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Síndrome de Hybris

Carmen Aristegui F.

7 Oct. 11

Esta semana vio la luz el Índice de Desarrollo Democrático de América Latina 2011 que realiza la consultora Poli Lat y la fundación Konrad Adenauer. No hay, precisamente, buenas noticias porque no se identifican mejorías en la calidad institucional ni en los indicadores de democracia para la ciudadanía en lo general. Aunque hay algunos avances en lo general hay retrocesos y acechanzas. Entre las principales: “…la inseguridad y el narcotráfico”. Destaca el “…severo llamado de atención para una dirigencia latinoamericana que parece más concentrada en los mecanismos espurios de retención del poder obtenido, que en alcanzar los objetivos de desarrollo del milenio”. Este último fenómeno hizo recordar a Jorge Arias, director de Poli Lat, el extraordinario libro del médico y político inglés David Owen: En el poder y en la enfermedad (Ed. Siruela), que describe el llamado “Síndrome de Hybris”, un padecimiento derivado del ejercicio de poder. “Para Owen, la relación entre la enfermedad y la política es estrecha y puede ser fundamental en la toma de decisiones de los políticos. Libro fascinante donde se revisan los casos clínicos de las grandes figuras del poder en el mundo: Lincoln, Kennedy, Churchill, Thatcher, etcétera, y de cómo sus padecimientos y males influyeron en la toma de sus grandes decisiones. De Kennedy dice, por ejemplo, que padeció desde niño el mal de Addison y lo mantuvo siempre en secreto. Su tratamiento incluía esteroides que, al combinarlos con testosterona y las anfetaminas que ingería, lo habrían conducido a una probable adicción al sexo. A partir de este cuadro clínico Owen afirma que Kennedy estaba en muy malas condiciones para tomar decisiones”.

Coincidentemente, este mismo libro me fue obsequiado, hace algunos meses, por un buen amigo que con ello quería acompañarme durante la crisis que me hizo salir del programa matutino de MVS y después regresar en un singular capítulo producido por haberme atrevido a preguntar acerca del estado de salud del actual mandatario.

Owen fue ministro de Sanidad (1974-1976) y canciller de su país (1977-1979) además de ser un connotado médico neurólogo. Desarrolló la tesis sobre el “Síndrome de Hybris” como un trastocamiento de personalidad cuyos síntomas serían la falta de atención, aislamiento e incapacidad para escuchar a cercanos o a expertos. Quienes lo padecen “se encapsulan y hablan en nombre de la nación, tienen una confianza desbordante y se recluyen en sí mismos”. Eso aumenta, notablemente, las posibilidades de tomar malas decisiones. Aunque hay debate al respecto, el autor sostiene que -al igual que el trastorno narcisista- esto también debe ser reconocido como una enfermedad.

En el caso del “Síndrome de Hybris” -palabra usada por los griegos para referirse al héroe que al alcanzar la victoria se embriaga de poder y se empieza a ver como un Dios capaz de realizar cualquier cosa- no hay que desestimar la alerta de los expertos que analizan el estado de nuestras democracias. La definición de Owen se puede leer en las páginas 19 y 20 de su libro:

“La medida en que la enfermedad puede afectar a los procesos de gobierno y a la toma de decisiones de los dirigentes, engendrando locura en el sentido de estupidez, obstinación o irreflexión, es un tema con el que me enfrenté de forma muy directa en una serie de ocasiones después de ser nombrado ministro de Asuntos Exteriores y me ha interesado desde entonces. Me fascinaban también aquellos líderes que no estaban enfermos y cuyas facultades cognitivas funcionaban correctamente pero desarrollaron lo que he venido a describir como ‘Síndrome de Hybris’. Los actos de hybris son mucho más habituales en los jefes de Estado y de Gobierno, sean democráticos o no, de lo que a menudo se percibe; la hybris es un elemento fundamental de la definición de insensatez que ofrece Tuchman: ‘una perversa persistencia en una política demostrablemente inviable o contraproducente’. Y prosigue: ‘La estupidez, la fuente del autoengaño, es un factor que desempeña un papel notablemente grande en el gobierno. Consiste en evaluar una situación en términos de ideas fijas preconcebidas mientras se ignora o rechaza todo signo contrario (…) por lo tanto, la negativa a sacar provecho de la experiencia’. Una característica de la hybris es la incapacidad para cambiar de dirección porque ello supondría admitir que se ha cometido un error”. Aceptar el error para quien padece el Síndrome puede resultar insoportable y de ahí el empecinamiento.

http://www.reforma.com/editoriales/nacional/628/1254764/default.shtm

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La misión es involucrarnos

Michael Moore

Página 12

Nueva York tiene ocho millones de habitantes; un millón vive en la pobreza. Es una vergüenza. Y, sin embargo, el sistema no se detiene aquí. No importa cuánta vergüenza podamos sentir; la maquinaria va hacia adelante, para hacer más dinero. Nuevas maneras de trampear con las jubilaciones; de robar aún más. Pero algo está sucediendo en Liberty Plaza.

Estuve en Liberty Plaza para realizar un par de notas. Y volveré. ¿Sabías? Están haciendo un gran trabajo ahí. Y están recibiendo aún más apoyo. La otra noche, el sindicato de empleados de transportes –los conductores de ómnibus, los conductores de la metropolitana– votaron con entusiasmo para mantener la protesta. Hace tres días, 700 pilotos de línea –sobre todo de United y Continental– marcharon por Wall Street. No sé si hubo alguna forma de ver esto en televisión. Sé cómo estuvo la cobertura aquí; se mostró a unos pocos hippies que tocaban sus tambores –las cosas típicas que buscan los diarios–. Por favor: ¡que Dios bendiga a los hippies que tocan sus tambores! Pero es la razón por la que “ellos” quieren que se vea sólo esto. Y ahora yo les digo lo que vi en aquella plaza. Vi jóvenes, vi ancianos, vi gente de todo tipo y de todos los colores y todas la religiones. Vi también a la gente que vota por Ron Paul (el candidato presidencial ultraconservador que quiere abolir el Banco Central). Quiero decir, era un grupo de gente de todo tipo. Estaban los enfermeros en esa plaza. Estaban los maestros en esa plaza. Gente de todo tipo.

Hoy martes habrá una nueva manifestación: también los conductores de ómnibus y de la metropolitana marcharán por Wall Street. Oí decir que la UAW (el sindicato de los obreros del automóvil) está pensando en algo parecido. Piensen, su peor pesadilla se convierte en realidad. ¡Los hippies y los obreros del automóvil que marchan juntos! La gente entendió. Y toda esta historia sobre las divisiones internas y esto y lo otro: a la gente no le importa más. Porque esta vez se trata de sus propios hijos que corren el riesgo de no poder ir más a la escuela. Esta vez se corre el riesgo de quedarse sin techo. Esto es lo que en verdad está en juego.

Pero lo que me parece más extraño y bizarro, de los ricos, es cómo habían decidido excederse tanto. Quiero decir: les iba todo muy bien. No, para ellos no era bastante. Para los nuevos ricos no era bastante. Los nuevos ricos que no hicieron su fortuna gracias a una buena idea. Ni a un invento. Ni con su sudor. Ni con su trabajo. Los nuevos ricos que se enriquecieron con el dinero de los otros; con el que jugaron como si fuesen al casino. Dinero más dinero. Y ahora nos encontramos con una generación de jóvenes para los que los héroes a los que emular son aquellos de los canales de televisión de negocios: aquellos que se enriquecieron haciendo dinero sobre aquellos que hacen dinero.

Pero, ¿cuánta necesidad tendremos de jóvenes que se pongan a trabajar para salvar a este planeta? Para encontrar la cura a todos estos males. Para encontrar una manera de llevar agua y servicios higiénicos a los millares de personas sobre esta tierra que no los tienen.

Esto es lo que querría. Que en lugar de que las 400 personas más ricas de este país tengan más riqueza, sean los 150 millones de estadounidenses todos juntos los que estén mejor. Dirán, es una de esas cifras que Michael Moore tira por ahí. Pero es una estadística cierta: verificada por Forbes y por PolitiFact. ¡Las 400 personas más ricas de este país, son más ricos que los 150 millones todos juntos! Pero esto no se puede llamar democracia. La democracia implica una suerte de igualdad: yo no digo que cada pedazo de la torta debe ser de la misma medida, pero ¿no nos fuimos mucho más allá?

Ahora está esta buena noticia. Porque hasta que alguno desafíe a nuestra democracia –mientras que la Constitución se mantenga intacta–, querrá decir que cada uno de nosotros tendrá el mismo derecho de voto que los señores de Wall Street: un voto por persona. Y ellos podrán comprar a todos los candidatos que quieran; pero su mano guiará a nuestra mano cuando estemos en el cuarto oscuro. El mensaje de gritar fuerte es hacer llegar a los millones de personas que se dieron por vencidas –o que fueron convencidas por ignorancia–. Lograremos hacer llegar nuestro mensaje que para aquellos 400 será la peor de las pesadillas. Porque lo único que saben hacer bien son las cuentas. Nosotros somos muchos más que ellos. Depende sólo de nosotros. Basta de despertarse a la mañana y decir “Ok”. Ahora basta. Decidí involucrarme. Esta ahora es nuestra misión, involucrarnos. Por eso les digo: apoyen la protesta de Liberty Plaza.

* Durante la presentación del último libro de Moore en ST. Mark’s Bookstore.

Traducción: Celita Doyhambéhère.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/subnotas/178131-55960-2011-10-04.html

rCR

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=136924&titular=la-misi%F3n-es-involucrarnos-

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