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Archivar como 23 diciembre 2011

Feliz navidad y un prospero año 2012, para cada uno de ustedes que nos han seguido durante este año.

 

¡Nos vamos de vacaciones!

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Turrones

Juan Villoro
23 Dic. 11

Recibí un turrón y sospeché de inmediato que había pasado por otras manos. No me refiero a las personas que lo produjeron, sino a un efímero propietario anterior.

El empaque tenía la atractiva y resistente presentación de los productos artesanales que se pueden apilar sin que les pase nada; no había señas de maltrato y la fecha de caducidad estaba más en orden que la de mi licencia de manejo. Además, el regalo venía de Vic Glutamato, amigo que sólo ofrece lo mejor. Pero algo vibraba en esa caja.

Releo la frase anterior y descubro con alarma la palabra “vibraba”. ¿Es posible que un sencillo postre me regrese a una época de psicodelia y relaciones esotéricas con el cosmos en que las cosas me atraían o repelían por un sistema de ondas magnéticas que nunca supe descifrar? Pero eso fue lo que advertí: el regalo había sido antes de otra persona.

Quiso la casualidad que Vic llegara a la casa en el momento en que mi tía Antonomasia trataba de salir de ella (no podía porque su suéter de estambre se había enredado con una esfera del árbol de Navidad). Como de costumbre, Vic venía dispuesto a humillarnos con buenas noticias: no había encontrado un solo embotellamiento en el Distrito Federal. Una vez más su optimismo sugería que los demás estamos perturbados.

Por desgracia, su estado de ánimo parecía fundado; no pidió usar el baño (hubiera sido una señal inequívoca de que llevaba horas en el tráfico); lucía fresquísimo, arreglado con agraviante pulcritud (yo estaba en pants, con la cara de quien acaba de ver Halloween 13 o una película de arte iraquí); sencillamente no parecía venir del fraccionamiento al que yo llego en dos horas. Un hombre en navideña plenitud, que habita una realidad paralela a la que no tenemos acceso los neuróticos.

Antes de su llegada, Antonomasia había expresado las opiniones del polo opuesto de la humanidad. Una amiga suya olvidó que el pavo provoca sueño, se quedó dormida y se volcó en la carretera a Irapuato; otro amigo se atragantó con las ramas de los romeritos mientras cantaba O Tannenbaum y acabó el villancico en la Cruz Roja; alguien más descubrió que el bacalao tiene cada día más espinas pero, con la valentía que da el ponche, consideró que la Navidad es temporada de faquires y acabó con el esófago espinado. Y antes de eso, la tía había hablado del cambio climático, el desfalco mundial de los banqueros y la falta de credibilidad de los políticos.

La sonrisa de azúcar glass de Vic le produjo un cortocircuito semejante al que ella estaba a punto de provocar con su suéter de Chiconcuac enredado al árbol. Pronosticó que esta Navidad nos atragantaríamos con tejocotes.

Mi amigo me dio el turrón mientras la tía lograba zafarse del árbol (agregando a la decoración un par de hilachas color heno). Antonomasia me dijo con sincera angustia: “¡Le acabas de poner frenos a tu hija! ¡Es como comprar un Audi! ¡Y tus libros no se venden tanto!”; luego señaló el sólido turrón de Alicante: “¡Año Nuevo en el dentista!”.

Para cambiar de tema, Vic habló de una película excelente y una novela deslumbrante. Antonomasia lo vio con el desprecio que se le concede a los seres inferiores, incapaces de entender que la vida vale la pena por las decepciones que provoca. Informó que la película en cuestión había hecho que el turismo sexual aumentara en Tailandia. En cuanto a la novela, el autor había plagiado 25 páginas de John Irving, que tampoco es la gran cosa. Me asombra la cantidad de datos adversos que domina mi tía, como si Google se hubiera inventado para alimentar sus desacuerdos.

Vic agradeció los útiles conocimientos negativos de la tía mientras yo pensaba en las personas que antes habían sido dueñas del turrón: ¿Chacho?, ¿Frank?, ¿Ricky?, ¿Yuli?, ¿el gran Philippe?

¿Por qué pensé en esos cinco nombres? Lo que hasta ese momento me había parecido una “vibración”, es decir, una intuición más o menos chamánica, se presentó como lo que era desde el principio: una señal del inconsciente. Es molesto decirlo pero en este caso la asociación libre de ideas dependía menos de Freud que del sentimiento de culpa que el cristianismo de posada infunde en el sujeto guadalupano: ¡yo le había dado turrones a esas cinco personas! Pero no había comprado ninguno: eran regalos desplazados.

Entendí mi desconcierto de otro modo. El turrón es un bien que se disfruta sin alharaca. Nunca he oído que alguien diga: “¡Qué antojo de turrón!” o “Vamos a casa de Chacho: tiene unos turrones geniales”. Estamos ante un dulce agradable, difícil de rechazar, que define una temporada. Una golosina de calendario. Su cometido principal es el de circular. Más que un alimento es un mensaje que se antoja retransmitir. Regalar el turrón que acabas de recibir es como retuitear un saludo.

Antes de las redes sociales, la gente se mandaba azúcar en señal de paz.

A reserva de lo que diga Antonomasia, es un logro que una especie de depredadores haya inventado un dulce hecho para pasar de mano en mano, un sistema de comunicación que en ocasiones insólitas incluso se puede masticar.

http://www.reforma.com/editoriales/nacional/639/1276913/default.shtm

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México duele

Acentos

Epigmenio Ibarra

 

  • 2011-12-23•Acentos

Quiero hablar de esas familias rotas donde, a causa de esta guerra, falta esta Navidad, y faltará siempre, un hijo, una hermana, un esposo. Quiero hablar de las víctimas y sus deudos. Quiero hablar de ese México que duele.


A Javier Sicilia y a todos los que, como él,
han sufrido esta guerra en carne propia.

Que otros se ocupen de lo que sucede en los pasillos de palacio y pasen las navidades y el Año Nuevo entre apuestas y especulaciones sobre quién y cómo habrá de sentarse, el año que entra, en la silla.

Que otros se interesen por lo que ocurre en los partidos y de las intrigas y maniobras de los distintos aspirantes a los puestos de elección popular.

Que otros lleven puntual registro de los gazapos, omisiones y miserias de quienes se creen con credenciales suficientes para gobernar este país y aspiran a hacerlo como si aquí se viviera una normalidad democrática.

O bien de aquellos otros cuyas aspiraciones de poder, de continuidad en el mismo, descansan en la alteración de esa normalidad, en la ruptura de la misma.

Esos que apuestan a la propagación del odio, la discordia y el miedo. De los que utilizan la guerra como arma electoral y cuentan con que la violencia inclinará a su favor —en tanto prometen “mano dura”— la balanza electoral.

A mí, con toda franqueza, mientras se sigan perdiendo vidas a granel y el país esté erizado de fusiles, nada de esto me interesa.

A mí, mientras los jóvenes de amplias regiones del país sigan sometidos a la ley de plata o plomo y sea su futuro matar y morir, las elecciones de 2012 me tienen sin cuidado.

Como León Felipe, “ya me sé todos los cuentos”.

No me interesan las promesas, los lemas de campaña, el despliegue propagandístico de los candidatos que, porque no es rentable, para no comprometerse, no hablan de la emergencia nacional que estamos viviendo y no ponen, como primer punto de su agenda política, la guerra que está desgarrando a México.

De ese México desgarrado que no cuenta la tv; al que por desgracia nos vamos acostumbrando, pues al parecer hemos perdido nuestra capacidad de asombro ante la barbarie, quiero hablar, y de esas heridas concretas en el corazón de tantas y tantos mexicanos.

Yo quiero hablar de esas familias rotas donde, a causa de esta guerra, falta esta Navidad, y faltará siempre, un hijo, una hermana, un esposo. Y quiero hablar de quienes no saben nada del paradero de sus seres queridos. De los que un día fueron levantados y desaparecidos por unos o por otros.

Quiero hablar, parafraseando a Pedro Garfias, de esas pérdidas que dejan en el costado un hueco alado y que sumadas nos dejan, aunque no las hayamos sufrido en carne propia, una brutal sensación de abandono.

Quiero hablar de las víctimas y sus deudos. De los muertos que ya suman más de 60 mil en 5 años y de los miles de desaparecidos. Quiero hablar de los que faltan; a los que ya apunta el fusil; a los que acechan los escuadrones de la muerte, las gavillas de secuestradores.

Quiero hablar de ese México que duele. Del que no aparece en las encendidas arengas patrióticas de Felipe Calderón; en sus estridentes llamados a la unidad nacional en torno a su proyecto de guerra.

De esos a los que él y sus jefes militares asumen como “costo aceptable” de su estrategia y también de los policías y soldados que caen en combate en esta guerra absurda que no tiene perspectiva alguna de victoria.

Y no la tiene porque la droga se sigue consumiendo al norte del Bravo y nadie hace nada en Washington para atender ese monumental y endémico problema de salud pública.

Y no la tiene porque nada se hace tampoco para cortar ni las fuentes financieras ni las de aprovisionamiento logístico ni la capacidad inagotable, en tanto no se le dispute al narco la base social, de reposición de sus bajas.

Y no la tiene porque no es la violencia del Estado la que acabará con la violencia del crimen organizado. Porque la violencia corrompe, descompone a individuos e instituciones.

Porque además la guerra —algún día se abrirá la caja de pandora de la corrupción en este gobierno que agoniza— es un gigantesco negocio que nadie tiene interés en terminar.

Quiero hablar de Juan Francisco Sicilia, sus seis compañeros y los 14 jóvenes masacrados en Lomas de Salvarcar. De los dos estudiantes del Tecnológico de Monterrey, y de los 75 migrantes asesinados en San Fernando. De aquella familia en Sinaloa o de la de Tamaulipas masacrada en retenes del Ejército mexicano.

Y también de Marisela Escobedo, de Nepomuceno Morelos y de Don Trino. De los activistas por la paz, los defensores de los derechos humanos. De los que buscaban justicia y advirtieron al poder de las amenazas sufridas y ante la criminal ineficiencia y apatía del mismo fueron asesinados.

Y quiero hablar de esa facilidad con que el poder, al son del “se matan entre ellos”, expide condenas sobre las víctimas y del espanto que me produce el hecho de que amplios sectores de la población, al son del “en algo sucio andarían”, las da por buenas.

De ese dolor quiero hablar; por el quiero guiarme; hacerlo mío y de los míos para no perder ni la memoria ni la rabia.

Memoria de esos rostros que no vi pero advino en miradas como la de Sicilia. Rabia contra la barbarie de los criminales y la demagogia de quienes nos han impuesto la guerra como destino.

 

 

 

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Itacate

Guajolote

Cristina Barros y Marco Buenrostro

En estos días navideños en que está presente el guajolote, aunque se le llame pavo, resulta interesante saber que esta ave tiene connotaciones especiales para algunas culturas. El Códice Laud, documento del siglo XVI anterior a la invasión española, que corresponde a las culturas nahuas, en particular a las que se asentaron en la cuenca del río Papaloapan, tiene entre sus imágenes pintadas sobre piel de venado, la de una anciana que está haciendo una ceremonia de ofrenda frente a un perro y un guajolote. Ambos fueron animales domésticos en el México antiguo, los dos fungían como compañeros del hombre en su viaje al más allá y se vinculan con la creación. Esta cercanía se refleja en sus nombres: xolotl, el perro, y huexolotl, el guajolote.

Al guajolote se le asocia con los mantenimientos; en la imagen del Códice Laud, de sus alas salen una semilla de maíz, una de frijol y dos de calabaza, que son la base de la milpa. Para un buen número de grupos étnicos de Estados Unidos, como los anasazi y los navajo, el guajolote es considerado como el compañero de viaje que lleva los mantenimientos. Así como en el códice mexicano de las alas del ave caen las semillas, los textos navajos consignan que al abrir sus alas, el guajolote deja caer semillas de maíz, frijol y de dos tipos de calabaza, escribe Gordon Brotherson en su artículo Guajolote provee de semillas: creencias compartidas por Mesoamérica y el Suroeste de Estados Unidos.

Maximino Calleja, de la etnia mazateca, comenta que actualmente el guajolote forma parte de las ceremonias que se hacen al inicio del ciclo agrícola de la milpa. Consideran que esta ave habla varios idiomas, además de la lengua de la tierra, la milpa y del árbol, cualidad que le permite ser guía al inframundo y ayudar al diálogo entre el campesino y la tierra.

Los navajos realizan hoy día representaciones gráficas, pinturas secas; se hacen sobre el suelo, con tierras, arena, polen y otras sustancias; es clara la similitud de las representaciones de los antiguos códices mexicanos y las pinturas secas. El investigador Karl Nowotny afirma que este parecido no es coincidencia.

Resulta notable la semejanza entre las narraciones de las culturas anasazi y mazateca, y el códice y las pinturas secas. Han pasado más de 500 años desde que el Laud fue escrito, y la distancia entre estas dos áreas culturales es de más de 2 mil kilómetros. ¿Que el pavo esté presente en la Navidad en México y en Estados Unidos el Día de Acción de Gracias pudiera ser una reminiscencia de ceremonias indígenas de fin de ciclo agrícola? Dejamos la respuesta al lector.

marcri44@yahoo.com.mx

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Scrooge, otra vez

Agua de azar

Jorge F. Hernández

  • 2011-12-22•Cultura

Será una Nochebuena más, otro veinticuatro de diciembre en que intentaré olvidar la celebración cursi que obnubila la productividad del mundo.


Jacobo Marley fue mi socio y también mi amigo. A él le consta —más que a nadie— el fardo de amargura e intolerancias que he tenido que soportar sobre los cansados hombros de mi existencia y le consta, también, que me entregué ciegamente al trabajo, los horarios y la solemne disciplina del solitario bien temperado: la sagrada rutina de la abstinencia total. Jacobo Marley vaga por los cielos de la noche, desde su muerte hace siete años casi exactos envuelto en las pesadas cadenas que se hiló él mismo con sus propios pecados, la quijada amarrada con un pañuelo (con esa cortesía que le imponen a los cadáveres para que no anden desbocados por el etéreo) y con la levita ya empolvada, su camisa otrora impecable y ahora manchada con la tierra del panteón, zapatos y medias enlodados por los siglos de los siglos… Jacobo Marley me visitará hoy mismo, por la noche.

Será una Nochebuena más, otro veinticuatro de diciembre en que intentaré olvidar la celebración cursi que obnubila la productividad del mundo. Como que me llamo Ebeneezer Scrooge que intentaré a toda costa arruinarle su mísero festejo a mi mediocre empleado Tom Cratchit, un anónimo amanuense de vida chiquita que, además, sobrelleva con vergüenza el tener que alimentar a los hijos que tuvo sin conciencia. Para colmo, uno de sus hijos lisiado que llaman Tiny Tim, el de las muletas y rostro de alegría fingida tras las caras de todos sus dolores.

Será una Nochebuena más en la que insistiré en no ejercer ningún tipo de piedad o caridad. Renegaré de los imbéciles que vengan a pedirme posada o limosna, los que sugieren donativos para causas nobles y los que profesen cualquier forma de la bondad. Será una Nochebuena más —como todas las demás— en que ejerceré con estoicismo el rígido ejercicio de mi rutina callada: se trabaja hasta la hora de salida de cualquier día normal y me acurrucaré frente a la fogata para una cena de caldo hirviente, ya calzadas mis pantuflas, vestido con el camisón de dormir y mi gorro para el frío… Y llegará Jacobo Marley para recordarme que hay muertos entrañables. Llegará con el aviso de que me visitarán a lo largo de una sola noche, todas las noches posibles.

Primero llegará el fantasma de la Navidad Pasada y me llevará volando sobre las azoteas de Londres y del mundo entero para recordarme que hubo un ayer en que mi alma no había sido corrompida por los odios. Me dejará ver el dulce sabor de la inocencia de todas las navidades de mi infancia, y probar el olor de la amistad; me recordará que hubo un tiempo en que amé y fui amado, sin complicaciones ni estorbos… y que yo mismo eché a perder mis felicidades aseguradas con el cultivo de la ira y de la envidia, que me convertí en sicario de mi propia avaricia y dolosamente egoísta, autoritario e intolerante.

Llegará el fantasma de la Navidad Presente y me concederá la vergonzosa visión de que cómo se burlan de mí todas las personas que me conocen e, incluso, vislumbrar que hay almas que se compadecen de mis errores y que aún siendo quién soy, convertido en lo que jamás deseaba, me tenderían los brazos de su afecto. Veré hoy mismo los rostros entre miles de caras de prójimos y de próximos que viven cada Nochebuena como si fuera una noche única e irrepetible, aunque sea la misma noche para confirmar bondades y el repudio a toda forma de la ira y de la violencia. Entre el pasado y el presente, habré de recordar el valor inmenso de una muestra mínima de afecto, el calor de un abrazo y la alegría de dar más que de recibir un regalo. Entre pasado y presente podré confirmar que hay niños con hambre y desempleados desarraigados no por su propia voluntad, sino por los abusos y la desidia de hombres como yo mismo; veré el hambre y la desolación, la tristeza ajena y las desesperaciones de muchos que hasta hoy padecen sus biografías anónimas sin que tenga que enterarme de su existencia. Veré incluso que en casa de mi sobrino soy objeto de burlas y juegos, y que entre sus sornas hay por lo menos una alma buena que pide por mí en sus oraciones… y veré que en la miserable casucha de Tom Cratchit hacen su Navidad con remedos de comida, vestidos con andrajos, miserables tacitas de ponche que no es más agua hirviente con un poco de azúcar… y el espectáculo deplorable de su niño con muletas. También allí se me permitirá ver en persona, sin ser visto, que Cratchit brinda por mi salud y conmina a su familia a que haga lo mismo…

Y vendrá el fantasma de la Navidad Futura donde la dama de huesos envuelta en paños negros me hará volar en sus lutos por los cementerios hasta encontrar la lápida ya olvidada de mi propia tumba. Allí, olvidada en la niebla y cubierta por nieve, sin restos de flores, yaceré encadenado a la desdicha que yo mismo he tejido con mis errores y pecados… allí, amortajado como un envoltorio de desperdicios me revolcaré llorando… gritando a voz en cuello hasta que la magia de los propios fantasmas me conceda despertar en medio de mis sábanas, que no mortaja; golpeando la almohada, que no lápida… y entonces, abriré las cortinas y descubriré —mañana mismo— que es Navidad, no un veinticinco de diciembre cualquiera o como todos, sino el primer día de una nueva vida donde podré salir radiante y arrepentido, feliz y pleno en medio de todos los horrores del mundo, bajo las campanadas en flor de todos los templos, entre los silencios de las ciudades donde aún no se despiertan los adultos trasnochados por la cena de la noche anterior y en medio de las carcajadas y lágrimas ilusionadas de los niños que se alegran con su regalo y las niñas que abrazan a una muñeca por primera vez… y compraré el pavo más grande del mundo para que lo entreguen en casa de Cratchit (a quien le pienso aumentar el sueldo y tratarlo como nunca) y compraré todos los regalos posibles para sus hijos (en especial, para Tiny Tim que será como un hijo para mí de mañana en adelante) e iré a casa de mi sobrino para acordar los pormenores de esta nueva vida en la que renunciaré a la avaricia y olvidaré toda forma del rencor, me entregaré a la bondad serena de saber escuchar y ya no a la biliosa costumbre de vociferar, callar y ordenar a los demás….

Hoy mismo viene a verme Jacobo Marley… y mañana amanezco sin ser el Scrooge que he sido para ser Otro… con el milagro literario con el que me inventa —cada vez que soy leído— el escritor llamado Charles Dickens, para que yo y todos podamos convertirnos en alguien mejor al amanecer de cada veinticinco de diciembre, día único e irrepetible… aunque suceda —como sucede con la mayoría de los mortales— que, pasado el espanto de nuestros propios fantasmas, volvemos a fermentar la peor versión de nosotros mismos, arrinconados en la soledad de nuestra desolación íntima, ante el espejo donde somos no más que Scrooge.

jfhdz@yahoo.com

 

http://impreso.milenio.com/node/9083316

 

 

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