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Tomemos al tiempo por los cabellos

  • 28 abril 2012

María Teresa Priego

Escritora

Tengo al tiempo agarrado por los cabellos. No te preocupes papá. Al tiempo lo traigo asustadito, amansado. Todo está en orden. Sólo que han cambiado las definiciones. No podría afirmar que los relojes nos siguen haciendo los mandados como antes. Entonces fuimos eternos. Infinitos.

Ahora lo somos bastante menos. “Antes” ya nos queda un tanto lejos. Un padre y su hija, un amor teñido de absolutos. Kaliman y Solina. Tarzán y la más rendida de sus fans. Nuestro vínculo avanzó por la vida, a golpe de eternidad. “Siempre vamos a contarnos historias”. “Siempre vamos a viajar en barcos y trenes”. “Siempre vamos a inventar personajes y ciudades”, “Siempre habrá un trabalenguas más complicado que el anterior, para pescarnos el uno al otro apalabrazos”. “Siempre San Petesburgo está esperando”.

Ahora la vida nos exige una manera distinta de aprehender el tiempo. No podemos desesperar. O sólo a ratitos. Tu enfermedad es el trabalenguas más complicado de nuestras vidas. Intento separar cada palabra en sílabas. Y entenderla. Es un conjuro. A-or-ta. Todo cambia. Los científicos insisten en que Plutón no existe. Y la Sociedad de Geografía e Historia decretó que el Absoluto es un territorio acotado, abarcable y finito. ¿No lo leíste? ¿Acaso estaré inventando?

La Real Academia sugiere que “Absoluto”, (por lo menos en nuestra casa) ya no se escriba con mayúscula. Eso es lo que tenemos. Frente a nosotros está el futuro completito, en esta condición nueva que es la nuestra. Entonces fuimos eternos. Ahora somos una familia asustada alrededor de una mesa. Somos una familia de suertudos asustados. Sólo tenemos que entender este nuevo orden del mundo en el que tus hijos y tus nietos son —por el momento— más fuertes que tú. Vamos a reinventar los calendarios. A entrar en tratos exactos con la realidad.

Ya sé que aún podrías detener la furia de los volcanes y decirle al mundo: “Mundo, te ordeno que te ordenes”. Pero estás cansado. No abuses de tus poderes mágicos. Déjate llevar. Déjate traer. Déjate cuidar. Para que tu corazón se te vaya acomodando. A-or-ta. Tus nietos caminan a tu lado. Siento esa oleada de paz. Esa felicidad de que seas el abuelo de mis hijos. El abuelo de mis sobrinitos. Algo tienen ellos de ti, algo tienen de tu intensidad y de tu fuerza, de tu facilidad para imaginar mares remotos, frente al laguito mas modesto. Algo tienen de tu capacidad para mirar dragones en una lagartija, para inventar expediciones de Américo Vespucio, en un paseíto al Museo de La Venta. Nada es nada más lo que es, ¿verdad papá? En donde termina la explicación comienza el viaje.

Tú y yo “antes” casi nunca hablamos de la realidad. No te pareció necesario. Rarísima vez nos ocupamos más de media hora de cosas concretas. Por allí me diste dos o tres consejos a lo largo de una vida. Me habrás pegado algunos gritos, a los que seguro respondí. Nos separamos. Nos escribíamos cartas con dibujitos. Nuestras conversaciones han sido siempre de una pasmosa brevedad: “Te pareces a mi mamá”. “Gracias, papá.” Nos distraíamos. “¿Qué dices que estudias?” “Letras, papá”. “¿Y eso tiene que ver con las letras de cambio?”. “Yo creo que no mucho, papá”. Nos distraíamos. “¿Un día regresas a México?” “Todavía no, papá”. “¿Acaso allá el sol brilla más bonito?”. “Yo creo que sí, papá”. Se nos colgaba el teléfono.

“¿Te quieres casar con él?”. “Sí, papá”. “Me va a tener que caer bien”. “Eso espero, papá”. “¿Te vas a descasar?”. “Sí, papá”. “Ya no me cae bien”. “Ni modo, papá”. Nos hicimos expertos en los diálogos a la Monterroso. Nunca ha estado hecho de demasiada realidad nuestro vínculo. Quizá me hubiera gustado. Hablar más. Pero un papá mutista es como es, no es cosa de pedirle que se coloque donde no puede estar. Un hombre solitario. Ya les conté. Por las ventanas de los trenes, se le fueron escapando sus palabras. Se retrajo. Se encerró detrás de sus murallas. Baja su puente levadizo cuando inventamos. Kilómetros imaginarios recorridos en el Expreso de Oriente.

La avenida cuesta abajo. ¿Hace 35 años? Pedalear. Soltar el manubrio de las bicicletas. Levantar los brazos hacia el cielo. Grito selvático: “somos libres y los vientos son nuestros”. Las llantas del carro devoran kilómetros. Vamos hacia ti. Mapa abajo. Geografía íntima: Córdoba, Fortín de las flores. Tehuacán. Veracruz. Tabasco. Estás flaquito. No tienes ganas de inventar. Nos vamos a quedar aquí, el uno junto al otro, en la ciudad de los orígenes. Hablando de esa manera en la que el calor cae en Tabasco. Como si te usurpara la piel. Como si mordiera.

Fuimos eternos. Tú y tus cuatro hijos arrastrando cobijas para dormir en la azotea y tomar el cielo. Tenemos que aprender a acotar tantito. Seguir los dictados de La Realidad. Mudito. Dolido, deschavetadito. ¿Te acuerdas que el Sahara hace esquina con la cabeza olmeca? ¿Te acuerdas que el Nilo desemboca en el Grijalva? Estás a salvo papá. Aún existen nuestras palabras mágicas. Tenemos al tiempo agarrado por los cabellos: Yu-ca-tán.

El Universal

http://www.vanguardia.com.mx/tomemosaltiempoporloscabellos-1276394-columna.html

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Felipe Garrido

20 centavos

Por veinte centavos –eran otros tiempos–, uno podía entrar a la carpa y oír lo que decía el dueño de la feria. Un hombre de botas, vestido de negro, gordo y tuerto:

–¿Cuánto tiempo llevas ahí encerrada?

–Ya perdí la cuenta.

–¿Y qué comes?

–Gusanos, bichos, chinches; otras porquerías.

Chico y Pilates hicieron gestos de asco.

–¿Qué te pasó? Cuéntele al público. Diles qué hiciste.

Tenía muchas patas, cuerpo de araña, cabeza de niña, ojos bonitos. Estaba rodeada de espejos para que se viera al mismo tiempo de frente y de lado, iluminada con foquitos, como letrero de botica. Atrás había unas cortinas.

–Diles, para que aprendan.

El Pollo nos había contado que una vez la vio en la calle y que tenía piernas, pero nadie le creyó. Sócrates dijo que todo era un truco, pero no pudo explicarlo. A mí me gustaba su boca; me daban ganas de morderle los labios.

–Qué pues –dijo el hombre.

La niña clavó en mi boca sus ojos de estrella:

–Tenía malos pensamientos –dijo.

http://www.jornada.unam.mx/2012/04/01/sem-garrido.html

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¿Un peligro para México?

Epigmenio Ibarra

2012-04-27 • Acentos

El miedo puede ser un arma letal. Más cuando el que, desde el poder, lo promueve logra que quien lo sufre descubra también su otra cara: el odio.

El miedo despierta los más oscuros instintos; extingue las ansias de libertad; aniquila al individuo y lo transforma en masa.

El miedo nos quita lo humano; hipoteca nuestro futuro; amenaza las posibilidades de convivencia pacífica.

El miedo es la herramienta que el poder autoritario utiliza para someternos; miedo a la diferencia, al diferente, al cambio.

Aun si se sabe que ese cambio, que esa transformación profunda es impostergable. Que de eso depende nuestra viabilidad como nación.

El miedo nos impulsa al suicidio como sociedad, como personas.

En 2006 fue el miedo, propagado desde el poder, el que detuvo en su camino a la Presidencia a AMLO. El que cortó de tajo la transición a la democracia.

El miedo y la intromisión ilegal de Vicente Fox en el proceso electoral.

El miedo y las maniobras fraudulentas de Felipe Calderón y Elba Esther Gordillo.

Y el miedo y la complicidad del PRI que se quedó con parte del botín y utilizó a Calderón, solo para intentar, ya legitimado, un nuevo asalto al poder.

El miedo y la intromisión también ilegal de la Iglesia y de los barones del dinero.

El miedo y la tv empeñada en deformar la imagen de un hombre y un proyecto hasta convertirlo, a los ojos de muchos, en “un peligro para México”.

Una tv que, escrupulosa, hasta el servilismo, con el manejo de los otros candidatos, de quienes cuidaba hasta el más nimio detalle de imagen, se esmeraba en presenta a López Obrador mal fotografiado, peor iluminado.

Una tv consciente de su poder; del efecto que la gesticulación y el tono de un discurso de mitin en plaza pública tiene cuando se le lleva, en close up, a la pantalla chica.

Una tv que lo miraba con lupa —como no se atrevía a mirar a los otros candidatos— y expurgaba sus discursos a la búsqueda de posibles gazapos; articulando, a punta de montaje, un discurso exaltado y radical.

Una tv que ignoraba, sistemáticamente, las propuestas de AMLO cuando éstas se expresaban de otra manera; con la altura y la serenidad de estadista que son también uno de sus rasgos más característicos.

El miedo, cultivado por la propaganda, sembrado en la pantalla fue, finalmente, el que hizo a importantes sectores de la población aceptar como buenos los resultados de una elección que, por principio, debió haber sido revisada a fondo.

Una elección en la que, habida cuenta de las irregularidades y el escaso margen de diferencia entre uno y otro candidato, debió haberse contado voto por voto, casilla por casilla.

Eso era lo indicado, lo saludable, lo justo, lo razonable.

Por miedo, las autoridades electorales no actuaron con honestidad. Por miedo el tribunal legitimó el fraude.

Por miedo —y también por conveniencia— los medios electrónicos, los grandes opinadores de la radio, la prensa y la tv nos quisieron hacer comulgar con ruedas de molino.

Ese miedo, hoy potenciado por la guerra de Felipe Calderón, quien se valió de él para sentarse en la silla y armado con él pretende influir en la elección de su sucesor, aún subsiste.

Todavía hay gente que, al mirar el ascenso de AMLO y descubrir que, más allá de lo que digan las encuestas, éste vuelve a tener posibilidades reales de alzarse con la victoria el 1 de julio, sigue teniéndole miedo.

Todavía hay gente que habla de su conexión y similitudes con Chávez; esa patraña inventada por los publicistas del PAN y Calderón.

Se olvidan de su exitosa y pacifica gestión como jefe de Gobierno. De la ausencia en la misma de esas “medidas radicales” que tanto dicen temer.

Se olvidan de la manera en que operó de la mano con la iniciativa privada. De sus batallas por los más pobres, de los más vulnerables siempre libradas en el marco de la legalidad.

Se olvidan también de cómo, en el marco institucional, enfrentó la intentona de golpe de Estado del desafuero, se retiró del cargo y luego volvió a él sin instigar, ya en Palacio y con enorme respaldo popular, al linchamiento de Vicente Fox, sin promover el odio.

Todavía hay gente que lo considera, por otro lado, un “lobo con piel de cordero”.

Gente que habla del plantón de Reforma pero no reconoce que AMLO, quien tenía fuerza y razón para incendiar el país, hizo una contribución histórica a la paz social al encauzar, hacia la protesta civil, el enorme descontento popular.

Se olvidan esos que lo consideran un agitador de su apego irrestricto a la legalidad. De cómo, armado solo de su palabra, recorrió el país durante seis años sin llamar a la insurrección, sin convocar jamás al uso de la violencia.

Aferrados a recuerdos implantados olvidan, esos que aun le tienen miedo a AMLO, que el verdadero peligro para México resultó ser Felipe Calderón, quien hoy entrega un país ensangrentado y empobrecido.

Y olvidan también que el otro gran peligro para México es la insensatez de volver al pasado; de entregar el poder a quienes por décadas nos han saqueado.

Puede AMLO llegar a la Presidencia. Por eso habrán de activarse de nuevo los mecanismos para infundir el miedo en la población. ¿Caeremos otra vez en el engaño? Yo no. No caí en 2006. No caeré ahora en la trampa. No dejaré que otros piensen por mí. ¿Y usted?


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http://leon.milenio.com/cdb/doc/impreso/9145812

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