El maguey y la tuza
Esteban Garaiz
- 2011-05-31•Acentos
Los habitantes de los diez municipios jaliscienses de la zona norte del estado se sienten desatendidos y no tomados en cuenta por la capital. No les faltan motivos de objetividad. Al parecer, por ahora, no pretenden parapetarse en el peñol.
De las tierras cazcanas viene retumbando de nuevo el tlatol: el grito de rebeldía, 470 años después del alzamiento de los despojados y oprimidos contra los encomenderos, que empezó en el ánimo y en la boca de las mujeres iluminadas y corrió después de boca en boca, convocando a todos los valientes a empeñolarse en el Miztón contra los invasores.
Así murió Alvarado, el Tonatiuh: el arrogante conquistador rubio como el sol, aplastado por su propio caballo. El Virrey Mendoza tuvo que entrar al rescate de los voraces colonos y conquistadores, acompañado de sus tropas aliadas tlaxcaltecas y tlatelolcas.
El reclamo de hoy, como el de 1541, va dirigido contra Guadalajara. No sería prudente desatenderlo y menos hacer mofa de “la manita”. Los habitantes de los diez municipios jaliscienses de la zona norte del estado se sienten desatendidos y no tomados en cuenta por la capital. No les faltan motivos de objetividad. Al parecer, por ahora, no pretenden parapetarse en el peñol.
Pero tienen agravios, y muchos. Como la mayoría de los mexicanos, están hasta la coronilla, pero sus molestias son, además, de carácter regional. En las giras ciudadanas se ha recogido una muy concreta: la atención a la salud es muy deficiente y reducida a las cabeceras. Las cifras de INEGI sobre mortalidad infantil (anticuadas, por cierto), son en cuatro de esos municipios (Mezquitic, Chimaltitán, Bolaños, Villa Guerrero) del doble del promedio nacional. En Villa Guerrero, según su testimonio, el agua doméstica es deficiente y sigue faltando la represita prometida. Algo ha de tener que ver una cosa con la otra. Eso mientras en Guadalajara se lanzan proclamas vengativas en pro de la vida.
Pero el reclamo norteño tiene una presentación jurídico–constitucional. Con los documentos a la vista (y con las reservas del caso), ahora resulta que la Zona Norte de Jalisco no es península, sino que es isla: la “manita” no tiene muñeca. Dicho de otro modo, no hay contigüidad territorial de los diez municipios norteños con el resto del territorio de Jalisco.
Se menciona incluso que los propietarios de terrenos en ese tramo vinculador pagan sus impuestos prediales al Ayuntamiento de la Yesca, Nayarit (al oeste) o al de Florencia de Benito Juárez, Zacatecas, (al este). Hay igualmente documentación oficial que constata que la demarcación municipal de la Yesca colinda con Florencia. O sea, no hay territorio jalisciense entre ellas; y, por tanto, no lo hay entre la Zona Norte y el resto de Jalisco. Resulta disturbador y al mismo tiempo hasta divertido.
Existen documentos del gobernador Marcelino García Barragán, y también de Agustín Yáñez, haciendo gestiones ante el Senado de la República, la instancia definitoria. Pero, al parecer, hasta ahora, no se registra respuesta sobre el tema. Por tanto, en estricta y literal aplicación del texto constitucional, la Zona Norte debe ser territorio federal, como en su tiempo lo fueron Baja California Sur y Quinta Roo.
Por más descabellado que pudiera parecer a algunos este planteamiento, debe ser atendido, analizado jurídicamente y respondido con la seriedad que merece. Pero igualmente resulta inaplazable un tratamiento serio de los agravios sentidos por una población que, según atestigua, percibe mejor trato y más pronta y respetuosa atención de parte de las instituciones públicas zacatecanas que de las jaliscienses.
En la portada del espléndido librito de don Miguel León Portilla titulado La Flecha en el Blanco, en el que narra las hazañas y desventuras del héroe rebelde Francisco Tenamaztle en 1541 y la defensa que de su caso hizo en la corte de Valladolid Fray Bartolomé de las Casas, aparece el Virrey de Mendoza atacando el peñol y sorteando las flechas de los defensores de su tierra.
Un dato curioso: está escrito en el códice el apellido del Virrey. Como no había jeroglificos para el nombre vascuence de Mendoza (aunque sí lo había para el Sol Tonatiuh de Alvarado, muriendo, y para el fraile bautizador) el códice recurre a un doble ícono onomatopéyico: met–toza, el maguey y la tuza.
Ahora, casi cinco siglos después, un grupo de ciudadanos participativos de la región nos declaran que no intentan separarse de Jalisco, porque geográficamente ya lo están. En efecto, quien de Guadalajara quiera viajar por carretera a dichos municipios, deben atravesar una buena parte del territorio zacatecano.
Por cierto, entre las demandas concretas que plantean está la carretera de San Martín de Bolaños a Florencia (Benito Juárez). Argumentan atinadamente que San Martín no es un municipio lejano de Guadalajara; es un municipio incomunicado.
En todo caso, nunca resultará superfluo repetir que los mandatarios reciben del pueblo soberano un mandato acotado en tiempo y también en atribuciones; y que están para servir. El artículo 4° de la Constitución de Apatzingán decía algo que hoy no dice el actual 39 (que calcó el de 1814): el pueblo tiene en todo momento el inalterable derecho de alterar y de abolir su gobierno. Algún día ejerceremos la revocación de mandato.
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