
Voy por El Redondel
Rafael Pérez Gay
En casa, la mentira tenía la forma de un magnífico semanario. Se llamaba “El Redondel”, páginas vespertinas de domingo en las cuales se publicaban las crónicas taurinas de lo que había ocurrido unas horas antes en el ruedo. También aparecían los resultados del futbol. Lo fundaron Abraham Bitar y Alfonso de Icaza. No creo exagerar si digo que en sus páginas se publicaba buena prosa. ¿Escribió Zabludovsky en “El Redondel”? Creo recordar su nombre semanal en una columna. No sé.
Mi padre no se lo perdía por nada. Muchos años después conocí el agobio que acechaba a papá los domingos al atardecer. Entonces se reconocía en el espejo y le decía al pleno de la casa:
—Voy por “El Redondel”.
Volvía tarde, al borde del primer minuto del lunes, con el semanario envejecido por la lectura codiciosa y el módico triunfo que significa vencer a las fieras del domingo, a sus ejércitos de fantasmas, a la legión de sueños incumplidos reclamando en el umbral de la puerta de la habitación, al acecho del fracaso en el centro de la mesa del comedor. La verdad aciaga de los domingos es un veneno mortal. Pequeño problema: el papá entregaba al resto de la familia a los fantasmas, a la legión y sus acechos mientras él se evadía. Cuando ocurre una evasión, alguien queda preso a cambio de esa libertad.
Años después supe que mi papá se curaba del tedio y las mortificaciones de su vida adulta en el Centro. Las calles de Dolores, Luis Moya, Artículo, Victoria. En la palma de su mano brillaban las calles del Centro por las que podía caminar a ciegas sin perderse. Luego nos enteramos de que era el rumbo donde vivía su otra familia, pero esa es otra historia que ya conté en otras páginas. “El Redondel” me trae el recuerdo del engaño y de las calles del Centro de la ciudad. El nombre del semanario aún es una palabra clave que usamos mi hermano y yo si queremos referirnos a una patraña. Le digo, o me dice:
—Voy por “El Redondel”.
Sabemos a lo que nos referimos. El periódico se apilaba en la azotehuela de uno de los 32 departamentos que habitamos en nuestro camino gitano. “El Redondel” era el centro nervioso de una red de mentiras. Nos hicimos mentirosos a la sombra de la crónica taurina. ¿Fue Anatole France quien dijo que sin mentiras moriríamos de desesperación y aburrimiento? Cuando mi padre salía de casa intempestivamente, aquella misma frase se trasformaba en el fuego del quebranto financiero:
—Voy a arreglar un asunto de dinero.
Si se trataba de dinero, todos a temblar. Nuestras mentiras se organizaban sobre todo alrededor de las finanzas: le mentíamos a los caseros que nos arrendaban las casas por las cuales pasaban nuestros sueños nómadas; a Efraín, dueño del estanquillo, que nos fío la espectacular cantidad de trescientos pesos. Pobres, les quedamos a deber un remanente, como decía mi papá:
—Después arreglamos lo del remanente.
Mentira, nunca se arreglaba. Les mentíamos con insistencia. Ni modo de publicar la verdad y dar a la luz el hecho de que no teníamos en qué caernos muertos. Nos engañábamos unos a otros y nos escondíamos en un mundo mejor que el de las verdades: en realidad todos íbamos por “El Redondel”.
Papá nos mentía a sus hijos y a su mujer, mi madre le mentía a mi papá para proteger a sus hijas de noviazgos prohibidos; mis hermanas a su papá y a sus novios haciéndoles creer que éramos normales cuando todos sabíamos que estábamos locos; y al final de la cadena, yo les contaba cuentos chinos a mis amigos, y me creían. Fuimos buenos para mentir, cosa nada fácil, se trata de un arte, menor si se quiere, pero un arte.
Pasaron los años, nos descompusimos, o como dicen otros, mejoramos un poco y entonces perdimos la fineza del embuste, de la falacia filosófica.
Las mentiras increíbles se parecen a la realidad, las mentiras vergonzantes pueden ser verdad y eso es imperdonable para un mentiroso.
La red de falsedades ocasionaba serias confusiones. Yo no sabía si estábamos a punto de mudarnos de casa para evadir la deuda de rentas acumuladas, o si sólo lo decíamos para destantear al enemigo.
Tampoco sabía sí mis padres se divorciarían a causa de la madre de todas las mentiras. Una buena red de ficciones nos transportaba a un universo paralelo donde nada era real del todo y siempre acechaba la inminencia de una verdad. Cuando los acreedores presionaban, mi padre viajaba a lugares lejanos de los cuales volvería con dinero fresco, contante y sonante.
Me acordé de todo este enredo de mentiras cuando abrí una maleta de papeles viejos y apareció una plana de “El Redondel” de febrero de 1967: la alternativa del torero Manolo Martínez en la Plaza México. Llegué a otro mundo por un túnel que lleva al pasado. Le dije al pleno de la casa:
—No tardo, voy por E”l Redondel”.
Twitter: @RPérezGay
EL UNIVERSAL
http://www.vanguardia.com.mx/voyporelredondel-1239802-columna.html
Le saludo a mi siempre recordado Maestro de Redacción en la ya desaparecida escuela de Trabajo Social. Ahora, nadie me cree cuando digo que mi maestro fue el Maestro Pérez Gay.