Los dientes de mi padre
Rafael Pérez Gay
EL UNIVERSAL
Freud dejó correr ríos de tinta para demostrar que la sombra de los padres persigue a los hijos durante toda la vida. Uno de los temas de las extraordinarias ficciones narrativas del doctor de Viena se concentra en el hecho de que los padres adoran y fastidian a sus hijos. Esta tuerca freudiana dio otra vuelta la tarde en que conversaba con mi hermano. Mientras intentábamos reconstruir no sé que escenario público, él le dio una mordida voraz a una quesadilla, entonces un puente de tres molares y un premolar dejó de cumplir el trabajo de comunicación entre las piezas dentales.
—Los dientes son una monserga —le dije. —Es un mensaje de nuestro padre que quiere decirnos algo desde el más allá.
—No jodas —me dijo mientras intentaba sin éxito regresar el puente al lugar en el cual lo pusieron los ingenieros dentales. —Se vino abajo este puente —me dijo con una pieza larga, como un vagón de tren, en la palma de la mano.
Dije algo que no supe por qué dije:
—La primer película que vi en el cine fue “El puente sobre el río Quay”. Me llevó papá al Palacio Chino en 1964. Los ingleses pasaron trabajos indecibles para levantar ese puente.
Y eso qué se inconformó mi hermano.
—Nada —me disculpé—, lo decía por los puentes y los padres. —Si no es una señal de papá entonces es una repetición del padre —rematé sin confesar que en el fondo creía de verdad en esa leyenda.
Ambos conocíamos la historia de los dientes de mi padre. El tiempo cumplía en él la devastación de los años. Un día nos enseñaba un colmillo entre el dedo índice y pulgar. Mi madre se escandalizaba. Otro día un premolar. Nunca tuvo dolor. Le rogamos que fuera al dentista, pero siempre puso pretextos impostergables para evitar el consultorio. Mi padre siempre postergaba las cosas, le apasionaba posponer aunque en el fondo eso le trajera angustia y desesperación.
Una mañana nos mostró el diente superior frontal. Se lo sacó de la boca como si acabara de suceder el desprendimiento. Mi madre le reveló la verdad:
—Estás chimuelo.
No fue al dentista. Aceptó sin sublevaciones su nueva condición. Se tapaba la boca con la palma de la mano cuando reía, y no reía poco. Mi padre logró algo mucho más difícil que sentarse en los sillones del dentista, entrenó al labio superior para que, como los telones del teatro, subiera y bajara sólo cuando él diera la orden. Aún así, se notaba que estaba chimuelo.
En una reunión de familia, entre el ruido y los gritos con que intentan conversar todas las familias del mundo, vi la boca de mi padre y noté que donde antes se veía un espacio oscuro brillaba algo blanco. Le pregunté si se había decidido al final a pasar por el sillón del dentista. Me miró a los ojos, se llevó los dedos índice y pulgar a la boca y trajo de la cavidad un botón. Sí, un botón de nácar con solamente dos hoyos para que el hilo pasara por esas oquedades.
Me había engañado y a él el engaño lo ponía feliz. El botón se acomodaba a la perfección entre los otros dientes. Si uno se acercaba durante la siesta veía el botón en el buró. Lo usaba sólo para las grandes ocasiones: fiestas familiares, cumpleaños de sus hijos, en fin. Un día me contó sombrío, dominado por la pesadumbre:
—Me tragué el botón mientras comía bolillo.
—Ve al dentista.
Yo tenía recursos como para pagarle un dentista a mi padre:
—Ve al dentista —yo lo invito.
El botón de nácar quedó en el pasado y mi padre siguió su camino rumbo a la dentición infantil, pero los dientes no crecen tres veces en nuestra boca.
Estábamos tomando café en su casa cuando entró un hombre con una compresora. Su aspecto recordaba a los plomeros de mi infancia, el overol de mezclilla, la caja de herramientas. Mi padre lo detuvo con un ademán histriónico y me dijo:
—Te presento a Jerónimo, mi dentista. Atiende a domicilio.
Salí de la casa de mis padres como alma que lleva el diablo. Jerónimo le diseñó algunas piezas dentales no sin cierto talento. Durante un tiempo, mi padre lució una dentadura espectacular, rejuveneció y es probable que el primer resultado de sus dientes nuevos haya sido el amor de una mujer. La zona de desastre que fue su boca se había convertido en un espacio de piezas bien dispuestas. Mis temores a la infección provocada por los instrumentos que pude ver en la caja de metal fueron infundados.
Al poco tiempo, mientras mi padre comía una quesadilla perdió una pieza. En los días siguientes los dientes postizos se desprendieron uno tras otro y papá volvió a ser chimuelo, más que antes.
Después de recordar esta historia, le dije a mi hermano:
—La sombra del padre, lo dijo Freud. O un mensaje del más allá.
—Las dos cosas —me respondió.
Por cierto, siento algo flojo del lado izquierdo, arriba. Uta.
Twitter: @RPérezGay
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