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Archivar como 8/07/12

Verónica Murguía

Hotelería vernácula

Para Beto y Magda

En 1983 conocí el Hotel Díaz, en Valladolid, Yucatán, y jamás lo he olvidado. Sospecho que ya no existe. Era demasiado extravagante para durar. El recuerdo es imborrable por dos razones: la primera, el cenote Zací, que estaba a una cuadra. El cenote tiene aguas azulísimas y es insondable. Al verlo, uno se imagina a un sacerdote maya empujando a una virgen guapísima tocada con plumas de quetzal. La joven lloriquea y cae al agua casi sin hacer olas. Chac, el dios de la lluvia, satisfecho, sopla y una nube tormentosa se deshace sobre las cabezas de los asistentes al sacrificio. Esta cinematográfica estampa se me metió en la cabeza la primera vez que me asomé.

La segunda razón que lo hacía inolvidable es que, desde las habitaciones del costado derecho del edificio, uno podía ver películas. No en tele, en una pared que hacía las veces de pantalla. Y es que el patio del hotel era el Cine Díaz. Dos docenas de largos bancos de madera, un proyector destartalado, perros, turistas aturdidos por el calor, un cácaro distraído y muchos vallisoletanos devotos del séptimo arte, conformaban esta sala al aire libre. Los rollos de cinta se confundían; el protagonista moría a los cinco minutos de comenzada la película y reaparecía fresco como una lechuga un poco después; un murciélago giraba sobre nuestras cabezas; los mosquitos picaban como lumbre y los borrachos roncaban con estrépito. Yo era feliz.

Conjeturaba que, en pocos lugares se mezclaban tantas extravagancias, y aunque no había visto mucho mundo, suponía que ver películas desde la hamaca del cuarto era algo inusual. Años después, en otro país, asistí a una función de The Rocky Horror Picture Show. El público llevaba arroz, confeti, paraguas, pistolas de agua y usaba todo esto para convertir la película en una actividad interactiva. Coreaban las canciones, arrojaban el arroz a la hora de la boda, los de adelante creaban una “lluvia” cuando se desataba la tormenta en la película mientras los de atrás abrían los paraguas, etcétera.

Los asistentes al Cine Díaz eran todavía más entusiastas: interpelaban al cácaro, a los que miraban desde los cuartos, a los actores que aparecían en la pantalla. Cantaban, compartían la comida y los niños jugaban con los perros que vagabundeaban por todas partes. Si la película era en chino y los subtítulos estaban en inglés, no importaba: el chiste era estar allí.

Otro hotel que quise mucho fue el Hotel Pito Pérez, en Pátzcuaro, Michoacán. En ese hotel, el excusado parecía no haber cambiado nada desde los días de la Colonia, pues era un agujero inmundo que se localizaba con el olfato. Jamás se encendía la luz con normalidad, pero la casa era preciosa. Además, el restaurante de al lado tenía el honor de emplear al mesero más honrado del universo. Si uno pedía uchepos, el hombre, con expresión culpable, respondía:

–¿Uchepos? Uy, no. Están acedos. La masa se agrió.

–Bueno, nos trae unas corundas.

–¿Qué no le digo que la masa está aceda? Están horribles.

–¿Hay pollo placero?

–De haber, sí hay. Pero la verdad, tampoco está bueno. Mejor les aviso: tampoco hay pescado. Ya no hay blanco de Pátzcuaro. Es que hace años trajeron otros peces, que para poblar el lago, y se comieron al blanco. Se acabó. En otros lugares sirven pescado, pero no es blanco. Porque blanco, blanco de Pátzcuaro, ya no hay ni en Zirahuén. Mejor váyanse a Los escudos.

Salimos y nos comimos unos fabulosos tacos de carnitas en un puesto de la plaza.

Hace unos años, mi marido me llevó de sorpresa a un hotel todo incluido en la playa, el Hotel Q. La sorpresa nos la llevamos los dos, pues al llegar nos informaron que nuestro cuarto “todavía no estaba”. Unos señores andaban por allí, arreglando la cabecera de la cama. La pintaron con aerosol y, al entrar al cuarto, nos pusimos un pasón. Luego fuimos al comedor y nos impresionó comprobar que debíamos hacer cola con una charola en las manos. Había barra libre nacional desde la hora del desayuno, lo cual garantizaba cantos y danzas folclóricas todo el día. En la noche, bailarines ataviados con taparrabos de tela plateada, interpretaban versiones libérrimas de los bailes de concheros ante un montón de gringos atarantados por el sol y el ron.

Qué tiempos aquellos. Cómo extraño viajar con los temores normales, encontrar hoteles estrafalarios y creer que el mayor peligro consiste en comerse unos uchepos horribles. Ay, México.

http://www.jornada.unam.mx/2012/06/24/sem-veronica.html

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El precio de denunciar

Sanjuana Martínez

Es jueves 5 de julio y son las 8 de la mañana. Mis hijos, de nueve y 11 años, saltan a mi cama y piden desayunar entre besos y apapachos. Están de vacaciones. Les he prometido que iremos a un restaurante. Nos preparamos para salir y nos encaminamos a la puerta.

De pronto, Vicky, mi asistente, aparece con el rostro pálido y me dice al oído: Hay muchos policías afuera, los acabo de ver por la ventana. Están entrando a la casa. Me asomo por la ventana del jardín y efectivamente hay tres policías encapuchados con armas largas. Voy al pasillo y veo a otros tantos y más gente en la puerta de la cochera. Están subiéndose y han entrado también a la terraza.

Empiezan a golpear con fuerza la puerta principal. ¿Quién es?, les digo. ¿Qué quieren? Me contesta una mujer: Abra la puerta. Somos del juzgado 15 oral familiar. Traemos un instructivo. Es el juzgado donde casualmente cayeron mis dos asuntos familiares por convivencia y alimentos en mi largo proceso de divorcio.

Le pido a Vicky que se lleve a los niños. Están aterrorizados. Lloran. Me meto al vestidor y le llamo a mi abogada Queeney Rose Osorio Fernández y me dice que no abra. Hablo con Consuelo Morales, directora de Ciudadanos de Derechos Humanos (Cadhac): Los policías han rodeado mi casa. ¿Qué hiciste?, me pregunta. Ayer denuncié por corrupción a la juez Luz María Guerrero Delgado de Leija ante el Consejo de la Judicatura de Nuevo León. Y me contesta: Claro. Te van a detener. ¿Pero por qué?… Yo no he hecho nada”. Ella contesta: Esta es una reacción a tu acción. No te preocupes. Mando a la abogada.

En ese momento escucho ruidos en la terraza. Han reventado los candados y están intentando romper las cerraduras de las puertas de acero. No las pueden tirar. Le llamo a mi colega, el periodista César Valdez, uno de los compañeros que un día antes me acompañaron ante el Consejo de la Judicatura para presentar la denuncia contra la juez.

En ese momento escucho que entran a la casa. Quieren romper la puerta de mi habitación a patadas: No rompan la puerta, les grito. Abro y veo a la juez Luz María Guerrero Delgado de Leija, titular del juzgado 15 oral en materia familiar. Está acompañada de policías encapuchados con armas largas con uniforme de Fuerza Civil, la policía estatal de Nuevo León. Su secretaria, Ana Cristina Sepúlveda Martínez, que en su momento me solicitó dinero para agilizar mi expediente, la acompaña. También están otros dos secretarios de su juzgado, uno de ellos lleva una cámara de video y está grabando la acción. Les grito: ¿Cómo se atreven a entrar a mi casa? ¿Con qué derecho? ¿Dónde está la orden de cateo, de detención? Usted, es una juez corrupta. Ayer la denuncié ante el Consejo de la Judicatura. Es una protectora de agresores. Reincidente. Usted ya fue denunciada ante la ONU. Ustedes dos son unas corruptas”.

La juez dice con tono de enfado: Señora, está detenida por una falta administrativa. ¿Dónde están sus hijos? Nos los vamos a llevar. Antes de que me detengan, alcanzo a decirle: Está bien, lléveme, pero a mis hijos nadie se los lleva. No los toquen.

Me sacan de mi casa policías con armas largas. De pronto veo a lo lejos a mi ex marido Carlos Castresana Fernández, fiscal del Tribunal Supremo de España y ex director de la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala de la ONU, conferencista y especialista en violencia de género. Tiene una sonrisa de satisfacción. ¿Qué está haciendo aquí?, pienso. ¿Cómo es posible? Lo denuncié por violencia familiar ante la agencia de Justicia Familiar de la procuraduría y el Copavide (Centro de Orientación, Protección y Apoyo a las Víctimas del Delito). De hecho, el Ministerio Público autorizó una orden de restricción. Se supone que no debe acercarse a nosotros, es un hombre violento. Está acompañado por sus abogados del despacho de Manuel Alí Jezzini Martínez, ex director de averiguaciones previas de la Procuraduría de Justicia de Nuevo León y ahora defensor de narcos del cártel de Sinaloa, entre otros ilustres clientes.

La mujer policía que me conduce a la calle me hace daño en el brazo. Al salir, veo que va llegando María del Mar Álvarez, amiga y abogada de derechos humanos de Cadhac. Ella fue secuestrada por la misma juez cuando era directora de Alternativas Pacíficas.

Veo que hay ocho o 10 vehículos, incluidas patrullas de San Pedro Garza García. Me suben a una camioneta de Fuerza Civil. Hay dos policías encapuchados custodiándome en la caja de la pick up. Y dos más dentro. Me dicen que me van a llevar a la cárcel de San Pedro Garza García porque allí me corresponde. Le hablo a Alicia Leal, presidente de Alternativas Pacíficas: Alicia, me llevan arrestada. Es la misma juez. Ella me tranquiliza: Es una venganza. Ahorita me muevo con los abogados. Le llamo a mi querida Carmen Lira, directora de La Jornada: “¿Qué pasó, mi hijita? Escucho su voz amorosa como siempre. Me quiebro. Lloro por primera vez. Le digo: “Carmen, me han detenido. Me tienen en una patrulla de Fuerza Civil. Hay un fuerte operativo en mi casa. Ayer denuncié a la juez… mis hijos, Carmen, mis hijos…” Me alcanza a decir que no me preocupe, cuando me quitan el teléfono: Está usted incomunicada.

De pronto, un policía dice: Vámonos. Hay que llevar el paquete. Dice una clave con un número que no entiendo. Hablan en lenguaje cifrado. Me sacan del municipio de San Pedro Garza García. No me llevan a donde dijeron. Me alarmo. Pregunto y no me contestan. Volteo para atrás y veo que César Valdez nos sigue. Detienen la camioneta y otro vehículo del operativo se detiene. Otro hombre al que le dicen comandante pregunta: ¿De quién chingados es esa camioneta blanca que nos sigue?… Es mi amigo, le digo. “Pues a chingar a su madre. Que se vaya o lo detenemos por halconeo.” Aceleran. Nos perdemos. Me pasean. Así duramos un rato. Estoy en San Nicolás de los Garza. Conozco todas las prisiones de Nuevo León. Las he visitado para hacer reportajes, entrevistas… No identifico el camino. Finalmente veo que es la cárcel de El Alamey.

El hombre de la recepción no me quiere recibir: No la puedo ingresar porque el oficio no dice que tenga que estar detenida. El comandante de Fuerza Civil llama a la juez aparentemente a un celular. Han estado todo el tiempo en comunicación. Le dicta lo que debe decir y se van por el documento corregido. Me ingresan a la cárcel una hora después. Las celdas están medio llenas. Pregunto qué tipo de detenidos tienen: “robo, violencia, violación…” La custodio me revisa, el médico me examina. Un funcionario de la prisión me dice: Su detención está hecha con maña. Cualquier falta administrativa tiene fianza de 2 mil pesos. La juez quiere que esté arrestada 36 horas. Veo a mi amiga Ximena Peredo y a María del Mar. Me dicen que los niños están bien: Se los iban a llevar al DIF capullos, pero le argumenté cuestiones legales y no lo permitimos. Respiro profundo. Lloro. Las abrazo. Me cuentan que mi caso está en los medios, que hay mucha confusión.

Cuatro visitadores de la Comisión Estatal de Derechos Humanos aparecen por la puerta. Preocupada por mi situación la presidenta Minerva Martínez los envió. Me preguntan si quiero interponer una denuncia. Les digo que sí. El médico toma fotos de un moretón. El siquiatra me aplica el test del Protocolo de Estambul y determina: Tiene usted un severo estrés postraumático. Le contesto: Eso ya lo sé. Dígame cómo me lo curo. Nos reímos.

El director de la prisión, Pedro Ibarra, se porta muy amable. Me deja en una diminuta celda donde hay un viejo lavabo descompuesto y un inodoro pestilente, con una cama de piedra. En el piso hay un hoyo por donde entran y salen cucarachas. Las horas que pasé en esa celda las dejo para otro relato.

Por la cárcel aparecieron muchos amigos y familiares. Aquello era una romería y me decían que había muchos colegas y amigos fuera que no les permitían entrar, que mis queridos compañeros de La Jornada estaban apoyándome, que mi querida amiga Lydia Cacho estaba removiendo Roma con Santiago para ayudarme, que Carmen Aristegui había llamado, al igual que mis compañeros de SinEmbargo.mx. Mis amigos Pedro Cámara, Joaquín Hurtado y su esposa, Rosa, Abel Quiroga, Denisse Alamillo e Indira Kempis y tantos otros no se separaban, junto a mis hermanos Sonia, Gloria y Alejandro… Todos estaban muy preocupados.

Un amigo que trabaja en el gobierno de Nuevo León llegó y me dijo sin ambages: Estás aquí por orden de la juez, que está apoyada por Graciela Buchanan, presidenta del Tribunal Superior de Justicia de Nuevo León, lo cual quiere decir, que hay línea del gobernador Rodrigo Medina para que te arrestaran de esa forma y te dejen aquí las 36 horas. Te quieren dar un escarmiento.

Al final del día, llegaron la presidenta de la CEDH, Minerva Martínez, y su segundo visitador, el abogado de derechos humanos y amigo Sergio Méndez Silva. Me tranquilizaron y me comentaron que habían abierto un expediente de queja por mi detención, que incluye entre violaciones a los derechos humanos, el ataque a la libertad de expresión con motivo de mi trabajo periodístico, uso excesivo de la fuerza pública, detención ilegal y arbitraria y ejercicio indebido de la función pública, entre otros delitos.

Viví una noche espantosa, rica en términos narrativos, pero dura desde el punto de vista humano. A las 4:30 de la mañana es el pase de lista. Me llevan al comedor. Hay 12 celdas con 70 o 100 detenidos. Luego me permitieron contestar una llamada. Era mi amiga Cristina Sada. Me solté llorando: “Te vamos a sacar, hermana. No debiste haber pasado la noche allí. Esto tiene línea del gobierno del PRI y es por tu trabajo periodístico. He contratado al mejor despacho de abogados (Betancourt y Asociados). Me han prometido que te sacarán inmediatamente. Te quiero, te amamos… Eres una luchadora. Aguanta”. Seis horas después Julio César Franco Ávalos, juez tercero de distrito en materias civil y de trabajo en el Estado, me concedió la suspensión inmediata al arresto.

Salgo a la calle, veo a mi familia, amigos, colegas, abogados… Los abrazo aliviada y agradecida. Y pienso en los miles de mexicanos que, como yo, sufren todos los días la vulneración de sus derechos, víctimas de nuestro sistema judicial corrupto.

http://www.jornada.unam.mx/2012/07/08/opinion/015a1pol

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El regreso de los dinosaurios

 
Jorge Ramos Ávalos
8 Jul. 12

“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

Augusto Monterroso (1959).

CIUDAD DE MÉXICO.- Cuando desperté, el PRI todavía estaba allí. En realidad, nunca se había ido. Durante 12 años el Partido Revolucionario Institucional planeó su regreso y lo consolidó el día de las elecciones con todas sus viejas prácticas: compra de votos y de conciencias.

La duda no es si Enrique Peña Nieto obtuvo más votos que los otros candidatos. Todos los conteos y recuentos así lo indican. El problema está en cómo los consiguió. Queda ese incómodo malestar, casi infantil, de que ganó el niño tramposo.

¿Por qué será que todas las elecciones presidenciales que ha ganado el PRI desde 1929 huelen a podrido? ¿Acaso no pueden ganar limpiamente?

Hay dos quejas en este 2012 presentadas por Andrés Manuel López Obrador, el candidato del Partido de la Revolución Democrática (PRD). Primero, las denuncias de irregularidades el día de la votación y compra de votos. Ahí están, para probarlo, las miles de tarjetas de compra en una tienda y los “monederos electrónicos” a cambio de votos priistas. Y segundo, las acusaciones del diario británico The Guardian, de que Peña Nieto usó decenas de millones de dólares del presupuesto de su estado para promover su imagen y su eventual candidatura comprando publicidad y periodistas. Es el chayote en su máxima expresión.

Por lo anterior, aun si el Tribunal Federal Electoral (Trife) decide que estos trucos del PRI no determinaron el resultado final de las elecciones presidenciales, siempre va a quedar la sospecha de que triunfó el candidato que pudo comprar más votos: Peña Nieto. Y no va a ser fácil gobernar así; no van a parar los cuestionamientos del movimiento estudiantil #YoSoy132 y de los que creen que hubo fraude.

Peña Nieto, para millones, será otro Presidente ilegítimo (a pesar de las felicitaciones de jefes de Estado y las entrevistas triunfalistas con corresponsales extranjeros). Y a los únicos que se puede culpar por esto es a él y a los priistas que no siguieron las reglas del juego democrático. Sí, el candidato priista obtuvo más votos que los otros tres, pero todo indica que la campaña no fue en igualdad de circunstancias.

Soy de los que dudan que un dinosaurio pueda convertirse en demócrata. Es difícil de creer que los mismos que planearon la caída del sistema y el fraude que puso a Carlos Salinas de Gortari en el poder en 1988 ahora jueguen a contar votos. Tampoco es creíble que la misma gente que aceptó dos dedazos para que Ernesto Zedillo llegara a la Presidencia en 1994 -el primero fue a Colosio- hoy alabe las virtudes del voto en sus columnas periodísticas y dé clases de democracia en universidades extranjeras.

Lo mismo que hacía el PRI antes del 2000 para “ganar” elecciones lo volvieron a hacer ahora. Ya no tienen a un Presidente que con un dedazo impone a su sucesor. Pero el aparato para arrancar votos sigue bien aceitado y financiado.

Estamos entrando al Jurassic Park mexicano. Regresan los dinosaurios a gobernar. Por las malas. Todo suena a cliché y a película vieja: Back To The Future (De regreso al futuro). La naciente e imperfecta democracia mexicana -tan joven; apenas lleva tres elecciones presidenciales- aún tiene mucho que aprender. ¿Qué pasaría en Estados Unidos o en Francia si se descubren miles de tarjetas para comprar votos? En México no pasa nada o casi nada.

Sin la menor duda, López Obrador, al impugnar la elección, hizo llover en la fiesta del PRI. Tiene todo su derecho a quejarse y a hablar por millones que piensan como él. Pero lo único que me brinca es ¿por qué continuó en la campaña y firmó el pacto de civilidad si ya sabía de las trampas que estaba haciendo el PRI? Lo del patrocinio de algunos medios a Peña
Nieto no es nuevo; The Guardian lo sacó semanas antes de las votaciones y la revista Proceso años atrás. Y hubo muchos reportes de los “monederos electrónicos” del PRI y su compra de votos en la prensa mexicana antes del 1o. de julio.

Lo verdaderamente triste de esta situación es que los problemas más urgentes de México -narcoviolencia, falta de empleo, la concentración del poder en unos pocos, la educación secuestrada por un sindicato…- no serán resueltos por esta nueva pelea dentro de la clase política. Esto nos retrasa años y, mientras, Brasil, China y la India se nos adelantan irremediablemente.

¿Aguantará esto México? El escritor Carlos Fuentes alguna vez me dijo que México aguantaba todo, “hasta dos volcanes”. Es cierto. Pero es desesperante y frustrante que México siga aguantando cuando, en realidad, debería estar despegando.

Twitter: @jorgeramosnews

http://www.reforma.com/editoriales/nacional/664/1327308/default.shtm

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