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Archivar como 31 octubre 2011

 

Cirque du Soleil apoya proyecto social

La compañía canadiense ofrecerá funciones a beneficio de Machincuepa, organización que forma a jóvenes cirqueros de zonas marginales de la delegación Álvaro Obregón.

2011-10-23•Cultura

Luis Eduardo, que vive en una ciudad perdida de la Ciudad de México, y Guy Laliberté, artista canadiense, dueño y creador del Cirque du Soleil, son iguales en lo esencial. Ambos han aprendido a apropiarse de su cuerpo a través de las artes circenses y con ello a hacerse dueños de su vida y su destino.

Y aunque no se conocen, a ambos los une el programa social Cirque du Monde, con que el que el famoso circo trabaja con organizaciones sociales de más de 50 ciudades del mundo, para ayudar a jóvenes con problemas o en riesgo, impartiéndoles talleres circenses.

La representación mexicana de este programa es Machincuepa Circo Social, a la que Luis Eduardo ha asistido los últimos tres de sus 11 años de edad, dándole un giro radical a su vida. A beneficio de esta organización mexicana, Cirque du Soleil realizará dos funciones (las del 8 y 9 de noviembre) con su nuevo espectáculo, Ovo.

A propósito de la sexta temporada de Cirque du Soleil en México, MILENIO visitó Machincuepa y descubrió las incontables posibilidades del circo como una herramienta de intervención social. La organización mexicana cuenta con 11 años de existencia y durante ese tiempo se han cosechado ya resultados.

En los últimos seis años Machincuepa ha trabajado en la comunidad Ampliación Águilas de Tarango, ubicada al sur de la delegación Álvaro Obregón, específicamente en la parte baja de la barranca, conocida como la Ciudad Perdida. Angélica Sánchez, directora de programas de esta organización, explica que “los niños (de entre 9 y 18 años) que vienen pertenecen a familias disfuncionales, en un 80 por ciento de ellas hay ausencia del papá, la mayoría de las mamás son empleadas domésticas. Su contexto comunitario presenta problemáticas muy fuertes, como alto índice de adicción, narcomenudeo, violencia extrema y los espacios recreativos y educativos son nulos, tienen que salir de la comunidad para ir a la escuela”.

En la más reciente evaluación de resultados, Machincuepa encontró que se ha disminuido el consumo de drogas, la deserción escolar y la violencia hacia las mujeres. Antes, los jóvenes no terminaban la secundaria, ahora, algunos de los ex integrantes de Machincuepa son estudiantes de odontología, filosofía, educadoras, estudiantes de artes plásticas.

“Otros ya se casaron y están liderando su propia familia, pero con otras herramientas, distintas a las de la generación anterior. Están, de hecho, desarrollando su propio proyecto de vida”, indica Angélica.

Juan Carlos Hernández, director de Machincuepa, indica que esto es posible porque a través de las artes circenses se estimulan habilidades para generar relaciones positivas: la capacidad de escucha, la tolerancia, la tenacidad, la negociación, la creación colectiva, etc. Además de fortalecer una estructura de valores para la vida familiar y social: la amistad, el respeto, la perseverancia, la cooperación, el trabajo en equipo, la creatividad, la responsabilidad, entre otras.

Tarde de machincuepas

“Antes de venir aquí, me la pasaba jugando en la calle o me aburría en mi casa”, dice Luis Eduardo, mientras hace un espacio en su entrenamiento para platicar. Dice que le gusta mucho practicar el plato chino y que recuerda con cariño espectáculos donde ha participado, como el que prepararon para el Día de Muertos del año pasado.

Termina de hablar y corre a dar de brincos y machincuepas sobre las colchonetas colocadas en el piso. Los 25 niños que asistieron a su taller han reflexionado sobre la importancia de la comunicación, a mirarse a los ojos al hablar, a pedir permiso y meditar si quieren otorgarlo para que les tomen fotografías.

La organización cuenta con varios talleres, como el intensivo, para padres, para mujeres jóvenes y para escuelas secundarias. “Desarrollamos la cultura del buen trato y vamos avanzando por escalones hasta llegar a la resolución no violenta del conflicto, lo que nos ayuda a llegar a la equidad de género, tan importante acá porque hay mucha violencia contra las mujeres”, dice Angélica.

Ovo, título del espectáculo

••• Ovo, palabra que significa huevo en portugués, es el espectáculo del Cirque du Soleil que inicia temporada en la Carpa Santa Fe el 1 de noviembre con la participación de 54 artistas provenientes de 16 países. Uno de sus momentos estelares es el número que corresponde al trapecio-volador, donde seis voladores hacen piruetas a 12 metros del piso. El espectáculo tiene dos años y medio de haber sido creado y hasta el momento lo ha disfrutado un millón de espectadores.

Se trata del acto más grande de este tipo que se haya presentado en la historia de las grandes carpas del Cirque du Soleil. Combina muchas disciplinas circenses y se desarrolla alrededor de una historia de amor entre insectos. Es un fascinante viaje al universo de los pequeños animales: la manera en que comen, trabajan, se arrastran, juegan, pelean y buscan el amor.

México. Verónica Díaz

http://impreso.milenio.com/node/9049079

 

 

 

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REPORTAJE: OPINIÓN

La muerte de Gadafi

El autor muestra su repulsa por las condiciones y la puesta en escena del asesinato del dictador libio, que espera sea un final, el último sobresalto de la edad bárbara

BERNARD-HENRI LÉVY 30/10/2011

Las imágenes de su cadáver. Su rostro, aún vivo pero ensangrentado; parecen ensañados con él. Su cabeza desnuda, extraña y repentinamente desnuda. Me doy cuenta de que siempre lo habíamos visto coquetamente enturbantado; hay algo conmovedor en este detalle, algo que induce a apiadarse de ese criminal.

De nada sirve que me repita a mí mismo que ese hombre era un monstruo.

De nada sirve que repase las otras imágenes, las que me acosan desde hace ocho meses y son infinitamente más perturbadoras: los fusilamientos en masa de los años negros de la dictadura; las caras de los torturados; los ahorcados del 7 de abril y, luego, de todos los 7 de abril, o casi, que hacían las delicias de ese Calígula moderno; los osarios; las huellas de osarios; los muros manchados de sangre que descubrí en todas las etapas de mis viajes; los sepultados vivos a los que la revolución liberó de sus cárceles y, por fin, ya no tienen miedo.

De nada sirve que me diga una y otra vez que ese muerto tuvo mil oportunidades para negociar, para detenerlo todo, para escapar, y que si no lo hizo, si prefirió sacrificar a su pueblo hasta el final, fue porque había decidido, con conocimiento de causa, ir al encuentro de este trágico destino.

De nada me sirve recordar que nosotros, los europeos, no somos los más indicados para dar a nadie lecciones de humanidad revolucionaria, pues tenemos sobre nuestras conciencias las masacres de septiembre de 1792, así como a las mujeres rapadas tras la Liberación, a Mussolini colgado boca abajo y ultrajado, a los Ceausescu abatidos como animales y tantos otros ejemplos de “grupos en fusión revolucionaria” que, según Sartre, en el calor de la acción, se transforman en “jaurías linchadoras”.

Ni por esas.

Debo de ser todo un bendito.

O un enemigo irreconciliable de ese mal absoluto que es, en cualquier circunstancia, la pena de muerte.

Pues en este espectáculo hay algo que me pone enfermo.

En esas escenas de linchamiento hay una brutalidad que me indigna y que nada puede excusar.

Peor: la imagen de esa agonía filmada, luego mostrada con complacencia y retransmitida por todas las televisiones del mundo, incluso transformada en fondo de pantalla, ha alcanzado, con ayuda de la técnica, una especie de cima en el arte de la profanación.

Y ni siquiera me refiero a la imagen que vino después, al cuerpo exhibido, medio desnudo, en esa cámara refrigerada de Misrata por la que desfilan unos combatientes alborozados que se filman unos a otros haciendo la V de la victoria junto al cadáver en vías de descomposición. Esos mismos teléfonos móviles que, durante ocho meses, fueron testigos de las peores atrocidades cometidas por el régimen se convierten ahora en herramientas sacrílegas que atentan contra esa ley inmemorial que, desde la Ilíada hasta la fundación del islam, exige respeto para los restos del vencido.

Les digo esto mismo a mis amigos libios de París.

Se lo digo a los miembros del Consejo Nacional de Transición (CNT) a los que consigo localizar por teléfono.

Cuando me llama desde Misrata el comandante del regimiento del que dependían los elementos descontrolados que capturaron a Gadafi, le confieso, también a él, que comparto su alivio; que el de la caída del tirano ha sido un gran día para Libia; pero que las condiciones de su muerte, su puesta en escena y el espectáculo que vino después podrían, si no tienen cuidado, corromper la esencia moral de una revolución hasta hoy casi ejemplar.

Todos lo entienden, creo yo.

Todos los responsables del CNT con los que consigo hablar parecen divididos, como yo, entre la alegría de la liberación y el malestar, por no decir el horror, de este último acto.

Y ese es, por otra parte, el sentido de sus cambios de opinión respecto al destino de los restos mortales del dictador -¿autopsia o no?, ¿comisión de investigación o no?- y a la decisión que toman, con bastante premura, y contra la presión de la opinión pública, de restituírselos a la familia y esclarecer completamente las condiciones de este incumplimiento de las leyes de la guerra.

La verdad es que este asunto es esencial.

Para el futuro de los pueblos de la región es más importante que la reafirmación de una sharía que, oficialmente, está en vigor en la mayor parte de los países arábigo-musulmanes y cuyo sentido sigue dependiendo de la interpretación, más o menos flexible, que se haga de ella.

Cualquiera que haya reflexionado sobre la historia general de las revoluciones no puede ignorar que este es el tipo de episodio simbólico del que dependen, más allá de su imagen, la verdad profunda y el destino de una insurrección democrática.

Pues una de dos…

O bien este crimen cometido en grupo es, como la decapitación del último rey de Francia, según Camus, el acto fundador de la era que comienza, su reflejo anticipado, lo cual sería terrible…

O bien no es un comienzo, sino un final, el último sobresalto de la edad bárbara, el fin de la noche libia, el último estertor de un gadafismo que, antes de expirar, ha necesitado volverse contra su autor e inocularle su propio veneno: pasado ese momento de exorcismo, la batalla por la libertad retomará su curso -aleatorio, sembrado de trampas, pero, en resumidas cuentas, más bien afortunado y fiel a las promesas de la primavera de Bengasi.

Esta segunda hipótesis me parece hoy la más verosímil. Debemos ayudar con todas nuestras fuerzas para que, efectivamente, sea la que tome cuerpo. Es más que un acto de fe: la Libia libre no tiene elección. -

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Verónica Murguía

La que me mira en el espejo

 

 

Esa que me mira casi siempre anda fachuda y sin maquillaje. Aunque nací en una familia llena de personas guapas y/o coquetas, me visto mal y me arreglo peor. Desde chica. Siempre anduve con el uniforme desbastillado, el pelo hecho nudos, las calcetas caídas –me decían “Benito Pardo”, por un jugador que las llevaba así– y el suéter mal abotonado. Me gradué en sexto de primaria ataviada con un siniestro vestido de terciopelo negro, idéntica a Merlina Addams y en abierto contraste con las otras niñas, que aprovecharon para usar vestidos de colores y soltarse el pelo.

Abandoné los zapatos Blasito de doble tira porque todo el mundo se pitorreaba, no porque quisiera usar zapatos más bonitos. Lo que a mí me importaba de un par de zapatos eran sus cualidades ortopédicas, no la belleza, a diferencia de la mayoría de mis amigas, quienes se ponían tacones a escondidas de sus mamás. Sigo igual. Mis tenis son el par de zapatos más caro y más usado del clóset.

En preparatoria procedí con mis tres trapos como la tía Petunia, la villana de Harry Potter, con la ropa del maltratado sobrino, pues acostumbraba teñir la ropa en un caldero gigante lleno de Citocol negro. A diferencia del pobre Harry, quien usaba la ropa pardusca porque eran repelitos del primo Dudley, yo la teñía por mi soberano gusto. Mi hermana, con quien comparto ADN y similitud casi absoluta de circunstancias, es todo lo contrario: una gota de agua, femenina y sobria a la vez, muy agradable a la vista.

Que conste que no me refiero al físico, a la fisonomía, a la complexión. Acerca de eso uno puede hacer bien poco, y los que se rebelan luego andan por el mundo como si se hubieran bajado de una nave espacial. Me refiero al arreglo: el peinado, la ropa, la postura. Eso, más o menos, depende de uno y, al menos en este país, hasta las mujeres con menos recursos le echan ganas.

Pocas cosas me alegran la vida como ver a las mujeres de todas las edades y clases sociales en la calle, en el pesero, el Metro, el coche, arreglándose como si en ello les fuera la vida. Hay accidentes, por supuesto: aquella que se maltrata el ojo por ir poniéndose el rimel camino al trabajo, o la que se quema la frente con la tenaza del pelo, pero la mayoría no se arredra por tan poca cosa. Cualquiera que se suba al Metro, a la hora que desee, verá mujeres que van en tacones, aferradas con uñas y dientes, pero impecables. A mí cinco centímetros de tacón me hacen sentir que soy una mujer china de pies de loto y camino como pollo espinado. Por eso admiro sin ironía ni reticencias a quien le echa ganas, y en esta ciudad es la mayoría: desde la vendedora que atiende el puesto de fruta en el mercado –maquillada y con uñas postizas– hasta las ejecutivas o las académicas.

Suelo compararme con cualquiera y fracasar. En la secundaria traté de enmendarme y no lo logré. Para la prepa ya era un caso perdido. Cada dos o tres meses hacía por mejorar mi atuendo y siempre fue imposible. A pesar de que me fascinan los detalles del corte, de que siento pasión por las telas y compro retazos por el solo placer de tocarlos, no sé cómo combinar. De niña me enseñaron reglas que no entendí: estampados de flores grandes nunca, pues te harán ver como si anduvieras envuelta con el papel tapiz; estampados mezclados, jamás; verde y azul, juntos se ven feos; anaranjado, sólo que te metieran en la cárcel en Estados Unidos, etcétera. Por eso tengo mi abrigo negro, mágico y misterioso, que oculta los errores y hace ver elegante a quien sea.

En el clóset hay mucha ropa, colgada con metódico desorden, lista para ser admirada y devuelta a su lugar. Luego resulta que se pasa el momento de usar la minifalda, el pantalón pegado o la chamarra de Mick Jagger y hay que regalar todo, porque hacer el ridículo escuece.

Ahora mismo estoy a punto de tomar una decisión sobre un montón de faldas. O las uso ahora o las regalo. Ocupan espacio y llevo más de un año sin ponérmelas. Debería usarlas, ser como cualquiera de las mujeres que pasan ante la ventana ahora mismo. Ayer me mostraron un libro de Clarice Lispector en el que pude leer sus opiniones acerca de esto. Ella sí se arreglaba. Usaba perfume, se pintaba las uñas, todo eso. Virginia Woolf era muy elegante. En cambio, los zapatones de Gabriela Mistral me parecen horrendos. Le daban un aire de monja extraviada. Apuesto a que eran comodísimos.

http://www.jornada.unam.mx/2011/10/30/sem-veronica.html

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Comer de más y morir por gusto

En medio de la lucha contra la obesidad, surge un lugar donde la grasa no tiene freno

Domingo 23 de octubre de 2011 TEXTO J. JAIME HERNÁNDEZ • CORRESPONSAL | El Universal

WASHINGTON.— La apertura, el viernes pasado, de una nueva sucursal en Las Vegas, la “ciudad del pecado”, le ha impreso cierto aire de complicidad malsana, en tiempos en que la cruzada contra la comida chatarra y la obesidad en Estados Unidos se ha convertido en una de las más difíciles batallas de la administración de Barack Obama.

Una lucha que, a pesar de los denodados esfuerzos de Michelle Obama, la primera dama y “comandante en jefe” de la comida sana, sigue cosechando serios reveses, mientras Estados Unidos se mantiene como el país con más obeso en el mundo y la cultura popular le sigue rindiendo pleitesía a la industria de la comida rápida.

Por eso, la apertura de la nueva sucursal de The Heart Attack Grill (La Parrilla del Ataque al Corazón) tiene aires de provocación y reivindicación. Desde que abrió sus puertas, en 2005, la franquicia se ha convertido en centro de peregrinaje obligado para todos aquellos que aman las grasas saturadas y las hamburguesas, un platillo que ha figurado en los menús de comida estadounidense desde el siglo XIX y que, a pesar de los intentos por desterrarlo de una dieta sana, se mantiene como un icono de la cultura estadounidense.

Pero, además, es un recurso cada vez más socorrido entre ese ejército de ciudadanos estadounidenses empobrecidos por una recesión que se resiste a batirse en retirada.

Una fórmula de peso

La fórmula detrás de esta franquicia de restaurantes de hamburguesas, en donde mujeres curvilíneas vestidas como enfermeras recetan a sus “pacientes” hamburguesas de varios pisos de carne —que llevan nombres como triple o cuádruple bypass—, con papas que fríen en un caldo viscoso de grasa saturada y malteadas hechas a base de leche entera y chocolate, ha sido todo un fenómeno, difícil de entender en un país donde más de dos tercios de la población sufre de exceso de peso u obesidad y donde las principales causas de muerte son las enfermedades cardiovasculares y el cáncer.

“La obesidad es uno de los problemas más graves para la salud de este país. Y a pesar de ello, la comida chatarra sigue siendo una de los sectores más prósperos porque, bajo el actual contexto de crisis, la comida rápida es el recurso más socorrido para llegar a fin de mes y equilibrar el presupuesto”, aseguró Héctor Álvarez, doctor en ciencias médicas y especialista en cáncer que desarrolló parte de sus investigaciones médicas en la Universidad John Hopkins.

“La dieta de The Heart Attack Grill no es para cualquiera”, advierte el mensaje telefónico del restaurante. “Efectos adverso s pueden incluir súbito aumento de peso, aumento de la talla, dolor de espalda, aumento de los pechos, pérdida de ligues y encuentros sex uales, cáncer de pulmón, debilitamiento de dientes, esclerosis de hígado, ataque al corazón y dificultades para verte el pene”, añade el reclamo publicitario, que recurre a la exitosa sicología invertida, en un intento, exitoso, por atraer la atención de aquellos que sucumben fácilmente a la glotonería.

Pero también de quienes desean abandonar, aunque sea por un día, la férrea disciplina de los hábitos saludables mientras disfrutan de hamburguesas que suponen la ingesta de hasta 8 mil calorías por plato.

La primera sucursal de The Heart Attack Grill abrió sus puertas cerca de Phoenix, Arizona, en 2005. Desde entonces, esta cadena ha sido objeto de continuas críticas, ataques y protestas, pero también se ha convertido en lugar de visita obligado para clientes adictos a la grasa, a las frituras y la glotonería sin fronteras.

Para algunos analistas, el fenómeno de The Heart Attack Grill es producto de las contradicciones de un país donde la defensa de la libertad a ultranza (incluida la de atiborrarse de grasas saturadas) choca con las normas y regulaciones que han llegado con el desembarco de la alimentación sana que promueve la administración Obama.

El avance de toda una industria de productos orgánicos y una batería de regulaciones contra las grasas saturadas en todo el país han convertido al restaurante de The Heart Attack Grill en uno de los últimos reductos para aquellos gordos que insisten en rebelarse contra el imperio creciente de los buenos hábitos y la comida sana.

http://www.eluniversal.com.mx/internacional/74849.html

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La fiesta de los difuntos cobra nueva vida en EU

El crecimiento de la inmigración mexicana ha impulsado la celebración precolombina entre los hispanos e incluso en grupos artísticos de otras comunidades

POPULAR. Una calaverita hecha a imagen de la fallecida estrella Marilyn Monroe destaca en la tienda Masks y Más, en Albuquerque (Foto: JAKE SCHOELLKOPF AP )

ALBUQUERQUE.— Durante su infancia en el sur de Texas, Kiko Torres veía el Día de Muertos como un festejo sombrío, que se realizaba en el sur de México.

Poca gente hablaba de él en esta pequeña comunidad mexicano-estadounidense, predominantemente católica. De todos modos, Torres se sintió fascinado con el arte folclórico y las ceremonias del Día de los Muertos que observó cuando acompañó a su padre en viajes de investigación a México.

Esas imágenes de esqueletos que bailan y esa forma de honrar a los muertos no eran comprendidos en Estados Unidos, según él. “La gente pensaba que era algo maligno, que daba miedo” relata Torres.

Pero las cosas han cambiado. En la última década, este tradicional festejo mexicano de origen indígena ha ganado popularidad en Estados Unidos, a medida que crece la inmigración mexicana. En la actualidad, muchos estadounidenses de origen hispano conmemoran la fecha y varios grupos artísticos no hispanos organizan celebraciones, desfiles, muestras e incluso recorridos en motocicleta y funciones de artes marciales el 1 y 2 de noviembre.

En Houston, algunos artistas festejan el Día de los Astros de Rock Muertos y erigen altares para homenajear a figuras como Joey Ramone, Johnny Cash y El Marvin Gaye.

Diversos centros comunitarios de Los Ángeles construyen altares para personajes como el finado astro de hip-hop Tupac Shakur y para la pintora mexicana Frida Kahlo. “Está en todos lados ahora”, afirma Carlos Hernández, un artista de Houston, de 49 años, que lanzó el festejo del Día de los Astros de Rock Muertos. “Puedes conseguir cosas alusivas al Día de los Muertos hasta en Wal-Mart”.

En el Día de los Muertos se rinde homenaje a las almas de los seres queridos muertos que regresan por unas horas a la Tierra. En cementerios o en altares fabricados especialmente se colocan fotos de los difuntos alrededor de figuras de esqueletos, coloridas decoraciones, velas, convites y las comidas preferidas de los que se han ido.

El festejo es de origen precolombino, pero ha incorporado muchas prácticas indígenas y católicas. El Día de Muertos se celebra en Guatemala, Brasil y Ecuador también, pero es en México donde tiene mayor envergadura.

Los panaderos cocinan calaveras de azúcar, el “pan de los muertos”, y se preparan adornos que son colgados de los altares. Algunas familias realizan vigilias nocturnas en los cementerios.

Las decoraciones con frecuencia giran en torno a imágenes de La Catrina, el esqueleto de una mujer de clase alta popularizada por una litografía del artista mexicano José Guadalupe Posada. Generalmente se la ve en fotos o en estatuas de papel maché junto a otros esqueletos en situaciones de la vida diaria, como partidos de futbol, bailes o bodas. “Es la mercadería más vendida”, dijo Torres, de 35 años y propietario de Masks y Más, un negocio de Albuquerque que vende arte y ropa relacionados con el Día de los Muertos todo el año.

Bendiciones, música y poesía

El Centro Nacional de Cultura Hispana de Albuquerque realiza un festejo anual del Día de los Muertos del 17 de octubre al 8 de noviembre en el que participan muchos artistas de Masks y Más. Las ofrendas de la comunidad incluyen bendiciones, música en vivo y poesías. El centro también exhibe un altar de la novelista chicana Sandra Cisneros dedicado a su madre.

Albuquerque es, además, sede de un desfile anual en el que la gente luce prendas alusivas al Día de los Muertos y realiza un maratón y una carrera de motocicletas. Los festejos no se limitan al sudoeste del país. En el este, el Museo Peabody de Arqueología y Etnología de la Universidad de Harvard tiene un altar del Día de los Muertos en exhibición permanente y ofrece clases de arte sobre el Día de los Muertos.

Y el Consejo Artístico de Brooklyn, en Nueva York, puso en marcha hace poco un proyecto educativo relacionado con el Día de los Muertos, que dura todo el año y busca dar a conocer rituales sobre el luto y formas de recordar a los muertos. La creciente población mexicana y su influencia cada vez mayor en la cultura estadounidense es una de las razones de que el Día de los Muertos gane popularidad.

Cambio de actitud

Esa popularidad, no obstante, obedece también a un cambio de actitud frente a la muerte, que incluye manifestaciones de luto y homenajes a los fallecidos más públicos, ya sea a través de internet o con homenajes con flores en una acera. “Creo que todo tiene un poco que ver con el 11 de septiembre”, comentó el artista de Albuquerque Kenny Chávez. “Quisimos cambiar nuestra forma de ver la muerte. El Día de los Muertos nos permite hablar de ellos”.

De todos modos, según Chávez, quienes no están familiarizados con los festejos a veces se quedan petrificados al ver las imágenes del Día de la Muerte. “Tenemos gente que vino al negocio y preguntó si esto era una forma de adorar al diablo o tenía que ver con las ciencias ocultas”, expresó Chávez, quien trabaja en Masks y Más.

El Día de Muertos se ha convertido en un negocio que va más allá de las celebraciones anuales. Torres dice que Masks y Más incorporan bordados alusivos a esa fecha en pantalones cortos y guantes de practicantes de artes marciales. “No damos abasto con la demanda”, aseguró. Torres indicó que artistas blancos e indígenas nativos también están creando obras en torno al Día de Muertos. “Es cuestión de entender lo que representa el día”, señaló.

“Pueden intentarlo a través del arte”. A medida que el Día de los Muertos gana popularidad, hay quienes creen que se está perdiendo el significado espiritual del festejo. Oaxaca, localidad mexicana donde el Día de los Muertos es uno de los feriados más importantes del año, está siendo invadida por turistas estadounidenses y europeos que colman los cementerios para tomar fotos de lugareños que oran por sus seres queridos. Numerosos comerciantes compran objetos baratos y los venden a precios mucho más altos a negocios finos de EU.

Oscar Lozoya, fotógrafo de Albuquerque que ha tomado fotos artísticas de La Catrina, dice que mucha gente está usando el festejo como una excusa para armar fiestas y disfrazarse con esqueletos. “Cuanta más gente se informe, más se aprenderá el verdadero significado”, explica.

http://www.eluniversal.com.mx/internacional/74947.html

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El miedo como
instrumento de presión

Xabier F. Coronado

El miedo puede llevar a los
hombres a cualquier extremo

George B. Shaw

El miedo es una de esas sensaciones incómodas que todos sentimos y que compartimos con la mayoría del mundo animal. El miedo y el temor, con sus variantes de angustia, fobias y demás dispersiones psíquicas, están siempre presentes en nuestra existencia y, de manera directa o indirecta, todos padecemos sus consecuencias en la vida diaria.

A nivel de especie, el miedo básico puede ser provechoso y tanto antropólogos como psicólogos piensan que es un mecanismo natural evolutivo. Aseguran que la tensión de alerta causada por el miedo es necesaria para vivir, superar los peligros reales y nos ayuda a defendernos de nuestra angustia. El miedo que entona, que impele a actuar y buscar respuestas, sirve para dominar esas situaciones que nos causan temor y aprehenderlas.

Pero hay otro tipo de miedo, el que paraliza, el que nos hace retraernos y nos impide reaccionar para superar sus causas. Este otro miedo es el que puede ser manipulado para dominar a otros. A nivel colectivo, los poderes fácticos que gobiernan nuestra sociedad utilizan el miedo para someter a los individuos y mantenerlos en un estado de bloqueo que limite su acción y sus criterios. En la historia de la humanidad, la utilización política y religiosa del miedo está bien documentada. Ese miedo colectivo nos mueve a actuar de manera condicionada o a aceptar situaciones impuestas por temor a rechazarlas ¿Quién nos inculcó el popular “ni modo”? Quien lo haya hecho consiguió la perpetuación de la desigualdad, la injusticia y la falta de solidaridad ante el temor mezquino de que si actuamos las cosas podrían empeorar para nosotros.

Miedo, temor, angustia, neurosis y otros sustos

El miedo es la emoción más primitiva y
más fuerte del género humano
H. P. Lovecraft

¿Miedo o temor? En el diccionario de María Moliner se define el temor como un “miedo moderado” y su explicación coincide con la definición de “miedo” que nos propone el diccionario de la academia de la lengua (DRAE): “Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario.” Este mismo diccionario define el temor como “pasión del ánimo que hace huir o rehusar las cosas que se consideran dañosas, arriesgadas o peligrosas”. En este trabajo vamos a unificarlos y entenderlos como un solo concepto que implica la perturbación y la reacción.

La palabra miedo procede del latín metus, sus antecedentes griegos son fobos y deos. El primero fue utilizado hasta Homero para describir la huida en batalla, su símbolo estaba presente en los escudos de la diosa Atenea y del rey Agamenón en la Ilíada. Según la mitología, Fobo es hijo de Ares, el guerrero supremo, y lo acompaña en la batalla para hacer huir a sus enemigos. Posteriormente, Aristóteles ya utiliza el término fobos para referirse al miedo, que en sus obras define como un pathos (emoción) de la psique (alma). Platón es quien utiliza deos (temor) como término contrario a la valentía en uno de sus diálogos (Laques).

Para los psicólogos, el miedo es una emoción, un mecanismo de defensa natural ante estímulos que pueden ser “intensos, novedosos, característicos de peligros especiales de significado evolutivo y estímulos procedentes de interacciones sociales entre congéneres”. (Gray, Jeffrey a, La psicología del miedo.) El miedo es básico o racional cuando la amenaza de peligro es real, pero también sentimos miedos irracionales provocados por la angustia y la imaginación. El miedo se manifiesta a través de reacciones fisiológicas relacionadas con los sistemas nervioso y endócrino (sudoración, palidez, aceleración del pulso, etcétera). Estos cambios movilizan una serie de recursos, como la segregación de hormonas (adrenalina y noradrenalina) y la activación muscular preparándonos para el ataque o la huida. También puede provocarnos paralización, bloqueo físico y mental, que se traduce en conductas de indolencia o de sumisión frente al peligro o el dominio.

Podemos decir que los humanos sentimos miedo cada vez que enfrentamos una situación nueva, algo frecuente a lo largo de la vida, sobre todo en la niñez, y de nuestra reacción depende el aprender a manejarla para poder superarnos. Pero esto no ocurre siempre así; esos miedos racionales se pueden transformar en miedos neuróticos que son más complejos y a veces no están ligados a un origen real. Los miedos irracionales generan depresión, ansiedad, fobias, manías y en casos extremos paranoia. Habitualmente tienen su causa en las interrelaciones sociales y a veces se vuelven permanentes en nuestra vida (miedos crónicos) con pocas posibilidades de superación.

Todas estas variantes se diferencian del miedo básico en que éste se refiere a sentimientos de temor ante peligros evidentes que provocan una reacción de protección; en cambio, los derivados neuróticos del miedo se relacionan con sentimientos de temor de origen incierto que producen aislamiento.

La angustia –término muy utilizado en el psicoanálisis– es un temor opresivo, sin causa precisa, que origina aflicción, congoja o ansiedad y hasta sufrimiento o dolor. En el sentido y uso común, la angustia se hace equivalente a la ansiedad extrema y al miedo. Otros conceptos relacionados son: el terror, un miedo extremo ante alguna fatalidad o evento catastrófico; el susto y el sobresalto, que se producen por un acontecimiento imprevisto y generan un temor repentino; y el pánico, que es la respuesta a un miedo intenso.

Las consecuencias del miedo son muy diversas; van desde superación y aprendizaje, hasta pérdida de voluntad y sometimiento. Una exposición continuada a los estímulos que causan miedo puede generar cambios en la conducta y en el funcionamiento mental y fisiológico de las personas.

El miedo, además de poder ser real o imaginario, se sufre de manera individual o colectiva. Las reacciones descritas cuando son experimentadas en grupo se potencian. En consecuencia, si la respuesta es de superación o defensa, pueden generar movimientos revolucionarios o de resistencia social; pero si la reacción es de bloqueo, puede dar lugar a una caterva de individuos sometidos y atemorizados. Un tema relevante de nuestro tiempo es la inducción al temor como modelo social que disgrega, paraliza y subyuga.

El sometimiento por el miedo y la cultura del terror

Educar por métodos basados en el temor, la fuerza y la autoridad destruye la sinceridad y la confianza, y sólo se consigue una falsa sumisión
Albert Einstein

Thomas Hobbes (Leviatán, 1651) fue uno de los primeros pensadores en relacionar el temor con la organización política y la construcción del Estado. En la actualidad, la utilización del miedo como instrumento de sumisión desarrolla una metodología sofisticada con el objetivo de intimidar a los pueblos y manejar sus reacciones ante estímulos de temor inducido. La aplicación social de esta teoría recomienda la provocación de situaciones traumáticas violentas (asesinatos, desapariciones, torturas, etcétera) para someter grupos sociales problemáticos. Este procedimiento fue utilizado por las dictaduras militares en Latinoamérica durante el pasado siglo. Los especialistas en métodos de tortura llegaron a la conclusión de que sólo en estado de crisis mental provocado por temor físico, el individuo entra en una situación de tal vulnerabilidad que lo hace perfectamente manipulable.

La historia está llena de ejemplos de sometimiento por el miedo con fines políticos, económicos o sociales. En muchas ocasiones el manejo es tan sutil que es difícil darse cuenta cuando se está produciendo. Tenemos reciente el recuerdo de cómo padecimos en Ciudad de México un “ensayo apocalíptico” en forma de epidemia sanitaria, compartimos el miedo colectivo y nos quedaron grabadas imágenes que eran consecuencia de ese pánico: el sistema de transportes utilizado por fantasmas con tapabocas y guantes, o el milagro de una ciudad sin tránsito vehicular. Meses después pudimos deducir que en ese simulacro hubo segundas oscuras intenciones de tipo económico.

Una premisa de la teoría del sometimiento por el miedo, que los gobiernos aplican con precisión, es que se deben aprovechar los momentos de contingencia motivados por una catástrofe o peligros provocados, para imponer medidas de control y subordinación que en circunstancias normales serían rechazadas por la población.

El temor, difundido por el poder gracias al control de los medios de comunicación, es un arma efectiva utilizada en beneficio propio y en contra de los individuos. El miedo impuesto invade todas las capas de la sociedad hasta instalarse en el inconsciente colectivo presto a actuar al servicio de intereses creados. El miedo se convierte en pánico y en terror; así se instaura en la sociedad la cultura del terror.

A lo largo de la historia, los regímenes totalitarios e imperialistas han basado su dominio imponiendo la cultura del terror a través de una estrategia fundada en el miedo que subyace a la violencia y la coerción. Son habituales las campañas en contra de opositores al sistema establecido que representan “un peligro” para la nación. Este componente de crear temor unido a una política educativa que mantenga en la ignorancia a la población crea un binomio casi infalible para perpetuarse en el poder.

En la actualidad el miedo es uno de los factores más utilizado en la política internacional para satisfacer los intereses económicos y políticos de las naciones más poderosas. Las consecuencias son casi siempre las que proclamaban querer evitar: millares de muertos y desaparecidos, incalculables daños colaterales, millones de desplazados, hambre y miseria, entre otras calamidades. La cultura del terror se implantó en nuestro siglo a raíz de la llamada guerra contra el terrorismo, articulada por EU y sus socios europeos. Legitimados por una ONU manipulada e ineficaz, transgreden con impunidad el derecho internacional (detenciones ilegales en cárceles clandestinas, invasiones de países soberanos con objetivos encubiertos) y pisotean los derechos humanos, todo llevado a cabo por su brazo ejecutor, la OTAN, un organismo militar que mantiene el control del planeta desde su creación después de la segunda guerra mundial, “para resguardar la paz y la estabilidad”.

Los ejemplos de este mecanismo de actuación, consecuencia de una estrategia funesta y cruel aplicada por el verdadero “eje del mal”, se suceden en un escenario global acelerado. Las crisis económicas continuadas, los conflictos políticos inducidos, las guerras, el control policíaco-militar, el narcotráfico, la violencia y la corrupción generalizadas, la inseguridad y la impunidad, copan nuestra existencia diaria, son realidades impuestas, justificadas por unos medios de comunicación al servicio de la cultura del terror. La situación mundial rezuma tanta violencia que trae como consecuencia miedo y temor individual, pánico y terror colectivo.

Pasar a la acción

Las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas
ha sido inyectado el veneno del miedo… del miedo al cambio
Octavio Paz

Todos padecemos esta situación pero casi nadie dice o hace nada; a los pocos que actúan o alzan la voz denunciando la realidad del sometimiento se les elimina de una u otra manera. Estamos paralizados por este miedo que nos tiene enganchados y del que nos dan nuestra dosis diaria, para mantenernos en esa apatía temerosa que domina y mediatiza nuestra vida cotidiana.

La cultura del miedo es inherente al autoritarismo, es el arma intimidatoria que nos mantiene secuestrados en una realidad que nos supera. Todos contribuimos para que el escenario impuesto se perpetúe, la realidad que vivimos es reflejo de lo que somos –la mordida persiste porque nos mochamos.

¿Es posible cambiar? ¿Hay salidas? Sin duda tienen que existir posibilidades de despertar de este mal sueño; hay quien dice que las mejores vacunas son la razón y el pensamiento libre. Pero creo que para conseguirlo se ha de pasar, indefectiblemente, por el cambio a nivel personal. El campo de batalla está en uno mismo; es ahí donde debemos empezar a actuar. En estos tiempos, la revolución comienza a nivel personal.

http://www.jornada.unam.mx/2011/10/30/sem-xabier.html

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