Rafael Pérez Gay
Los reyes de la mudanza
27 de enero de 2011
Buscando un tema para el “Cronista de Guardia”, una trampa del tiempo me acercó a la pequeña oficina de Mudanzas Chapultepec y me despeñó en un barranco de la memoria. Como los fantasmas, el pasado tiene un olor característico. Si mis cuentas no fallan, acompañé a mi familia en 32 cambios de domicilio. Éramos maestros del desalojo y un poco ilusionistas: nos ven, ya no nos ven. Yo sabía de qué iba la cosa cuando llegaba mi madre cargada con cajas de fab Roma. Nos vamos, a empacar. Como comprenderán, no había velices, ni maletas, ni baúles; nada, sólo cajas de fab Roma, ésas son las que recuerdo, y apúrense porque salimos a las diez de la noche.
Si salíamos a la ciudad protegidos por la penumbra, el asunto no era broma, todos a trabajar. Una brigada formada por mis hermanas mayores atacaba la montaña de ropa y la convertía en tratables colinas puestas sobre la cama que tomarían su lugar en cajas de cartón. Si faltaban cajas y tiempo, de plano una pila de ganchos con figuras fantasmales. Luego los enseres de cocina, todo lo de cristal envuelto en papel periódico, ése sí sobraba en la casa y el trabajo me tocaba a mí. Acabo de pensar que sería un buen título: todo lo de cristal.
No siempre todo fue perder autoestima a granel y huir de los acreedores. Un día amanecimos en un departamento amueblado de la calle de Herodoto. Cierto, aquella aventura duró poco. Otro día amanecimos en el bulevar Miguel de Cervantes Saavedra, atrás del Sanatorio Español. He vuelto a ambas calles y observado los edificios que habitamos un tiempo. Uno convoca fantasmas sin saber. Y vienen. Tomo notas para un relato o un capítulo, pero sin mucha suerte. Cervantes se ha convertido en una gran zona comercial que revaluó las propiedades. En el remoto año de 1968, el bulevar no tenía nada de bulevar, se trataba de una amplia calle vacía y de poco tránsito, a dos cuadras de la vía del tren donde había un muladar. Nuestro despertador era el ferrocarril de Cuernavaca.
La calle Herodoto, en cambio, perdió las aspiraciones trepadoras de la colonia Anzures. En estos días, en esa zona se puede uno perder entre tendajones de comida callejera, olores pútridos, venta pirata, narcomenudeo. Lo que son las cosas. Abandono la calle con el recuerdo de mi familia envuelta en las llamas de la esperanza. Alguien siempre decía, sin dramatismos: pronto todo va a mejorar.
Los reyes de la mudanza. No nos fallaba nada. Cuando todo estaba empacado, ganábamos tiempo y reuníamos las cajas cerca de la salida, que era casi una salida de emergencia. Conseguir la mudanza, un arte que mi madre dominó toda su vida y mis hermanas heredaron. Padilla y Chapultepec, una utopía. Son carísimos, unos rateros, gritaba mi padre. Afuera de los mercados siempre hay camiones de carga y choferes con los cuales es posible establecer una negociación razonable. Como saben quienes se han mudado al menos más de una vez, si el piso es alto, el precio sube.
No quisiera ser mal entendido, no siempre desaparecíamos sin pagar la renta. Había algo legítimo, un aire de gitanos, de nómadas, tribus en busca de porvenir y de sueños. Mi padre no sabía estarse quieto. En otras ocasiones, cierto, se acumulaba una deuda de tres meses de renta vencida. Cuando se llegaba a un cul-de-sac, nombre elegante que quiere decir callejón sin salida y describe aquí un atorón en el cobro de las mensualidades, el casero prefería aceptar unos pagarés a cambio de que la familia informal abandonara el departamento.
De las 32 veces que nos mudamos de casa, o más bien de departamento, la mayor parte de ellas ocurrieron en la colonia Condesa y no sabría decir en qué condiciones, la infantería no pregunta, cumple con su deber. De algunos cambios, sólo recuerdo un trajín del carajo y unas escaleras por las que estibadores expertos cargaban nuestros muebles. Esta ráfaga de recuerdos, decía, me vino cuando me acerqué a la pequeña oficina de Mudanzas Chapultepec. También recordé una frase que escribió Fernando Pessoa cuando quiso explicar algo importante de su vida: todo empezó con la mudanza.
http://www.eluniversal.com.mx/editoriales/51489.html
Hola Menos, está padrísima la columna, ¿verdad? es lo máximo el novio de Lunis.
32 mudanzas, wow! Casi puedo imaginarme la escena… ja,ja. Me encanta cuando escribe sobre sus recuerdos de niñez.
Besos
TeGe, me encanta también cuando escribe de sus recuerdos, de esas pequeñas cosas que hacen una vida. 32 mudanzas, si, creo que hay errantes en todas partes ¿Pero en la misma colonia? Je, je.
Besos