Guillermo Osorno
Quisiera ser pescado del mercado de San Juan
19 de abril de 2011
Si yo fuera pez, y me fueran a pescar para luego ser comido en Semana Santa, la verdad es que escogería terminar en una pescadería del mercado de San Juan, en el centro de la ciudad. Sería, pues, un pescado consentido. Estaría fresquísimo, expuesto de la manera más coqueta. Yacería entre el hielo, acompañado por otras especies, algunas poco conocidas como: una cabrilla asustada, el lujoso y plano lenguado, el elusivo extraviado o los percebes, que son como extraterrestres. Los dueños del puesto estarían orgullosos de mi y procurarían que llegara a la cocina de la persona que me va a comer de la mejor manera posible.
De hecho, estar allí me aseguraría que el cliente que me comprara sería una persona con firmes criterios culinarios.
Creo, además, que escogería estar en el puesto de los Martínez, el de los letreros en varios idiomas (euskera, entre ellos) y que tiene una pecera. Lo digo porque el otro día fui a comprar tres kilos de salmón, y aunque se trata justo de una especie que se vende congelada, el pescado estaba riquísimo.
Jesús Martínez, de 52 años, me dijo que en esta temporada subía considerablemente la venta de pescado (CONAPESCA declaró que iba a aumentar el 60% el consumo de pescados y mariscos en la ciudad a partir del miércoles).
Por estos días, los Martínez comienzan a trabajar desde las seis de la mañana para recibir el pescado que viene directamente del Golfo de México, y cierran como hasta las 8:00 de la noche.
El abuelo de Jesús, un español de Santander, fue el que fundó el puesto hace 100 años. Heredó la pescadería al primogénito, el padre de Jesús, y él ha estado trabajando por acá desde hace 35 años.
—Eso nos pasa por no estudiar— dijo.
Jesús piensa que vender pescado es un negocio bonito, pero muy sacrificado, porque no puede cerrar ni un día. Allí se trabaja llueve, truene o relampagueé; enfermo o sano.
—Bonita herencia me dejó mi abuelo. Mejor nos hubiera dejado dinero— dijo.
A pesar de lo que diga, la familia de Jesús se veía de muy buen humor detrás de todos esos pescados. Aquella mañana estaban ofreciendo ceviche de corvina, preparado con aceite, vinagre y un poco de orégano, que estaba delicioso. También hacían bromas a la mamá Martínez, que no escucha bien y estaba sentada en una silla, en lo alto del puesto, como una versión femenina de Poseidón, malinterpretando todas las conversaciones que oía.
Los Martínez revisan todos los días el pescado que se rezaga, para cuidar su frescura.
—Hacemos un análisis organoléptico— dijo Jesús usando una palabrota.
Esto es, huelen y ven el pescado, y si comienza a deteriorarse, simplemente lo desechan.
—No vale la pena perder un cliente por eso— dijo. ¿Los clientes? No son exigentes, dijo Martínez, pero si muy desesperados, porque todos quieren que se les atienda de inmediato. Con todo, allí se venden especies únicas, para paladares refinados con bolsillos amplios, como merluza rosada, rapé, centollo, buey de mar y blanco de Alvarado.
Martínez está preparado para enfrentarlos esta Semana Santa.
—No les queda más que comer pescado— dijo. De otra manera, están condenados al infierno.
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