Cronista de guardia
Rafael Pérez Gay
Se corrió la voz
Jue, 01/26/2012 – 06:06 01/26/2012 – 06:06
Nadie me cree. En una reunión solemne les dije a los integrantes de la casa que nuestra solidaridad se ha mal interpretado. Me explico: el mazahua del acordeón interpreta una melodía tristísima y toca a la puerta. Le damos dinero. Sé que es mazahua porque se lo pregunté. Un hombre, una vieja trompeta, su mujer y dos niños. Te rompen el corazón. Tocan a la puerta. Les damos dinero.
A veces no abrimos: desde el balcón vuelan las monedas. Nadie me cree que se corrió la voz en estas calles: en la casa blanca dan buen dinero. Y no es desde luego el dinero, el asunto serio es éste: todo el día suena el timbre. Se ha perdido la tranquilidad en esta casa. Timbrazo. Somos los de la fumigación, con lo que guste cooperar. Un hombre con un viejo uniforme verde, creo que se llaman monos de trabajo, me muestra una bomba y una breve manguera. Lo dejo con un palmo de narices. Me parece un exceso pagar para que fumiguen. El hombre riega un líquido en la puerta de la entrada y la cochera. Me preocupo e imagino un veneno letal que podría matar a nuestro perro Lucas.
No voy a hablar aquí de la vejez de Lucas, en otra ocasión. Imaginé a Lucas muerto por no darle unas monedas a los de la fumigación. Los sábados el timbre suena al mediodía. El bolero. Lo empleamos: zapatos y botas. Buena paga. Bolea al pie de la puerta. Cuando fastidió mis zapatos de ante juré no darle ningún otro calzado, pero no tuve corazón. Buen bolero, ni duda. Un día, el bolero me dijo: —¿No tendrá algo de ropa? —Para la otra semana —le prometí. El bolero nunca olvidó mi promesa. Cada semana me la recordaba. Una bolsa con suéteres y pantalones fue a dar a sus manos. Me parece extraño ver al bolero abrigado con el que fue mi suéter favorito, pero qué más da. Los primeros días de enero apareció vestido como yo me vestí hace apenas unos meses. —Le recuerdo de mi Navidad. Hemos contraído con el bolero una relación laboral que yo ignoraba y quizá hemos incurrido en responsabilidad jurídica: hay que pagarle aguinaldo. Le di unos pesos. Insisto: se corrió la voz. Según mis cuentas históricas, el correo mexicano casi ha desaparecido. Pues no del todo, un cartero nos dejó un sobre en el cual tenemos que ponerle un billete, o dos. Ese cartero nunca nos ha traído una carta; a nadie, que yo sepa, le lleva noticias; cuando llegan, las trae la mensajería especializada.
¿Cómo te niegas a darle una propina a un empleado mal pagado del gobierno? Billete en el sobre. Lo amenacé: —Oiga: aquí va esto, pero no nos pida más, ¿está bien? Sé que le dije una estupidez, no tienen que decírmelo. El problema es que se corrió la voz. —Estamos limpiando las coladeras. Con lo que guste cooperar. Un hombre empuja una carretilla en la cual lleva una montaña de inmundicia. Otro se ha puesto en el hombro una pala. El tercero, el más carismático, toca los timbres y pide dinero. Ocurre este diálogo doméstico: —No les doy nada. Esto es un abuso. Lo que pasa es que ya se corrió la voz de que en esta casa se da dinero –el tono de mi voz no esconde la acusación, el reproche a la solidaridad desbocada. —Dales cualquier cosa —me dicen. —No les doy ni un peso. Mientras pronuncio esta frase definitiva, se oye una marimba cuyos metales reproducen una vieja canción: Recuerdos de Ypacaraí. Tocan el timbre.
Tenemos afuera a unos hombres con materiales inmundos cuya pasta negra podría contagiarnos las peores enfermedades africanas, y una marimba. Las cosas importantes ocurren en un segundo: Ypacaraí le gustaba a mi madre. Ella nunca cantó boleros, pero la estoy oyendo: y con el embrujo de tus canciones, iba renaciendo tu amor en mí, y en la noche hermosa de plenilunio, en fin, no voy a romperme el alma cantando este viejo recuerdo de infancia. —A la marimba le doy mil pesos. ¿Cuánto le darían ustedes a alguien que te regresa a tu madre por unos minutos? —les digo a los integrante de esta pequeña tribu. A un loco del Fray Bernardino lo hubieran visto con menos alarma. Lo dicho: se corrió la voz.
Twitter: @RPérezGay
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