Rafael Pérez Gay
El fracaso del Estado cultural
19 de diciembre de 2010
El año baja el telón y escribo el último artículo de 2010 antes de vacaciones. Estas Prácticas Indecibles aparecerán de nuevo en este espacio el domingo 9 de enero. En los pliegues del cierre del año se perderá una noticia reveladora y alarmante, pesada y grande como un piano tirado a media calle. Me refiero a los resultados de la Encuesta Nacional de Hábitos y Consumos Culturales presentados por Consuelo Sáizar. Escribo rápido los que más me han impresionado: el 57% de los mexicanos nunca ha estado en una librería, el 43% nunca ha puesto un pie en una biblioteca, el 45% nunca ha asistido a un concierto de música en vivo, el 77% nunca ha visto una obra de teatro, el 90% ve televisión.
Es cierto que los resultados no son una sorpresa, los sabíamos o los suponíamos, pero no por eso dejan de ser una pésima noticia. Alrededor de la encuesta hay al menos tres zonas en las que conviene detenerse. Para empezar, una pregunta que estamos obligados a hacernos todos los que nos dedicamos a este negocio: ¿en qué momento, más de la mitad de los mexicanos dejó de creer que la cultura trae prestigio, mejora la vida e incluso la economía de una casa? ¿Nunca existió la aspiración cultural como sinónimo de mejoría social? Traigo del ensayo Las alusiones perdidas de Carlos Monsiváis la pregunta original: “¿en qué momento y por qué motivo la lectura y la cultura definidas clásicamente (artes, música, teatro, cine de calidad) pasan a ser algo que se envía a las regiones del tiempo libre, mientras que los medios y la industria del entretenimiento son para demasiados ‘la realidad?’. Y una gran interrogante: ¿cuándo se pierde en definitiva, la causa de las humanidades como formación central?”. La diversidad y profundidad de las respuestas a estas preguntas podría revelar alguno de los secretos para el desarrollo de nuestra política cultural.
El segundo asunto y más preguntas: ¿sirve para algo el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes? ¿Son aceptables los resultados que han entregado Rafael Tovar y de Teresa, Sari Bermúdez, Sergio Vela y Consuelo Sáizar? ¿Es saludable mantener el monstruoso aparato burocrático que devora una parte importante del presupuesto? ¿El CNCA debe ser el productor descomunal de bienes culturales inútiles? Vistas bajo la luz mortecina de los resultados de la encuesta nacional, no sería exagerado afirmar que el Conaculta y sus presidentes han fracasado. Nuestros funcionarios culturales están obligados a revisar a fondo sus políticas y a rendir cuentas. Sé que la salida no será llevar la cultura en camiones trashumantes a pueblos remotos, como ha sugerido Consuelo Sáizar. La cultura sobre ruedas perfeccionará el error: producir y producir y producir para nadie. Al final, ¿qué dice la Encuesta Nacional? Que nadie se ha interesado en poner la primera piedra de un mercado de bienes culturales.
Al último, pero no al final, más bien en el centro. ¿Quién les pedirá a las televisoras que se hagan cargo de su responsabilidad definitiva en el ámbito educativo y cultural? ¿Tenemos un grupo de legisladores inteligentes para llevar a cabo esta tarea? No.
El ensayista francés Marc Fumaroli escribió hace algunos años uno de los libros más provocadores e inteligentes sobre las artes y sus relaciones con el poder, el gobierno, las burocracias: El Estado Cultural (El Acantilado, 2006). Cuando se publicó en Francia generó una intensa polémica sobre los beneficios y los excesos de la intervención del Estado en la gestión cultural. Cito este párrafo: “Si el Estado pretende democratizar la cultura, y quiere hacerlo sin tener el control de la televisión, no hará nada, porque hoy no son los libros los que forman a la gente, sino la televisión, que los más jóvenes miran tres y cuatro horas. Desde luego es paradójico tener un Ministerio de Cultura y no dotarlo de autoridad sobre la televisión”. En fin, no nos pongamos demasiado solemnes y cerremos el año con un brindis por la cultura.
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