Vi cosas
07/21/2012 – 01:56
En Guerrero vi racimos de camionetas con perchas de policías municipales, estatales y federales, todos con caras de piedra y rifles escalofriantes. Vi camionetas del Ejército y de la Marina: hombres con armaduras como no se habían visto desde la conquista. Vi una pickup de la Policía Judicial Estatal en cuyas redilas había una gorda con un AK-47, tomándose un refresco.
En Tabasco vi un pueblo que se llama C-32.
En Mérida vi un baño en el que debajo de la regadera había un grifo para tina, sin tina. Era sólo un grifo: solitario, inútil, la virilidad misteriosa de una pared.
Vi un centro comercial en el que una máquina dispendiaba boletos de cobro para cruzar la pluma del estacionamiento. Cuando, después de hacer mi compra, pedí que me lo sellaran, me dijeron: No se sella. Cuando pregunté dónde se pagaba, me respondieron: No se paga.
Al día siguiente un hombre de cuero me ofreció un paquete de puros forjados con tabaco lacandón.
Decliné con un gesto. Dijo: No fuma.
No vi ni los volcanes ni el Citlatépetl, aunque pasé junto a ellos: las nubes hasta abajo, la promesa de todas las ominosidades en la mole de sus faldas. Chin, dijo mi hijo mayor: México ya es Mordor.
Vi la globalización: en Kantuní, pueblo de una calle y unos mil 500 mayas, hay un pizzería.
Vi que en Veracruz ya no sirven ni siquiera las carreteras -que es lo que mejor sirve en el resto del país, por eso la economía nomás no se derrumba-: Veracruz, la joya de la República en ruinas.
Vi a dos niñas tzeltales bajando las escaleras del Palacio de Palenque. Iban de la mano, muertas de risa.
Vi desde dentro la armazón de lo que va a ser el imponente Museo del Mundo Maya. Los descendientes de los pobladores originales de la Península alzando otra vez una estructura monumental que diga su historia.
Vi que en el Paseo Montejo hay un Walmart. Una pena: si hay dinero, no hay ley y no importa el tamaño de las denuncias.
Pero también vi un país que no sale en los periódicos: funcional, recio, limpio, serio, airoso. Vi el final de ese país: las aguas esmeralda eléctrico de la costa norte de Holbox. Un final magnífico.
Vi que en México nada se parece a nada, excepto las salas de cine, que pasan en todos lados las mismas 10 películas gringas que no quiero ver.
Vi ceibas de las que, obviamente, cuelga el planeta. Una tenía unas ofrendas y un letrerito de lámina en el que se leía: “Árbol ritual”.
Vi que un coche con placas de cualquiera estado de la República no puede circular por el Distrito Federal entre las cinco y las 11 de la mañana. No me puedo imaginar una norma más idiota: segrega, encona y daña la economía.
Vi las cañadas impenetrables de Guerrero, la musculatura del DF, las sierras y los maizales interminables de Puebla, los cañaverales y las ganaderías de Veracruz, vi los pantanos de Tabasco y las selvas de Chiapas, vi los pueblos de lámina de Campeche y los 200 kilómetros de peladeros alrededor de Escárcega.
Vi el Grijalba, el Papaloapan, el Usumacinta. Habíamos manejado durante dos días sólidos y el Golfo de México apareció en Champotón, tras una esquina, después de un semáforo, como aparece un supermercado, como si estuviéramos al final de algo. Pero se puede seguir, se puede seguir otro día completo hasta Chiquila y luego tomar una lancha y seguir más. En Champtón hay un final azul hierro que profetiza el final eléctrico de Holbox.
En Palenque también vi que la banda favorita de los lacandones son los Black Eyed Peas.
Vi un retén operado por policías munidos sólo con macana. Daban las buenas noches y deseaban buen viaje. Era Campeche.
Vi el friso de estuco en la Acrópolis de Ek Balam: el descubrimiento del siglo. Está intacto, radiante, como si ayer hubieran montado a los cuatro guerreros alados en la boca del jaguar. No vi los frescos: arqueólogos mistéricos y ególatras como los sacerdotes mayas los volvieron a enterrar.
Vi unos 3 mil 500 kilómetros de cosas. Vi un país tan grande que Murillo Karam y López Obrador, Calderón y los narcos, los de Atenco y Peña Nieto me parecieron unas hormigas que creen que su hormiguero es el mundo y se comunica por Twitter.
Vi el país más bello del mundo. Así, como se oye.
Twitter: @AlvaroEnrigue
