnate Edward James ante un espejo. El protagonista está de espaldas, ante un espejo que también lo refleja de espaldas. Ahí lo importante es lo que se esconde, el rostro “prohibido”.

La pintura debe mucho al ocultamiento. En 1953, Robert Rauschenberg decidió hacer una obra “vacía”, que significara la desaparición de otra. Si la obsesión de la mirada ha sido la reproducción y la copia, él decidió des-copiar: borrar un dibujo de Willem de Kooning. Su amigo aceptó sacrificar un boceto que le interesaba poco y Rauschenberg procedió a borrarlo línea a línea hasta llegar a una hoja en blanco. El significado del cuadro dependía del título: Erased de Kooning (De Kooning borrado).

El alarde de realzar lo que no se ve alcanzó un momento superior cuando Marcel Duchamp trabajó con reproducciones de la Gioconda. Primero ultrajó a la Mona Lisa pintándole bigotes. Luego retiró la ofensa: el cuadro quedó como siempre, pero él pudo llamarlo Mona Lisa afeitada.

La invención de las cámaras llevó a la pintura a buscar el misterio de lo que puede ser insinuado pero no reproducido. Nuestra época estimula a ser como aquellos visionarios. En todas partes somos vistos y filmados. En consecuencia, cerrar los ojos es un arte y desviar la vista, un virtuosismo.

El Zen enseña a disparar el arco sin ver el blanco, sugiriendo que toda visión genuina es interior. Lo mismo ocurría con los pintores bizantinos de la época de Justiniano. Antes de pintar un icono eran recluidos en un cuarto sin luz. Vivían ahí hasta que se acostumbraban a la penumbra y distinguían tenues contornos. Sólo cuando adquirían esta habilidad eran liberados; se adaptaban poco a poco a la luz y luego pintaban, no lo que veían, sino lo que recordaban de su residencia en las sombras, donde la luminosidad existe en secreto.

Hacer las cosas a ciegas se ha vuelto más valioso. No sólo en las selectas galerías, sino también en los estadios abiertos al ojo público. Ahí está el gol del Chicharito contra el Stoke City para demostrarlo.

Todo deporte prefigura situaciones que no ocurren pero pueden ocurrir. El “pase al hueco” es una acción de este tipo: el balón va rumbo a la nada (el cuadro borrado por Rauschenberg) donde de pronto aparece alguien (los trazos de De Kooning).

Los místicos y algunos grandes artistas cierran los ojos para ver. Lo mismo hizo el Chicharito Hernández con su gol ciego: millones de personas lo veían, pero sólo él vio lo invisible.

http://www.reforma.com/editoriales/nacional/582/1163064/default.shtm

 

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La derrota de un sueño

Querían ser policías, maestros, deportistas,profesionistas. Hoy son amas de casa, narcos. O huyen de la violencia

Miércoles 27 de octubre de 2010 Alejandro Suversa/ Enviado | El Universal

SIERRA DE SINALOA. En 1998, subí a lo más alto de la sierra de Sinaloa donde la mayoría de la población se dedica a sembrar marihuana y amapola. Las niñas y niños de una escuela primaria respondieron dos preguntas: ¿Qué quieres ser de grande? y ¿qué hace falta en tu comunidad? Los 75 estudiantes de segundo, tercero, cuarto, quinto y sexto año pusieron su respuestas en una hoja.

Algunas niñas dijeron que querían ser doctoras y enfermeras para curar a la gente y para aliviar a sus familias. Maestras para enseñar a los niños a leer y escribir. Licenciadas para escribir frente a una computadora o para ayudar a sus padres porque decían que ellos no tenían dinero para comprarles ropa, zapatos y todo lo necesario.

Los niños escribieron que querían ser licenciados para ver las cosas más importantes y para ser ricos. Karatecas para saltar y romper ladrillos. Boxeadores para ser como el sinaloense Julio César Chávez. Judiciales, soldados, policías federales para aprender a tirar con armas de fuego y atrapar delincuentes. Ministerios Públicos para sacar a los que están encarcelados sin culpa y sin delito. Uno de ellos, quería ser ganadero para tener muchas vacas y hacer mucho queso porque estaba caro. Albañiles y arquitectos para mejorar su comunidad. Muchos querían ser pilotos para viajar por todo el mundo y llevar gente. Uno dijo que quería ser piloto, pero le daba miedo. “ A ver si no me caigo”, escribió.

La realidad era que más de 20 varones escribieron que querían ser pilotos porque veían aterrizar a las avionetas en las pistas clandestinas que bajan por la droga. Hoy hace doce años después regresé para ver qué había pasado con esa generación infantil. En qué se habían convertido y cuáles beneficios habían llegado a su comunidad. Esta es la historia de un pueblo en la sierra de Sinaloa y de esos niños que ahora tienen entre 18 y 22 años de edad.

Cualquiera pensaría que la visión de un niño puede ser muy superficial , pero en comunidades como ésta, sirve de termómetro para medir el atraso y los cánceres que han afectado desde hace décadas a los pueblos de la sierra de Sinaloa, que limita con Chihuahua y Durango, en el llamado triángulo dorado del narcotráfico, aquel que fue lanzado a la fama por el capo Rafael Caro Quintero y su tío Ernesto Fonseca, Don Neto y, donde hoy se presume, se esconde el líder del cártel de Sinaloa, Joaquín El Chapo Guzmán.

Más de 100 familias, cuatro tiendas de abarrotes, un preescolar, una escuela primaria, una secundaria comunitaria, una casa de salud que funciona con contribuciones voluntarias, una cancha deportiva, un camino de terracería severamente accidentado. Todas las viviendas funcionan con luz de rejilla solar. Ese es el pueblo, un lugar donde paradójicamente la vida es más cara porque todos los insumos tienen que venir de abajo y los tenderos deben recuperar lo que gastaron en el traslado de cada producto.

De la generación de la sierra encontré que la mayoría de la niñas –excepto dos, que estudian en Los Mochis y en Guamúchil– son madres de familia. De los niños, 33, dos se fueron de la región porque les mataron a un hermano y existía el riesgo de que también las muerte los visitara a ellos. Los 31 restantes ahora son sembradores de marihuana y amapola. Esa fue la generación que produjo la sierra en esta comunidad.

Los niños de la cartas fueron apareciendo, entre ellos, me encontré a uno que en aquel entonces estudiaba quinto año de primaria. Dijo que había intentado salir a estudiar al municipio de Guamúchil y que ahí hizo dos años de secundaria, pero que la vida lo había tratado muy mal porque sus padres no mandaban dinero y el no pudo encontrar trabajo. “Tuve que echar pa’ tras”, dijo. Otro más me contó que el ni siquiera tuvo la chance de salir del pueblo porque desde los 12 años dejó la primaria y se metió en las barrancas a sembrar marihuana al lado de su padre.

Amapola para Estados Unidos

En la comunidad de esos niños, que ahora son jóvenes, coinciden la falta de otras opciones de vida, el atraso y la siembra de enervantes, pero un hombre que vive aquí desde hace 90 años tiene una explicación y memoria y lucidez inaudita. Dice que el gobierno de México, en el periodo del presidente Manuel Ávila Camacho (1939-1945), dio permiso al gobierno de Estados Unidos de utilizar esta zona para la producción de amapola y goma para producir heroína y enviarla a los soldados estadounidenses que combatían en la Segunda Guerra Mundial. “El gobierno de Estados Unidos buscó y halló esta zona propicia para la producción de la amapola y después de mariguana”, dice el viejo que lleva un paliacate sudado de varios días alrededor del cuello y un sombrero empolvado ya casi sin forma. No se lo inventó. Diversos documentos de esa época y especialistas del narcotráfico, como Luis Astorga, han hablado acerca de ese fenómeno.

Cualquiera puede pensar que este tipo de siembras hace ricos a los habitantes de la sierra, pero la realidad no es así. “Es como si sembraras frijol o cualquier otro tipo de semilla, pero seguimos siendo campesinos. Lo único es que te da para mantenerte todo el año”, me dijo un serrano.

De este pueblo salen dos tipos de sembradores. Los que junto con su padre, juntan un poco de dinero y siembran un pedazo de marihuana o amapola. Y los que –como dice, uno de los pocos hombres más letrados de la comunidad– juntan dinero, invierten en la siembra, cosechan, se compran un rifle y después se van más arriba de la sierra para unirse a cuadrillas enormes que defienden los sembradíos más grandes con AR-15 y AK-47, así sea contra el Ejército o la Marina. O también contra grupos rivales que intentan robar la mercancía madura o cosechada.

“Aquí se siembra maíz y fríjol sólo para comer. Si se tiene una vaquita, se mata para comer o se vende para invertir… porque la mayoría depende de la otra siembra (la de la marihuana o amapola) para sobrevivir”, dice el hombre, quien alguna vez participó en el aserradero que hace algunos años funcionó en esta zona hasta que una empresa privada terminó de saquear la madera.

“El problema principal es que la mayoría de la gente, de la plebada (jóvenes), no sabe hacer otra cosa, aquí no hay nadie que se dedique a la hortaliza, no hay quien sepa hacer muebles, cepillar una tabla, reparar una llanta, no saben mecánica. Algunos se van y estudian, pero por falta de dinero a los pocos meses regresan a seguir sembrando porque a pesar de todas las cosas que vivimos, aquí se está mejor, por lo menos tiene uno para comer”, dice un maestro de secundaria.

Sin preparación y sin ayuda

“Poquito que ninguno de los jóvenes tiene la visión de prepararse y poquito que el gobierno no ayuda. Aquí se podrían hacer muchas cosas, se puede sembrar maíz, cebolla, chile verde, se pueden aprovechar el durazno, la manzana, la ciruela de España, el chabacano. La solución sería poner alternativas, instrucción de parte del gobierno sobre técnicas agropecuarias, enseñar a la gente a trabajar, poner una carretera para sacar lo productos porque así toda la ganancia se va en transporte y la gasolina”, dice el hombre. “A los jóvenes se les hace muy fácil irse para el barranco a sembrar…el muchacho siembra, cosecha, se compra un carro, un rifle. Nos ganó ese asunto, hasta ahí vamos, ese es nuestro presente, eso es lo que tenemos ahorita, y como no ven otra cosa, se nos replicó todo. Quizá lo pudimos haber manejado desde mucho más atrás, pero no se pudo”, dice un lugareño. Otro sembrador pone las cosas en claro. “La gente piensa que somos ricos, pero si alguien de nuestra familia se enferma, tenemos que pedir prestado, cuando empiezas la siembra tenemos que pedir prestado y cuando cosechas sale uno a tablas. Si todo el dinero fuera para nosotros qué chulada. Es delito pues, pero el mismo gobierno (Ejército o Marina) te deja trabajar, si te cachan con el sembradío nada más te dan una regañada y te corren pa’la casa”.

Dice que invierte 15 mil pesos en los insumos como fertilizante, semillas, mangueras, rociadores, plásticos y cuerdas y otro 20 mil para dar de comer a la gente que trabaja durante tres meses al cuidado de la siembra y cuando termina paga 30 mil a los trabajadores, más lo que debe, más los imprevistos y lo que le queda lo reinvierte.

Para el más anciano de la comunidad, el del paliacate sudado, los jóvenes de ahora andan metidos en puras bribonadas, aunque recapacita: “Hay mucho que hacer aquí, no más que el gobierno no se fija. Los políticos nada más vienen por el voto, prometen y se van. El gobierno puede combatir un mal, tiene la fuerza y el poder”.

Subí sobre el monte para visitar a varias de las niñas que hoy son madres de familia. Cuando iba en tercer grado puso que quería ser doctora, hoy tiene dos hijos y los que Dios le quiera mandar. Terminó la secundaria. Bailó y se divirtió cuando se casó a los 19 años. Ella apoya haciendo la limpieza en el centro de salud. Dice que no hizo otra cosa porque no hay dónde trabajar en el pueblo, le hubiera gustado por lo menos un taller de costura. Otra de las jóvenes que se dedica sólo al hogar, dice cada tres años, cuando va de visita a los municipios de debajo de la sierra, mira que sus primas trabajan en fábricas o vendiendo mariscos. “A veces me dan ganas de irme, pero pienso que con todo y todo aquí estoy mejor”. No les importa que sus esposos sean sembradores de mariguana, porque de eso se ayudan. “Aún así siempre se ve uno ajustado”, dijo una de ellas.

Después platiqué con otra de las niñas de las cartas quien casi me regañó porque dijo que si no podían hacer otra cosa o salir del pueblo era porque no tenían dinero. “¡Pues, mira!”, me dijo.

Mas sembradores. Los agarré juntitos poco antes de irse a dormir para al otro día empezar temprano la jornada. Uno de ellos me dijo que se pasaba metido en el barranco desde las ocho de la mañana hasta las cuatro o cinco de la tarde y que no recibía paga sino hasta la cosecha. Apenas terminó la primaria, su padre se lo llevó al sembradío. “Es la única forma de agarrar dinero aquí”, dijo. Hace poco se compró una camioneta modelo 87, esa era su ilusión. El otro tenía apenas 19 años y comentó que si pudiera dedicarse a otra cosa, sería músico porque le gusta mucho la guitarra, aunque no tiene una, mucho menos si desde hace tres años no baja a Guamúchil o al municipio de Sinaloa de Leyva.

Casi nada ha cambiado

Un señor que andaba con un palo como bastón, me dijo que los cambios en el pueblo han ido despacio. Llegó aquí hace más de 30 años. Era de un rancho que está por allá entre los barrancos, pero decidió quedarse en el pueblo porque cada vez que necesitaba algo tenía que caminar 28 kilómetros. “La comida me quedaba a un día de camino”, recuerda. El problema principal venía cuando alguna de sus hijas se le enfermaba, como si se tratara de transportar kilos de mariguana o amapola, la tenía que sacar a lomo de bestia.

Según el más viejo de la comunidad, antes toda la producción de esta sierra, trigo, frijol, carne de cerdo, manteca, queso, chilorio, manzanas, duraznos, membrillos, se bajaba a Culiacán y a Los Mochis. “Desde que vino la cuestión de la droga, toda la plebada invierte en sembrar amapola y marihuana. Ese mal echó a perder a toda la región”, dice el Don al que los años se le salen en forma de bello por los oídos.

Las cosas parecen haberse invertido porque lo único que hoy baja o sale de aquí es mariguana y goma de opio. Antes subían carros tipo torton a los que la gente llamaba El Tranvía, cargados con cerveza, refrescos, productos de abarrotes, frijol y carne, pero también fertilizantes, mangueras, rociadores de agua, plásticos y rollos de cuerda. Todo lo necesario para los cultivos de amapola y de marihuana. Las Tranvías, quedaron en el pasado, ahora son camiones de pasajeros los que se encargan de subir a la sierra para subir los pedidos que encargan los serranos.

Hace 12 años, las niñas y niños escribieron que en su comunidad querían agua potable, luz eléctrica, drenaje, una fábrica de trabajo, teléfono público, una cancha de deportiva. Pedían calles de pavimento o por lo menos una avenida, más transporte, un hospital, edificios como los de la ciudad, un departamento limpio y bonito, un mercado, una ferretería, restaurantes, farmacias, ambulancias, bomberos, una secundaria o telesecundaria para cuando salieran de sexto año, una preparatoria, más maestros y que no faltaran a clase. Que se reunieran los adultos del pueblo para cambiar la comunidad, que fueran más unidos y que no se destruyeran unos a otros.

Lo único que se cumplió fue la construcción de la secundaria que fue hecha por la comunidad. Es octubre de 2010 y cuando estuve allá arriba volví a hacer las mismas preguntas. La nueva generación de niñas y niños pidieron otra vez luz eléctrica, agua potable, pavimento. También casas de dos pisos o edificios, piso en su escuela y computadoras. Muchas niñas pusieron que querían ser maestras, doctoras y licenciadas. Varios niños, soldados de la marina para tumbar la marihuana y policías, pero nuevamente aparecieron los que tienen la intención de ser pilotos.

http://www.eluniversal.com.mx/nacion/181462.html

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Amat Escalante y su gusto por filmar en Guanajuato

En la última década, el trabajo de este cineasta mexicano le ha valido el reconocimiento internacional y los buenos visos de la crítica. Ahora, en el marco del Bicentenario, Escalante vino a Guanajuato a defender La Bufa y a presentar Revolución.

  • 2010-10-28•Cultura
Amat Escalante presentó en Guanajuato la película <i>Revolución</i>, al lado de Gael García Bernal.

Amat Escalante presentó en Guanajuato la película Revolución, al lado de Gael García Bernal. Foto: Yered Jiménez

Amat Escalante visitó Guanajuato para integrarse a la programación del Festival Internacional Cervantino con la proyección de la película Revolución, a la que aporta el cortometraje El cura Nicolás colgado, filme que comienza con la imagen de un cura ahorcado y concluye con “el surgimiento de lugares de comida rápida y empresas transnacionales”.

Escalante cuenta que vuelve a la capital cervantina luego de haber filmado en el cerro de La Bufa, sitio que acostumbra tomar como escenario para rodar y también, como estandarte político de un movimiento en contra de la urbanización de ésta zona natural protegida.

De su trabajo como director destacan los filmes Sangre y Los Bastardos, además de haber participado como asistente del director Carlos Reygadas en la película Batalla en el cielo; ahora, con su aportación para Revolución, Escalante refleja una idea propia del concepto histórico planteado en un contexto contemporáneo.

“La religión es una idea muy fuerte en México, afecta de manera decisiva muchas cosas en el país. Me parece de alguna forma, más mal que bien. En mi corto, de manera simbólica, quise retratar eso y donde termina mi corto, es lo que yo he visto en mi vida como revolución: en el surgimiento de estos lugares de comida rápida como McDonald’s o las empresas transnacionales como Costco, Walmart… todo lo que ha invadido nuestro país para mi ha sido muy fuerte y es lo que amerita una revolución”, comentó el cineasta.

Si bien el concepto del capitalismo se impone en la temática del filme sobre el concepto de la religión en un contexto político y social, Escalante (como guanajuatense) identifica que en nuestro estado, la influencia del clero en las decisiones de gobierno, continúan “filtrándose”: un ejemplo, “son las mujeres que hasta hace poco estaban encarceladas por haber cometido un aborto involuntario. Creo que deben considerarse otros factores como la educación o la pobreza en el tema, pero por cuestiones religiosas filtradas en el gobierno panista de Guanajuato, surgen estas situaciones que al final no sólo sufre la mujer que abortó, sino todo la familia”, dijo Escalante.

Aun así, el cineasta sigue tomando a Guanajuato como escenario para filmar la mayoría de sus películas, tal como lo hizo con El cura Nicolás colgado y, próximamente, con el proyecto Heli, que rodaría también en Silao.

Guanajuatense por adopción; ganador del Sundance

Amat Escalante nació en Barcelona, España, en 1979, pero ha pasado gran parte de su vida en Guanajuato.

Su carrera como realizador se remite al año 2002, cuando filmó su primer cortometraje, Amarrados, producción que le valió el premio a la mejor película y mejor director en el Newport Beach International Film Festival y el primer lugar en el Voladero Film Festival, en Monterrey.

En 2004, Escalante asistió a Carlos Reygadas en la película Batalla en el Cielo, que compitió por la palma de Oro del Festival de Cine de Cannes.

Luego, con Sangre (2005) Escalante se presenta en el Festival Internacional de Cine de Rotterdam y es seleccionado para participar en la sección “cine en construcción” del Festival de Cine de San Sebastián y en los Encuentros de Cine Latinoamericanos de Toulouse. La película también se presenta en la selección oficial Un Certain Regard del Festival de Cannes, en donde recibió el Premio de la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica; y posteriormente, el premio Alejandro de Plata en el Festival Internacional de Cine de Tesalónica, Grecia.

Su última producción, Los Bastardos, es la antesala de lo que será su nuevo filme, Heli, que en 2010 le valió el premio Sundance / NHK, en la categoría para América Latina. (Guanajuato. Redacción)

Guanajuato. Carlos Hugo González

http://impreso.milenio.com/node/8855613

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El público en los estadios

José Woldenberg
28 Oct. 10

Me gusta ir a los estadios. Los gritos y colores, las expectativas del respetable, las ocurrencias, las banderas ondeando, las cervezas corriendo, la tensión dramática generan un clima especial, cargado de pasión y exacerbado en su elocuencia. Como si las inhibiciones del día a día se dejaran en las puertas de esos monumentales recintos. No pueden compararse las trasmisiones televisivas con la contemplación “en vivo y a todo color” de las competencias beisboleras, futboleras o de cualquier otro deporte. Ahí uno aprende algo que merece no ser olvidado: cada quien ve lo que quiere ver. Ante una misma jugada, una misma falta, una misma pifia, los aficionados reaccionan de forma no solamente distinta sino en ocasiones antagónica, porque sus respectivas pasiones los hacen ver, insisto, lo que quieren ver.

El espectáculo transcurre en la cancha, en el diamante o en la duela, pero la fiesta se encuentra también en las tribunas. Y a veces, cuando el encuentro resulta insípido, rutinario, el espectáculo se desarrolla sólo en las tribunas.

Observar a los espectadores resulta fascinante. Los hay solitarios que miran hipnotizados el encuentro ajenos al “mundanal ruido” y en el otro extremo las porras para las cuales lo que sucede en la cancha importa poco, ya que sus brincos y gritos, arengas y gestos están dedicados a sí mismos, a lograr su cohesión, a generar un sentimiento de pertenencia. A veces el azar coloca a una pareja de despistados en medio de sus enemigos y el pronóstico suele ser reservado. Pueden darse la coexistencia pacífica o las burlas hirientes, generarse un espacio de tolerancia o un teatro de agresiones verbales y hasta físicas.

Los públicos tienen un comportamiento diverso. Y hablo de ellos en plural porque la masa que invade las tribunas se encuentra fracturada por distintas fidelidades. Sus expectativas son antagónicas e incluso polarizadas. La adhesión a un equipo incluye el desprecio por el otro, la identificación es al mismo tiempo un elemento de diferenciación del antagonista. Es el motor de la pasión, el carburante de la tensión. Sin esa carga eléctrica la contienda se vuelve anodina.

Los resultados en los estadios nunca resultan intrascendentes. Son el sello más importante que deja la disputa. Las barras perdonan a su equipo si jugó mal pero ganó, lo contrario es raro, y se requiere tener desarrollado el gusto por el espectáculo, el aprecio por el juego y mantener una cierta distancia anímica con relación a los equipos. Observar el comportamiento del respetable en la adversidad y en la victoria es también parte del show. Los resortes se disparan dependiendo de lo que se encuentra en disputa. No es lo mismo un encuentro a media temporada que el choque definitivo por el campeonato. ¿Quién no ha visto rostros tristes y llorosos, como si se tratara de un velorio, luego de la derrota en el último minuto? ¿Quién no ha quedado petrificado ante los gritos de júbilo y las expresiones de compadrazgo y gozo que sólo desencadena el triunfo, el gol, el home run, la canasta definitiva? Las máscaras que producen la victoria y el fracaso han sido inmortalizadas por fotógrafos alevosos que sólo tienen que disparar sus cámaras en los momentos precisos.

Acompañan a las tribus en las tribunas (tri, tri, diría Gil Gamés) las leyendas y mitos, los héroes y los villanos que como una estela intangible flotan durante la contienda. Los “aficionados de hueso colorado”, “los auténticos”, “los comprometidos” conocen no sólo los antecedentes generales, sino las minucias que se han convertido en fábulas: el día que el árbitro no marcó aquella mano, el batazo definitivo que resolvió un juego en extra innings, el touchdown que no fue y se dio por bueno. Y están ahí, aunque hayan muerto, los nombres de los ídolos del pasado, los colosos de antaño, a los que hay que rendir pleitesía, admiración, respeto. Y en contraparte, nunca faltan los miserables que en el ayer remoto hicieron daño. Unos y otros son intercambiables y dependen de la camiseta puesta. Esa playera que resume identidad, sentido de adscripción.

Quizá el comportamiento de los fanáticos sería otro si los jugadores no fueran ellos mismos unos fanáticos, capaces de mentir, fingir, reclamar, actuar, con tal de ganar la contienda. ¿Qué sería del deporte si ante el infortunio los afectados reaccionaran como el pitcher venezolano Armando Galarraga? En junio, el lanzador de los Tigres de Detroit, luego de 26 outs consecutivos, perdió el juego perfecto por un claro error del umpire. No reclamó, sólo emitió una enigmática sonrisa, y al final del encuentro, luego de que el “ampayita” Jim Joyce se disculpara con él, Galarraga declaró: “Nadie es perfecto…todos cometemos errores…lo entiendo…”. Y hablando de su encuentro con Joyce apuntó: “Él no dijo mucho…su lenguaje corporal dijo más que muchas palabras…sus ojos estaban llorosos…sólo nos dimos un abrazo”.

Por cierto, ya se acercan las próximas elecciones federales.

http://www.reforma.com/editoriales/nacional/582/1162691/default.shtm

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