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Archivar como 19/03/12

Verónica Murguía

Ay, nanita

¿A qué le tenemos miedo? ¿Qué nos hace temblar? ¿Cuál es la imagen que libera la adrenalina que nos electrifica, nos tensa, nos hace abrir los ojos en medio de la noche y murmurar “fue un sueño, fue un sueño”?

Hay un montón de cosas en este mundo que dan miedo. Todos tememos a la muerte, lo único seguro; a la enfermedad, variada, múltiple, misteriosa: heredada o adquirida; mortal o crónica; curable o mortífera. A la pobreza, escollo enorme en este país olvidado de Dios y recordado por el PAN; a la violencia del crimen organizado y, a veces, tan desorganizado como la policía; a la judicial; a los soldados; al narco; al dolor de quienes amamos; al dolor a secas, físico o moral. Al timbre del teléfono cuando suena tarde en la noche; al de la puerta cuando no esperamos a nadie; al grito en la calle; al estruendo de los vidrios cuando se rompen; al llanto manso y casi mudo de la resignación. Los niños le temen al Coco, al vampiro, al pasado de lanza que los corretea en el recreo, a la boleta de calificaciones, al adulto. Algunos temen por la salud de su alma, otros por la de su cuenta bancaria, pero todos, hasta el más audaz, tienen algún miedo.

¿A qué le teme la derecha? Yo tengo hipótesis derivadas de libros, experiencias y de vivir en un país clasista y racista hasta el tuétano. Cuando era niña y estudiaba en un colegio católico –donde tuve excelentes maestros excepto una–, la profesora de Civismo, la no tan buena, nos inculcó una extraña mitología de su invención. “En la Unión Soviética –nos instruía–, los niños no tienen juguetes y comen los chícharos con cuchillo.” Esta última frase me dejaba babeando de asombro. “Nadie puede tener ni un poquito más que los otros –nos remachaba–: ni un bolillo, ni una maceta con un geranio, ni un pollo, ni un gato.” “Si hacen las señal de la cruz, les cortan la mano.” “El gobierno lo sabe todo.” “Los rusos son malos.”

Para ilustrar las maldades de la dictadura proletaria, la maestra nos pedía la lonchera y se la daba al niño del pupitre de atrás. “Así le hacen, así”, decía, y armaba un relajo con nuestras tortas y sándwiches. En mi visionuda cabeza infantil, la urss era un lugar sombrío donde los niños colocaban los chícharos sobre el filo del cuchillo para deslizarlos hasta la boca. Un día pregunté si era así, y la maestra me lo aclaró: no los ponían encima, los partían con cuchillo, porque eran pobrísimos y a cada quien le tocaban sólo seis.

En secundaria supe que la cosa en la Unión Soviética estaba difícil, pero no por lo que mi maestra nos decía. Lo más preciso que aprendí de ella era que el Partido sí lo sabía todo, horrenda característica que compartía con gobiernos de derecha, como las dictaduras latinoamericanas del momento, y el de Francisco Franco, a quien mi maestra no le oponía el más pequeño reparo. Naturalmente, los rusos se convirtieron en mis ídolos y la guerra de Vietnam consolidó mis pasiones. Comencé leyendo con fervor a Tolstoi, a Dostoievsky, a Gógol y a Gorki. Como era un amor atarantado, quise más a Gorki con sus héroes proletarios y puros, que a Dostoievsky, universal, eterno. Me ilusionaba ser materialista y dialéctica, pues iba en prepa. Ignoraba cuál había sido la suerte de los pobres Ossip Mandelstam, de Isaac Babel y de millones de rusos y luego chinos, muertos en nombre de los pormenores ideológicos que el Partido decidía. Cuando me enteré de algunas cosas, como la invasión de Afganistán por la URSS, comencé a fumar locamente y me quedé huérfana de ideologías, porque no hubo cómo regresar. Pero sigo siendo de izquierda aunque detesto a Mao y a Stalin, porque en un país como éste no hay remedio.

Desde entonces ya no hay URSS y China ha logrado sumar lo peor del capitalismo con el totalitarismo. Estados Unidos ha invadido otros países y matado a cientos de miles de inocentes. Hay temibles gobiernos de derecha, casi todos en el Medio Oriente. Subsisten otras izquierdas y también Corea del Norte, el reino de los marcianos.

México sigue pobre, pero ahora más violento, más frágil. Felipe Calderón se vanagloria, gasta millones de pesos en celebraciones insensatas, estelas de luz y desfiles, mientras los muertos se amontonan. El presidente del empleo tiene la dudosa distinción de mal gobernar un país donde la gente se muere, literalmente, de hambre.

Me da miedo la candidata Josefina Vázquez Mota. Me recuerda a mi maestra de Civismo de la primaria, pero en mañoso.

http://www.jornada.unam.mx/2012/03/18/sem-veronica.html

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El fracaso del “haiga sido como haiga sido”

Domingo, 18 de Marzo de 2012 08:13 |

Escrito por Jorge Zepeda Patterson

De vez en cuando, como las jacarandas de marzo, florean en nuestra atribulada flora política expresiones esperanzadoras. No son muchas, y suelen ser efímeras, pero ocasionalmente brotan entre el paisaje de infamias y manipulaciones, y dejan la vaga sensación de que no todo está perdido.

No sé qué alineación favorable de los astros permitió, por ejemplo, que la terna de consejeros ciudadanos que debería nombrarse para el IFE se concretara en favor de María Marván, Lorenzo Córdova y Sergio García. Durante años el IFE había padecido un desdibujamiento creciente, debido al control de los partidos en el proceso de designación de los consejeros. Los ejercicios anteriores habían consistido en un reparto de posiciones a favor del PRI, PAN y PRD. Los consejeros ciudadanos que supuestamente ejercerían la supervisión y arbitraje de los partidos y las elecciones, acabaron siendo personeros de las instituciones que deberían ser supervisadas.

El más reciente cambio de consejeros parecía destinado a constituir el último y definitivo golpe al IFE. Durante meses se barajaron distintas ternas en las que la única diferencia era la manera en que se la repartían los tres partidos. Gracias a la afortunada circunstancia de que nunca pudieron ponerse de acuerdo en su rebatinga, se abrió la ventana que permitió la designación de tres ciudadanos respetables y de conocida probidad. El ingreso de los tres ha modificado sensiblemente el ambiente dentro del IFE, y potenciado a los elementos sanos que aún prevalecían. Súbitamente una institución que parecía perdida vuelve a constituir un “territorio” aparentemente ganado a la ambiciosa clase política.

La misma sensación me dejan las dos derrotas electorales más recientes de Felipe Calderón. Una de ellas es el fracaso de la candidatura de Luisa María Calderón, la Cocoa, al gobierno de Michoacán. La maquinaria federal se volcó a favor de la hermana del Presidente no sólo durante la precampaña y la campaña misma. Se podía adivinar una estrategia de cálculo para favorecer a Cocoa desde el alevoso michoacanazo que se orquestó desde la PGR en contra del gobierno de Leonel Godoy, para minar la credibilidad del perredismo frente a la opinión pública local y nacional. Con esto no pretendo decir que el triunfo del PRI en aquel estado sea un desenlace a favor de los ciudadanos. Sólo el tiempo lo dirá, aunque no soy demasiado optimista. Pero sí me parece importante concluir que la estrategia del “haiga sido como haiga sido” que estaba operando a favor de Luisa María Calderón fue derrotada, pese a todo. Una lección que contradice la impresión que tienen los políticos de que el dinero, las malas artes y el poder son infalibles a la hora de imponer una decisión.

Algo similar me sucede con el fracaso de Ernesto Cordero en sus empeños de hacerse con la candidatura del PAN a la Presidencia. No es un secreto que Felipe Calderón estaba decidido a convertirlo en el abanderado de su partido. Para ello su administración no omitió maña ni ahorró recursos, legales e ilegales. La prensa documentó una y otra vez la participación de la estructura federal y la presión política para influir en el voto de los panistas. Y pese a todo, Josefina Vázquez Mota logró imponerse al delfín del Presidente. No sé si los panistas tomaron o no la mejor decisión, ése es otro tema, lo importante es que no la tomaron en función de la estrategia de manipulación del poderoso.

Todavía es incierta la posibilidad de que el 21 de marzo, en la Suprema Corte, el proyecto de ley de Zaldívar logre imponerse en contra de todo el despliegue de recursos legales y políticos que se desplegaron en contra de Florence Cassez, para proteger la imagen de Genaro García Luna. Durante años el aparato policiaco y judicial orquestó una estrategia sistemática para asegurar la condena de la francesa. Siete años después, y contra todo pronóstico, los pliegues favorables del sistema reaccionaron para cuestionar su propio cuestionable desempeño. Interesante.

No son muchos ejemplos en la larga colección de infamias que terminan por imponerse y convertirse en eslabón de la infinita cadena de la impunidad del “haiga sido como haiga sido”. Normalmente la clase política y los “intocables” terminan saliéndose con la suya. Pero a veces, por razones no del todo explicables, algo se mueve pese a todo, y nos deja la vaga sensación de que existe alguna esperanza. Mientras podamos ver jacarandas como éstas en materia política, no todo está perdido.

http://www.jorgezepeda.net

@jorgezepedap

Economista y sociólogo

http://www.diariolibertad.org.mx/dlib/index.php?option=com_content&view=article&id=9147:el-fracaso-del-haiga-sido-como-haiga-sido&catid=3:juicios-y-opiniones&Itemid=2

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Silencio forzado

 

Denise Dresser

En México ser periodista que cubre el crimen, los asesinatos y el narcotráfico es vivir en peligro de muerte. Siempre al acecho. Siempre atemorizado. Siempre ante la posibilidad de ser amordazado por un delincuente o por un funcionario. Porque, como detalla la organización Article 19 -dedicada a defender globalmente la libertad de expresión-, la violencia contra periodistas no proviene tan sólo de los cárteles y sus cabecillas. El Estado mismo se ha vuelto cómplice de la violencia contra la prensa en el país. La autocensura de los medios como protección ya va acompañada de la censura del gobierno como forma de amedrentación. En vez de proteger a los periodistas, el Estado cierra los ojos o da un manotazo para acallarlos.

Las cifras son estremecedoras. En 2011 se presentaron 172 agresiones relacionadas con el ejercicio de la libertad de prensa. Nueve asesinatos contra periodistas. Dos asesinatos de trabajadores de medios. Dos desapariciones de comunicadores. Ocho agresiones con armas de fuego o explosivos contra instalaciones de medios. Allí está Veracruz con 29 agresiones, el Distrito Federal con 21, Chihuahua con 15, Coahuila con 15, Oaxaca con 11. Veracruz es particularmente preocupante porque las agresiones aumentaron 200 por ciento en un año. Veracruz, escenario de asesinatos y desapariciones y ataques violentos contra medios de comunicación y abuso de las autoridades contra reporteros y acciones penales emprendidas por el propio gobierno estatal contra la libertad de expresión. Allí, en lugar de arropar a quienes intentan diseminar la verdad, el gobierno agrede. Persigue. Criminaliza. Ataca.

Los propios funcionarios encargados de investigar y proveer justicia –a los reporteros, los fotógrafos y los camarógrafos– muchas veces acaban encabezando las acciones en su contra. Envilecen a las víctimas, asociándolas con el crimen organizado o atribuyendo la violencia ejercida en su contra a un arrebato pasional. La Fiscalía Especial para la Atención de Delitos Cometidos contra la Libertad de Expresión en seis años de existencia ha tenido dos nombres diferentes, cuatros titulares distintos, ha ejercido sólo 4 por ciento de su presupuesto en medidas cautelares, ha ejercitado acción penal en sólo 27 casos y obtenido una sola sentencia condenatoria. He allí los síntomas de la incompetencia institucional, de la complicidad gubernamental, de la ineficacia estatal.

He allí a los victimarios. El Ejército, la Marina, las policías municipales, estatales y federales. Responsables del mayor número –41.86 por ciento del total– de agresiones a la libertad de expresión. Señalados como culpables de 6 de cada 10 abusos contra representantes de los medios de comunicación. Y en contraste, las agresiones provenientes de sujetos presuntamente vinculados con el crimen organizado representaron apenas 13.37 por ciento. He allí la paradoja perversa: la prensa recibe más ataques de quienes ejercen el poder que de los criminales a quien combate. En estado tras estado, el gobierno es un actor ausente, o un actor cómplice, o un actor agresor.

Y lo que no podemos ni debemos hacer es olvidar a los periodistas muertos del 2011. Olvidar sus nombres y sus apellidos. Olvidar a Luis Emanuel Ruiz Carrillo. A Noel López Olguín. A Pablo Aurelio Ruelas. A Miguel Ángel López Velasco. No podemos ni debemos olvidar que en Veracruz la Procuraduría estatal detuvo a dos “twitteros” a quienes imputó cargos de “terrorismo equiparado” y “sabotaje”. O que el gobernador presentó una iniciativa para reformar el Código Penal y crear el delito de “perturbación del orden público”, el cual permitiría perseguir a cualquier persona por hacer afirmaciones que el gobierno considere inconvenientes o juzgue que atentan contra la paz social. Crudos esfuerzos para acallar. Obvios intentos para silenciar. Evidentes actos para amordazar.

Difícil comprenderlo pero es así. Los funcionarios públicos son -en los hechos- los principales perpetradores de los ataques contra periodistas en México. En más de la mitad de las agresiones registradas existen servidores públicos o fuerzas de seguridad implicadas. En contraste, a la delincuencia organizada se le atribuye una de cada siete de las agresiones en el país. Impactos de bala, tortura, desapariciones, mantas sobre sus cuerpos con mensajes como: “Esto me pasó por dar información a los militares y escribir lo que no se debe. Cuiden bien sus textos”.

Y ante esa escalada de violencia los medios tratan de protegerse eliminando la autoría de notas para firmarlas como Redacción; guardan silencio sobre la criminalidad; publican primeras planas preguntándole a los narcotraficantes “¿Qué quieren de nosotros?” O desafían a sus agresores afirmando “No vamos a ceder”. Y a su lado deberían estar todos los que pensamos que la tarea del periodismo -como lo decía Joseph Pulitzer- es exponer el fraude y la mentira, luchar contra todos los males y abusos, ser campeones sin tregua de los derechos de quienes no tienen voz, pero aspiran a encontrarla en la prensa.

http://www.zocalo.com.mx/seccion/opinion-articulo/silencio-forzado

 

 

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