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La impunidad en el país de los nacos asalariados
Publicado en Columnas, Justicia, Nuestro mundo, tagged "Me la pelas" y otros síndromes de la élite- Pedro Miguel, Gentleman De Las Lomas Miguel Sacal Mexicano Prepotente, La impunidad en el país de los nacos asalariados el enero 13, 2012 | 1 comentario
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Me la pelas
y otros síndromes de la élite
Pedro Miguel
Ve tú a saber qué infierno personal pueda haber en la génesis del energúmeno evidenciado esta semana en las redes sociales y que responde al nombre de Miguel Sacal Smeke, rápidamente bautizado como El gentleman de las Lomas. El punto es que los modos de este agresor (¡me la pelas!
), al igual que los de Azalia Ojeda y María Vanessa Polo Cajica, las Ladies de Polanco, videograbadas en agosto del año pasado cuando maltrataron a policías de un puesto de control de alcohol (¡nacos asalariados!
), así como la indiscreción tuitera de una hija de Enrique Peña Nieto (“bola de pendejos envidiosos, parte de la prole”) y el cándido racismo feisbuquero del panista Carlos Talavera hacia las mujeres indígenas (huele impresionantemente feo, pero pues pobresillas: no es lo suyo la higiene
), retratan de manera fiel las actitudes de la élite que detenta el poder económico, político y mediático en el país. Desde hace muchos años, en el México posrevolucionario, conforme la élite política y empresarial se iba convirtiendo en una oligarquía privilegiada y saqueadora, fue desarrollando un desprecio profundo por la mayor parte de la sociedad, hasta empatarse en actitudes con los catrines porfirianos o incluso con los encomenderos del virreinato.
El fenómeno no es nuevo; lo que pasa es que hoy en día la masificación de los registros en texto, foto y video ha borrado las fronteras entre lo público y lo privado, y cualquier persona está más expuesta que antes a exhibirse tal como es, a que se conozca lo que realmente piensa y a que sus dichos y actos cotidianos queden registrados para regocijo o indignación.
En la indignada reacción masiva han proliferado expresiones simétricamente fóbicas, espejo de las palabras de menosprecio, propósitos de linchamiento: el empresario agresor es grosero porque es judío, las procaces de Polanco son pirujas y los políticos (y sus hijos) son todos unos patanes. En las personas mencionadas en el primer párrafo se ha concentrado, para su desgracia, extraviadas reacciones insultantes, racistas y discriminatorias al insulto y la discriminación que resultan lamentables en sí mismas, pero también porque dificultan la comprensión de un clasismo y un elitismo mucho más extendido, profundo y preocupante que unas cuantas insolencias difundidas urbi et orbi por la magia de Youtube y de Twitter.
Vamos a ver: tal clasismo tiene como núcleo central la noción –no muy apartada de la realidad, hasta ahora– de que se puede y debe ejercer el poder político y económico en forma absoluta, arbitraria, ilimitada e impune, e incluso en abierta violación a las leyes y reglamentos que debieran entenderse como constitutivos de esos poderes. Por eso, las Ladies de Polanco se sienten posibilitadas para infringir el Reglamento de tránsito. Si unos efectivos policiales pretenden impedirlo, bastará, para ponerlos en su lugar, con verbalizar la diferencia de clase que respalda cualquier infracción: ¡Nacos asalariados!
.
Para sorpresa, o no tanto, el conjuro, que es la erección de una barrera social instantánea, surte su efecto y los agentes del orden se ven de inmediato reducidos a la impotencia por el poder de tales palabras. Poco importa que las majaderas pertenezcan a una desesperada clase media y que el incidente videograbado de Polanco las haya pillado cuando apenas están haciendo sus inciertos pininos en la incorporación al mundo del espectáculo: la injuria impresiona porque se asume, sin dudar, que sólo unas personas realmente picudas pueden pronunciarla.
La discriminación verbal es un arma arrojadiza de alta eficacia. ¡Pinche naco jodido!
, se oye en la grabación de un pleito de cantina protagonizado durante el Mundial de Futbol de Sudáfrica entre el es director del Fonatur, Miguel Gómez Mont, y su parentela, y familiares del futbolista Cuauhtémoc Blanco. Cualquiera de los bandos pudo pronunciar la expresión, porque ambos podían sentirse con derecho a ello.
En ese reducido universo social, para cuyos integrantes no existe frontera alguna entre lo correcto y lo incorrecto, entre el bien y el mal, los poderosos no se equivocan y el que sostenga lo contrario miente. Cómo se les ocurre que Papá podría desempeñarse mal en un acto público. Si sostienen tal cosa no es porque tengan razón, sino porque son “resentidos, envidiosos, pendejos y prole”.
Si el empresario de Bosques de Las Lomas estaciona mal su vehículo y una grúa se lo lleva, el resto de la sociedad –representada, bien o mal, por los operadores del vehículo de arrastre y por un testigo que videograba los hechos– se la pela
, y por él, que vaya a sancionar a su puta madre
. Él nada más es beneficiario de la ley y el orden y no está obligado a nada. Los miles de pesos que paga por mantenimiento en el edificio donde vive lo convierten en dueño de los empleados del multifamiliar y, para que no quede duda, la emprende a golpes contra uno de ellos que se niega a acatar una orden disparatada y arbitraria.
Me la pelas
es la verbalización de una actitud generalizada de un ejercicio de poder político, empresarial y mediático desorbitado y enloquecido que no tiene empacho en hacer pedazos al país con tal de hacer negocios jugosos de toda suerte. La expresión representa fielmente a Ernesto Zedillo pretendiendo prolongar su inmunidad presidencial 12 años más de que prescribiera, para evitar que lo juzguen por la masacre de Acteal, propiciada por su gobierno; a Carlos Salinas, quien se placea de manera impúdica, al suponer que ya se nos olvidó el enorme daño que su gestión le causó a México; a Felipe Calderón, empecinado en seguir alimentando un conflicto armado sangriento y absurdo y en vendernos a más del doble de su costo una porquería que, si llega a ser conmemorativa, lo será de la corrupción monumental de su administración; a Peña Nieto, quien supone que puede emitir en público todos los rebuznos que desee sin que ello afecte su popularidad, porque cuenta con los recursos para mandarse a hacer encuestas que le resulten favorables.
Nada de esto es (tan) nuevo. Ya en décadas pasadas Fidel Velázquez se ufanaba de que los legisladores de oposición habían pretendido interpelar a Miguel de la Madrid y se la pelaron
(Proceso, 3/09/88), Emilio Azcárraga Milmo se enorgullecía de hacer televisión para un país de jodidos
(Televisión sin fronteras, Florence Toussaint, p. 114) y el ex góber precioso Mario Marín (reaparecido hace unos días al lado de Peña Nieto) presumía al empresario Kamel Nacif de una impunidad que le permitía darle un coscorrón a esta vieja cabrona
, en el marco de la conjura que ambos organizaron en contra de la periodista Lydia Cacho.
Las aplicaciones tecnologías debilitan severamente las fronteras entre los vicios privados y las virtudes públicas y han permitido que los primeros estén mucho más expuestos que antes. Pero la exhibición no basta para erradicarlos, como no basta tampoco la indignación que provocan. En tanto no decidamos en forma colectiva poner fin a este estado de cosas, seguiremos siendo unos pinches nacos jodidos
que se la pelan
a los poderosos.
* * *
Vaya un dato: mientras Felipe Calderón anuncia impúdicos subsidios para beneficio de la banca comercial privada y a cualquier cantidad de universidades particulares patito, en lo que constituye un nuevo golpe a la educación superior pública, en la Universidada Autónoma de la Ciudad de México siguen agarrados de la greña en un duelo de tod@s contra tod@s.
Una peli que se antoja
Publicado en Cine, Columnas, Nuestro mundo, tagged Hoover: obsesión por el control, Una peli que se antoja el enero 13, 2012 | Deja un Comentario »

Hoover: obsesión por el control
José Woldenberg
12 Ene. 12
La aspiración por la seguridad (personal, pública, nacional) no sólo es natural sino legítima. La obsesión por la seguridad, sin embargo, puede vulnerar lo que antes se llamaban garantías individuales y algo más: generar grados de independencia a los encargados de la misma, que incluso sus “superiores jerárquicos”, sus propios jefes, resulten secuestrados por ellos.
Clint Eastwood, uno de los directores de cine más interesantes del presente, ofrece una versión de la vida y obra de J. Edgar Hoover, el legendario fundador, escultor y director durante 48 largos años del FBI. Alejado del panfleto, Eastwood ofrece un fresco multidimensional en la película J. Edgar. Una cinta en varias dimensiones que abarca desde la vida privada hasta el impacto que en la vida pública tuvo el talante del héroe/villano.
Hoover fue un hombre alucinado por el orden y el control, organizador maestro, gran publicista de sí mismo, capaz de explotar los miedos de una sociedad, un perito del chantaje, un persecutor tenaz e inescrupuloso de anarquistas, comunistas, defensores de los derechos civiles, una pieza sin la cual no se puede comprender la historia moderna de Estados Unidos. Y el director explora los resortes que construyeron esa personalidad.
Homosexual de clóset, dependiente profundo de una madre autoritaria (vivió con ella hasta los 43 años, fecha en la que falleció), hijo de un hombre que perdió la razón, es sobre todo un producto modelado por el ansia de orden y control. Según su biógrafo, Anthony Summers (Oficial y confidencial. La vida secreta de J. Edgar Hoover. Anagrama. Barcelona. 1995), desde los 13 años llevaba un diario en el que “tomaba nota todos los días de las temperaturas y la nubosidad, los nacimientos y las defunciones en la familia, los ingresos que obtenía haciendo alguno que otro trabajo; incluso escribía listas con las tallas de sus sombreros, calcetines y cuellos”. Un hombre que tenía que tener bajo registro todo cuanto lo rodeaba.
Pero por supuesto no bastan las características personales para crear una figura como la de Hoover. Y eso lo sabe Eastwood. Fueron las huelgas, las movilizaciones, los actos terroristas que sacudieron a Estados Unidos después de la Primera Guerra Mundial, los que generaron el clima de excitación pública y de ansia de seguridad que abrieron la puerta a una figura como la de J. Edgar. Fue él quien introdujo la idea de “crear un extenso fichero de izquierdistas”, fue él quien impulsó la idea de desterrar del país a los extranjeros “radicales peligrosos” (en la película se ilustra con el juicio a Emma Goldman, a pesar de que llevaba 34 años viviendo en Estados Unidos), fue él quien desató redadas contra los “enemigos” del sistema, fue él quien desarrolló métodos lícitos e ilícitos de espionaje. Y todo ello antes de cumplir los 29 años. De tal suerte que cuando recibe la encomienda de crear lo que luego sería el FBI ya cargaba con un arsenal nada despreciable de herramientas para combatir a los reales y supuestos opositores a lo que él creía era y debía ser el american way of life.
Hoover es así también un producto de la época y un constructor de la misma. Según Summers, desde sus primeros tiempos comprendió “que la represión estatal podía funcionar en los Estados Unidos”, “que era posible espiar a las personas y perseguirlas, no porque hubieran cometido algún delito, sino por sus creencias políticas”, y que no debía ligar su futuro al de ningún partido o personalidad política, sino, con posterioridad, al de la institución por él creada. Hoover en ese sentido es una más de las figuras públicas marcadas por la amoral consigna de que el fin justifica los medios. Pero lo que me importa recalcar es cómo la preocupación obsesiva por la seguridad y el miedo a los “enemigos” pone en acto un resorte “defensivo” que puede expandirse más allá de lo permitido por la ley y, en ese sentido, contrario a los derechos individuales.
Hoover fue también un modernizador de la policía. Introdujo al FBI a destacados universitarios. Creó un laboratorio criminal, fundó una escuela en el FBI y logró que, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, el propio presidente Roosevelt le encomendara la seguridad nacional. Logró casi un fuero para su institución y los propios ministros de justicia, de los que supuestamente dependía, acabaron por no tener ningún control sobre él. Era temido -y esto es lo segundo que quiero subrayar- por lo que sabía, por el archivo personal con que contaba, por la red de espías que conocían la vida y milagros de los políticos. De tal suerte que el encargado de velar por la seguridad tomó como rehén a buena parte de la “clase” política norteamericana, incluyendo a sus presidentes.
Según una de las cintas develadas de la Casa Blanca, Nixon le temía y no sabía qué hacer con él. Para su fortuna murió (1972), y fue la única manera de que abandonara a su creatura: el FBI. Luego de lo cual, el propio Presidente le hizo un conmovido homenaje.
http://www.reforma.com/editoriales/nacional/641/1281333/default.shtm