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Todo lo sólido se nos desvanece en el aire*


21 de junio de 2012

I

Tengo 24 años, y esa edad podría entrañar rasgos universales si en pleno siglo XXI la esperanza de vida de un joven en Sierra Leona no fuera de 35 años, si no hubiera un chavo de mi edad que asesina por unas cuantas monedas en alguna región del planeta, si no hubiera otro que está en las calles protestando y luchando contra la injusticia que promueven unas cuantas familias poderosas, en las que seguramente también habrá una persona de mi edad.

Si el capitalismo neoliberal dicta lo que es y no es, entonces los jóvenes no existimos. Sólo hay una potencia derrumbada, explotada y dirigida por un orden dado.

Si tenemos suerte (recordemos que hay niños que asaltan en las calles del Distrito Federal), despertamos del sueño de la infancia para reconocernos anónimos y abstractos. Alejados del lecho materno, las puertas del mundo se abren para mostrarnos la desesperanza hecha rutina y cotidianidad. El paso intermedio entre la infancia y la madurez ha sido sustituido por el brinco abrupto hacia el trabajo enajenado y la agonía moderna.

Nos convertimos en trabajadores o desempleados demasiado rápido para pensar en el sentido del mundo. Es difícil pensar en la política o en cualquier otra cuestión general después de ocho horas de trabajo mal pagado y de dos horas de estresante transporte. Somos fuerza laboral antes que jóvenes, y en eso nos parecemos a millones de no-jóvenes que también luchan por sobrevivir.

¿Qué es la juventud? Si alguien puede decirme qué tienen en común el porro que golpea y asesina, con el estudiante golpeado o asesinado, qué tienen en común el hijo de Marta Sahagún y aquél que ha de limpiar los baños de sus avaricias, que me lo diga.

Yo no sé lo que significa ser joven, pero me importa mucho más entender qué significa ser humano desde este fondo político-social en que me encuentro. Si eso es ser joven, entonces somos eso, una búsqueda que no encuentra, una pregunta que es reclamo, que es grito, lucha y desesperación, algún punto álgido de una sed de infinito que ha gestado la historia de los pueblos oprimidos.

Ya no hablo entonces de los jóvenes, sino de una humanidad sin edad que conozco y que busca hacerse presente, un pueblo quizás, un mito, tal vez. Un “yo” que se vuelve un “nosotros”, pero pendiente, en espera de hacerse real, en espera de hacerse política.

II

Nadie habla más de los jóvenes que aquellos que nos ignoran más. Nos despertamos de la infancia para descubrirnos atados de manos y boca, como en la caverna de Platón, donde siempre hay otros que ponen las imágenes, las ideas y las formas; donde siempre hay otros que hablan por nosotros.

Y así sucede con la política. Los políticos, periodistas y filósofos del mundo viejo hablan en representación de representados que nunca podrán hacerse presentes. Los puentes que pudieran comunicar la potencia creadora del pueblo con las instituciones y mediaciones sociales han sido inservibles e hipócritas desde mucho antes de que López Obrador lo “descubriera”.

Si queremos decir, cantar o crear, habremos de hacerlo en el modo y la forma que impone el orden envejecido: en un concierto masivo, en un partido de futbol o en una taberna, pero no en la fábrica, no en el trabajo, no en el Metro, no en la Cámara de Diputados ni en las calles.

III

Hay dolor en nuestro pueblo; hay sufrimiento acá abajo. Hay niños que se avientan sobre vidrios para que unos seres amorfos les regalen una moneda. Hay muchos pobres sufriendo el horror de la pobreza; hay cuerpos, mentes, manos y palabras triturados cada día por el dolor de la injusticia. Hay un México acá abajo que no tiene dinero para comer, que no tiene dinero para medicinas, para estudiar, para vivir.

No sé de otros jóvenes, pero la injusticia ha destrozado la puerta de mi casa, ha entrado y se ha llevado todo romanticismo y lo que pudieran ser las buenas intenciones del orden existente. Lo que tengo es coraje, vergüenza de que mi pueblo pueda permitir que en medio de su pobreza tenga al tercer hombre más rico de un mundo empobrecido, que tenga encarcelados a sus luchadores sociales y a tantos muertos de hambre y de miseria.

Lo que tengo es un dolor profundo por mi historia y la de mi pueblo. Es un dolor que a veces se confunde con el odio, la tristeza y la ansiedad. Es difícil no querer matar, gritar o desaparecer cuando golpean a nuestro padre, encarcelan a nuestro amigo, violan a nuestra amiga. Es difícil no odiar después de que nos quitan todo, nos escupen y nos niegan la posibilidad de dignidad.

Es como si el mundo nos recordara que la política se ha vuelto una guerra y que toda guerra es atroz, incluso la guerra contra todas las guerras.

IV

Despertamos con una fuerza biológica imparable y, osados e irreverentes, maldecimos el orden putrefacto de la hipocresía donde lo viejo se resiste a cambiar. Miramos nuestras manos y descubrimos la potencia creadora de nuestra existencia, y, enamorados, nos levantamos para defender la posibilidad de hacer lo imposible.

Pero entonces aparecen los torniquetes.

En un mundo donde se deja el paso libre a las mercancías, la juventud está prohibida y es descuartizada en individualidades egoístas lo suficientemente abstractas como para extinguir su novedad. La competencia por premios, por poder, aceptación o reconocimiento se vuelven los nuevos retos de nuestra voluntad.

Los jóvenes importamos sólo como potencia, no como creación. Las ciencias humanas nos estudian, los poderosos nos juzgan, los políticos nos reprimen. Quizá como nunca antes, los jóvenes somos determinados por un mundo viejo y necrófilo.

Ante el muro que se yergue sobre nuestra potencia, muchos jóvenes se convertirán en verdugos de otras víctimas que hacen fila para entrar en el flujo del mundo. Otros expresarán su fuerza en la lucha de la sobrevivencia inmediata. Otros quizá decidan salirse del camino y enfrentarse al riesgo de ser Otros.

V

Es difícil no ser revolucionario cuando se ha sentido la injusticia. Y existimos muchos jóvenes que aún podemos sentir el dolor ajeno como propio, que podemos defender esa sensibilidad a pesar de los sermones de aquellos que mataron este sentimiento. Muchos jóvenes buscamos hacernos responsables de la esperanza de otro mundo. Y sabemos que esta responsabilidad implica el riesgo de equivocarnos y tropezarnos. Leemos a autores que nos explican la causa de este mundo desigual, de esta política fetichizada, pero descubrimos que en la construcción de un ser humano distinto no hay expertos. Y que el Sup-Comandante Marcos y Marx pueden también estar equivocados.

Los jóvenes tenemos nostalgia de pueblo, de vida, de amor, de luz, en medio de esta oscuridad. Una nostalgia de comunidad que nos hace a muchos trabajar en la organización político-cultural de nuestro pueblo. Y vemos que crear otro ser humano es mucho más difícil que escribir y emitir opiniones, que no sabemos estar en colectivo, que no sabemos amar ni escuchar, pero que, pese a todo esto, vale la pena intentarlo.

Quisiéramos un maestro, un Sócrates que pudiera ayudarnos a parir algo de este dolor que representamos. Pero no hay parteras. Los jóvenes tenemos que dar a luz en la clandestinidad del sentido político y económico del mundo, y casi siempre morimos.

Leemos a Aristóteles para comprendernos como ciudadanos, pero la realidad parece recordarnos que nos parecemos más a los esclavos. La agonía de esa política puede verse en el Metro, en esa distancia abismal que nos separa del prójimo, en esa infinita soledad del tumulto que cierra la posibilidad de un “nosotros” real. Quizá sea por eso que leemos a los filósofos y a los analistas actuales sintiendo que huelen demasiado a escritorio, a sillas y sosiego; que a su discurso le falta la tierra, el sudor y la suciedad, ese germen de lágrimas, gritos y victorias.

VI

“Todo lo sólido se desvanece en el aire”, es la frase por antonomasia que acuñara Marx para referirse a la modernidad que nos carcome, y quizá sea también el sentimiento de miles de jóvenes (no sólo de edad) que nos enfrentamos al absurdo del mundo, sus instituciones y su política. No creo que podamos enfrentar este horizonte sin un viejo sabio que sea como los niños y que pueda propagar una verdad común, unificadora, sobre la base de un sistema que no sea el capitalismo neoliberal. Quizás eso sea la juventud: el niño viejo que habrá de transformar nuestra actualidad momificada.

* El presente texto fue publicado en el número 1567 de Proceso, hace casi seis años, al resultar ganador del Primer Concurso de Ensayo Juvenil Los jóvenes y la política, convocado por Proceso y Ediciones B. Su autor tenía entonces 24 años y era pasante de la licenciatura en investigación biomédica básica de la UNAM. Ahora maestro en filosofía de la ciencia por la UAM, cursa un doctorado de esta misma especialidad en la Universidad Nacional Autónoma de México. Proceso considera oportuna la republicación de este trabajo que, providencial, desde entonces dejaba ver la condición de los jóvenes mexicanos y su futuro, tan incierto como fundacional.

http://www.proceso.com.mx/?p=311724

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Encuéstame otra vez

Juan Villoro
22 Jun. 12

¿Alguien recuerda la época primitiva en que la realidad dependía de los sucesos? Gracias a la tecnología y a numéricos métodos de conocimiento, ahora conocemos los hechos antes de que ocurran. Al fin nuestra vida se parece al periodo clásico maya, donde el acontecer estaba previsto en la rueda del cosmos.

Las estadísticas y los sondeos de opinión han logrado que dispongamos de una cosmogonía confiable, que no depende del tránsito de Venus ni del carácter de los dioses, sino de números, tendencias y porcentajes. Considerados de uno en uno, los individuos no dejan de ser caprichosos e insondables; sin embargo, su comportamiento colectivo responde a patrones fáciles de medir y de prever.

En tiempos anteriores a las encuestas, Descartes pudo celebrar la duda. Hoy en día esta molestia ya no es necesaria, al menos en lo que toca a las preferencias sociales. El principio de incertidumbre se ha convertido en una superstición, y la experiencia, en un fenómeno preventivo que adelanta certezas. Los resultados se conocen de antemano. Cuando un chicle de sabor inédito sale al mercado, los especialistas ya saben cuántas bocas lo habrán de masticar.

La ansiedad anticipatoria se vuelve crónica en temporada electoral. Todos los días las encuestas confirman lo que ya sabemos. Esto resulta tranquilizador para quien está conforme y deprimente para quien desearía concebir una esperanza.

¿Las encuestas tienen la capacidad profética de que el destino se ajuste a lo que anuncian? ¿Hay un cálculo orquestado para que esto ocurra o la voluntad de los mexicanos es tan pareja que resulta inmutable? Como se trata de preguntas sin respuesta, narro una anécdota que ofrece una parábola sobre el asunto.

Federico Cifuentes Bing, ex condiscípulo de la carrera de Sociología, me saludó el otro día con una frase enigmática: “Soy el margen de error”.

Desde hace años se dedica a la sociometría. El mundo es para él un pay que se rebana en porcentajes. Me habló de “frecuencias de flujo”, “puntos de inflexión” y otras expresiones de su oficio. Estaba por despedirme cuando repitió: “Soy el margen de error. No existo”.

No hay nada tétrico en mi amigo. Es tan optimista que cree que el desodorante de vainilla mejora su coche y que los pelos que cruza al modo de un queso de Oaxaca ocultan su calvicie. Sin embargo, era capaz de decir: “No existo”.

Por azares del destino había sido encuestado cinco veces en las últimas semanas. En un principio, le pareció magnífico ayudar a medir la intención de voto. Pero en las cinco ocasiones se quedó con la impresión de que el sondeo había sido inútil. Los datos eran idénticos a los previstos en una encuesta anterior. Para poner a prueba el sistema, votó de manera distinta en cuatro ocasiones y en la quinta anuló su voto con sincero hartazgo ciudadano.

Aunque un voto no puede marcar una diferencia, mi amigo se identificó con el margen de error del 3%. Es lógico que un experto en sociometría se deprima más que otras personas por su falta de impacto estadístico.

Federico vio esos ejercicios como un test psicológico. Pero no todo tenía que ver con la voluntad colectiva. Su segunda mujer lo había dejado y sus hijas no le hablaban. “Sólo tengo amigos en Facebook”, dijo en tono de humillación social. “¿Hace cuánto que no me hablas por teléfono?”, agregó, incluyéndome en su vida sin consecuencias.

“Haga lo que haga, todo sigue igual: ya sé quién va a ganar las elecciones y ya conozco todas las maravillas que no me van a suceder. El futuro, mi futuro, ya sucedió”, se tocó el pecho como un mártir sobreactuado. Me pregunté si en su sistema de valores habría algo que equivaliera al voto útil y pudiera salvarlo del suicidio.

En ese momento crepuscular, el cielo llegó en nuestro auxilio. Comenzó a llover. Por unos segundos no hubo otra noticia que el agua. Nos refugiamos en el quicio de una cochera. Federico revisó el pronóstico del tiempo en su iPhone: los meteorólogos habían anunciado una tarde despejada. Este error le devolvió la confianza en el destino. “¡Hay cosas que no pueden predecirse!”, sonrió con dicha demencial. No quise estropear su ánimo recordándole que los errores de los expertos en el clima son tan frecuentes que conforman estadística.

Federico Cifuentes Bing volvía a creer en el asombro. “¡Que me encuesten otra vez!”, exclamó, convencido de que aún es posible que un sondeo revele una realidad inédita.

Me dio un abrazo y caminó bajo la tormenta, alzando el rostro, como si recibiera un bautizo, satisfecho de avanzar hacia un horizonte incierto.

Mientras tanto yo llegaba a otra conclusión. Las elecciones se celebran en temporada de lluvias para que el cielo -residencia de las cosmogonías antiguas- nos recuerde que existen el viento y las sorpresas, que no todo está previsto en la estadística y que las voluntades pueden cambiar como las nubes.

http://www.reforma.com/editoriales/nacional/662/1323001/default.shtm

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