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Archivar como 15/04/12

Günter Grass, un escándalo magnificado

René Avilés Fabila

Abril 11 del 2012

Cuando era niño y Alemania estaba a punto de sucumbir, Günter Grass fue reclutado por las perversas tropas de asalto nazis, en sus últimos intentos por frenar la oleada roja que venía a gran velocidad sobre Berlín. Algo semejante le sucedió al Papa: en su juventud estuvo afiliado al nazismo y ahora es una persona que nadie acusa de servidor de Hitler o antisemita.

El pueblo alemán lleva una pesada carga: el siglo XX presenció dos salvajes guerras desatadas por el excesivo militarismo prusiano. En la primera se rindieron fuera de su territorio, la segunda fue una severa lección para Alemania. Debió ser difícil para toda la nación aceptar que habían apoyado a un grupo decididamente antisemita y anticomunista. Pero el síndrome del holocausto les quedó, ha sido su peor carga y lo pagan de diversas maneras. La principal es apoyar a toda costa a Israel. Pero como hace algunos años en México dijo el destacado intelectual Gabriel Zaid, Israel no es Ana Frank. Ahora es una potencia nuclear que cuenta con un enorme apoyo de Occidente y cuyos lazos con el gran capital son evidentes. Todos recuerdan los seis millones de judíos asesinados, pero nadie los veinte millones de soviéticos masacrados en su propio país: la URSS. Y no es un problema de cantidades, lo es de analizar bien los resultados de la Segunda Guerra Mundial y la manera en que nace Israel en lo que por siglos fuera territorio palestino.
Hace un par de años, en Nueva York, me acerqué por pura curiosidad a una manifestación en contra del expansionismo israelí. Me llamaron la atención dos cosas: la participación de muchos judíos al lado de los palestinos y la distribución de una hoja donde aparece Palestina en 1945 y hoy en día, disminuida de modo atroz por los asentamientos judíos. No se trata de ir contra ese pueblo por razones raciales, se trata de entender que es expansionista y está cometiendo un nuevo genocidio contra los palestinos que carecen de la fuerza necesaria para enfrentar a uno de los más eficaces ejércitos del mundo, bien armado y decidido a dominar la zona. Un país que ha crecido a costa de los palestinos con el apoyo invariable de Estados Unidos y que hoy no cuenta con ningún contrapeso, desparecida la Unión Soviética.

Para EU y en general para la Comunidad Europea, la presencia todopoderosa de Israel es fundamental para el control de la zona. Los árabes se mueven inquietos y sin una ruta precisa como la tuvieron hace años. Los dictadores proliferan y no hay sentimiento de unidad. Viven, en tal sentido, como los encontró en la Primera Guerra Mundial el célebre Lawrence de Arabia, quien escribiera un hermoso libro de memorias: Los siete pilares de la sabiduría. Desde hace tiempo todo es políticamente correcto, hasta tener armas nucleares en Occidente, menos en otros países. Corea del Norte está en la mira y desde luego Irán. Sólo las “democracias” tienen derecho al armamento atómico. Los demás no. Pero Israel lo tiene, su ejército es poderoso en extremo y recibe apoyo a raudales. De muchas maneras es un país imperialista en la zona que esgrime el terrible holocausto, juega a la eterna víctima y ay de aquel que diga lo contrario, es satanizado como nazi. Lo curioso es que los palestinos acusan a Israel de ser neonazi: exterminadores, al mostrar cadáveres de niños y mujeres, de hombres armados de forma rudimentaria, que pelean por su derecho a vivir como un Estado, en su propia casa.

En este contexto apenas dibujado, el formidable escritor Günter Grass escribe un poema donde señala los excesos de Israel y la manera en que se prepara un ataque a Irán. El escándalo se desata: todos lo acusan de antisemita. No lo es, es un hombre que ve con claridad el problema de Medio Oriente y tiene el valor de decirlo. No es nazi por haber escrito unos versos reveladores. En su propio país, donde siguen avergonzados por sus crímenes de guerra, se le lanzan al cuello. Recibe críticas excesivas y pocos recuerdan su notable literatura que bien conocemos en México. Salman Rushdie, también perseguido, alega que Grass no es antisemita y es evidente, es un intelectual que no acepta la maniobra de pinzas entre Occidente e Israel para eliminar a sus enemigos. Su obra muestra a un crítico del nazismo, pero eso no significa que deba callar ante las nuevas atrocidades.

Que Israel tiene derecho a existir, es verdad, existe y es un poder notable, económico y militar, pero también lo tendrán los países árabes que lo rodean y aquí debe entrar una reflexión a futuro. ¿Cuánto tiempo podrá el magnífico ejército judío mantener a raya a los millones y millones de árabes y musulmanes que son sus vecinos? Israel ha mostrado intolerancia una y otra vez. La música de Wagner, por ejemplo, no la escucha porque fue el autor favorito de Hitler y ello le ha impedido a su pueblo disfrutar a un enorme autor, que ni remotamente fue nazi porque el nacional socialismo apareció como amenaza internacional, y no sólo para los judíos, muchos años después de su muerte.

Opinión 2012-04-11 – La Crónica

http://recordanzas.blogspot.mx/2012/04/gunter-grass-un-escandalo-magnificado.html

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Una mujer que nos promete gobernar como… hombre

Rosario Robles

2012-04-14 • Política

Frase desafortunada que expresa mucho. Cuando Josefina Vázquez Mota dice “traigo faldas pero los pantalones bien puestos”, concede, acepta, se somete a la idea de que el poder es masculino. Que para operarlo bien hay que vestir pantalones, pues no basta con traer faldas, es decir, con ser mujer. Renuncia con ello a ser diferente. A subvertir el orden patriarcal que durante siglos ha estereotipado a las mujeres. Josefina acepta este precepto. Los hombres son los que están capacitados para ejercer el poder, para estar naturalmente en la esfera de lo público, por eso propone masculinizarse. La candidata blanquiazul sugiere que para tomar decisiones hay que traer pantalones. Pierde con ello su condición de ser diferente. Su planteamiento no es casual. No está asociado al feminista que ha sido el marco teórico y fundamento para la lucha que durante años muchas mujeres han dado para abrir espacios, para demostrarle a la sociedad que pueden gobernar, tomar decisiones, ser asertivas, tener la mano firme y suave al mismo tiempo, sin renunciar a su condición de mujer, sin tener que disfrazarse de hombre para conquistar el mundo del poder. Esta lucha se ha propuesto subvertir al paradigma patriarcal desde el momento mismo que trasgrede el binomio hombre-proveedor-poderoso/mujer-cuidadora-sumisa. Que rompe con los roles tradicionales y ambiciona que las mujeres accedan al mundo de lo público y que los hombres compartan, en condiciones de igualdad, el mundo de lo privado. Si alguna importancia tendría el género en una contienda como la presidencial es precisamente eso: la posibilidad de remover estos patrones, subvertirlos, asumir la investidura completa y empoderar con ello a las mujeres. Pero no es el caso. Porque el discurso todo está centrado en la idea de que las mujeres están asociadas a las tareas del cuidado (voy a cuidar al país como cuido a mi familia), y que cuando se trata del poder, de demostrar que sé es fuerte (a propósito de los descalabros sufridos en su campaña) hay que ponerse los pantalones para convencer de que hay capacidad y valentía. Vaya paradoja.

Cecilia Amorós, filósofa feminista, establece que por lo general las mujeres detentan el poder sin la completa investidura, es decir, sin que esté presente el ritual que hace creíble y verdadero su ejercicio. Amelia Valcárcel, otra feminista española, señala que la no detentación de la investidura completa lleva a un complejo sistema de ratificaciones para que los demás consideren que sí se es poderosa, situación que no sucede con los hombres. Si ellos quieren tener un mayor poder es totalmente natural, en cambio si la mujer lo desea la valoración es diferente porque esta aspiración trastoca profundamente las relaciones de desigualdad construidas desde la familia, la escuela y el conjunto de la sociedad. No es fácil, desde luego, romper con esta lógica tradicional, pero una mujer verdaderamente empoderada tendría la obligación de aprovechar una vitrina como la elección presidencial para trastocar estos estereotipos. Así lo hizo, por ejemplo, Patricia Mercado, no obstante ser impulsada por un partido político que no era, como sí lo es el PAN, el partido en el gobierno. Era una fuerza marginal. Josefina Vázquez, por el contrario, reproduce un estatuto vacilante en el ejercicio del poder (soy mujer pero traigo pantalones). Su perspectiva conservadora le impide dislocar el orden establecido, pues asume que para ser votada (aceptada) como mujer hay que ejercer el poder a medias. En pocas palabras, vestirse de hombre. Asumir que para insertarse en el mundo de lo público hay que hacerlo con humildad, castidad y obediencia, refrendando estos tres votos clásicos a los que se ha condenado a las mujeres por siglos (agregaría Valcárcel), al mismo tiempo que se reviste de atributos masculinos. Subvertir estos paradigmas debiera ser una tarea de las mujeres políticas. Aprovechar su condición de género para eliminar los obstáculos y convocar a una nueva organización de la sociedad, una prioridad. Ser diferente (como reza el lema de campaña) tendría que traducirse en construir un nuevo imaginario en el que mujeres y hombres comparten el poder y las tareas del hogar por igual. No es el caso.

http://www.milenio.com/cdb/doc/impreso/9144583

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Adiós a las enciclopedias

Arnoldo Kraus

15 de abril 2012

Médico

Hace pocos días los editores de la Enciclopedia Británica anunciaron su muerte. Aunque los libros no mueren, aquellos que se reimprimen con regularidad, cuando dejan de hacerlo, mueren. Es el caso de las enciclopedias, es el caso de la Encyclopaedia Britannica. Tras 244 años desaparece la versión impresa. Los responsables apuestan, a partir de ahora, por la versión digital.

La muerte de las enciclopedias es sui géneris. A diferencia de los libros, las grandes enciclopedias, como la Británica, son toda una empresa. No sólo se reimprimía una nueva edición cuando el nuevo conocimiento lo exigía, sino que, año tras año, se publicaba el Book of the Year. De esa forma, los editores ponían al servicio de los lectores el conocimiento al día. El Libro del año compilaba, en orden, con elegancia y sabiduría los sucesos del año previo. Era fácil satisfacer la manía de “estar al día”. Bastaba hojear el libro del año: en sus páginas se encontraban los sucesos trascendentales del año recién finalizado. Gracias a él la enciclopedia no se avejentaba.

Compré la mía como se deben adquirir las enciclopedias: a plazos. Al comprarla, en abonos, y gracias a unos pagos extras, recibí, como antes sucedía, los extraordinarios y densos 54 tomos de la Britannica Great Books. La enciclopedia fue una gran inversión: abarcaba incontables temas y promovía la búsqueda. Las páginas de la Británica contienen la información suficiente para saciar el hambre más voraz y despejar casi cualquier duda. “Let knowledge grow from more to more and thus be human life enriched” (“Deja que el conocimiento crezca de más a más y así la vida humana se enriquecerá”) es la oración que da la bienvenida a la obra. La Británica cumple con creces esa función. Sus páginas, escritas con elegancia, acompañadas de fotografías en blanco y negro, de mapas y cuadros, de tablas y recuadros, así como la extensa bibliografía conforman un saber enciclopédico. “El vocablo enciclopedia significa ‘ciclo educativo’, es decir, sistema completo de educación que abarca todas las disciplinas y los fundamentos de éstas” (J. Ferrater Mora. Diccionario de Filosofía). Ese ciclo educativo se encuentra y se agradece en la Británica.

Mientras me pregunto, ¿puede sustituir la versión digital al papel?, hojeo algunos tomos de mi Británica. Su papel delgado, sólo interrumpido por las páginas lustrosas indispensables para las fotografías y cuadros a color, permite acomodar muchas páginas en cada tomo. La inteligencia y buen gusto de los editores —no en balde en ella escribieron Sigmund Freud, Marie Curie o Albert Einstein—, las referencias cruzadas, y las dos almas de la enciclopedia, la Micropaedia (referencias “rápidas o fáciles”) y la Macropaedia (conocimiento profundo) han sido abrevadero durante muchos años. La Británica es ideal para quienes necesitan hurgar en alguna rama del conocimiento o satisfacer inquietudes propias de la sabiduría o de la ignorancia. Los tomos ordenados en casas o bibliotecas no son una suerte de alma máter, son un alma máter.

Se acabó la Británica de papel fino, tan fino como el que se usa para liar cigarros. Ese papel y las pastas duras, elegantes, eran parte del buen tino de los diseñadores. Mientras me acerco al final de este artículo admiro la Británica. En su lomo, el número en romano para la Micro, y en arábigo para la Macro, permite ordenar los libros, incluso para los más desordenados. Debajo del número, el alfabeto en la Micro y la entrada con el nombre completo en la Macro. Más abajo el origen: 1768. Imposible perderse, imposible no encontrar lo que se busca. Desde la A hasta la Z en la Micropaedia; desde Aalto hasta Zwingli en la Macropaedia (la mía es de 1981).

Cuando miro mi Británica ella me devuelve la mirada. Los tomos más usados tienen las páginas un poco dobladas. Los Great Books lucen bastante sanos. Ya dije que su contenido es denso. Las enciclopedias son compañeras. Regresar y sumergirse en el pasado a través de sus libros fomenta el hedonismo del tiempo libro, del tiempo uno, esa rara avis a punto de ser sepultada en el marasmo de la cotidianidad, en el movimiento de la vida moderna, cada vez más rápida, cada vez más vacua.

¿Las versiones digitales cumplirán las mismas funciones? No para quienes vivimos con la Británica y otras enciclopedias. Sí (creo) para las nuevas generaciones. No para quienes pensamos que los libros acomodados en los estantes hablan de noche y conocen las manos y las angustias de sus dueños. Coger los libros viejos, los libros leídos, alimenta. Cambias las páginas, hacia adelante o hacia atrás, en busca de una frase o de un rincón olvidado, hojearlas y volver a hacerlo con la mano o la memoria es privilegio de los libros de papel.

El Universal

http://www.vanguardia.com.mx/adiosalasenciclopedias-1265716-columna.html

 

 

 

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