
México duele
Acentos
Epigmenio Ibarra
- 2011-12-23•Acentos
Quiero hablar de esas familias rotas donde, a causa de esta guerra, falta esta Navidad, y faltará siempre, un hijo, una hermana, un esposo. Quiero hablar de las víctimas y sus deudos. Quiero hablar de ese México que duele.
A Javier Sicilia y a todos los que, como él,
han sufrido esta guerra en carne propia.
Que otros se ocupen de lo que sucede en los pasillos de palacio y pasen las navidades y el Año Nuevo entre apuestas y especulaciones sobre quién y cómo habrá de sentarse, el año que entra, en la silla.
Que otros se interesen por lo que ocurre en los partidos y de las intrigas y maniobras de los distintos aspirantes a los puestos de elección popular.
Que otros lleven puntual registro de los gazapos, omisiones y miserias de quienes se creen con credenciales suficientes para gobernar este país y aspiran a hacerlo como si aquí se viviera una normalidad democrática.
O bien de aquellos otros cuyas aspiraciones de poder, de continuidad en el mismo, descansan en la alteración de esa normalidad, en la ruptura de la misma.
Esos que apuestan a la propagación del odio, la discordia y el miedo. De los que utilizan la guerra como arma electoral y cuentan con que la violencia inclinará a su favor —en tanto prometen “mano dura”— la balanza electoral.
A mí, con toda franqueza, mientras se sigan perdiendo vidas a granel y el país esté erizado de fusiles, nada de esto me interesa.
A mí, mientras los jóvenes de amplias regiones del país sigan sometidos a la ley de plata o plomo y sea su futuro matar y morir, las elecciones de 2012 me tienen sin cuidado.
Como León Felipe, “ya me sé todos los cuentos”.
No me interesan las promesas, los lemas de campaña, el despliegue propagandístico de los candidatos que, porque no es rentable, para no comprometerse, no hablan de la emergencia nacional que estamos viviendo y no ponen, como primer punto de su agenda política, la guerra que está desgarrando a México.
De ese México desgarrado que no cuenta la tv; al que por desgracia nos vamos acostumbrando, pues al parecer hemos perdido nuestra capacidad de asombro ante la barbarie, quiero hablar, y de esas heridas concretas en el corazón de tantas y tantos mexicanos.
Yo quiero hablar de esas familias rotas donde, a causa de esta guerra, falta esta Navidad, y faltará siempre, un hijo, una hermana, un esposo. Y quiero hablar de quienes no saben nada del paradero de sus seres queridos. De los que un día fueron levantados y desaparecidos por unos o por otros.
Quiero hablar, parafraseando a Pedro Garfias, de esas pérdidas que dejan en el costado un hueco alado y que sumadas nos dejan, aunque no las hayamos sufrido en carne propia, una brutal sensación de abandono.
Quiero hablar de las víctimas y sus deudos. De los muertos que ya suman más de 60 mil en 5 años y de los miles de desaparecidos. Quiero hablar de los que faltan; a los que ya apunta el fusil; a los que acechan los escuadrones de la muerte, las gavillas de secuestradores.
Quiero hablar de ese México que duele. Del que no aparece en las encendidas arengas patrióticas de Felipe Calderón; en sus estridentes llamados a la unidad nacional en torno a su proyecto de guerra.
De esos a los que él y sus jefes militares asumen como “costo aceptable” de su estrategia y también de los policías y soldados que caen en combate en esta guerra absurda que no tiene perspectiva alguna de victoria.
Y no la tiene porque la droga se sigue consumiendo al norte del Bravo y nadie hace nada en Washington para atender ese monumental y endémico problema de salud pública.
Y no la tiene porque nada se hace tampoco para cortar ni las fuentes financieras ni las de aprovisionamiento logístico ni la capacidad inagotable, en tanto no se le dispute al narco la base social, de reposición de sus bajas.
Y no la tiene porque no es la violencia del Estado la que acabará con la violencia del crimen organizado. Porque la violencia corrompe, descompone a individuos e instituciones.
Porque además la guerra —algún día se abrirá la caja de pandora de la corrupción en este gobierno que agoniza— es un gigantesco negocio que nadie tiene interés en terminar.
Quiero hablar de Juan Francisco Sicilia, sus seis compañeros y los 14 jóvenes masacrados en Lomas de Salvarcar. De los dos estudiantes del Tecnológico de Monterrey, y de los 75 migrantes asesinados en San Fernando. De aquella familia en Sinaloa o de la de Tamaulipas masacrada en retenes del Ejército mexicano.
Y también de Marisela Escobedo, de Nepomuceno Morelos y de Don Trino. De los activistas por la paz, los defensores de los derechos humanos. De los que buscaban justicia y advirtieron al poder de las amenazas sufridas y ante la criminal ineficiencia y apatía del mismo fueron asesinados.
Y quiero hablar de esa facilidad con que el poder, al son del “se matan entre ellos”, expide condenas sobre las víctimas y del espanto que me produce el hecho de que amplios sectores de la población, al son del “en algo sucio andarían”, las da por buenas.
De ese dolor quiero hablar; por el quiero guiarme; hacerlo mío y de los míos para no perder ni la memoria ni la rabia.
Memoria de esos rostros que no vi pero advino en miradas como la de Sicilia. Rabia contra la barbarie de los criminales y la demagogia de quienes nos han impuesto la guerra como destino.
Buen tema de Epi, pero creo que con dos limitaciones muy serias, y que parecen coincidir con la actuosidad de Sicilia, pues uno echa pestes contra la impunidad, la criminalidad y la injusticia del Estado Mexicano, y a la vez, no cesa de buscar el dialogo inerte e infructuoso (pero eso sí, muy amoroso) con los representantes de ese Estado en el gobierno, mientras que a los organismos de la oposición política como algunos Partidos, líderes y hasta movimientos sociales, los desdeña y los sataniza, haciéndolos aparecer como “inútiles y desvinculados de la sociedad, pero pidiendo a gritos la legalización de las “Candidaturas Independientes” (como la de él).
Lo mismo hace Don Epi, que si su postura viniera de un ciudadano común y corriente se podría justificar, pero proviniendo de él, que es una “chucha cuerera” y curtida en el entorno de la disputa social y política, no se puede entender su descalificación total a la lucha política Partidaria o ciudadana y sin plantear un mínima alternativa de acción para el pueblo mexicano, lo que en última instancia, equivale a dejar las cosas como están, y que la Partidocracia y la plutocracia sigan haciendo impunemente de las suyas con los recursos naturales y el erario de la nación.
…………De ese México desgarrado que no cuenta la tv; al que por desgracia nos vamos acostumbrando, pues al parecer hemos perdido nuestra capacidad de asombro ante la barbarie, quiero hablar, y de esas heridas concretas en el corazón de tantas y tantos mexicanos…………………………
En mi Pais estamos igual y quizas Peor, ya no se respeta por esta bestial dellincuncia de marcas, raptores, cogoteros, traficantes, corruptos etc etc y mucho mas etcs, ni a los niños, ancianos ni mujeres. La situación por esta maldita delincuencia se esta tornanado insopotable. SE PIDE LA PENA DE MUERTE A GRITOS para esta sociedad infecta que sólo puede salvarse con la extirpación, pero nada que ver. LA RENUNCIA AL PACTO DE SAN JOSE EN ESTE SENTIDO, NO ES NI SIQUIERA NOMBRADO POR LOS CONGRESISTAS, solo les interesa el oro de la mina “”Conga”". y sus sueldos.