Andrés Roemer
Érase una vez
11 de diciembre de 2010
Érase una vez un lugar donde a los ciudadanos se les decía que eran socios-dueños de una gran petrolera pero nunca recibían sus utilidades y no se les permitía vender su parte… eso sí, de ser necesario les pedirían “aumentar su capital” mediante impuestos.
Un lugar donde los infantes crecían pensando que “obedece” era otro nombre genérico para “niño”.
Un lugar donde los primeros dieciocho meses de un niño sus padres se la pasaban enseñándolo a caminar, a explorar y a hablar; y los siguientes dieciocho años tratando de que el niño se quedara quieto, callado y obediente.
Un lugar donde a la mayoría de los ciudadanos no les importaba “la victoria o la derrota”; sino “ser el ganador”.
Un lugar donde el problema de ser puntual era que sólo quien era puntual lo apreciaba… todos llegaban después de él.
Un lugar donde el 100% de la gente exitosa consideraba que el 99% de sus pares lograron el éxito por suerte o por trampa.
Un lugar donde se producían cosas originales y buenas; lo malo era que las buenas no eran originales y las originales no eran buenas.
Un lugar donde las escuelas de imagen tenían la peor reputación.
Un lugar donde había más libertad de expresión que de pensamiento.
Un lugar inseguro cuyos ciudadanos sufrían por la delincuencia… pero si no pagan sus impuestos tendrían la seguridad de ir a prisión.
Un lugar donde extender puentes era un tema prioritario para el congreso… a tal grado que éste reformó la ley para garantizar “puentes vacacionales” oficiales.
Un lugar donde los políticos se disfrazaban de ciudadanos; les daba pena decir que realmente eran políticos.
Un lugar con un sistema alimentario “gratis”… por ello nadie lo valoraba.
Un lugar donde la cartera vencida de la banca privada era subsidiada por los contribuyentes.
Un lugar donde los ciudadanos se preocupaban por gastar menos en lugar de ser productivos y eficientes.
Un lugar donde las circunstancias garantizaban que quien comenzara con nada, lo conservaría toda su vida.
Un lugar donde cada cuatro años se “soñaba” con un campeonato de la FIFA pero cuyos ciudadanos sólo conseguía el primer lugar en obesidad infantil.
Un lugar en el cual se celebraba el pasado y no el futuro.
Un lugar donde nadie se tenía que preocupar por los adultos mayores de más de ochenta años… no era necesario porque la esperanza de vida no llegaba a ello.
Un lugar donde los niños crecían pensando que “saliste igualito a tu padre” era otra grosería.
Un lugar en el cuál el “mérito” no tenía que ver con los resultados; sino con las amistades.
Un lugar donde los políticos no mentían, decían honestamente lo que pensaban; el problema era que cambiaban de opinión constantemente.
Un lugar cuyos policías corruptos eran castigados, no enviándolos a prisión; sino con su baja. Así ellos podían dedicarse de tiempo completo a la delincuencia.
Un lugar donde la democracia se basaba en la sabiduría colectiva producto de la desinformación individual.
Un lugar cuyos ciudadanos creían que los asiáticos convertían las crisis en oportunidades; así que para ser originales decidieron convertir las oportunidades en crisis.
Un lugar donde los problemas que le quitaban el sueño a los ciudadanos provenían de dos fuentes: Por las desgracias propias y por los éxitos de sus vecinos.
Un lugar para el cual sólo había dos formas de ser indiferentes a la violencia: Hacerse el idiota o serlo.
Un lugar donde –a pesar de las leyes de la física- al parecer era posible cambiar el pasado (de la nación)… cada sexenio algún burócrata “historiador” se encargaba de demostrarlo.
Un lugar cuyos genios eran fáciles de reconocer; bastaba esperar a que los inútiles conspiraran contra él y/o que en otro país fuera apoyado.
Un lugar cuyos ciudadanos sabían que sobre-pagaban a la burocracia… pero se conformaban pensando: “Aquí nos tocó vivir”.
Un lugar cuyos médiums abandonaron el negocio, cuando corrió el rumor de que la superstición era de mala suerte.
Un lugar donde imperaba la máxima de Stephen Grover Cleveland: “Aunque la gente soporte al gobierno, el gobierno no debe soportar a la gente”.
Un lugar donde los políticos pasaban tanto tiempo “pre-ocupándose” por los problemas de los ciudadanos –lo manifestaban en sus discursos, en sus reuniones y en los documentos partidistas- que no dejaban tiempo para realmente “ocuparse” en resolver esos problemas.
Un lugar lleno de oportunidades; cualquier adolescente podía encontrar en una esquina una ocupación… -lamentablemente- el requisito era atreverse a jalar un gatillo.
Un lugar donde quien no lograba la grandeza del éxito siempre podría recurrir a una gran compañía de relaciones públicas para convencer a todo el mundo de lo contrario.
Un lugar donde se les enseñaba a los ciudadanos a enorgullecerse de su constitución “fue la más avanzada en su tiempo… la que más derechos sociales reconoció” –les decían- pero poco se hacía para que todos cumplieran la ley.
Érase un lugar donde sólo usted lector, podía hacer la diferencia
Presidente de Poder Cívico, AC
http://www.eluniversal.com.mx/editoriales/50939.html
Que bueno que es en otro pais…..chin ya cai en hacerme el i.