Héctor de Mauleón
Un invento que dice adiós
Desde el próximo mes de agosto, el foco se irá convirtiendo en pieza de museo. La Secretaría de Energía ha anunciado la “migración tecnológica” más importante en los últimos 139 años: 46 millones de focos incandescentes —las bombillas eléctricas que, desde el porfiriato, forman parte de nuestras vidas— serán reemplazados por focos de tecnología fluorescente. A partir de entonces, las noches lucirán distintas.
Jamás volveremos a ver las cosas del mismo modo. En 1879, la irrupción de la bombilla eléctrica rompió por primera vez en la historia el ciclo natural de la vida. El foco hizo de la noche un territorio habitable e imprimió a las ciudades una dinámica hasta entonces desconocida.
En un siglo en el que los inventos revolucionaron al mundo, la bombilla sería considerada el invento más importante después del auto. Se impuso a la creación de los cerillos (1826), de la locomotora de vapor (1829), de la máquina de coser (1830), del refrigerador (1834), del telégrafo (1838), del daguerrotipo (1839), del ascensor (1851), de la máquina de escribir (1867), del teléfono (1876), del fonógrafo (1871) y de los rayos X (1895).
En 1881 llegaron a la ciudad de México los primeros focos eléctricos. Si en sus ensayos iniciales Edison había logrado mantener una bombilla encendida sólo 48 horas, para ese instante el foco poseía una vida útil que se prolongaba durante mil 200 horas. El reinado de la vela había llegado a su fin.
En materia de iluminación, la ciudad de México había sido hasta entonces una suma de fracasos sostenidos. Aunque en 1849 se había introducido en algunas calles la iluminación por trementina; aunque en 1869 se había inaugurado el alumbrado con gas hidrógeno, en gran medida la ciudad iluminaba sus noches del mismo modo en que, un siglo atrás, el virrey Revillagigedo la había alumbrado: con hachones de ocote colocados a las puertas de casas, y con lámparas de aceite de nabo que pugnaban sin éxito por disipar la oscuridad.
En 1900, Porfirio Díaz encendió el primer foco en sus oficinas del Palacio Nacional. La gente se detenía a mirar su ventana iluminada. A la velocidad de la luz, la electricidad comenzó a ser llevada a las casas. Durante el siglo siguiente, el foco fue el eje inevitable de la vida cotidiana. Todo, menos el amor, se hizo desde entonces bajo la luz de una bombilla. La frase “quemarse las pestañas” (con la llama de una vela) perdió su sentido original.
La historiadora Lillian Briseño ha entregado el relato, tremendo y divertido, de lo que sufrieron los capitalinos mientras se adaptaban al invento.
Aprender términos desconocidos, como socket, switch y watt; darse toques o electrocutarse con los cables que pasaban junto a los balcones, y creer que la electricidad era causa de miopía, y de la ceguera de la gente. En otra página he contado que Manuel Gutiérrez Nájera protestó porque la bombilla hacía visibles las arrugas de las mujeres, cuyos rostros, a la luz de las velas, solían lucir seductores.
Gracias al foco colocado en hermosos globos opalinos, en elegantes candelabros de hierro, la gente pudo explorar y adueñarse de una segunda vida, la vida nocturna. No hubo diario que no cronicara el momento en el que la ciudad se volcó por las noches a pasear en las calles.
No hubo diario que no reseñara el cambio de aspecto en las plazas “en las que antes gritaba La Llorona”. Nada había trazado nunca una separación tan tajante entre la vida pública y la vida privada.
El foco hizo el mundo observable, y por esa causa su aparición provocó que la industria de las cortinas y las persianas mostrara una explosión sin precedentes. La lámpara de trementina duró 20 años. La iluminación con gas hidrógeno, no más de 30.
El reinado de la bombilla arrancó a finales del siglo XIX, y devoró todo el siglo XX.
Llegó la hora de decirle adiós. No habrá más venta de focos a partir de 2013.
De ese modo se va un pedazo del tiempo, un fragmento del mundo.
Permítanme, ahora vuelvo. He decidido ir a la tienda a comprar un ejemplar.

ya no tendrá sentido decir ” se me prendió el foco” cuando tengas una idea.
que hay de lo que se dice que el gas que contiene es peligroso, que en otros países no son recomendables.